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crónicas del siglo pasado

REVISTERO

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GUERRA EN ASIA
revista Primera Plana
febrero 1968
(continuación)

 

Vietnam I
EL RAYO QUE NO CESA

El invierno en Vietnam del Norte es siempre una estación amarga y desolada; pero este invierno -el cuarto desde que comenzó la escalada- es vivido como una especie de agonía colectiva por 18 millones de seres que habitan al norte del Paralelo 17.
La comida es escasa, y los frágiles sucuchos de madera y bambú están más pobremente iluminados que nunca, casi sin leña en la chimenea. En Hanoi, a las 5 de la madrugada, escuálidas gentes de ojos cansados salen a los patios o a las calles para hacer su calistenia obligatoria. Toman su frugal desayuno y, vestidos con raídos trapos oscuros, se dirigen a pie o en bicicleta hacia una jornada de trabajo que no concluye hasta entrada la noche.

 

 

 A mediodía sorben en pocos minutos una sopa transparente: tiene una hora para hacer práctica de tiro. Todos llevan al hombro sus rifles soviéticos.
Pero cuando aclara el cielo gris, su estado de ánimo se transforma eléctricamente. Los altoparlantes rugen una alerta; la calle se vacía; todos desaparecen en sus refugios para una sola persona, excavados en las veredas y con tapaderas de concreto. Asoman los aviones norteamericanos, crepitan disparos de baterías antiaéreas y armas pequeñas; desde las afueras de la ciudad, los misiles tierra-aire provistos por los rusos atraviesan el cielo con sus blancas estrías. Si un misil da en un avión atacante y lo derriba, los ojillos que espían desde los refugios alzan las tapaderas y vitorean con frenesí.
De esta manera se extingue otro día en Hanoi, con otro ataque de USA contra Vietnam del Norte. Esta operación, iniciada el 7 de febrero de 1965 -esta semana se cumplen tres años-, es la ofensiva aérea más prolongada, la más implacable de la historia. Unas 700.000 toneladas de bombas abrasaron el mísero país de Ho Chi Minh: ni siquiera sobre la poderosa Alemania, durante toda la Segunda Guerra, se descargó un tonelaje igual. Pero, a pesar de este espeluznante asalto, Vietnam del Norte continúa desafiando a la mayor potencia militar de la historia.
La estadística norteamericana no indica el número de bajas que comportan estos bombardeos: oficialmente, sólo se atacan blancos estratégicos, y la prensa occidental admite la hipócrita ficción de que la puntería de los pilotos es perfecta y de que alrededor de esos blancos no hay civiles. En todo caso, no son incursiones de terror indiscriminado, como las que se emprendieron en la Segunda Guerra. También parece que los norvietnamitas adoptaron efectivas medidas de protección.
Pero los daños materiales son incalculables. Según Olivier Todd, un periodista francés que recientemente visitó Hanoi, las bombas se acercan al corazón de la capital y la mayoría de las otras ciudades ya han sido arrasadas; a lo largo de las rutas no hay ladrillos ni piedras en pie; el asfalto es un recuerdo. Todd, que no oculta su simpatía por la causa norvietnamita, quizás exagere; pero es cierto que ciudades enteras yacen en ruinas, y otras, totalmente evacuadas, se transformaron en ciudades fantasmas. Las fotos aéreas de Haiphong, segunda aglomeración urbana y puerto de entrada para la ayuda rusa y china, con todos sus puentes, caminos y depósitos destruidos, con sus calles, parques y canchas de fútbol invadidos por cientos de cajones, vigas y bolsas de cemento, que serán enviados al interior, son la imagen misma del aniquilamiento.
