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crónicas del siglo pasado

REVISTERO

Estados Unidos: Qué verdes eran los campus
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Estudiantes alzando la bandera
200 millones tirados por la ventana

(revista Primera Plana)
mayo 1969

-continuación-

 

 

Inmediatamente después de la Segunda Guerra, una serie de nuevos y anormales procederes entraron a conformar la vida norteamericana. En ese momento los vimos como aberraciones temporales. Pero se han quedado entre nosotros por más de veinte años: mis alumnos no conocieron jamás algo diferente. Creen que se trata de cosas normales. Creen que siempre hemos tenido un Pentágono, un gran Ejército, reclutamiento. Pero todas esas son cosas nuevas. GEORGE WALD. Biólogo de Harvard. Premio Nobel.

 

 

Al Este del Paraíso

Algunas Universidades están controladas por un Estado, una Municipalidad, un distrito; otras privadas, asumen el nombre de la zona que las contiene. Por lo general las rige un Consejo (de los Síndicos o de los Regentes o de los Decanos); en el caso de las privadas, los consejeros son elegidos por los propios votantes del Estado. Excepcionalmente, los alumnos designan algún miembro.
Las casas confesionales -casi todas católicas- aceptan dos regímenes: las maneja la orden religiosa o la Diócesis correspondiente. Oficiales administrativos -nombrados por el Consejo- se ocupan de ejecutar los mandatos. El principal de esos oficiales, llamado Presidente o Canciller, tiene bajo su responsabilidad la dirección y organización del claustro.
Sus auxiliares se reparten estos títulos: vicepresidente, director, decano, gerente de negocios. Los colleges (colegios superiores) y las schools (escuelas) dependen del Dean (Decano), quien se ocupa de digitar a los componentes de la Faculty, el cuerpo de profesores; además, desarrolla los programas. Cada colegio, en fin, está partido en departamentos y divisiones, que fluctúan según el caso.
En casi todos los centros de estudio, la Faculty interviene directamente en la admisión y graduación de los alumnos; también, por supuesto, auxilia al Dean en la organización de los cursos. En las Universidades mayores delegan este menester en un grupo menor, al que controlan plenamente.
En setiembre u octubre empieza el año académico: se estira nueve meses (hasta fines de mayo o principios de junio) y ajusta su calendario a un plan semestral; al margen, todas las casas diagraman un curso de verano. La inscripción presupone un bagaje de conocimientos: si el aspirante no los certifica con doce años de estudios regulares, debe afrontar una prueba especial.
En todos los casos tiene que responder a tests psicológicos y someterse a un requisito: la Universidad pide informes confidenciales sobre su carácter y cualidades morales; una parte, apenas, de la batería de filtros que condicionan su futuro académico.
Reconocido como el eje sobre el que gravita cada Universidad, el College de Artes y Ciencias ostenta un programa de cuatro años, al cabo de los cuales se egresa con el título de bachiller (en Artes o en Ciencias). La estructura de sus cursos permite acopiar conocimientos humanísticos y, a la vez, detalles de la especialización elegida.
El próximo otoño, 1.575.000 muchachos entrarán a las Universidades, En los últimos años, la tendencia fue recolectar cada vez más negros (atípicos; provenientes, por lo general, de los suburbios o los ghettos) y blancos "brillantes y socialmente comprometidos".
En los colleges de la Liga Ivy (nuclea a un grupo de Universidades: Yale, Princeton, Pennsylvania, Harvard, Dartmouth, Cornell, Brown) nunca se admitieron tantos negros como este año; Harvard, por ejemplo, aceptó 109, contra 48 ingresados en 1968. A su vez, las Seven Sister (Universidades femeninas, contraparte de la Liga Ivy: Barnard, Bryn Mawr, Mount Holycke, Radcliffe, Smith, Vassar, Wellesley) esperan reunir, en conjunto, un trece por ciento de alumnas negras.
Hay quienes suponen que "sacar negros de la calle, en agosto, para que empiecen a estudiar en setiembre" es una de las causas de los disturbios actuales. Es claro, sin embargo, que el radicalismo de un estudiante -blanco o negro- es muy difícil de detectar en los exámenes de ingreso. "No nos interesan personas que vengan a destruir edificios para construir sobre esas ruinas una nueva sociedad", gimió Walter A. Snickenberger, Decano de admisiones en la Universidad de Cornell.
Para afirmar su coherencia abogó por "una política de selecciones, para soslayar a los revoltosos". La réplica de sus pares: "Sería muy complicado y enojoso discriminar políticamente", razonó Theodorus Pallet, quien examina a los aspirantes en la Universidad de Chicago: "Hemos descubierto que nuestra solicitud no alcanza para predecir futuras actividades políticas". Más expeditivo, su colega James W. Rodson se negó a "llevar a cabo una labor detectivesca en pos de un estudiantado conservador".

