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crónicas del siglo pasado

REVISTERO

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PANCHO VILLA
"¡Viva Villa!", gritaba la gente. Y él pasaba al galope, poniendo de relieve todo su coraje y toda su ternura primitiva en cada uno de sus gestos
(Revista Caras y Caretas 1953)

 

Viajando con una fuerte escolta, en un coche de tercera clase, y habiéndosele negado -por órdenes especiales de Huerta- comida, manta y los servicios de un barbero, Pancho Villa llega a la ciudad de México, como un reo común. Sorprendido y furioso, encuentra que al llegar a la estación de Buena Vista no hay ningún enviado de Madero para poner fin a sus humillaciones, sino que, por el contrario, es entregado a unos gendarmes que lo llevan en un auto al otro lado de la ciudad...

 

 

A un edificio bajo, de apariencia común, en el que se esconden crímenes y planes, lo llevan amordazado, hambriento y sin afeitar. Un día hubiera sido recibido aquí por una madre superiora, y figuras en hábitos con caras plácidas, se deslizarían de la celda a la capilla evitando su mirada curiosa. Ahora un funcionario de cuerpo fornido, poblado bigote y ojos burlones, que viste el uniforme azul sin una arruga, es el que lo recibe; y en el corredor hay solamente silenciosos carceleros y mozos vestidos de blanco que pasan llevando humeantes bandejas. El antiguo silencio religioso está roto por el cuchicheo de voces masculinas; y en alguna parte, una banda está tocando con gran pompa una marcha...
Este es el convento de Santiago Tlatelolco, convertido -gracias a algunas reformas- en una institución típica de México: una penitenciaría de lujo, reservada, como ciertos hoteles, a "la gente bien..."
Aquí, caballeros acostumbrados a vivir con lujo o al ejercicio de un poder militar y político, pero que episódicamente se encuentran en entredicho con las autoridades, están aislados; sus habitaciones y el trato que les dan, dependen de su posición en el gran mundo y del dinero que posean. La única restricción actual para los prisioneros son cuatro gruesas paredes y barrotes en las ventanas del edificio. Dentro de estos límites la naturaleza humana -especialmente la mexicana- triunfa sobre las reglas. Referente al recibo de visitas, al curso de la correspondencia y al poder pedir platos especiales y vinos de elegante café, o al arreglo de la celda según el gusto de cada uno, no hay obstáculos, a no ser que se interponga una orden del Presidente. Desde entonces, en la siempre variable política mexicana, el prisionero de hoy puede fácilmente ser mañana un personaje importante. El director, en vez del guardián, es el que recibe a los presos, y ha aprendido a tratar con diplomacia a cada "cliente", como lo podría hacer un "maitre" de Montecarlo..
Pancho Villa fue puesto adrede, sin ningún miramiento, en una celda común. Pero cuando Gustavo Madero llega con un mozo cargado de mantas y una alfombra, una silla confortable y una pequeña mesa, una canasta con alimentos y vino, y -con la ingenua bondad de corazón- ¡un rimero de libros!, pidiendo permiso para saludar al general Francisco Villa, el director cambia de actitud en seguida. Promete que el prisionero tendrá una celda cómoda, y la "libertad de la casa..."
Pancho Villa mira con desagrado a su visitante y sus regalos.
- Gracias, señor; es usted muy amable al venir a verme y traerme todas estas cosas; pero, ¿por qué estoy aquí, encarcelado?
- Mi general, ¿no comprende? El Presidente lo ha mandado a usted aquí para que lo juzgue una corte especial militar. Su condena o su libertad depende del veredicto de ese tribunal.
- ¿Otra corte marcial?
- Lo siento, mi general, pero no tiene remedio. Huerta tiene un enorme concepto de las prerrogativas militares. Está furioso porque usted se le escapa. Si el Presidente lo perdonase -sin que la corte haga ninguna investigación-, ¿quién sabe si el viejo porfirista sería tan loco como para lanzar a sus tropas a una revuelta? A mí me parece que es capaz de eso. Entonces, otra vez se produciría un sangriento caos. Usted no quiere eso, ¿verdad? Sea paciente, amigo; ya verá que el tribunal será muy benévolo.
Los ojos de Pancho Villa miraban aparentemente y con fijeza la pared que tenía ante sí y parecía decir: "¿Así que ése es su proceder? ¿Así que ése es su proceder?" Pero se domina y dice con cortesía:
- Gracias, don Gustavo. Por favor, dígale al Presidente que le agradezco de todo corazón que haya suspendido la ejecución; y dígale también que no quiero que tenga dificultades por culpa mía y que en la montura o en la cárcel estoy a su disposición, pero... -y aquí vacila, luchando con una fuerte ira -. Dígales, por favor, a los de la corte que aceleren el asunto.
