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crónicas del siglo pasado

REVISTERO

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GUERRA EN ASIA
revista Primera Plana
febrero 1968
(continuación)

 

COREA I
TIRA Y AFLOJA EN EL ABISMO

Fue en 1804. Los berberiscos tomaron la fragata norteamericana Philadelphia, en la rada de Trípoli, y encarcelaron a sus tripulantes. A los cuatro meses, decidido a vengar la ofensa, el teniente Stephen Decatur se hizo a la vela desde Malta, al comando del Intrépido y de 84 hombres (dos más que los de Pueblo). Ya en Trípoli abordó la Philadelphia, puso en fuga a los 200 corsarios que la custodiaban, incendió la nave y abandonó el lugar, justo a tiempo para observar la explosión de la fragata.

 

 

Hasta fines de la semana pasa, los Estados Unidos seguían sin hallar un teniente Decatur que reeditara aquella hazaña con el Pueblo, un barco de espionaje capturado en la tarde del 23 de enero por Corea del Norte. El Gobierno de Washington tampoco había ejercitado su extraño amor por las represalias, justas o insensatas. El viernes último, diez días después del grave incidente, Lyndon Johnson declaraba en la Casa Blanca: "Estamos explorando todos los medios diplomáticos para lograr la devolución del Pueblo".
Parecía una disculpa a quienes no han cesado de recordar que el pabellón norteamericano llevaba 160 años sin rendirse en los mares; la postrera humillación data de 1807, cuando un barco inglés se apoderó del Chesapeake. Pero ahora el Presidente de los Estados Unidos debió dejar de lado la Historia, someter el honor a las conveniencias: en otro punto de Asia, en Vietnam, era necesario contener una avalancha bélica que desmentía tres años de gastos y muertes.
Son dos los caminos para contestar con violencia a Corea del Norte; y los dos ofrecen serios riesgos:
- Una invasión norteamericana significa la apertura de un segundo frente en Asia; Washington, que no consigue la victoria en Vietnam, no puede permitirse este nuevo lujo fúnebre.
- Un bombardeo -aconsejado por algunos legisladores de USA, inclusive mediante armas nucleares- equivale a destruir el armisticio de Panmunjon y desatar las manos de Corea del Norte, sin garantías de que el Gobierno de Pyongyang vuelva a negociar, en el futuro, un nuevo cese del fuego.
Atrapado en el infierno de Vietnam del Norte, Johnson optó por tolerar el "ultraje" norcoreano, reunir en el Mar de Japón una poderosa armada y acudir a la conciliación, esto es, a la ruta diplomática. Era un remedio magnífico, porque así aparecía ante el mundo como la más serena de las palomas, el arquetipo mismo de la paz. Con todo, el viernes 2 de febrero señaló ante la prensa que las tratativas continuaban siendo infructuosas, que no estaba en condiciones de prometer una pronta recuperación de la nave apresada y de sus tripulantes.
El 26 de enero, y luego de derrotar a la oposición soviética -Moscú se ha negado a los insistentes pedidos norteamericanos para mediar en el pleito-, el caso del Pueblo llegó hasta el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Según Arthur Goldberg, Embajador de USA, el Pueblo se encontraba a 15 millas de la costa norcoreana y, por lo tanto, en aguas libres. Como es notorio, el Gobierno de Pyongyang aduce lo contrario, esto es, que el barco navegaba en jurisdicción norcoreana.
Casi al mismo tiempo que Dean Rusk consideraba la captura del Pueblo como un "casus belli" y Goldberg se esforzaba por convencer a los otros 14 miembros del Consejo de la inocencia de su país, el Senado estudiaba un informe secreto sobre los disturbios en el Golfo de Tonkín (agosto, 1964), que prolongaron la escalada en Vietnam. Ese informe denuncia que por lo menos uno de los dos destructores norteamericanos atacados -de acuerdo con Washington- por lanchas de Hanoi no cumplía labores de patrulla sino de espionaje y en aguas territoriales.