Primera línea de fuego

La Universidad de Cornell se desparrama sobre 80 hectáreas, cedidas por el Gobierno, en medio del Estado de Nueva York y sobre el Lago Cayuga. En tiempos normales, sería el escenario perfecto para un film bucólico sobre los campus norteamericanos. El agua corretea por las vertientes de onduladas planicies; pulcros alumnos asisten a sus clases.
Pertenece a la Liga Ivy, se vanagloria de una notable Facultad de Arquitectura y de otra, insólita, dedicada a la Economía Doméstica; acumula 14 mil alumnos en total, llegados de prósperas comunidades rurales y de los suburbios residenciales. La vida social burbujea en las 51 fraternidades (y diez hermandades): hay muy poco que hacer en Ithaca, la ciudad más próxima, con una población de apenas 31 mil habitantes.
El gobierno de la casa, a cargo de 49 Decanos, incluye a un vocero de la Asamblea del Estado. Todos dependen de James A. Perkins, un cuáquero de Filadelfia, que rige liberalmente a una institución liberal. Respetado unánimemente hasta los disturbios, Perkins apareció en Cornell hace seis años (tiene 73), después de abandonar la Fundación Ford.
Llegó dispuesto a reclutar negros (especialmente, brillantes, extraídos de los ghettos), pero no puso demasiado entusiasmo en la tarea: no hay más de 250 negros en todo Cornell; muchos de ellos sienten que han sido lanzados a un campo enemigo, tolerante en el mejor de los casos, y preparado -creen- "para hacer de nosotros oscuras copias de los blancos de clase media".
Cornell, paraíso formal e institución respetada, con buen standard de enseñanza, sirve como paradigma de lo que ocurre en las Universidades norteamericanas. Su carácter simbólico no es casual: lo fabricaron los negros, que deliberadamente eligieron el Edificio Straight (donde duermen los padres de los alumnos el día de visita) para su espectacular ocupación.
No estaban solos: cuando lo tomaron -después de despertar a padres azorados, y echarlos- comandados por el activista Eric Evans, dejaban afuera un retén, una guardia de blancos de la SDS, primera .línea de fuego: "Pelearemos -dijo su jefe, David Burak- para recibir los mismos chichones que ellos tuvieron que aguantar durante tres siglos"
Al día siguiente, Perkins debió cancelar su alocución a los padres (la había titulado La Estabilidad de las Universidades) y enfrentar la realidad de un colegio en armas. Y cuando los negros, a punta de rifles, consiguieron casi todo lo que exigían, las acusaciones de debilidad zumbaron sobre el anciano.
Es que la capitulación (obtenida sobre el miedo de profesores que evacuaron a su familia, de blancos que no salían de noche sin un cuchillo) reveló hasta qué punto la exhibición de armas lo había amedrentado. "Sólo es cuestión de tiempo que alguien las use", temblaron los pesimistas; un grupo de profesores renunció y toda la comunidad académica norteamericana comprendió que ningún costurón ocultaría ya la verdadera situación universitaria.

 

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La historia comenzó en Cornell

 

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Graduación en Columbia: nada es como era entonces

 

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En el campus de Madison, Wiscosin, la espera es tensa. Media hora más y la sangre cubrirá el césped

 

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El volcán estalla. En Columbia, siete estudiantes caen con la cara tajeada.

