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crónicas del siglo pasado

REVISTERO

SIETE GENERALES PARA MEDIO CONTINENTE
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Revista Panorama
enero 1969

Un aporte de Héctor Alvarez

 

 

Cuando el mariscal Arthur da Costa e Silva clausuró el Congreso brasileño, el Último 13 de diciembre, el semanario norteamericano "Time" se apresuró a anotar: tres de cada cuatro sudamericanos viven bajo regímenes militares. El cálculo, proyectado al ámbito latinoamericano (230 millones de habitantes), sigue siendo impactante: el 57 por ciento de la población está gobernada por generales-presidentes.

 

 

América latina aparece como el área más militarizada del mundo. Los observadores extranjeros suelen explicar este fenómeno de manera sumaria. Una oleada militar barre con las instituciones democráticas sin otro propósito (o ideología) que la toma del poder lisa y llana. Se realizaría así un ideal hedónico: ministerios, embajadas, reparticiones caen en manos de una casta armada, su parentela y sus amistades. Como cualquier otra generalización, tal hipótesis se corresponde con la realidad sólo en parte. Son muchos los casos en que los militares reaccionan frente a estos síntomas que les parecen disgregantes:

• Inoperancia de los gobiernos civiles;
• Excesiva fragmentación en partidos políticos irreconciliables;
• Carencia de un ideal nacional aglutinante que permita llevar a cabo proyectos de desarrollo económico y social.
• El fantasma del comunismo que aparece detrás de cada intento "hacia el cambio".

El esquema militar ofrece, en cambio, estas ventajas:

• Verticalidad de tos mandos.
• Ideas claras acerca de las reformas necesarias. Voluntarismo para aplicarlas.
• Invulnerabilidad ideológica (por ejemplo: pueden comerciar con el bloque comunista sin riesgos de contaminación).
• Cierto grado de expectativa inicial que permite superar enfrentamientos internos y se confunde fácilmente con el consenso popular o la unión nacional,

A partir de este "plafond" hacen su experiencia los militares en función de gobierno. Es decir: comienzan a toparse con la realidad; las viejas estructuras paralizadoras, los grupos de presión externos e internos, la propia ineficacia o inexperiencia, la complejidad de una situación global que no se concilia con los esquemas simplificadores.
En todo caso, un enfoque fotográfico de la realidad militar de Latinoamérica permite distinguir corrientes castrenses parecidas en las formas, pero divergentes en los contenidos. O sea, "modelos".

Espectro

Aunque en todos los ejércitos coexisten tendencias contradictorias, verdaderos "partidos castrenses", allí donde una corriente ideológica recibe apoyo mayoritario de la oficialidad y se encaraman (o no) al aparato del Estado, se da un modelo representativo de su propia tendencia:

• El general-presidente Juan Velasco Alvarado, en Perú, es tal vez quien mejor ilustra el "militarismo nacionalista", capaz -en principio- de afrontar tensiones internacionales para realizar su propio esquema interno.

• La administración del marisca! Arthur da Costa e Silva, en Brasil, ilustra el "liberalismo compulsivo". En este caso el ejercicio del poder es autoritario, pero sus actos refuerzan el viejo sistema de origen liberal. Estos gobiernos nacen cuando las instituciones democráticas por medio del voto, levantan estadistas que amenazan intereses y estructura tradicionales (vulgo oligarquía). Los "Iiberales compulsivos" son una versión blindada del Gattopardo ("cambiar algo para que nada cambie").

• Finalmente están los cuerpos armados que se recluyen en su misión específica y abandonan la política a los políticos. Chile y Uruguay, países que no conocieron gobiernos militares en períodos recientes, exhiben el tercer modelo de ejércitos. Los que, por su naturaleza, no podrían tener sitio en un análisis del golpismo.

