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crónicas del siglo pasado

REVISTERO

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VIETNAM, GUERRA DE NADIE
Hay dos frentes: en uno se lucha contra la ofensiva del Vietcong, en el otro contra el caos de la vida civil

(Revista Panorama 1965)

(continuación)

 

 

El pequeño Laos no ha conocido estabilidad política desde la sanción de la independencia en la Conferencia de Ginebra de 1954. Durante la guerra de Indochina, los rebeldes izquierdistas del Pathet Lao lograron el control de dos provincias meridionales. A partir de entonces, el poder de los rojos se ha ido extendiendo sobre más y más territorio. El gobierno de coalición de derechistas, izquierdistas y neutralistas es un juguete impotente. Los expertos afirman que, con el auxilio de los vietcong, apoderarse del resto de Laos sería un juego de niños para los comunistas. Evidentemente, la presencia de una nación entregada en cuerpo y alma al comunismo oscurecería aún más el sombrío panorama de la guerra en Vietnam. Además, llevaría a los rojos junto a las fronteras de Tailandia, país anticomunista, estable y relativamente fuerte, al cual se han comprometido a defender los Estados Unidos.

 

 

EL IMAN DEL COMUNISMO

En Camboya, el contradictorio pero hábil ex-rey y actual jefe de Estado, Norodom Shihanouk, flirtea abiertamente con los chinos, en un nacionalismo exacerbado, pero consigue mantener al país fuera de las vicisitudes de la guerra fría. Sin embargo, si el cáncer comunista se detuviera en Vietnam, Camboya, como las otras naciones asiáticas, se sentiría más dispuesta a mantener lazos amistosos con el mundo libre. No son pocos los que creen que, si no se detiene el aluvión rojo en Vietnam del Sur, todas las naciones del sudeste asiático se plegarían a los comunistas, posiblemente sin que fuese necesaria la presencia física de un solo soldado chino.
La poderosa atracción del comunismo reside en que promete una vida mejor a pueblos oprimidos o ignorados por sus gobiernos, desheredados que poco tienen que perder con cualquier cambio. El Viet Cong ha convencido a muchos aldeanos de que una victoria anticomunista significaría tan solo el regreso de los grandes terratenientes, que volverían a apoderarse de las tierras concedidas a los campesinos. Y cuando fracasa la prédica proselitista, los rojos se imponen con el terror.

VIET CONG SE ESCRIBE CON SANGRE

El fanatismo del Viet Minh tuvo su secuela en el Viet Cong, que incubó rencores y adiestró guerrilleros desde la época en que Ngo Diinh Diem se convirtió en presidente de la República de Vietnam, el 26 de octubre de 1955, como sucesor del emperador títere de los franceses, Bao Dai.
Diem quiso imponer el orden por la fuerza y el terror rojo opuso el temor de su pesada mano. En 1963, Vietnam del Sur asistía al estrepitoso desencadenares de la "crisis budista". Los bonzos se inmolaban en llamaradas de nafta y la opinión mundial escuchaba horrorizada las despectivas declaraciones de la impávida Madame Nhu.
Con el consentimiento tácito de los Estados Unidos, una junta militar presidida por el general Duong Van Minh derrocó al gobierno el 1º de noviembre de aquel año. Diem y su hermano Nhu, míseros cadáveres ensangrentados, ocuparon la primera plana de los diarios. Dos meses después, Nguyen Khan se entronizaba en el poder, sin derramar una gota de sangre. Para ese entonces, el Viet Cong había asesinado a diez mil funcionarios oficiales locales.
Un mes después, el gobierno declaraba "zonas poco saludables" a 35 de las 42 provincias del país. La "enfermedad": la siembra de muerte de los guerrilleros del Viet Cong.