El mismo opresivo espectáculo en todo el país. El complejo siderúrgico de Thai Nguyen, en un tiempo orgullo del régimen comunista norvietnamita, acabó pulverizado. A lo largo de la costa del Golfo de Tonkín, las aldeas de pescadores miran con sus ojos hundidos; sus barcas han sido capturadas o destruidas; la falta de pescado -único alimento del país, además de arroz -trajo un grave desequilibrio dietético, remediado en parte por la distribución masiva de vitaminas.
Grupos de trabajadores orillan los cráteres abiertos en las rutas; medio millón de hombres y mujeres dedican una parte de su tiempo a repararlas. Unos 200.000, potencialmente productivos, han sido distraídos para manejar los 8.000 cañones antiaéreos y los 180 nidos de misiles SAM, y otros 200.000 están comprometidos en el transporte de material bélico hacia Vietnam del Sur. La desorganización causada por la guerra aérea es, sin duda, formidable; pero los norvietnamitas demuestran una asombrosa capacidad para adaptarse a ella. Las fábricas desmanteladas trabajan 24 horas diarias, dispersas en cuevas o en docenas de casas situadas en pueblos del interior. Para compensar la carencia de hombres, dedicados a la lucha, más y más mujeres y adolescentes se hacen cargo de las máquinas.
Como es de imaginar, la producció´n agrícola e industrial ha sufrido mucho. Pero la economía no dejó de funcionar; por el contrario, apoya eficazmente el esfuerzo militar del Vietcong, en la otra porción del país. Para formar escondrijos, más de medio millón de árboles de crecimiento rápido se plantaron el último invierno; rociados de napalm, sólo vivieron pocos meses. Entre sus ennegrecidas siluetas, los hombrecillos cargan armamento, vituallas o tambores de combustible en bicicletas o carretillas, cuando no en sus espaldas. Los aldeanos reconstruyen su trecho del camino o improvisan puentes, colocando planchas sobre los "sampans" de cubierta chata.
La política de dispersión en vasta escala se aplica también al pueblo. Ciento de miles de mujeres, niños y ancianos fueron desplazados de las ciudades al campo. Los norvietnamitas están seguros de que USA terminará por destruir su capital: en previsión, ya se tomaron medidas para organizar un movimiento con base en la jungla. En una entrevista reciente, el intendente de Hanoi declaró a un periodista filipino: "Hemos trazado planes para al nueva capital; ésta es demasiado pequeña; después de la guerra servirá de exposición cultural".
Entretanto, la defienden con enconada ferocidad. El año pasado cuadruplicaron la cantidad de misiles SAM. Todas las otras ciudades están erizadas de cañones antiaéreos. Los pilotos norteamericanos están convencidos de que la defensa aérea del enemigo es la más formidable que se haya emplazado en cualquier lugar del mundo. "Es tan compacta -dice uno de ellos- que se puede caminar por encima de ella."
Hasta ahora, los norteamericanos anunciaron la muerte de más de 100 aviadores, la captura de otros 100, y 460 figuran en las listas como desaparecidos. Admiten también la pérdida de unos 800 aparatos de los tipos más modernos; sólo esto representa un costo de 2.000 millones de dólares por año.
¿Cuál ha sido la recompensa de esta inversión de sangre y dinero? Los estrategas norteamericanos alegan que el bombardeo detuvo la infiltración de hombres y armas a Vietnam del Sur; y, lo que es más importante, evitó una formidable expansión comunista en el sudeste asiático. Ambos puntos son verdaderos, probablemente; pero el último, puesto que se cifra en una tesis negativa, es difícil de probar.