De cualquier modo pasará un mes antes de que el tribunal se reúna. El nombrado tribunal resulta cortés y discreto. Se apacigua el orgullo de Huerta y Pancho Villa vuelve a su celda maldiciendo por lo bajo, blasfemando y repitiendo con monotonía: "¡Dos años! ¡Hubiese sido mejor que hubiera seguido siendo bandido!"
Para Pancho Villa es muy difícil acostumbrarse al encierro, aunque a las ocho de la mañana los cerrojos de hierro de la puerta chirrían cuando ésta se abre, y no vuelve a cerrar hasta las nueve de la noche. Tres veces al día, por orden de Gustavo, se le sirven sus comidas encargadas especialmente para él al café de la esquina, famoso por su cocina y su especial forma de servicio.
Pero este lujo le parece que es una burla en vez de un alivio a su desdicha.
Durante horas enteras trata de poder leer: "Las campañas de Napoleón". Solamente consigue deletrear diez palabras; pero los mapas y los planos de batalla le hacen pensar, aunque imprecisamente, en su propia historia; y él los estudia bajo la luz eléctrica, a la cual sus ojos no están acostumbrados; y por eso se le irritan. Entonces encuentra un amigo...
Caminando de un lado a otro por el concurrido jardín, de mal humor y sin ganas de mezclarse con las demás personas de más alta jerarquía que él, las cuales tienen ya su círculo, oye a su lado una voz de acento morelano:
- Mi general, creo que usted y yo nos conocemos -la insignificante y nerviosa figura, de ovalado rostro, de piel cobriza, sugiere que se trata de un hombre del Sur-. Yo soy Giraldo Magaña, ayudante de Emiliano Zapata.
- Me alegro de que me haya hablado, amigo -la mirada de Pancho Villa es franca, pero escudriñadora-. Sentémonos-. Encontraron un banco en la sombra. Una hábil y delicada mano, negra como el café, está liando un cigarrillo, y se lo ofrece. Pancho Villa sacude su cabeza distraídamente.
- Siempre creí que Zapara era muy hombre. Dígame primero, ¿está todavía de parte de Orozco?
- No, mi general. Tan pronto notó la influencia de Terrazas sobre Orozco, Zapata no quiso tener nada con él.
- ¡Entonces es de procederes correctos! ¡'-Stá bueno! ¡Yo creía eso!
- Sí, amigo, Zapata es de procederes correctos -su voz es un poco despreciativa-, y no solamente eso: a menudo pienso que él es el único que sabe lo que se hace.
- ¿Qué le parece Madero?
- Sus intenciones son buenas, amigo, pero es un adicto a la aristocracia. No se aparta de los procedimientos legales y tiene horror a las medidas de emergencia y alas acciones rápidas que una revolución de esta índole necesita para aliviar al pueblo. Pero Zapata es de los nuestros. Obliga a los hacendados a salir de Morelos, atemoriza a los aristócratas, divide la tierra, reorganiza los servicios públicos y las industrias, haciéndolos propiedad de las comunidades; mientras que Madero no ha pasado aún de hablar y prometer.
- Pero, ¿por qué se mantiene aún en estado de guerra?
- Porque no queremos perder lo que hemos ganado. Ni tampoco deseamos coaccionar al Presidente. Nosotros creemos que, dándole tiempo, hará a su manera lo que sea justo. Pero, mientras tanto, nosotros los zapatistas nos mantendremos en guardia.
- ¡Caramba! Yo también creo que tiene razón. Yo también creo que tiene razón. Me gusta lo que me dice. Quizá debería yo haber hecho lo mismo en Chihuahua; pero no soy hombre de negocios ni tengo educación. Creí que todo eso debería ser dejado al Presidente.
Magaña mueve la cabeza pensativo.
- El pueblo nunca tendrá nada, si no lo obtiene por sí mismo. He leído la historia y...
- ¿Sabe leer?
- Sí, amigo. Mi padre tenía una tienda en Cuernavaca, y yo fui a la escuela; pero la mayor parte de lo que sé lo he aprendido solo. Sí, me paso el tiempo leyendo.
- Amigo, ¿me quiere enseñar a mí...? -es como un llamado angustioso.
Magaña bajó los ojos con lentitud. Parece que estudiara la punta de su cigarrillo. No se le había ocurrido que ese hombre, cuyas hazañas son cantadas por el pueblo, no sabe aún leer. Por el momento no levanta la vista, pero su voz es muy tierna.
- Naturalmente que lo haré, amigo, de todo corazón.
Ahora, Pancho Villa, general y bandido, se pasa horas todos los días trazando laboriosamente letras y haciendo cálculos, silbando a través de los dientes mientras trabaja, o formando las palabras con sus labios; luchando por entender los libros de un niño, ayudado por los dibujos de patos, perros, víboras y pumas; tratando de aprender cada palabra con profunda concentración, como si fuera el poderoso Tor buscando la luz del conocimiento. Magaña se queda asombrado de él...