La oratoria de Goldberg no bastó para movilizar al Consejo de Seguridad, el mismo cuerpo que aún no ha resuelto la crisis del Medio Oriente. El delegado ruso, Platon Morozov, propuso invitar a Corea del Norte al Consejo, para discutir el conflicto; no obtuvo éxito alguno, gracias a la férrea negativa de los Estados Unidos, deseosos de no desairar a sus aliados surcoreanos -que persisten en exigir la guerra contra Pyongyang- y de no rebajarse a tratar con un país al que, sin duda, desprecian. Recibir a Corea del Norte en el Consejo de Seguridad era, en cierto modo, confesar que el Pueblo había penetrado en aguas jurisdiccionales.
Se produjo, entonces, un estancamiento: los Estados Unidos no querían negociar sino luego de que Corea del Norte devolviese el barco y sus tripulantes; Corea del Norte se avenía a reintegrarlos siempre que los Estados Unidos reconocieran la violación de la soberanía ejecutada por el Pueblo. En cuanto a la verdadera misión de la nave, el espionaje, ya había sido admitida por altos funcionarios del Gobierno de Washington.
El Senador republicano Arkl Munt, luego de una reunión del Secretario de Estado con miembros de la cámara alta reveló que Dean Rusk acababa de comunicarles que el Poder Ejecutivo iba a revisar la política de los servicios de inteligencia. Añadió: "Bajo la presión de algunos Senadores, el señor Rusk, en una forma diplomática, reconoció que el Gobierno había errado al meter las narices en zonas tan hostiles como las de Corea del Norte".
Así, a lo largo de la semana, el Consejo de Seguridad de la UN se mantuvo en receso, para "facilitar los sondeos y tramitaciones particulares". Con todo, era visible que Washington reprimía sus impulsos y que, entre bambalinas, la Unión Soviética aconsejaba un poco menos de dureza a los mandatarios de Corea del Norte. El 30 de enero, el Departamento de Estado puso énfasis en anunciar -sin indicar sus fuentes- que los 83 tripulantes del Pueblo recibían "un trato correcto" por parte de sus carceleros.
A su vez, el 31, Corea del Norte sugería la posibilidad de que las discusiones entre ella y los Estados Unidos tuvieran por escenario la sede de la conferencia de Panmunjon, unas barracas azules de la UN que han visto injuriarse, desde 1953 y con la presencia de observadores internacionales, a los emisarios de ambas Coreas, de USA y China Popular. Veinticuatro horas después, Washington aceptaba la propuesta; y, el viernes pasado, Johnson comunicó que la primera entrevista terminaba de celebrarse sin resultados positivos, pero que los debates habrían de proseguir.
Entre tanto, los Gobiernos de Seúl y Pyongyang permanecían enfrascados en un torneo de amenazas, y las escaramuzas se renovaban en la Zona Desmilitarizada que corre entre las dos naciones. La prensa surcoreana, y las autoridades de ese país, se quejaron de la inacción de Washington, de la falta de represalias. Inacción, hasta cierto punto: porque, a las pocas horas de la captura del Pueblo, el Gobierno de los Estados Unidos envía a las cercanías de Wonsan, el puerto donde se hallaba amarrado el buque norteamericano, a su gigantesco portaaviones Enterprise, más varios destructores y submarinos. Al mismo tiempo, Johnson convocó a 15.000 reservistas de la Marina y la Aeronáutica, movilizó 372 aviones inactivos, y ordenó al Pentágono la confección de un plan de operaciones. "Estamos militarmente preparados para cualquier contingencia", dijo el viernes 26 de enero, en su primer mensaje público sobre la delicada crisis.
No obstante, y coincidiendo con el ablandamiento de Washington, el Enterprise desviaba su rumbo hacia el Sur; en la madrugada del sábado, este coloso de 90.000 toneladas se daba cita al nordeste del puerto surcoreano de Pusan, con otros dos portaaviones nucleares: el Yorktown (30.000 ton.) y el Ranger (60.000).