Los cinco locos

Desde los Estudiantes por una Sociedad Democrática hasta los yippíes, todos quieren hacer algo violento. Los reformistas académicos desean un mayor control sobre los programas de estudios, la SDS se preocupa por la integración; para los yippies, el teatro del absurdo alcanza para reestructurar la Universidad.
Fuera de ese esquema, y alentadas por la confusión general, las fuerzas separatistas están dando un nuevo tono a la lucha. La más importante es la de los Locos. "El Loco -se autodefinió un torreznero de la Universidad de Chicago- es aquel a quien nadie conoce hasta que la administración llama a la cana." Pueden ser 50, cien o mil. Nadie lo sabe y algunos hasta dudan de su existencia.
Pero, mito o realidad superficial, son parte de la nueva cultura universitaria de protesta. Ambiguamente descriptos como más radicales que los radicales, creen en la acción directa; la manifiestan irrumpiendo bruscamente en las aulas, deslizando bombas de olor en ellas o pateando sus puertas.
La semana pasada, un grupo de cinco Locos mostró la medida de su audacia en Harvard. Encabezados por King Collins, 30, ex profesor, expulsado de Columbia, se introdujeron en el aula donde Alex Inkeles, titular de Sociología, pretendía dictar su cátedra (Personalidad y Sistema Social).
Cuando la clase -con 250 estudiantes- comenzó, Collins, a los gritos, desafió a Inkeles a explicar el significado de la palabra Universidad. Quiso hacerlo, pero los Locos empezaron a gritar como locos. "Pronto llegamos a la cuestión fundamental -explicaría luego Inkeles-, que era: ¿Pueden impedir que hagamos lo que queremos?" Temeroso de que la respuesta fuera sí, Inkeles llamó a la Policía y los cinco revoltosos -ninguno era alumno de Harvard- vararon en la comisaría.
Protagonista en los disturbios de Columbia, el año pasado, Collins se trasladó, a principios de 1969, hasta Cambridge. Las cosas empezaron a ponerse espesas cuando los cinco -dos son mujeres- se desvistieron para enjuagar sus ropas en el lavadero de la Universidad. Después de solicitar el auxilio policial, las autoridades de Harvard los echaron. "La gente nos miraba como si estar desnudos fuera algo inusual -rió una de las Locas-; es un indicio de su represión social."
Fuera de Collins, otros dos Locos acaparan el .carisma: John Jacobs, ex estudiante dé Columbia, barbudo, de ojos penetrantes, con un metro setenta y cinco de estatura; su habilidad le alcanza hasta para excitar a los moderados. "Yo voy a pelear", fue su divisa en Columbia. Al final del verano se afeitó y se fue: "Pienso anclar por América para organizar guerrillas", dijo en su despedida.
El Otro es Robert Salisin (21), una figura insignificante a simple vista pero ensalzada por sus compañeros de la Universidad de Chicago, de donde lo expulsaron hace dos meses por ocupar durante 16 días el edificio administrativo. Con el cabello corto y modales suaves, medidos, es la contrafigura del revolucionario.
Su táctica es idéntica a su aspecto. "Cuando entramos en un salón -enseña- no tiramos la puerta abajo. Simplemente preguntamos a los estudiantes si quieren discutir sus problemas. Luego se vota. Si uno invade por la fuerza un aula, sólo consigue alienar a los alumnos".
Además, "ahora estamos interesados en llegar a la gente, no en quemar edificios. Quiero que la Universidad cierre. Pero entera. Para que vuelva a funcionar cuando acepte mis exigencias. Si no, las tácticas guerrilleras continuaran".
"No puede haber solución si no impera la ley -respondió sin dialogar el Presidente Nixon-, ni rendición por la fuerza si queremos que la educación libre sobreviva en los Estados Unidos." Fue el 1º de mayo, cuando habló ante la Cámara de Comercio, aclarando: "No queremos interferir en nuestras Universidades . . . Pienso que los jóvenes tienen razón en preguntar, ya que tienen voz; una voz para determinar cuales han de ser los cursos; una voz para determinar cuales deben ser las reglas. Pero bajo ninguna circunstancia debe dárseles todo el control".
Robben W. Fleming, Rector de Michigan, es menos generoso (y optimista) que Nixon: "La guerra de Vietnam -sostuvo- es la que exacerbó todo esto. Aunque termine, el problema racial y la pobreza se las arreglarán para provocar disturbios en el campus. Por otra parte, es evidente que los estudiantes negros rechazan todos los esquemas blancos. Y los blancos, mientras tanto, los utilizan para fabricar agitación. Si quienes salieron armados del edificio de Cornell hubieran sido blancos, los moderados hubiesen alzado su voz contra ellos. Pero cuando se introduce la confusión y se explica que son negros a la defensiva de un ataque imaginario, las cosas adquieren una dimensión nueva. A veces, los estudiantes parecen gente razonable; a los cinco minutos, sin embargo, se transforman en chusma."
