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crónicas del siglo pasado

REVISTERO


IRLANDA
UN PACTO CON LA EDAD MEDIA

 

 

Una disputa religiosa, de raíces económicas y políticas, desató un impresionante reguero de violencia sobre Ulster, Irlanda del Norte. Gritos y consignas que recuerdan las rencillas medievales fueron marco para el saqueo, la muerte y el odio.
(Siete Dias Ilustrados - agosto 1969)

 

 

"Mataremos a los bastardos papistas", aullaban miles de jovenzuelos protestantes armados con ladrillos, bombas molotov y toda clase de objetos punzantes; "Madre de Dios, lucharemos, lucharemos hasta el fin", respondían centenares de enardecidos católicos, igualmente provistos de armas caseras presurosamente confeccionadas para participar en una sangrienta escenificación del absurdo: la guerra político-religiosa que sacude a Irlanda del Norte y cuyo trágico saldo es -hasta ahora- de nueve muertos, 514 civiles, 226 policías heridos y 185 personas detenidas, además de un desolador reguero de casas incendiadas y comercios saqueados.
Parece un oscuro regreso al pasado medieval: una población de un millón y medio de habitantes se gangrena por una discordia religiosa. Sin embargo, el hecho de ser papista o antipapista designa aún hoy en Irlanda -como hace 500 años en toda Europa, cuando un amplio sector de la Iglesia se insubordinó contra el Papa dando lugar al protestantismo- los términos extremos de una disputa que asombra al mundo y desconcierta a tos observadores desprevenidos.
El hecho es que después de una crisis que casi divide al actual partido oficial de Irlanda del Norte (el Unionista, dominado por tos protestantes) y de un cambio de gobierno precipitado por la decisión del primer  ministro derrocado, Terence O'Neill, de otorgar a tos católicos derechos civiles más o menos similares a los del resto de la población, las viejas callejuelas de Belfast. la capital del país, y de nueve ciudades se hundieron en el caos y la depredación.

LOS APRENDICES DE BRUJO

La cima de ese desbarajuste se alcanzó el martes 12, cuando una enfervorizada multitud de más de 15 mil protestantes avanzó sobre los suburbios .pobres de Londonderry, una de las pocas zonas de Irlanda del Norte donde los católicos son mayoría. El pretexto para realizar la marcha no pudo ser más explosivo: celebrar el aniversario de la derrota que sufrieran, ante las murallas de la ciudad, en 1689, las tropas del monarca católico Jacobo II.
Exactamente a medianoche, una salva descargada por la "estrepitosa Marga" (denominación de la vieja artillería emplazada en los muros de la ciudad) dio la señal para el comienzo de las festividades. A esa hora, los católicos ya habían tomado sus precauciones, cubriendo con planchas de madera las ventanas y las puertas de sus casas y evacuando a los niños de los lugares más peligrosos. Pero todo fue inútil, hasta las desesperadas exhortaciones a la cordura que lanzaron los líderes moderados de ambos bandos. Cuando despuntó el día, un truculento redoblar de tambores retumbó en las barriadas obreras y casi miserables de Bogside, habitadas por los papistas, prenunciando la inminente llegada de tos "jóvenes aprendices", unos muchachones enfundados en virulentos uniformes anaranjados que pretendieron remedar a las falanges homónimas que, hace 280 anos, pusieron en fuga a las huestes de Jacobo II. Al son de acordeones, flautas y clarinetes y con el telón de fondo de los macabros tambores, los cruzados protestantes, a la cabeza de la manifestación, no trepidaron en penetrar en el centro mismo de Bogside, lanzando burdas pullas provocativas contra los "miserables católicos", quienes observaban a la desafiante columna parapetados en sus casuchas desvencijadas mientras los consumían dos sentimientos peligrosos: temor y odio.
Entonces estalló el terror. Grupos de católicos extremistas, aleccionados probablemente por el irascible IRA (Ejército Republicano Irlandés, una secta ultranacoonalista, antibritánica y antiprotestante, proscripta en Irlanda del Norte), atacaron a los manifestantes con barras de hierro y cascotes arrancados al pavimento, mientras levantaban barricadas con toda clase de objetos para impedir que la columna prosiguiera su sangriento paseo. El resultado inmediato, en materia de pérdidas humanas, no fue demasiado aterrador: sólo seis personas heridas. Pero el cielo de Londonderry se ennegreció súbitamente por el humo surgido de decenas de casas de católicos incendiadas por tos protestantes, y la situación se tornó aún más detonante cuando se vio a las fuerzas policiales ayudando -en algunos casos en forma indisimulada- a los anaranjados escuadrones de los "Jóvenes aprendices".
Si bien tos sucesos de Londonderry no eran los primeros que estremecían al país, a partir de ese día la crisis fue total, acaso como nunca en las últimas décadas, y campeó la violencia sistematizada y el desorden total. Sobre todo en Belfast, en donde el reducto católico de Hooker Street soportó una ofensiva combinada de extremistas protestantes y policías: mientras los primeros prendían fuego sincronizadamente a todas las casas de la zona, los agentes uniformados disparaban balazos rasantes contra los inmuebles ocupados por los católicos. Hacia la tarde del viernes 15, ya seis personas habían caído muertas y otras 42 lucían heridas de bala, mientras el distrito católico de Falls Road, también de Belfast, se convertía en el epicentro de la guerra: miles de fieles a la Iglesia de Roma trasformaban esa zona en una impresionante fortaleza armada, ganando el control del área después de desbordar a la policía y de rodear el distrito con grandes barricadas construidas con vehículos volcados, tablas de obras en construcción y toda clase de desperdicios.
En otras zonas de la ciudad y en el resto de los seis condados azotados por los disturbios resonaban intermitentemente los balazos disparados por ambos bandos, mientras las calles se llenaban de escombros y ardían hasta las fábricas y los puestos sanitarios. Los diarios advertían: "No salgan a la calle si quieren quedar vivos". Así y todo, en cuatro días los muertos llegaron a nueve, entre ellos un niño de nueve años tumbado, mientras estaba en su casa de Belfast, por los proyectiles de Belfast, por los proyectiles perdidos de una ametralladora policial.