Pero muy a menudo el libro y la pizarra son dejados a un lado, mientras que escucha durante horas a este ladrón de ganado y hombre de armas hablar de muchos temas, principalmente de México y su historia -el estudio preferido de Magaña-, y cómo se debería gobernar para que una pequeña parte de sus habitantes no se apodere de lo que la vasta mayoría produce. Si para Pancho Villa las lecciones diarias constituyen sus estudios elementales, estas conversaciones, alentadas por sus preguntas, representan sus estudios superiores. Después de un tiempo, cuando empieza a mezclarse con la vida de la cárcel, va adquiriendo una educación de otra índole.
La atmósfera de Santiago Tlatelolco está impregnada de traición. Proyectos e intrigas son las únicas ocupaciones, por cierto que no muy disimuladas. En cada rincón se reúne un grupo, mientras que todos son dominados por el conspirador principal, el general Bernardo Reyes, que inspiró dos levantamientos: el primero contra el antiguo régimen, después de lo cual fue desterrado; y el segundo contra el nuevo gobierno, y debido a esto fue encerrado en esta cárcel tan lujosa. Ahora, se pasa conspirando para un "coup d'etat" de los "Científicos", y en escuchar a la banda que paga -de una cartera misteriosamente inagotable- para que dé conciertos diarios en el patio. Siempre, donde vaya, está rodeado, como si fuera un monarca en exilio, por una corte de ambiciosos admiradores. Recibe numerosas visitas, todas de personas de mucha influencia; el principal entre ellos es Félix Díaz...
Pancho villa, cuando percibe que le hacen gestos amistosos, disimula con astucia sus verdaderos sentimientos y se une al grupo, escuchando con paciencia su charla, que a veces resulta asombrosamente indiscreta.
Entonces, llega la noticia de que Félix Díaz ha organizado una revuelta y ha tratado de tomar Veracruz, pero ha sido derrotado por los generales Beltrán y Valdez; se lo ha tomado prisionero y condenado a muerte. Pancho Villa sonríe al oír esto; y suspira aliviado. Su jefe está aprendiendo.
¡Pero se ha equivocado, su jefe no ha aprendido aún! La sentencia de muerte de Félix Díaz es conmutada por el Presidente por una leve condena a prisión en la cárcel de lujo, y el culpable llega al jardín de la prisión impregnado de perfume y con interesantes temas de conversación.
Mientras tanto, el general Huerta ha hecho retroceder a Orozco hacia el otro lado de la frontera; ha instalado otra vez a Abraham González como gobernador de Chihuahua y al mismo tiempo se ha apropiado de un millón y medio de pesos de los fondos del ejército; regresa a la ciudad de México para "¡consultar al oculista!" Acusado por Madero ante el déficit en sus libros de cuentas, se limita a encogerse de hombros: "Soy un general, no un tenedor de libros"; pero cuando se le muestran ciertas cartas traicioneras, se mantiene tercamente silencioso. Y así, al poco tiempo, vuelve a encontrarse en el lugar en que estaba antes que el destino le ofreciese su gran oportunidad, en la lista de los retirados, un general sin cargo. Pero el cambio tiene cierta ventaja: la de que no puede ser juzgado por una corte marcial. De repente manifiesta gran cariño por los jardines de Santiago Tlatelolco.
Ahora se comienza a planear con seriedad. Y Pancho Villa, haciéndose el distraído y con los ojos humildemente fijos en el suelo, se acerca al grupo. Se presume que siente rencor hacia el Presidente, por no haberlo libertado. Como también que pide un precio por su ayuda. El "puma" les permite que lo acaricien y hasta que le tiren un poco las orejas. Un día oye que pronuncian nombres; y hablan de sus planes... "El embajador ha prometido la cooperación de su gobierno... Huerta está listo para la acción... Carranza es muy simpático... los cadetes de Chapultepec están con nosotros..."
Ya ha oído bastante. "¡Sangre de Cristo! ¡Están conspirando para tomar la ciudad de México y asesinar a Madero! ¿Dónde está Gustavo? ¿Por qué no viene? ¡Tengo que salir de aquí!
La celda de Pancho Villa está en la planta baja del edificio, al extremo de un corredor formado por una pared de un lado y cuatro celdas del otro. Tres de estas celdas han estado desocupadas durante algún tiempo, y de este modo el corredor viene a ser un pasaje privado. En el extremo más lejano de su celda, la pared del corredor, en los últimos veinte pies, tiene una gran reja de hierro. A través de los barrotes se puede ver una oficina, por la cual, por un pasaje corto, se llega a la calle. En ciertas tardes, un muchacho de cara pálida, secretario de la corte, se sienta allí ante un pequeño escritorio, con la esperanza de ganarse un peso o dos copiando cartas para los prisioneros. Sin embargo no tiene mucho trabajo, y, generalmente, pasa el tiempo a solas, masticando la punta de su pluma. Hasta ahora, Pancho Villa no le ha prestado mucha atención. Pero ahora piensa en él y lo observa con intensidad. Que el muchacho es muy pobre, pero limpio, decente y complaciente, es evidente. El resto queda por ver...