HISTORIA DEL DELIRIO

Nadie podía imaginarlo, hace tres años y medio, cuando algunas lanchas norvietnamitas dispararon contra dos destructores de USA que patrullaban el Golfo de Tonkín (¿pero dispararon, realmente?; muchos lo dudan). Fue el 2 y 3 de agosto de 1964, aunque Lyndon Johnson y el Pentágono se conformaron entonces con sólo un centenar de raids aéreos sobre Vietnam del Norte, violando así, por primera vez, el territorio de Ho Chi Minh.
"Ha sido una respuesta limitada -declaró el Presidente-. Los Estados Unidos no desean extender la lucha a Vietnam del Norte." No obstante, el 7 de agosto, el congreso le entregaba un cheque en blanco, el mismo que Johnson exhibe cada vez que ciertos legisladores pretenden forzarlo a declarar la guerra a Hanoi: plenos poderes a la Casa Blanca para tomar represalias en caso de ataque contra unidades y tropas de la Unión.
El delirio, sin embargo, empezó a los seis meses. Lyndon Johnson, que acababa de ganar su mandato presidencial oponiendo un dulce pacifismo a las promesas bélicas de Barry Godlwater, se dispuso a ejecutar el programa de su rival en las elecciones de noviembre de 1964. El 7 de febrero de 1965, siete horas después de un inflamado discurso del Primer Ministro soviético en Hanoi, y doce después de un encarnizado asalto del Vietcong a la base de Pleiku, decenas de aviones norteamericanos bombardearon el Norte. La escalada había comenzado.
Las "represalias" se transformaron, desde ese momento, en una campaña persistente, inacabable. Los guerrilleros cercaron la base de Qui-Nhon; para aflojar la presión enemiga, se enviaron 160 aviones en un solo día contra las "fuentes de la agresión". No cedieron. Johnson, no sin proponer negociaciones de paz, solicitó al Congreso otro favor: 700 millones de dólares para continuar la violenta ofensiva. A principios de marzo, con el desembarco de 3.500 marines en Danang, el cuerpo expedicionario norteamericano llegaba a 27.000 hombres, que ya participaban abiertamente en las operaciones, rehusando la ficción que los describía como "instructores". A mediados de año eran 54.000. Las misiones aéreas estragaban objetivos a apenas 100 kilómetros de la frontera china.
Dean Rusk exultaba: "Ya nadie cree que hay cotos vedados". Los rasgos fisonómicos de Johnson empezaron a crisparse: "Realmente, se trata de una guerra". Las superfortalezas B-52, primero desde Hawaii, luego desde portaaviones, por fin desde Tailandia, lanzaban bombas por decenas de toneladas; bombas incendiarias, bombas irradiantes. Los rusos enviaron a Ho Chi Minh los primeros cohetes tierra-aire. La propaganda comunista se excedía: "Destruimos 800 aviones; pusimos fuera de combate a 15.000 soldados del Gobierno títere y a 15.000 norteamericanos".
En el primer trimestre de 1966 habían afluido a Vietnam 215.000 soldados extranjeros: "El 10 por ciento de nuestro poderío militar", admitía el Secretario de Defensa, McNamara. El comandante de la VII Flota, almirante Ulysses Grant Sharp, se hamacaba en el absurdo: "La guerra de Vietnam no se puede ganar, pero estoy de acuerdo con extenderla". Ho Chi Minh replicó: "Venceremos, aunque el conflicto dure veinte años más".
El resto del año trajo cambios sustanciales en el elenco gubernativo de Saigón; centenares de bonzos apelaban a la huelga de hambre; varios se inmolaron frente a la Embajada norteamericana. Ante un atentado terrorista, soldados de USA perdieron la cabeza y ametrallaron al pueblo. Poco antes, el Embajador Cabot Lodge se excusó por los "errores" -más de veinte, en esa época- cometidos por pilotos norteamericanos en perjuicio de los batallones survietnamitas. También rociaron de napalm a sus propios camaradas. En Navidad, mientras Johnson requería poderes especiales para convocar a 2 millones de reservistas, el Cardenal Spellman se enfrentaba con desparpajo a la Santa Sede: "Toda solución que no sea la victoria, es inconcebible".
En enero de 1967, los primeros contingentes australianos, neozelandeses, filipinos, surcoreanos, acudían en ayuda de los norteamericanos, que ya sumaban 383.000 hombres. El Jefe de Estado Mayor, general Harold K. Johnson, declaró necesaria una contienda de ocho años, por lo menos. El 26 de marzo, el Vietcong tendía su más perfecta emboscada: destruyó un convoy de 3 kilómetros de longitud. La aviación norteamericana confesaba la pérdida de más de 2.000 aparatos; pero Vietnam del Norte ya se había quedado sin las dos terceras partes de su capacidad de energía eléctrica.
En el segundo semestre, Westmoreland pedía más tropas; McNamara., para poner un límite a estos reclamos, imaginó una muralla electrónica a lo largo del Paralelo 18, que debía conjurar la infiltración norvietnamita. Desechada la idea por el Pentágono, el Secretario de Defensa renunciaría en diciembre. Poco antes, un simulacro electoral permitió a los generales Van Thieu y Cao Ky "legitimarse" como Presidente y Vice; en realidad, sólo obtuvieron un tercio de los votos y la Asamblea Nacional dictaminó fraude.
Una semana de lucha, a fines de noviembre, culminó en Dakto: 300 norteamericanos muertos, un millar de heridos; las cifras del Vietcong multiplicaban por cuatro. La guerra rozaba las fronteras de Camboya y Laos; en Tailandia, aparecían guerrilleros comunistas. Johnson, recibido por el Papa, repetía sin convicción sus periódicos llamados a la mesa de negociaciones.
Lo que el bombardeo no pudo hacer, evidentemente, es debilitar el poderío militar de Vietnam del Norte. Por el contrario, un perito occidental alega que "la capacidad del Ejército y la de la Fuerza Aérea para abastecer a la guerrilla, es ahora mayor que en cualquier otro momento". Las cifras norteamericanas, el mes pasado, asignaron a Vietnam del Norte 51.000 soldados en el Sur; pero tiene, además, 380.000 combatientes bien entrenados, con armas soviéticas y chinas mucho más modernas que las que tenían hace tres años. En cuanto a los pilotos, han sido adiestrados en la URSS, mes a mes acrece el número de sus aparatos MIG, y cada día más los MIG desafían a las superfortalezas norteamericanas. Orgullosamente, los norvietnamitas dicen: "Hemos expulsado a todos los invasores: a los chinos, los japoneses y los franceses. ¿Acaso los norteamericanos son semidioses?"