BUDA CONTRA CRISTO

El descontento en las ciudades, el temor en el campo, no son buenos ingredientes para la estabilidad. En agosto, el Premier declaró el estado de emergencia y separó a Minh -creatura de los budistas- del cargo de presidente, que, a pesar de su derrocamiento, retenía. La reacción de los fanáticos estalló incontenible en las calles de Vietnam: a las demostraciones en contra del gobierno se sumó el baño de sangre de la persecución a los católicos (1.600.000), cuya presunta posición de privilegio durante el régimen de Diem les había capitalizado el rencor budista. Siete meses después de haber asumido el mando, Khanh se veía obligado a renunciar.
Repuesto gracias a la influencia del embajador norteamericano, Maxwell Taylor, Khanh fue cediendo ante la presión budista; alejó a los funcionarios, puso en libertad a manifestantes, y sobrevivió a un golpe, debido en parte a la reacción católica.
El 30 de octubre pareció abrirse una nueva etapa en la azarosa historia del Vietnam del Sur. El Alto Consejo Nacional -especie de cuerpo legislativo compuesto únicamente por civiles y bautizado por la ironía popular con el nombre de "Museo Nacional"- sancionó una constitución provisoria y el pacífico alcalde de Saigón, Tram Van Huong, de 61 años, encabezó el nuevo gobierno. Khanh declaró que "volvería a sus funciones específicas" como comandante en jefe del ejército survietnamita. Pocos días después mientras sacudía la confianza estadounidense el ataque del Viet Cong contra la base aérea de Bienhoa -13 bombarderos destruidos- los budistas, eternos desconformes, comenzaban una nueva ola de disturbios contra el gobierno.
Los acontecimientos se precipitaron con la conclusión de 1964 y el comienzo de 1965. Se disolvió el Alto Consejo Nacional y tras él, desapareció Huong del escenario político. Khanh, apoyado por los budistas que meses antes lo atacaban, empuño nuevamente las riendas a fines de enero. Había criticado acerbamente al embajador norteamericano, y Maxwell Taylor le pagó en la misma moneda. Un alto oficial vietnamita declaraba: "Uno de los dos tiene que dejar el terreno".
El nuevo año trajo la más sangrienta y prolongada batalla de la guerra. En Binh Gia (traducción literal: "casa tranquila") hallaron la muerte de 195 soldados del gobierno, 140 vietcongs y 5 norteamericanos.
El 15 de febrero el Consejo de las Fuerzas Armadas designó primer ministro a Phan Huy Quat. Pocos días después el astuto Khanh pasaba a la trastienda política, exiliado como "embajador viajero" por sus colegas militares.
El 8 de marzo llegó a Vietnam la vanguardia de una fuerza estadounidense de 3.500 infantes de marina. Ya no eran "asesores" sino tropas de combate. La víspera, seis mil vietcongs lanzaron un ataque a dolo cinco kilómetros del puerto de desembarco. Los Estados Unidos se empeñaron desde entonces cada vez más en su campaña de "represalias". Las bomba comenzaron a caer cada vez más cerca de Hanoi. Johnson desea, para el caso de que el vidrioso futuro ofrezca posibilidades de negociación, una posición sólida.
El empleo de gases nauseantes levantó un coro de protestas. Desde entonces, las presiones extranjeras -Moscú, De Gaulle, U Thant y el propio Paulo VI- piden el cese del fuego. Del lado comunista, chinos, rusos y cubanos repiten sus líricos ofrecimientos de "voluntarios".
La intensificación de los ataques contra el Norte tuvo el eco terrible de la bomba que sembró la muerte en la embajada norteamericana en Saigón. El crescendo del conflicto provocó al primer ofrecimiento de paz de Johnson, la intervención de los funcionarios británicos. Pero Hanoi, firme en el supuesto respaldo chino, sigue soportando el aluvión mortífero.