El día en que toma su decisión, Pancho villa saca de su cartera un billete de cien pesos, lo dobla y lo pone en la palma de su mano. Entonces, con una carta a Lucita -que ahora rompe, para que el secretario se la escriba- se dirige por el corredor hasta la reja. Un momento más tarde vuelve caminando suavemente. El billete de cien pesos ha desaparecido; y Carlitos Jáuregui, con su rostro juvenil, colorado y preocupado, lo está desdoblando con nerviosidad en la penumbra de la oficina y se lo guarda con preocupación en el bolsillo; siente aún el toque magnético de la mano de Pancho Villa y la extraordinaria ternura en sus ojos.

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el caudillo mexicano aprendió a leer y escribir en la cárcel

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esta es la primera fotografía que el "general" se dejó tomar en el transcurso de seis años. Combatía entonces con fuerzas muy superiores a las que él mandaba; y ya los aires mexicanos olían a Pershing
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dos años de cárcel sobran para aprender a leer. Y un "zapatista" le enseñó a Pancho Villa durante el tiempo que el bravo caudillo estuvo prisionero en el convento de Santiago Tlatelolco

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cuando la traición se desencadenó contra Madero, Pancho Villa se fugó de su prisión. Luego, empezó su verdadera odisea. Aquí lo vemos repartiendo billetes de banco fabricados por él