Nacionalistas

"Es inútil esperar que el cuerpo militar pueda, por sí mismo, trasformarse (en sentido nacional). Es necesario que el Estado lo obligue, en virtud de una idea general de los intereses nacionales". La frase pertenece al general Charles de Gaulle, pináculo occidental de militar nacionalista. En América latina no hay oficial de esa tendencia que no admire al presidente de Francia ni lo tome como ejemplo a seguir. La toma del poder, en tal lógica, aparece como el paso primero hacia la revolución nacional.
En Perú, en el CAEM -Centro de Altos Estudios Militares- muchos oficiales analizan temas de reivindicación nacional. Se asoman también a los (correlativos) problemas sociales. Ambas preocupaciones, evidentes ya a comienzos de la década del 60, les valió el mote de "nasseristas". Pero estos uniformados no aceptan el calificativo de reminiscencia musulmana; recuerdan sus simpatías -de católicos- por la iglesia progresista. Exaltan a De Gaulle y dicen inspirarse en la más pura tradición occidental: "Ya que la injusticia armada es la más peligrosa" -según Aristóteles-, estos uniformados se prometen implantar la justicia armada cuando el sistema democrático -con gobierno conservador y amigo de intereses extranjeros- amenaza el patrimonio nacional y paraliza el desarrollo económico-social.
Llegaron a conclusiones golpistas por obra de las circunstancias, casi a regañadientes. Si los gobiernos civiles hubieran ejecutado algunas consignas nacionalistas habrían permanecido en los cuarteles. Así parece demostrarlo el caso peruano.
En febrero de 1960, bajo la presidencia -civil- de Manuel Prado, las Fuerzas Armadas elevaron al mandatario un memorándum, secreto, que pedía la nacionalización de los yacimientos petrolíferos de La Brea y Fariñas, otorgados en concesión a una subsidiaria de la Standard Oil de Nueva Jersey. En aquel momento el Parlamento debatía la situación petrolera, que reconoce este antecedente: la compañía adeudaba cuantiosos impuestos al fisco y, por añadidura, pretendía recibir nuevas concesiones.
El conservador Prado no accedió a nacionalizar, tampoco se atrevió a favorecer a la Standard. Hubo, en cambio, maniobras que desplazaron a los nacionalistas de la cúspide castrense. A mediados de 1962 los militares derrocaron a Prado y asumieron el poder. La Junta castrense permaneció un año en el Palacio de Pizarro, para entregar el mando a un presidente (constitucional) que contaba con su simpatía. En junio de 1963, el general Nicolás Lindiey -presidente provisional- toma el juramento a su sucesor, Fernando Belaúnde, electo por el partido Acción Popular. Y Belaúnde promete resolver la cuestión de La Brea y Fariñas en 90 días.
Pasaron cinco años. Los militares comenzaron a pensar que la promesa presidencial se demoraba. Recién el 13 de agosto, de 1968 el cauteloso Belaúnde (que colocaba por encima de todo sus planes de obras públicas e infraestructura y quizá temía cegar las fuentes de financiación externa con un ataque frontal a la compañía petrolera) proclamó la nacionalización y dio a conocer sus términos. Que resultaron sólo formalmente nacionalizadores y en realidad favorecían a la compañía extranjera. Con rápida consecuencia: el 3 de octubre el jefe del Estado Mayor conjunto, general Juan Velasco Alvarado, destituye -y reemplaza- a Belaúnde. Una semana después, manu mílitari, Velasco hace ocupar yacimientos e instalaciones, que pasan al patrimonio nacional.
Desde ese instante, el gobierno militar recibe amplio respaldo popular. Al mismo tiempo, entra en dificultades con Washington. Pero Velasco insiste y concreta otro proyecto demorado: la nacionalización de un fértil latifundio de 230.000 hectáreas, propiedad de otra compañía norteamericana, la Cerro de Pasco Co. En esas tierras se hará reforma agraria.
Velasco -y su partido "militar"- intuye que sin compensatorio apoyo popular no podrá soportar de pie las presiones que le dedican, en el plano interno, la derecha económica y, desde afuera, los intereses extranjeros afectados. Por eso suma nacionalismo económico más reforma agraria más programas sociales más medidas de aliento a la clase media. Naturalmente, en una sociedad piramidal como la peruana, la fuerza de la base, marginada desde siempre de la vida nacional, ofrece un débil contrapeso. Es incierto, por lo tanto, el resultado del forcejeo que experimenta el gobierno; acaso no llegue a "trasformar el cuerpo militar" como pide el general De Gaulle.
Dificultad adicional: Velasco llegó al poder en brazos de una minoría militar que suplió con audacia su exigüidad numérica. Importantes sectores de Ejército, la mayoría naval, amplios grupos aeronáuticos fueron sorprendidos por este golpe que no desearon. Si toleraron al nuevo gobierno es en virtud de la cohesión castrense que contribuían a crear estas dos circunstancias: 1) Víctor Raúl Haya de la Torre, Jefe del resistido partido APRA, tenía chance de alcanzar en 1964 la presidencia, repitiendo el cuadro que en 1964 sacó a los militares de sus cuarteles. 2) El gobierno de los Estados Unidos había interrumpido su ayuda militar al Perú como sanción por la compra de aviones Mirage a Francia, conceptuados necesarios para la lucha convencional por todos los estrategas peruanos, sin distinción de ideologías.
El modelo del Perú aparece ahora contenido hasta tanto se solucione el pleito provocado por la expropiación de La Brea y Pariñas. La aceptación por la opinión pública internacional de que, en este caso, el gobierno revolucionario actuó motivado por estrictas razones de justicia, que hacen a la soberanía, aparece como previa para una eventual profundización del programa nacional-desarrollista.