¡MUERA LA REINA!
¡MUERA EL PAPA!

Pese al anillo protector que habían construido a su alrededor, los católicos refugiados en Falls Road no pudieron soportar el asedio de los protestantes armados con fusiles automáticos. Lo cual provocó un desesperante pedido, aparentemente absurdo: los papistas exigieron a gritos la intervención de las tropas británicas, mientras vociferaban "¡muera la reina!" (Isabel II, de Inglaterra) y "¡muera la policía protestante!"; enfrente, corroídos por un odio igualmente vetusto, los protestantes respondían "¡muera el Papa!", "¡al diablo con el Papa de Roma!".
Una impresionante caravana de católicos, reducidos a la ruina, huyó a Irlanda del Sur, la otra zona en que está dividido el país, independiente de Gran Bretaña y mayoritariamente católica. Pero la furia era empedernida: los hombres llevaban a sus mujeres e hijos hasta los campamentos que había instalado en la frontera el ejército irlandés del sur, se despedían de ellos con un beso y luego volvían sobre sus pasos hacia las barricadas y la pelea.

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Sólo cuando los primeros contingentes de 6 mil soldados británicos (enviados después de nerviosas conversaciones entre el primer ministro inglés Harold Wilson y su ministro del Interior, James Callaghan; ambos debieron interrumpir sus vacaciones) llegaron al escenario del terror, los ánimos parecieron aplacarse. Las fuerzas inglesas tendieron alambradas de púas entre las zonas beligerantes y, aunque parezca paradójico, fueron recibidas con gritos y hasta sollozos de alegría por parte de los católicos. Es que, en los entretelones de una discordia apresuradamente calificada de religiosa, se disimulan las verdaderas causas del conflicto: una disputa geopolítica entre Irlanda del Sur y Gran Bretaña por la posesión de los territorios de Ulster (Irlanda del Norte).
Las raíces más hondas de este encono se remontan al siglo XVI cuando, para sofocar las constantes rebeliones antibritánicas protagonizadas por irlandeses católicos, se efectuó un "trasplante" de colonos ingleses y escoceses en la zona de Ulster, otorgándoseles títulos de propiedad y una situación económica marcadamente superior a la de los antiguos habitantes.En 1921 Inglaterra accedió a beneficiar con la independencia a los territorios que habían conservado mayoría católica las cuales a partir de esa fecha, constituyeron la República del Eire, en Irlanda del Sur. Pero los seis condados norteños se negaron a separarse de los británicos y se les otorgó, entonces, un régimen más o menos autónomo, bajo la protección económica y política de Inglaterra. Naturalmente, los protestantes, que suman un millón, conquistaron el gobierno, pero no se conformaron con esa hegemonía: instauraron un régimen electoral mediante el cual sólo tienen derecho a voto los jefes de familia que posean bienes; de esa manera, consiguieron discriminar a la mayoría del medio millón de católicos, que constituyen el sector más pobre de la población, y a quienes se acusó de querer anexar Ulster a Irlanda del Sur.
Hacia el fin de semana, la voz de Pablo VI se alzó para condenar la violencia. Simultáneamente, Chichester Clark se reunía con los líderes de ambos bandos, en un ambiente sobrecargado de tensiones. Con todo, un atisbo de esperanza afloró el lunes 18, cuando protestantes y católicos formaron comisiones conjuntas para mantener el orden: fue la primera demostración de fraternidad registrada desde que se desencadenó la insensata ola de violencia.