COREA II
EL PRECIO DEL ESPIONAJE

Como persona y como ciudadano, me resulta penoso y molesto decirlo, pero no puedo creer nada de lo que afirma mi Gobierno sobre el Pueblo.
No sólo el columnista Murray Kempton sostuvo esta tesis, en los Estados Unidos; buena parte de la opinión pública, y la prensa en general, han cubierto de dudas el incidente del 23 de enero. Nuevamente, el credibility gap (brecha de credibilidad), una especie de constante en la administración Johnson, se abre a los ojos de muchos norteamericanos. La ausencia de represalias, en fin, fortalece las sospechas, acicatea las preguntas.
Lo único cierto, hasta ahora, es que un navío insignificante, de esos que jamás hubieran dejado su marca en los anales marinos, ha colocado a la máxima potencia del mundo en una situación de embarazo solo comparable a la que desencadenó en 1962 la crisis de los misiles cubanos.
A su velocidad de crucero, 12,2 nudos, el Pueblo temblaba como una cáscara de nuez. Hasta mediados del año pasado, era un carguero de la Marina de Guerra, de aquellos que durante la Segunda Guerra transportaban alimentos en el Pacífico. A partir de entonces, fue convertido en una de las 80 unidades (Rusia tiene 60) de la flota de espionaje, esa niña mimada que los altos mandos navales denominan ELINT, por Electronic Intelligence. Tres ametralladoras de 50 milímetros son el único armamento de este navío de 906 toneladas y 60 metros de eslora, que llevaba a su bordo 6 oficiales, 75 tripulantes y dos civiles, expertos en hidrografía. Su travesía por el Mar del Japón, a lo largo de la ruta Vladisvostok-Haiphong -utilizada por los barcos rusos para abastecer a Vietnam del Norte-, era la primera misión que se encomendó al Pueblo.
Su antecesor en esa zona, el USS Banner, fue interceptado una vez por once lanchas norcoreanas, que se alejaron sin disparar un tiro ni abordarlo. El capitán del Pueblo, comodoro Lloyd M. Bucher (38 años, casado, dos hijos), debió recordar ese episodio el 23 de enero, poco después de mediodía, cuando una torpedera norcoreana, de origen soviético, comenzó a navegar alrededor de su nave, detenida para recoger muestras de agua.
El Pueblo llevaba dos semanas en el lugar y el comodoro Bucher no tenía por qué alarmarse: durante ese lapso, muchos MIG habían sobrevolado su unidad; por otra parte, el hostigamiento, la vigilancia, es uno de los azares del espionaje, una ley sobreentendida que no asusta a sus cultores. Pero, luego de identficarse por medio de banderas, el buque norcoreano ordenó: "No se muevan o abrimos fuego". Bucher mandó responder, aún sin inquietarse: "Estamos en aguas internacionales".
Una hora más tarde, otras tres lanchas norcoreanas rodeaban al Pueblo mientras dos MIG lo sobrevolaban. "Sígannos", avisaron los captores. Bucher, entonces, envió por radio un mensaje dramático a su base de Yokosuka, Japón: "Esto va en serio. Manden ayuda". Eran las dos menos cuarto; al rato, un grupo de norcoreanos armados trepó al Pueblo, y Bucher, utilizando una onda de emergencia, notificó a Yokosuka: "Empezamos a destruir los códigos y el equipo secreto. Cuatro de los tripulantes se hirieron (quizá al dinamitar los implementos de espionaje). Cortamos la transmisión". A las tres, el Pueblo amarraba en Wonsan.

El REVES DE LA TRAMA

Es evidente que el alto mando naval (y el propio Gobierno) se estremeció ante la toma del Pueblo no sólo por razones patrióticas: este navío alberga el más moderno instrumental de inteligencia, una parafernalia de exquisiteces valuada en 100 millones de dólares. La falta de noticias sobre las posibilidades que tuvo el comodoro Bucher de aniquilar semejante material, irrita aún más a las autoridades. El semanario Time cita esta frase de un funcionario norteamericano: "El equipo del Pueblo es tan esotérico que raya con lo inalcanzable. La captura es una catástrofe de primera magnitud". Allí reside el "casus belli" que pretendió ver Dean Rusk: en que los adelantos y secretos del espionaje de USA caigan en manos de los comunistas, sus enemigos. El desgraciado incidente del U-2 volvía a repetirse.
En los Estados Unidos, arreciaron las preguntas: Newsweek las contesta así:
* ¿Violó el Pueblo la soberanía norcoreana? Según Pyongyang, el navío se hallaba a 7,6 millas de la costa; según Washington, a 25, aunque luego se rectificó: a 16.3 millas. Pero el Secretario de Prensa, George Christian, tampoco ayudó a clarificar el asunto. "La posición del gobierno -dijo a los periodistas- es esta: el Pueblo se hallaba en aguas internacionales cuando fue abordado por el enemigo."
- ¿Hace usted diferencias entre la posición del Pueblo, cuando fue interceptado, y el sitio donde se hallaba al producirse el abordaje?
- No voy a meterme en sutilezas -contestó Christian.