 

Liberales violentos

Los militares-presidentes reclutados por el "liberalismo compulsivo" se distinguen, entre otras características, por lo escuálido de su popularidad. No convencen a la base, no introducen cambios sustanciales de estructura, no agitan banderas nacionales. A veces ascendieron entre incertidumbres y temores; casi siempre los acompañó -al comienzo- la esperanza popular. De inmediato, se dedicaron a implantar "el orden". Este -severo- fue, sin embargo, el único cambio, divorciado de la expectativa del país. Así el inmovilismo y el ordenamiento del envejecido sistema económico-social erosionaron la confianza y les quitaron consenso a medida que ejercían el poder. Esto no les interesa demasiado: opinan que el calor popular es sofocante. El sociólogo Kalman Silvert (liberal, norteamericano) los calificó, quizá con deliberada ironía, "liberales compulsivos".
El caso típico de esta corriente se ubica en el Brasil. El 31 de marzo de 1964 un golpe militar derribó al presidente (constitucional) Joao Goulart, quien .había practicado un populismo desordenado, pero al que resultaba aventurado adjudicarle un comunismo ajeno a su militancia. Esa fue la acusación que le propinaron los militares brasileños, ratificada -como un eco, a nivel de declaraciones presidenciales- por Washington. Lo concreto es que Goulart intentaba poner en marcha un programa económico nacionalista; amenazaba refinerías petroleras norteamericanas, y proyectaba limitar los envíos de ganancias por parte de compañías extranjeras con casas matrices en el exterior.

 

Golpe a la democracia

El golpe liquidó las instituciones democráticas, a través de las cuales nunca, en ningún país del mundo, el comunismo llegó al poder. El mariscal Humberto Castelo Branco fue el primero en digitar -y ejercer- el Ejecutivo. Luego le tocó el turno a Arthur da Costa e Silva, otro mariscal, quien ocupa todavía el Palacio de Planalto.

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Río de Janeiro, Conferencia de Ejércitos. Habla el general peruano Montagne: desarrollo y organización castrense interamericana

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Brasil con general duro:Stzeno Sarmento

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Hondureño López Arellano. Desde 1965 su golpe tolera una oposición articulada

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General René Barrientos: tentado por el liberalismo. A veces, fiesta y apoyo campesino

En el Brasil se avanza con el buen ritmo tradicional en algunos rubros de la economía (acero, hidroelectricidad); en contraste, este periodo -aunque marcial- se conoce como el de mayor grado de penetración foránea en el país. Lo que caracteriza a esta injerencia no es la introducción de nuevas industrias, con efecto multiplicador sobre la economía, sino la trasferencia de empresas y bancos brasileños a capital foráneo. Casi siempre, a precios irrisorios. Correlativamente, se demora toda justicia distributiva, se archivan los proyectos de reforma agraria y se mantiene férrea censura sobre la actividad política y la prensa.
Este proceso se desenvuelve sin reacciones de la mayoría militar. Salvo casos aislados: El general Peri Bevilacqua - soldado prestigioso e influyente, pero retirado- propone unir fuerzas contra "la entrega". Incluso en el seno del gobierno. el general Afonso de Albuquerque Lima, ministro del Interior, apostrofa lo que en Brasil se conoce como "la invasión de Amazonia", inmensa, rica y abandonada región. Allí se asentaron hombres de negocios extranjeros, adquirieron extensos latifundios con minerales estratégicos y se consagraron a limpiar el territorio de indios brasileños. Corren denuncias de exportación ilegal de esos minerales -que interesan a la defensa nacional- y no faltan oficiales que, periódicamente, documentan excesos en la zona.
Para subsistir, el gobierno Costa e Silva se apoya en una dualidad en cierto modo ficticia, en cierto modo real: "blandos" y "duros", los dos grandes sectores militares. Ya Castelo Branco había hecho de arbitro entre ambas corrientes. No cedió totalmente a los "duros", defensores de la dictadura completa. Admitió un remedo de oposición parlamentaria que satisfizo a los "blandos". Pero Castelo gobernó condicionado por su ministro de Guerra, Costa e Silva, entonces jefe de los "duros" y tan influyente que terminó por capitalizar la sucesión.
Ya en Brasilia, Costa e Silva probó que es un hombre rico en matices. Repitió la maniobra de Castelo, medió entre "blandos" y "duros". Hasta que, a mediados de diciembre último, los "duros" presionaron en favor de medidas drásticas. Costa impuso vacaciones forzosas al Parlamento, extendió la represión.
Tras este acrecentamiento del poder militar se habla nuevamente de "reconquistar la Amazonia". Según los observadores, dicha insistencia -que podría deteriorar las relaciones entre los Estados Unidos y el Brasil- difícilmente se llevará a cabo. Prueba, sin embargo, que los "liberales compulsivos" también conocen contradicciones. En el balance queda clara la orientación: inmovilizan las estructuras heredadas del pasado, abren paso a la penetración extranjera, rechazan la participación popular.

