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crónicas del siglo pasado

REVISTERO

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A TREINTA AÑOS DEL COMIENZO
DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL
(revista Siete Días 1969)

 

A comienzos de setiembre de 1939, cuando Gran Bretaña y Francia decidieron enfrentar a Alemania, la humanidad asistió al estallido de la mayor contienda armada de toda su historia: a 21 años de la primera, otra gran guerra.

La Segunda Guerra Mundial duró 2.191 días. Involucró a casi toda Europa, el norte de Africa y la península arábiga; la mayor parte de Asia, Oceanía y los archipiélagos del Pacífico; la América del Norte y, en débil eco tardío, hasta la América latina; movilizó 70 millones de soldados, el número más elevado de combatientes que registra la historia; al terminar, puso en acción el arma más tremenda inventada: la bomba atómica.

 

 

Oficialmente, la gigantesca contienda comenzó el 3 de septiembre de 1939, cuando Gran Bretaña y Francia declararon la guerra a la Alemania nazi que, dos días antes, había atacado a Polonia. Pero venía gestándose mucho tiempo atrás, y las continuas claudicaciones de Gran Bretaña y Francia frente al expansionismo de Adolfo Hitler sólo sirvieron para postergarla. Hubo un período sorprendentemente largo en que la política anglofrancesa de dedicó a apaciguar a toda costa al Fuhrer, ilusionándose con que las crecientes reivindicaciones territoriales alemanas se guiaban exclusivamente por el afán nacionalista de aunar en un solo Reich a todos los germanos asentados fuera de las fronteras, establecidas después de la Primera Guerra Mundial.
Así, Londres y París aceptaron sin demasiada oposición la anexión de Austria (13 de marzo de 1938). En ese momento, el primer ministro británico, Neville Chamberlain, no vaciló en proclamar con ciego optimismo: "¡Hemos garantizado la paz por cien años!"
Benito Mussolini, Duce de Italia, firmante del pacto de Munich y activo mediador, recibió las alabanzas de los Aliados, que ya habían echado al olvido su brutal conquista de Etiopía (1935-1936), y que preferían no mirar hacia el sur de los Pirineos, donde el general Francisco Franco estaba derrotando a la República Española con el apoyo ítalo-germano.
La política aliada de apaciguamiento sufre dos golpes mortales en los primeros meses de 1939. En marzo, Hitler desmembra Checoslovaquia; provoca el separatismo de los eslovacos, que forman un pequeño estado satélite del Reich; entrega el territorio subcarpático a Hungría; finalmente el 15, ocupa a Praga y proclama el protectorado alemán en Bohemia y Moravia. Por añadidura, el 22 se apodera violentamente del territorio de Memel, adjudicado a Lituania en 1939. Por su parte, Mussolini, entre el 7 y el 11 de abril, invade Albania y al anexa a Italia. Queda así demostrado que Hitler no se limita a reivindicacioens nacionalistas, sino que su teoría del "espacio vital" implica conquistar y someter a Europa; también ya resulta evidente que el aliado natural de Hitler es Mussolini, pese a que la economía italiana depende muchísimo de los suministros británicos y estadounidenses.
Recién entonces Gran Bretaña implanta el servicio militar obligatorio, mientras apresura su rearme, lo mismo que Francia; de todos modos, los dos aliados siguen maniobrando para prolongar la paz. No saben que ya han sufrido la primera derrota de la guerra, pues al permitir la aniquilación de Checoslovaquia se privaron del apoyo de 36 divisiones de ejército, y sobre todo entregaron a Hitler la poderosísima fábrica Skoda, que desde el pacto de Munich hasta el comienzo de la contienda produjo ella sola -y para los nazis- tanto materíal bélico como toda la industria británica de armamentos.
Aunque el ataque nazi a Polonia obliga a Francia y Gran Bretaña a empuñar las armas, no hacen lo que realmente podría ayudar eficazmente al pequeño país amigo: abrir un segundo frente en el oeste. Proceden con extrema lentitud y muy pronto se resignan a la derrota polaca. No calibran la importancia de estar privados en el este del sostén estratégico de las 35 divisiones de ejército que el gobierno de Varsovia logró formar apresuradamnte. Hitler, en cambio, sabe que ha quedado ahora en plena libertad de atacar cuando y como quiera en el oeste.
Otro error aliado es no haberse asegurado el apoyo de la Rusia Soviética comandada por José Stalin. Hubo un período en que el terrible dictador hizo la corte a Francia y a la Gran Bretaña; para quitar virulencia a los comunistas que actuaban en países de democracia liberal acuñó la fórmula del Frente Popular, en que todas las fuerzas de izquierda y hasta sectores de la burguesía se unían en contra del enemigo común, el nazi-fascismo. Pero los desaires de Londres y de París, y en especial la notoria debilidad de ambos aliados, decidieron a Stalin a pactar con Alemania (23 de agosto de 1939) y a cosechar rápidamente los frutos del acuerdo. Apenas Hitler atacó Polonia, los sobiéticos ocuparon el territorio polaco que antes de la guerra del catorce había pertenecido al Imperio zarista, y que estaba mayoritariametne poblado por rusos blancos y ucranios. Satalin tenía la secreta esperanza de que las dictaduras nazi-fascistas y las democracias liberales (que catalogaba como a dos ramas de un mismo tronco, el capitalismo) se destrozaran mutuamente, mientras Rusia se mantenía al margen, y sólo intervenía en busca del propio provecho.
La conquista alemana de Polonia es la primera blitzkrieg, o guerra relámpago. Impone un nuevo concepto estratégico asado en la sorpresa y la velocidad, con gran uso de tanques y divisiones blindadas, así como de los cuerpos de paracaidistas; la aviación cumple un nuevo papel: bombardear y ametrallar la infantería enemiga, y además esparcir el terror entre las poblaciones civiles, que se lanzan a una fuga caótica que entorpecen la acción de defensa de sus propias tropas. La fuerza aérea polaca es anualda antes de que pueda despegar de los aeródromos; los puentes, las principales vías férreas y los centros logísticos resultan pulverizados casi desde el comienzo de la guerra. El heroico ejército polaco se ve triturado entre el ariete alemán y el muro sobiético. El 28 de septiembre, Polonia sucumbe.