* ¿Por qué no se enviaron aviones en ayuda del buque? De acuerdo con todos los indicios, esa decisión fue tomada por comandantes locales, no por las autoridades del Pentágono. Este hecho se debió, en gran parte, a que el comodoro Bucher y sus superiores inmediatos tardaron en advertir el peligro: el primer mensaje de Bucher pidiendo socorro fue irradiado una hora y tres cuartos después del encuentro con la torpedera. Por otra parte, los aviones hubieran tenido que entablar lucha con los 2 MIG que sobrevolaban al Pueblo y sus captores, y con los otros 75 estacionados en una base cercana al puerto de Wonsan. "Nadie quiso -deduce Newsweek- asumir tan costosa responsabilidad."

* ¿Por qué no luchó la tripulación del Pueblo? Si bien el artículo 0730 del reglamento naval ordena la resistencia, hay motivos para creer que Bucher actuó siguiendo instrucciones de sus jefes; abrir el fuego hubiese tenido implicancias más serias. La explicación es peregrina; parece más sencillo tener en cuenta que con tres ametralladoras de 50 mm poco podía hacer el comodoro Bucher. ¿Cobardía, entonces? La foja de servicios del capitán dice todo lo contrario; sus amigos, también.
"Es todo un norteamericano -juzga el teniente Alan Hemphill-. Hoy no está de moda creer en Dios, la Patria, la madre y la torta de manzanas (postre popular en USA). pero Pete Bucher cree en eso, y no se sonroja al confesarlo." Si Pete le dice a los norcoreanos algo más que su nombre, grado militar y número de serie -añade- será una palabrota." "Cuando estuvo conmigo el año pasado -memora Walter Gunnell- me dijo que descontaba que su barco sería hostigado, pero que cuanto eso sucede no hay que escapar sino afrontar las consecuencias, nunca echarse atrás."

