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crónicas del siglo pasado

REVISTERO

El regreso de los Zepelines
Cuando su suerte parecía definitivamente sellada, los dirigibles vuelven a estimular las investigaciones de los expertos aeronáuticos. Actualmente, varias potencias se esfuerzan en construir el zepelin de la era espacial

Revista Siete Días Ilustrados
1971

 

 

Desde hace varios meses, insistentes versiones procedentes de Estados Unidos, Rusia, Japón, Inglaterra y la República Federal Alemana determinaron que el rumor original comenzara a trasformarse en tangible realidad. Al parecer, esos países, a través de sus respectivas industrias aeronáuticas, estarían embarcados en una ambiciosa empresa: ser los primeros en lograr que un dirigible vuelva a entrar en circulación.

 

 

La noticia resulta mucho más sorprendente si se tiene en cuenta el efímero éxito que obtuvieron, a principios de siglo, los curiosos artefactos ideados por el germánico conde Fernando von Zeppelin. Es que el delirante entusiasmo que siguió al advenimiento del primer dirigible habría de desvanecerse rápidamente: la peligrosa combustibilidad del hidrógeno con que estaban inflados convertía a los zepelines en máquinas fácilmente vulnerables. Pese a todos los recaudos que se tomaron (algunos tan complicados como obligar a los pasajeros, antes del descenso, a quitarse todo tipo de elementos metálicos que pudiesen provocar chispas), abordar esos engendros continuó siendo una aventura no apta para cardiacos. Los seguidores del conde (en alemán, graff) Zeppelin habrían de sufrir el golpe definitivo una fría mañana de 1937: ese día, el dirigible alemán von Hindenburg se inflamó como una gigantesca antorcha al aterrizar en el aeródromo de Lakehurst, New Jersey (EE. UU.). De sus 97 ocupantes, 36 perdieron la vida en el accidente. Desde entonces, los zepelines parecieron quedar reducidos al recuerdo de los que añoran con nostalgia el desenfreno de los años locos.

LA FORJA DEL GIGANTE

Por lo visto, algunas de las ventajas exhibidas por los dirigibles no pasaron inadvertidas para los investigadores de la era espacial. Su dedicación permitirá que, en poco tiempo, pueda volver a verse a los silenciosos globos surcar los aires del planeta. Claro que los zepelines del futuro sólo conservarán el nombre y la forma de sus antecesores. Los nuevos aparatos estarán propulsados por un reactor atómico; los riesgos que entrañaba el hidrógeno desaparecerán, pues será reemplazado por helio, un gas que excluye toda posibilidad de explosiones fatales. La frágil tela de los primitivos zepelines será suplida con resistente nylon y el armazón poseerá estructuras de plástico y aleaciones de titanio.
Según informaciones coincidentes, los dirigibles proyectados amenazan superar ampliamente las dimensiones de los más grandes aviones en circulación: el profesor Francis Morse, de la Universidad de Boston, acaba de presentar para su aprobación un bosquejo detallado para la construcción de un sepelio de 325 metros de largo, equipado con un reactor atómico y una turbina de gas de 4 mil caballos de fuerza.
Obviamente, no es espíritu romántico el móvil que guía tan onerosas investigaciones: razones de orden económico justifican el intento. Basta mencionar, como ejemplo, que un dirigible podrá, a 160 kilómetros por hora, transportar 200 automóviles a través del Atlántico Norte en sólo dos días; vale decir, cinco o seis veces menos tiempo que el insumido por el más rápido buque de carga -existente. Tales ventajas, y el bajo costo operativo, parecen haber seducido a los soviéticos, que planean utilizar los dirigibles para la construcción de oleoductos y el transporte de tuberías de gas en regiones donde el mal estado de los caminos impide el acceso por tierra. Lo cierto es que, en tal sentido, las perspectivas comerciales son muchas y diversas: más de un industrial nipón lucha por conciliar el sueño, desvelado por idílicas visiones de zepelines repletos de radios a transistores y grabadores.
Claro que también el transporte de pasajeros ha sido contemplado por los expertos. Refinados lujos aguardan a los futuros viajeros: algunos de los prototipos diseñados incluyen camarotes para 400 personas, espaciosos restaurantes, bares y gimnasios.
Bajo un romántico techo de vidrio con vista a las estrellas podrán disfrutarse las delicias de una enorme pileta de natación y una pista de baile.

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El von Hindenburg sobre Nueva York

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La estructura del von Hindenburg, luego del incendio

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Envuelto en llamas, el dirigible alemán agoniza en Lakehurst

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El dirigible proyectado por Francis Morse

En la parte central, sofisticadas boutiques colmarán las apetencias de los pasajeros. Y todo eso por mucho menos de lo que cuesta un pasaje de avión.
La insólita carrera se acerca a su culminación. Prueba de ello es la reciente creación, en Londres, de la primera compañía mercante de zepelines, la Cargo Airship Limited, que aspira a cubrir el tráfico de mercaderías en toda la zona de influencia del Commonwealth. Tan singular iniciativa llama poderosamente la atención; sobre todo si se tiene en cuenta que los ingleses no disponen aún de zepelin alguno. Hace unos días, el presidente de la incipiente compañía trató en vano de explicar la paradoja ante media docena de reporteros ansiosos. Finalmente, apelando a un no muy depurado humor británico, sintetizó: "Más vale una empresa en mano que 100 zepelines volando".