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Westy y las tropas survietnamitas

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Marines: implacable ejercicio

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"este era mi hogar"


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la edad de la guerra

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presidente Van Thieu: Represión

FLAQUEZA DE LOS COMPUTOS

No lo son, ciertamente. La historia de esta guerra no declarada es la historia de una larga serie de errores de apreciación; cada peldaño de la escalada debía ser el último; en cada caso, si se otorgaba lo que pedían, los jefes militares garantizaban el éxito. Una y otra vez, también el enemigo redobla sus acometidas.
A principios de 1968, el despliegue de fuerzas contra el Vietcong era muy superior al que impuso hace 22 años la rendición del Imperio japonés. Los norteamericanos han desembarcado 470.000 hombres, sus aliados 58.000; el Ejército survietnamita alista 700.000 soldados (incluida la milicia). El enemigo cuenta con 378.000, buena parte de los cuales son irregulares.
Se asigna al Vietcong unos 3.000 morteros y unos 400 cañones. Los norteamericanos disponen de 1.500 morteros y 1.200 cañones, a los que debe sumarse la artillería de los aliados (390 y 25) y la survietnamita (700 y 150). La fuerza naval comunista se reduce a una docena de lanchones y medio centenar de juncos artillados; en realidad, las costas están inermes ante una escuadra de 95 naves (50 bajo bandera de USA). Tanques: 540 norteamericanos, 150survietnamitas, 150 aliados, contra ninguno del Vietcong. Helicópteros: 2.500 norteamericanos, 10 aliados, 50 survietnamitas, contra ninguno en el otro bando. La aviación norvietnamita alista de 55 a 65 aparatos; los norteamericanos cubren el cielo con sus 2.600 máquinas, a las que se añaden 30 de los aliados y 250 de Vietnam del Sur.
En realidad, hay tres guerras simultáneas en Vietnam. Una, casi convencional, es de los helicópteros y las brigadas blindadas que enfrentan en el Sur a las duras unidades comunistas. Otra, la ardua lucha llamada "pacificación": se trata de romper la estructura del Vietcong en el campo; en ella participan los norteamericanos por medio de sus sádicos "boinas verdes" y batallones survietnamitas, cuya lealtad se derrumba a menudo. La tercera es esta ininterrumpida ofensiva aérea contra el Norte, planeada, curiosamente, para persuadir a los comunistas de que no pueden triunfar.
Pero tanto las victorias logradas en el campo de batalla como la incalculable destrucción del país de Ho, no pueden ser consideradas sino como condiciones preliminares para imponer la "pacificación". Ocurre exactamente lo contrario. El martilleo aéreo, indignamente aclamado por los generales survietnamitas, y las inevitables brutalidades de una contraguerrilla, que no puede distinguir entre inocentes y culpables, no hacen sino reforzar los sentimientos "antiimperialistas".
En principio, los mismos que se acogen a la protección norteamericana son sospechosos; tal vez esperen un momento propicio para reiniciar la acción contra "los invasores". La semana pasada, en Saigón y en todas las ciudades importantes, el general Westoreland se encontró con una verdadera insurrección en masa; según sus asesores, esa gente había sido pacificada.
si alguien, particularmente, está en un serio aprieto después de la insurrección comunista de fines de enero, es Robert W. Komer, un civil a quien Westmoreland confió la dirección política de su campaña, y cuya apreciación, cautamente optimista, se fundaba en una maciza cantidad de estadísticas.
Komer y su gente han perfeccionado el HES, Hamlet Evaluation System (Sistema de Evaluación de las Aldeas), que pretende diagramar los progresos del poder de Saigón sobre los 17 millones de habitantes de Vietnam del Sur. Se pide a los consejeros de distritos norteamericanos que evalúen mensualmente sus áreas, según 18 criterios que abarcan desde la cantidad de ataques terroristas hasta las quejas de los aldeanos a propósito de los impuestos. Esta información se transmite a las computadoras.