EL RATON Y EL ELEFANTE

¿Cómo una nación tan pequeña se atreve a retar a la primera potencia? Ningún norteamericano medio quiere responder. Los especuladores políticos, los diarios y las revistas, esgrimen las más variadas hipótesis; la mayoría de ellas coinciden en vincular la ofensiva guerrillera en Vietnam con la captura del Pueblo o en adivinar tras el incidente en el Mar de Japón una planificada conjura de rusos y chinos.
No son ideas vagarosas, febricientes. No lo es, en cambio, la certeza de que Corea del Norte es una nación pequeña; y de que su Presidente, Kim Il Sung (57 años), pretende reunificar la península, enmendar la plana a José Stalin, su maestro, quien consintió la división hace más de dos décadas. Según Time, las ansias de Kim crecen desesperadamente porque está cerca de los 61 años, edad que el zodíaco de los coreanos señala como el fin del ciclo útil de los hombres. Pero las ansias de Kim tiene también otro origen; por ejemplo, las maniobras de tropas norteamericanas y de Corea del Sur, recientemente efectuadas bajo el rótulo de Operativo Salto del Tigre: 300.000 hombres actuaron en ellas y hasta ensayaron cohetes teledirigidos del tipo Nike.
"Los norcoreanos, como los cubanos, son los marginados de la coexistencia pacífica. el equilibrio mundial se hizo a espaldas de ellos, sin su presencia", escribe L'Express, de París. Hace diez meses, el periodista Wilfred Burchett se asombraba ante Kim Il Sung de la rapidez con que había sido reconstruida la capital, Pyongyang (400.000 habitantes en 1950, 80.000 después de la guerra, 1.000.000 ahora). "Si quiere volver, hágalo enseguida, porque probablemente todo será destruido nuevamente", dijo Kim. Y agregó: "cuando voy con mis colegas a una función de teatro, siempre les advierto: "Aprovechen mientras puedan, pero no piensen que esto ha de durar eternamente".
En agosto de 1966, dos años después de la caída de Kruschev, el Partido Comunista de Corea del Norte, hasta entonces totalmente fiel a la línea china, tomó sus distancias. El diario de la agrupación, Nadang Sinmun, publicó entonces un editorial titulado "Defendamos la independencia", en el que se condenaba el "revisionismo moderno", pero también el "oportunismo de izquierda". Y, dirigiéndose a Pekín, que rehusaba todo compromiso con Moscú, el texto añadía: "La unidad comunista y un frente orgánico contra el imperialismo no contradicen la lucha antirrevisionista".
En privado, Kim tomaba contacto con Rusia y con China y proponía, según sus palabras, "montar un contraataque colectivo contra la agresión". Las dos capitales se negaron a secundarlo, como se han negado a secundar a Vietnam del Norte o a Cuba. Por lo tanto, Kim empezó a denunciar la "verborrea" de los chinos y la "prudencia" de los rusos. Hizo algo más: prepararse para que su país no quede a merced de los norteamericanos, si se repitiese la experiencia vietnamita. Los gastos militares, que representaban sólo el 3 por ciento del presupuesto, crecieron hasta el 30 por ciento; en total, 480 millones de dólares. Se formaron milicias en las fábricas, las Universidades y las cooperativas. Las ciudades se inundaron de carteles con esta leyenda: "'Trabajador, disponte a empuñar las armas en cualquier momento!"
Hoy, la defensa norcoreana está asegurada por un Ejército de 367.000 soldados (contra 600.000 en Corea del Sur, más 50.000 de las divisiones 2 y 7 de la Infantería norteamericana), una fuerza aérea de 35.000 efectivos y 650 aviones (superior a la surcoreana) y una Armada de 10.500 marinos; la milicia popular consta de 1.200.000 hombres y mujeres. Quizá por este crecimiento militar, el plan económico septenal, que debía concluir en diciembre último, fue prorrogado.
La tendencia se trasladó, incluso, a los rangos del Partido: el Ministro de Defensa, general Kim Chang Bong; su adjunto, el general Yi Yong Ho, jefe de acción política en las Fuerzas Armadas; el general Ha Chin U y otros cuatro oficiales superiores ingresaron en el Politburó. Un índice del endurecimiento del gobierno de Corea del Norte puede hallarse en el aumento de incidentes fronterizos. corea del Sur no le va en zaga. Basta una muestra: en la revista Comercio Exterior, que edita el Ministerio de Información, puede leerse que "el gobierno espera poder sacar de la guerra de Vietnam las mismas ventajas que Japón sacó de la guerra de Corea cuya economía prosperó gracias a la demanda de materiales bélicos".

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Kim Il Sung: siempre listos

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Goldberg: las culpas ajenas

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Lloyd Bucher, el Pueblo y algunos de los instrumentos utilizados para el espionaje
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No obstante, conviene saber que la dirección del Pueblo es el primer comando naval del Bucher, un nativo de Pocatello, en Idaho. Criado en un orfelinato, se destacó como jugador de football en el colegio de Boys Town, Nebraska, donde se puso el seudónimo de Pete, en honor de una estrella de ese deporte. Para asistir a la Universidad se enroló en la Marina: salió de ella con un diploma de geología, una esposa morena, Rose, y un destino en el Servicio de Submarinos, la elite de la fuerza.

* ¿Por qué no trató Bucher de hundir su nave o, al menos, de anclar? El primer deber del capitán era destruir o arrojar al mar el equipo secreto que llevaba a bordo. Echar a pique el barco resultaba imposible: hubiera tomado horas varias; tampoco podía Bucher hacer volar el buque mientras sus hombres se hallaban en él. en cuanto a echar el ancla, bastan unos minutos para entorpecer el mecanismo y frustrar la maniobra.

* ¿Por qué el Pueblo no iba mejor artillado, por qué no le daba escolta un destructor? Hasta el presente, la Marina se guía por el precepto según el cual un mayor armamento o una escolta sólo sirven para llamar la atención sobre la naturaleza provocativa de un barco de espionaje. Además, y aunque el Pentágono no lo admite, la guerra de Vietnam exige tal volumen bélico que difícilmente la Marina podría destinar una escolta para cada uno de los buques de ELINT.
Estas preguntas, y otras menos éticas, deben de estar formulando a Bucher y sus hombres las autoridades de la inteligencia norcoreana. Desde 1963 no tenían en su poder a militares de USA: en ese momento, dos pilotos de helicópteros, cuyas máquinas fueron abatidas, sufrieron tortura y lavados de cerebro, hasta que un año después se obtuvo su libertad. El porvenir de los 83 ocupantes del Pueblo no deja de inquietar, sin duda, a los gobernantes de USA: cualquier represalia podría condenarlos a la muerte.
Por cierto que los norcoreanos se apresuraron a adornar su botín: trasmitieron dos presuntas declaraciones de culpabilidad formuladas por el comodoro Bucher. Una de ellas, impresa; la otra, grabada en cinta magnética. era tan visible la defraudación que hasta Radio Praga se negó a avalar ambos "documentos". La esposa de Bucher, una vez escuchada la supuesta grabación, negó que ésa fuera la voz de su marido.