- ¿Por qué me dará cien pesos en vez de un peso, que es el valor de la copia? ¡Caramba! ¡Qué hombre generoso!
Pocos días después tiene que copiar otra carta. Pero ahora Carlitos Jáuregui devuelve el billete doblado.
- No es justo que usted me pague tanto, mi general.
- ¿Por qué no? Tengo muchos billetes. ¿De qué me sirven aquí? Cualquiera puede ver que lo que tú necesitas es divertirte siquiera una vez en tu vida, muchacho. ¡Tómalo! Algún día tendrás que ayudarme: entonces no esperaré a que te ofrezcas, sino que yo mismo te lo pediré.
Un día o dos más tarde, con otro billete de cien en su bolsillo, Carlitos Jáuregui, en una parte remota de la ciudad donde es desconocido, está comprando una pequeña lima igual a la que se usa para cortar hierro, una botella de aceite de máquinas -pues los serruchos chirrían espantosamente-, y un poco de cera negra, la que fácilmente se puede modelar para que parezca hierro. A medida que va haciendo su compra, siente que sus manos le transpiran; pero está dispuesto a seguir adelante. No lo hace por el dinero, sino por el hombre.
Ahora, todas las tardes durante un rato la puerta de la oficina se encuentra cerrada; y una persona de oído fino podría oír por el ojo de la cerradura el ruido que hace la lima, un ruido como el del roer de las ratas. Una sección de tres pies cuadrados, dividida por dos barras horizontales y dos verticales, es el campo de acción de Carlitos. Nervioso, con la boca seca, pero decidido, corta los barrotes verticales desde el pie y disimula las incisiones con cera negra. Al día siguiente hace lo mismo con las barras horizontales. Recordando las instrucciones que ha recibido, junta con minucioso cuidado las partículas de metal, las limaduras. Y ese día Pancho Villa vaga por el corredor y palpa las incisiones de los barrotes con muestras de aprobación.
- Ahora, mañana corta y encera la parte de arriba de estas dos barras, pero no las cortes del todo, para que queden en su sitio. Creí que eras un buen muchacho, pero ahora lo sé. Dentro de dos o tres días volveré otra vez.
Al tercer día, el trabajo estaba terminado, y Carlitos espera con palpitante corazón. Entonces, con pasos suaves pero rápidos, Pancho Villa viene, su sombrero en la coronilla de la cabeza, un sarape sobre sus hombros, y usando un traje nuevo que le había hecho meses atrás Gustavo, el sastre. Revisa el trabajo realizado por Carlitos. Al tocarlo siente que los barrotes ceden. Tira de ellos hacia él, y los de la parte de arriba, no del todo cortados, se inclinan a su presión, sin romperse. Por el pequeño espacio se desliza, tirando de las barras y luego las vuelve a colocar. Rápidamente se baja el sombrero hasta los ojos, y se enrosca su sarape en el cuello y por los hombros, hasta cubrir parte de su rostro. Entonces le dice a Carlitos:
- ¡Ahora no puedes quedarte aquí, muchacho! Mejor es que vengas conmigo. ¡Ven! Camina adelante. Yo te seguiré ¡Por mi no te detengas!
Se dan prisa por el pequeño corredor. Diez pasos, y estarán en la calle. En un segundo la luz que entra por la puerta es interceptada. Una corpulenta figura está parada en el umbral, y en la penumbra los mira de una manera interrogante. Carlitos, paralizado, se detiene repentinamente.
El extraño dice:
- Perdóneme, señor, ¿es ésta la oficina del secretario de la corte?
Pancho Villa pasa rozando al desconocido como si estuviera haciendo algún importante trabajo:
- Sí, sí, mi amigo. Entre. El secretario volverá dentro de unos minutos.
- Gracias, señor.
Calle abajo, al doblar una esquina, los fugitivos caminan lentamente para no llamar la atención.
Pancho Villa masculla:
- ¡Qué buen amigo eres, Carlitos, mi muchacho! ¿No te había dicho que no te detuvieras?