LA DERROTA DE FRANCIA

Mientras el ejército expedicionario británico desembsarca en territorio francés, cantando con alegre inconsciencia: "Iremos a tender nuestras mudas de ropa en la Línea Sigfrido, si es que aún existe...", los estrategas aliados osn incapaces de aprender nada de la tragedia polaca. Siguen aferrados a los conceptos de la guerra de trincheras de 1914-1918; hacen oídos sordos ante las repetidas exhortaciones de un militar francés aún poco conocido, Charles de Gaulle, quien afirma: "El arma fundamental ya no es la infantería, sino las unidades acorazadas de rápido desplazamiento, apoyadas por una aviación que entre sus múltiples funciones reemplaza con ventaja a la artillería tradicional.
Detrás de la Línea Maginot, que creen inexpugnable, los ejércitos aliados aguardan. Pero nada ocurre en el frente oeste. Estos meses de desmoralizadora inercia reciben nombres diversos: "parodia de guerra", "guerra sentada", ·"guerra cómica".
Donde ya ha comenzado una guerra en serio, un verdadero combate a muerte, es en el mar. Frente a la abrumadora superioridad naval de los aliados, Hitler acentúa la producción de rápidos y mortíferos submarinos, que formarán lo que más tarde se conocerá como "manadas de lobos", mientras los ejércitos se quedan sentados, ya se inicia la batalla del Atlántico que durará hasta fines de 1943.