En los campus universitarios, las mayores resistencias se dirigen contra ROTC (Reserve Office Training Corps), una especie de conscripción injertada en los colegios: quien se somete a tal entrenamiento, egresa con un grado -como oficial de reserva, por supuesto- que puede añadir a su titulo. Nadie parece enorgullecerse mucho por la distinción.
Vituperado por los estudiantes, que ven en el programa una especie de proveeduría para Vietnam, ROTC terminó por servir a los sediciosos: las armas acumuladas en los campus para práctica de tiro están ahora al alcance de los jóvenes.
Precisamente a ese arsenal recurrieron los belicosos negros de Cornell.
Pero por encima de ese detalle, lo que se hincha como una pústula es la verdad. Extrañados de las Universidades, los negros no podían protestar. Ahora, ya dentro de ellas, es razonable que pidan que se incremente el cupo de admisión; rechazados por la discriminación, en fin, no es ilógico tampoco que terminen por exigir colegios separados.
Por otra parte, la ínfima proporción negra que antes conseguía ingresar a los claustros trataba de pasar inadvertida, copiar las costumbres blancas, aprovechar el status conseguido a duras penas por sus mayores y demostrar -como declaró un estudiante negro del CCNY- que "no todos .los oscuros son chusma". Pero sí. víctimas de una educación preliminar bastante desprolija, los nuevos universitarios negros, los que provienen de los ghettos, están muy por debajo de sus colegas blancos.
Un profesor desató un violento disturbio a fines de 1968, al inculparlos de "lesa brutalidad ante las matemáticas". Es probable que dijera la verdad. La tradición académica, la política universitaria, el prestigio de esas instituciones, hizo que muchos catedráticos consagraran su vida a enseñar en ellas. Veinte, treinta, cuarenta años.
Ahora, entran los pobres blancos y entran los negros pobres. Toda la estructura cruje; nadie estaba preparado para la invasión, ni siquiera los programas de estudio. Por otra parte, como lo quiso Marcuse, no hay marginado más típico que el estudiante: las leyes no han previsto un capítulo que considere sus desmanes.
Guerra entre los adultos y los jóvenes, pero, más que nada, chivo emisario de conflictos muy generales, la crisis .universitaria consiguió movilizar ya al Senado norteamericano en pleno: todos los días aparece una nueva comisión que quiere ser la primera en investigar -y condenar- el fenómeno.
Ocurre que el Gobierno Nixon no pudo ignorar que, entre los que piden una ley federal que ayude a reglamentar los campus y quienes se niegan a cualquier tipo de intervención, flota una misma sensación de desconfianza hacia las autoridades. El principal problema, por supuesto, es Vietnam.
Una delegación de estudiante^ -representaban a 253 que firmaron una declaración- entrevistó hace un mes al Presidente y a tres de sus Secretarios. Hablaron durante dos horas pero nadie se entendió, parece. "Filosofía SDS, estereotipada y barata", desdeñó un integrante de la Casa Blanca.
"Escalofriante -replicaba Roger Black, de la Universidad de Chicago-, los generales del Pentágono piden más tiempo para alcanzar un arreglo honorable en la guerra: les dijimos que no era posible un arreglo honorable cuando se trata de una guerra deshonrosa; el esfuerzo, de cualquier manera, no justifica la muerte de tanta gente."
"Es una generación alienada", deploraron los estudiantes. Y uno de ellos,. Clavin H. Plimpton, envió una carta a Richard Nixon: "La turbulencia en los campus -advertía- continuará hasta que usted y los demás jefes políticos del país atiendan más efectiva, masiva y persistentemente los graves problemas de nuestra sociedad".

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Los estudiantes negros arengan en Newark a los blancos que apoyan la revuelta

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En la Biblioteca Low, de Nueva York, los gases de la Policía queman el aire. Los campus arden en mayo

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En Columbia aguardan a los policías, preparándose para batallar