Luego se escurren por las calles laterales hacia el centro de la ciudad, y al rato llaman a un automóvil de alquiler: y un minuto más tarde cruzan la Alameda camino de Tacubaya. Carlitos se siente mareado de su rápida transformación: de secretario de la corte ha pasado a ser un fugitivo de la justicia, y se queda asombrado al ver el atrevimiento de Pancho Villa, que con toda tranquilidad está parado en la acera regateando sobre el precio del viaje. Entonces, de repente, siente inquietud respecto a su familia:
- ¿Pero qué será de mi madre y hermanas, mi general?
- No te preocupes, muchacho. Deberás escribirles. Te daré dinero para que se lo envíes. Ellas no sufrirán.
En Tacubaya., Pancho Villa detiene el automóvil, mientras entra por el portón de una magnífica residencia rodeada de jardines. Cuando vuelve, parece enojado.
- Escuche, chofer: el hombre a quien he venido a ver ha salido para Toluca. Tengo que discutir un negocio importante con él. ¿Cuánto me cobrará por llevarme hasta allí? Si es mucho, esperaré aquí hasta que regrese-. Otra vez empiezan a regatear. Luego continúan hacia Toluca. Al pagar al chofer, Pancho Villa le da diez pesos de propina-. Vuelva mañana a las cuatro a buscarme. Si llega justo a la hora, le pagaré más que por ese viaje. Adiós.
Esa noche, en un tren que velozmente va hacia el oeste, a Mazatlán, donde se puede tomar un vapor costero, Carlitos, que durante varias horas ha estado mudo de ansiedad, se calma un poco.
- Pero, mi general, ¿por qué se detuvo a discutir por unos centavos cada vez?
Pancho Villa lo mira sonriente
- Piensa ahora, muchacho, ¿los prisioneros fugitivos, acaso se detienen a regatear?
Carlitos pasa su mano por el cabello.
- ¿Y por qué se paró en esa casa?
- Entré en el jardín, esperé un momento y luego salí, para que pareciera ser verdad lo que yo decía. Cualquiera podría ir en auto hasta Tacubaya., pero sólo una persona muy apurada, que no pudiera esperar el tren iría en taxímetro hasta Toluca.
Carlitos piensa un momento en su astucia. Luego le pregunta:
- ¿Por qué le dijo al chofer que vuelva, además de darle diez pesos?
- Inocente, ¿acaso los prisioneros fugitivos vuelven al día siguiente al lugar de su partida?
Yo sé que la policía interrogará a todos los conductores de coches de alquiler del distrito; y sé que pensarán que un pasajero que regatea por el precio y luego le da dinero para que vuelva al día siguiente, no es un prófugo de la justicia. Sé que nos pasarán por alto. Mientras tanto, ahora, dentro de algunas horas, estaremos en Bazatlán, y luego iremos por agua a Guaymas, Hermosillo, donde está el gobernador Maytorena... y quizá luego a los Estados Unidos. (1)
Esperando en la dársena, en Mazatlán, por primera vez Pancho Villa se muestra preocupado:
- Tengo que llegar pronto..., debo ver a Maytarena... Madero, México, todas nuestras esperanzas están a punto de... -luego, viendo la cara de Carlitos, cambia el tema en seguida-: Amigo, cuando yo esté bien otra vez, te daré lo que te mereces, por lo que has hecho por mí.
- No quiero nada, mi general. No sé por qué será. Nunca me he sentido así antes; pero, a menos que me despida, ahora soy uno de su gente, me pague o no.
Un atento observador hubiera encontrado en este momento la cara brutal y de labios gruesos de Pancho Villa hermosa por el sentimiento que se refleja en ella.

 

 

(1) Este episodio relatado por Pancho Villa al gobernador Maytorena. varía un poco de la vívida descripción de esta parte del libro "El águila y la serpiente" de Martín Luis Guzmán, que está basado en la conversación del autor con Carlitos Jáuregui. Tomado del libro "Viva Villa" de Edgcumb Pinchon.