 

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el general Khanh contempla el saldo de un golpe nocturno: anónimos cadáveres de guerrilleros

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para dar media hora de alegría a los asesores norteamericanos del Vietnam, Bob Hope y un grupo de actrices viajaron miles de kilómetros

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confundiéndolo con un vietcong, los soldados ataron a un campesino por los pies y lo arrastraron con su tanque a la vista de su mujer

DILEMA PARA EL PENTAGONO

La retirada de las fuerzas estadounidenses destacadas en Vietnam significaría dejar a toda Indochina convertida en presa fácil para los chinos. En consecuencia, los cinco caminos que se ofrecen a los Estados Unidos son:

La neutralización que solo demoraría los efectos de la retirada total. Los Estados Unidos insistirán en un Vietnam del Sur no comunista, lo cual únicamente podría obtenerse mediante: 1) un control internacional seguro, casi imposible de lograr; 2) excluir a los comunistas de todo futuro gobierno survietnamita., dado que las "coaliciones" que incluyen a los rojos terminan por teñirse completamente de ese color. Pero en la actualidad ni el Vietcong ni sus mentores de Hanoi o Pekín tienen ninguna razón para aceptar tales condiciones.

La política del ojo por ojo deja la iniciativa a los comunistas y lograría, como máximo, mantener un tambaleante statu quo. Además, no podría seguramente cambiar el curso de la guerra de guerrillas en el Sur lo bastante como para que los Estados Unidos entrasen en negociaciones con ventajas sólidas a su favor.

La reacción moderada, destinada a dañar a los norvietnameses en grado tal que les impidiera sostener a las guerrillas del Sur. Se requerirían más incursiones aéreas estadounidenses arriba del paralelo 17, lanzadas 1) a discreción y no únicamente como represalia, 2) contra objetivos primordiales, aunque tal vez no contra Hanoi. Tales ataques tendrían sentido solo si se los acompañara con una lucha tenaz y recia contra el Vietcong. Esto exigiría la presencia de tropas estadounidenses adicionales. Según los datos que se poseen, es poco probable que China entre en el combate, aunque podría hacerlo el bien entrenado ejercito norvietnamita, de 225 mil hombres. El poderío naval y aéreo podría bloquear las rutas de ingreso con bastante eficacia como para dar una buena lección al ejército norvietnamita y la amenaza de bombardear a Hanoi podría mantener fuera de la lucha a Vietnam del Norte.

Ataque contra Vietnam del Norte, bombardeando todos los objetivos importantes, Hanoi inclusive, probablemente atraería a la lucha a los chinos, aunque solo fuese por razones de apariencia ante el resto del mundo y acarrearía una mayor e inmediata ayuda de la URSS. Sin embargo, algunos militares estadounidenses creen que su país se hallaría en una posición mucho mejor que en Corea y favorecen tal salida como la única que perjudicaría a los comunistas lo suficiente para que aceptaran un convenio internacional que los Estados Unidos admitiesen.

El bombardeo a China y a sus recientes centros de producción nuclear, resulta tentador para algunos, pero ningún político o experto serio lo considera factible actualmente. Por más que se diga en favor de "entrar ya en guerra con China", antes de que Pekín obtenga una fuerza nuclear defensiva eficaz, tal conflicto preventivo choca demasiado con la moral norteamericana. Además, Rusia no toleraría probablemente tal posición a pesar de sus diferencias con Pekín, y podría desencadenarse la guerra total. Pero, para mantener su posición en el sudeste asiático, y quizás a la postre en toda Asia, los Estados Unidos pueden, más tarde o más temprano, correr el riesgo de la guerra con China -cuidadoso y calculado- pero riesgo al fin.

Los Estados Unidos están decididos a mantenerse en el sudeste asiático. La palabra clave es "paciencia" y la paciencia es una virtud asiática.

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muerto por una ametralladora policial que se descargó por accidente este joven budista será otro efímero ídolo de la lucha religiosa

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ante el mapa de Indochina, Mac Namara, secretario de Defensa: EE.UU no puede retirarse