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 En ese momento Hitler plantea el problema de los abastecimientos; no ha logrado para Alemania una economía autosuficiente pese a habar desarrollado la industria del caucho y el petróleo sintéticos; depende vitalmetne de los envíos de materias primas provenientes de la Unión Soviética; un renglón fundamental para su esfuerzo de guerra es el hierro de Suecia (neutral como Noruega y Dinamarca), que en invierno es trasportado al puerto noruego de Narvik y debe atravesar el mar del Norte. El Fuhrer decide garantizarse el acceso al hierro sueco, y a la vez convertir a Noruega en una vasta plataforma desde donde amenazar de cerca a Gran Bretaña.
El 9 de abril de 1940, en sólo pocas horas y sin encontrar resistencia, Alemania se apodera de Dinamarca e inicia la invasión de Noruega, donde algunos focos aislados resisten hasta junio, mientras el rey Haakon VII establece en Londres su gobierno en el exilio. A Gran Bretaña le queda el único consulo de incorporar a su flota gran parte de los navíos mercantes noruegos; ocupa las islas Feroe, Islandia y Groenlandia, puntos estratégicos para el control de los abastecimientos.
Mientras dura la guerra "sentada" o "cómica", los pequeños países que hoy constituyen el Benelux, perse a su afinidad con los regímenes democrático-liberales, se aferran a su neutralidad como a una mítica tabla de salvación, y por no irritar a Hitler se niegan a preparar una estrategia conjunta con los aliados.
Cuando el 10 de mayo de 1940 los nazis lanzan un demoledor ataque simultáneo contra Holanda, Bélgica y Luxemurgo, ya es demasiado tarde. Pocas horas bastan para tomar Luxemburgo; en cinco días ponen fuera de combate a las tropas holandesas, que pierden en su desesperada resistencia la cuarta parte de sus efectivos. La reina Guillermina huey a Londres, donde instala su gobierno en el exilio, mientras la ciudad de Rotterdam es arrasada por la implacable aviación nazi, como meses antes ocurriera con Varsovia: Hitler cree en la educación por el terror de las poblaciones conquistadas.
En cuanto al ejército belga, que administra fuertes líneas fortificadas y está bien perterechado y adiestrado, clama por la ayuda de los aliados mientras intenta contener a los invasores. De todos modos, a los dieciocho días de lucha snagrienta, el rey Leopoldo decide la rendición incondicional de Bélgia y es confinado en un castillo bajo vigilancia alemana. La súbita decisión del monarca belga pone en grave peligro todo el Cuerpo Expedicionario británico, junto con nutridas tropas francesas y un puñado de efectivos belgas y polacos: han quedado irremisiblemente aislados del grueso de las FF.AA. francesas, y el enemigo los cerca enlas inmediaciones del puerto de Dunkerque, convencido de que muy pronto habrá de aniquilarlos.
Entonces sobreviene el milagro: del puerto británico de dover se lanzan al mar toda clase de barcos dispuestos a rescatar a los sitiados. Son, en total, 222 buques de la Armada Real, junto con 655 navíos, entre los que se mezclan remolcadores, petroleros, yates de paseo, lanchas particulares, balandras pesqueras, pesadas chatas, antiquísimos vapores de ruedas, y hasta las barcas de los bomberos del Támesis. Esa heterogénea flotilla, guiada por marinos improvisados donde hay desde financistas hasta boys-scouts, entre el 26 de mayo y el 4 de junio va y viene sin cesar de Dover a Dunkerque y logra rescatar 338.266 soldados, de los cuales 139.911 son franceses y belgas. Es preciso abandonar en tierra todo el materila bélico pesado, pero los combatientes se llevan consigo a Gran Bretaña a varios millares de perros mascotas.
Ahora sólo quedan frente a frente los triunfantes ejércitos nazis, galvanizados por una fe fanática y provistos de una estrategia hábil y nueva, y las tropas francesas, con jefes anticuados, sin lucidez ni convicción, y con soldados corrídos por el derrotismo. Los alemanes tienen 3.500 tanques, doce divisiones acorazadas, 5.200 aviones y todo el material es ultramoderno; los franceses poseen 2.800 tanques, tres divisiones acorazadas, y muchísimos menos aviones, mientras que buena parte del material utilizado es obsoleto: por ejemplo, en 1937, mientras la industria germana producía mil aviones, la gala apenas si fabricaba cuarenta aparatos. En 1938, Alemania había dedicado a la la producción bélica el 16,6 por ciento de su presupuesto; Francia, sólo el 7,9 por ciento.
Otros datos definitorios: los importantes sectores derechistas franceses simpatizaban con las soluciones autoritarias y en cierto modo preferían el Nuevo Orden alemán a la caótica república gala; los comunistas vacilaban frente a una Alemania amiga de la URSS; los socialistas estaban aún imbuídos de un pacifismo a ultranza; los quintacolumnistas proalemanes eran activísimos en la lucha psicológica; la población entera no se había leantado todavía del colapso que implicó la gran crisis mundial del año Treinta. Se comprende así que la cuádruple ofensiva alemana del 5 de junio tome París -declarada ciudad abierta- el 14 de junio, y que el armisticio -verdadera rendición incondicional- se firme el 22 de junio de 1940.

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