LOS HURONES FLOTANTES

Pese al estruendo causado por los Kim Philby, los Oleg Penkovsky o los Rudolf Abel, el espionaje se transforma cada vez más en una tarea gélida, impersonal, en la que las máquinas suplantan al ser humano como la mayor fuente de información. En las últimas tres décadas, la electrónica ha dotado a las redes de inteligencia de un arsenal de elementos nunca imaginados, una mezcla de sofisticación y de diabólica pericia. Sólo perduran, del pasado, las dos formas básicas del oficio: oír y ver.
Para lo primero sirven los buques de ELINT, gracias a los cuales la Marina de los Estados Unidos han conseguido clasificar a unos 450 submarinos soviéticos, desde los viejos modelos Whiskey hasta los supermodernos del tipo Juliette. Algunos de los instrumentos de estos verdaderos laboratorios navales son tan sensibles que captan lejanísimas transmisiones telefónicas y telegráficas.
El barco es, sin duda, uno de los mejores puestos de escucha: puede moverse en cualquier sitio y estarse en un lugar determinado durante meses. Por otra parte, el santuario internacional de las 12 millas no necesita ser violado, pues a esa distancia un buque como el Pueblo está en condiciones de realizar muchas de sus tareas básicas. En ciertas ocasiones, se utilizan destructores para esta turbia labor; pero, en general, tanto los Estados Unidos como Rusia no emplean barcos de guerra, sino cargueros en el primer caso y pesqueros en el segundo, desde luego reacondicionados para su nuevo fin. El Liberty, atacado por los israelíes durante la ofensiva de junio último era, precisamente, un ex buque mercante afiliado a la flota de espías.
He aquí un análisis de los trabajos que realizaba el Pueblo:
1) Escuchar las comunicaciones tácticas de los comunistas, especialmente aquellas frecuencias radiales que no pueden ser detectadas más allá del horizonte. Antenas direccionales y telescópicas sirven para localizar la exacta posición de las radios norcoreanas. Detrás del puente de mando, en lo que antes fueron bodegas, operan los técnicos, en compartimentos con aire acondicionado, llenos de receptores de radio, computadoras y teletipos. Cada receptor está unido a un grabador magnetofónico; aquellos mensajes interceptados que requieren atención y desciframiento urgente son apartados por los especialistas y esclarecidos con las computadoras.
De los buques, esos mensajes pasan a las oficinas de Seguridad Naval y de la Agencia Nacional de Seguridad, con sede en Maryland, para exámenes del más alto nivel. Los códigos son quebrados por los expertos, y un método llamado "análisis de tráfico" sirve para establecer detalles tan preciosos como la ubicación de cuarteles militares, la fuerza y estado de preparación militar de la tropa y hasta el nombre de los comandantes.
2) Determinar las señales de los radares norcoreanos. Cada radar tiene un carácter electrónico distinto, y una vez que los técnicos de los Estados Unidos miden las señales, pueden derivar sistemas para enredar o distorsionar el radar de Corea del Norte.
Es probable que el Pueblo estuviese escuchando el tráfico marítimo del área, mediante el uso de hidrófonos que toman el sonido de las hélices de barcos y submarinos. Los dos hidrógrafos que iban a bordo se dedicaban a registrar la temperatura de las aguas y su grado de salinización, factores que afectan las ondas del sonar y son, por lo tanto, de vital importancia para los submarinos que tratan de evadir la detección. Para impedir que sus secretos caigan en manos del enemigo, la mayoría de los barcos ELINT se hallan provistos de mecanismos automáticos destinados a destruir el equipo.