En su último mensaje sobre el "estado de la Unión", el Presidente Johnson anunció cabalísticamente que, en el curso del último año, la autoridad survietnamita se había extendido sobre otro millón de almas. En realidad las computadoras de Komer afirman que los dos tercios del pueblo habitan las áreas controladas; en 1965, era menos de la mitad. Aunque el vietcong mantiene todavía su dominio sobre áreas enormes, son de escasa población. Por lo tanto, sólo uno de cada seis vietnamitas del Sur se hallaría bajo control del Vietcong.
Pero Komer y sus colegas no entienden sino de estadísticas: el sentir de los otro cinco survietnamitas no se deja aprisionar en cifras. Los pesimistas no tienen números para apoyar su juicio, pero un reciente estudio de las actitudes populares en las provincias survietnamitas -recopilado por informantes de la Embajada norteamericana- reveló que mucha gente, antes de optar, desea asegurarse de que el Gobierno es suficientemente fuerte, o está suficientemente interesado, para protegerlos del Vietcong.
Este punto de vista fue corroborado por reporteros de Newsweek en los cuatro frentes cubiertos por el Ejército norteamericano. Buena parte de las respuestas han sido indiferentes; la más característica, acaso, es la de un refugiado de 56 años en el territorio costero de Danang: "No sé -dijo- quién ganará la guerra, pero echo de menos el bambú de mi pueblo y las tumbas de mis padres. Volveré allá, tanto si triunfan ustedes como si tengo que hacerme comunista. No me preocupa quién gobernará el país".
Es precisamente esta apatía la que trata de aventar el llamado Programa de Desarrollo Revolucionario, que pretende organizar la vida comunitaria bajo un régimen especial. Visto con espíritu crítico, ese régimen no se distingue mucho de los campos de concentración.
De hecho, bastan pocos meses, después de rescatado un distrito, para que el Vietcong reconstruya su red subterránea de instructores políticos, de cobradores de impuestos y de espías, gracias al resentimiento campesino contra sus "libertadores". Lo cierto es que los generales Thieu y Ky, como sus predecesores, no han sido capaces de capturar la imaginación popular.
La irreductible disposición del espíritu público provoca en el otro bando una inclinación irracional a la violencia. La prensa norteamericana discute a menudo sobre la progresiva degradación moral de un Ejército culto en un país asiático, donde el aprecio por la vida es nulo. Los servicios de inteligencia imponen su yugo a las unidades combatientes; la represión conduce al uso sistemático de la tortura; los prisioneros son entregados a los militares de Vietnam del Sur, que generalmente los fusilan.
Es la "guerra sucia": para hacerla, el Pentágono ha debido crear un cuerpo especial, las Special Forces o "boinas verdes", que aplican métodos incompatibles con las honrosas tradiciones de West Point.
"En el transcurso de los últimos años -escribe el doctor Alje Vennema, director de una misión médica canadiense en Vietnam del Sur- examiné y traté a un gran número de pacientes, mujeres y niños a menudo, que fueron expuestos a la acción de un gas cuyo nombre desconozco." El 10 por ciento de las víctimas adultas y el 90 por ciento de los niños, murieron.
El Pentágono afirma que los gases utilizados en Vietnam no son venenoso: "inhibidores" o del "tipo lacrimógeno", no tendrían efectos permanentes. El testimonio de Vennema, un diputado especialista en vías respiratorias, es uno entre cientos, y fue presentado no ante un organismo de agitación política, como el tribunal internacional presidido por Sir Bertrand Russell, sino ante la Academia de Ciencias norteamericana, que se negó a examinarlo.
La intolerancia, que ya invade los círculos consagrados a la investigación científica; la carcoma que sufre en los Estados Unidos el debate libre, sometido a la extorsión de los profesionales del patriotismo; las deserciones de soldados norteamericanos; el acondicionamiento psíquico para la violencia, fruto de una guerra que todos los hogares siguen noche a noche en sus pantallas de TV, forman parte del "precio moral" que paga una democracia por esta pertinaz empresa de política exterior.