Mapa militar

La relación de fuerzas -a escala latinoamericana- muestra a los liberales compulsivos como clara mayoría. Miembros de esa corriente integran casi todos los gobiernos castrenses del área:

• Argentina. En el gobierno Onganía se reflejan las dos tendencias básicas del Ejército argentino: liberales y nacionalistas. Los observadores puntualizan:

a) el equipo político registra antecedentes nacionalistas (en la linea conservadora);

b) la conducción económica responde ideológicamente a la concepción liberal;

c) el gobierno ha puesto vallas a la penetración extranjera sólo en casos circunscriptos (acero, usina nuclear), .pero sin poner decididamente en marcha un plan de crecimiento económico; d) en términos generales, el antiguo nacionalismo conservador tiende a coexistir con el liberalismo económico.

• Bolivia. Mediante elecciones digitadas gobierna, desde 1965, el general del aire Rene Barrientos. En el país altiplánico la injerencia extranjera es importante tanto en el campo económico como en el político. Pese a que Bolivia tuvo dos generaciones recientes de oficiales nacionalistas que subieron a Palacio Quemado (Germán Busch -se quitó la vida-, Gualberto Villarroel -fue asesinado), sus cuadros actuales regresan aceleradamente al liberalismo compulsivo.

• Paraguay. El general Alfredo Stroessner, presidente desde 1954, es e! decano de los gobernantes castrenses. Por sus tendencias conservadoras entra en la categoría de liberal compulsivo. Pero es también exponente de una generación que tiende a desaparecer, la de caudillos militares paternalistas al estilo Batista (Cuba), Pérez Jiménez (Venezuela). Trujillo (Dominicana).

• Panamá. En octubre pasado, la Guardia Nacional derribó al recién ungido presidente (constitucional) Arnulfo Arias, Los coroneles Pinilla y Urrutia accedieron al poder en calidad de copresidentes. Aparentemente, se proponen zanjar con Estados Unidos el nuevo acuerdo para la explotación del Canal de Panamá y dejar entonces el Palacio de las Garzas. Desde luego, después de orquestar una combinación interpartidaria que los satisfaga.

• El Salvador. A partir de 1962, en que se hizo presidente el coronel Julio Rivera, los militaras procuran legalizarse por medio de un partido ad hoc. Así logran sucederse a si mismos. El régimen - presidido hoy por e! coronel Fidel Sánchez Hernández- tolera .una oposición moderada, con representación parlamentaria.

• Honduras. Variante del anterior, a partir de 1965 en que el coronel Oswaldo López Arellano derribó el gobierno constitucional.

De este cuadro se desprende que sólo el gobierno de! Perú entrarla nítidamente en el grupo nacionalista. Esa corriente representa, entonces, nada más que al 10 por ciento de las poblaciones gobernadas por generales. El 90 por ciento restante está en manos de liberales compulsivos o reconoce una fuerte influencia de esa corriente.
En cuanto a los gobiernos civiles de América latina (43 por ciento de la población total), sólo excepcionalmente exhiben democracias de funcionamiento abierto. Hay dictaduras civiles mucho más férreas que los gobiernos militares (Haití). Y en el segundo país en población del área -México- se erige un sistema que monopoliza la suma del poder desde hace medio siglo.
La división política del continente, por lo tanto, no se agota en el esquema "democracia o gobierno militar". En la medida en que la democracia formal se muestra incapaz de superar el sistema tradicional y marchar hacia una política coherente de cambio tiende a ser sustituida por generales de tres o cuatro estrellas. Los cuales trasladan a las Fuerzas Armadas el dilema de proteger las viejas estructuras o renovarlas. Es decir, que eligen entre ser "liberales compulsivos" o "nacionales". También aceptan "la prueba de la eficacia". Lo que todavía no se sabe, en esta etapa del proceso latinoamericano, es lo que vendrá después, si los gobiernos castrenses no convalidan sus manifiestos iniciales.