Volver al Indice

crónicas del siglo pasado

REVISTERO

La España de Franco
franco0002.jpg (59293 bytes)
El haz de cinco flechas de la Falange a la entrada
de Belchite, un pueblo que mantiene intacta la
la imagen de la guerra: el pasado

Revista Siete Días Ilustrados
1969

 

 

LOS PROTAGONISTAS

Hoy, en 1969, ese mismo lugar de veraneo, donde la fortaleza de Santa Bárbara, tallada en un acantilado, sigue pareciendo tan inexpugnable como en la época de la guerra contra los moros, alberga como siempre contrabandistas de cigarrillos, turistas franceses y pequeños barcos pesqueros. Lo nuevo, el blasón de la alta burguesía española -factótum del boom económico que se expandió a partir de 1956-, está constituido por el conjunto de modernos edificios de departamentos que se alzan a la vera del Mediterráneo. En el piso 16 de uno de esos rascacielos, a menos de 5 kilómetros de Alicante, Dionisio Ridruejo elude los rigores del invierno castellano.

 

 

Cuando André Malraux, después de combatir contra la Legión Cóndor en la famélica aviación republicana, ordenaba sus apuntes para escribir La esperanza, o Ernest Hemingway acumulaba en el hotel Florida, de Madrid, los borradores de Por quién doblan las campanas, Ridruejo, que había compuesto el himno falangista Cara al Sol, era la mano derecha de Franco en el manejo de un arma de guerra tan eficaz como los cañones o los tanques: la información y la radio. Entonces, eran hombres de una misma generación que debían optar entre dos Españas para consagrarse a lo mismo: pelear y escribir. Ahora es otra España y los hombres también cambiaron: Malraux es ministro de Charles de Gaulle, Hemingway se suicidó de un balazo en la sien, Ridruejo tiene 56 años, es antifranquista militante y testimonio viviente del fracaso entrevisto por Primo de Rivera:
"El nuestro era un movimiento de tipo fascista, reactivo frente al modelo soviético; un movimiento defensivo de las clases medias ante la inminencia de la revolución proletaria. El falangismo no tenía dirigentes valiosos: era un movimiento acéfalo que ejercía la demagogia de la juventud. Una norma aún anterior a la guerra, era que nadie mayor de 35 años podía alcanzar puestos de mando en la Falange. Cuando se vislumbraba la victoria ya podía percibirse que en España se había realizado una operación policíaca, regresiva, para devolverle el poder a la oligarquía. Pero en 1939, considerarse traicionado como falangista no significaba haber comprendido, al mismo tiempo, que el falangismo era un planteamiento equivocado. Eso vino después, en 1952, para dar una fecha aproximada, cuando aparecen algunos indicios: la fatalidad de la guerra civil resulta revisable en la medida que surge una generación ajena a la contienda, que no se siente heredera de ningún bando; España se va integrando a Europa, al tiempo que se normaliza su economía; surge un tipo de sociedad que no tiene nada que ver con el país de 1936. Lo más paradojal es que la Falange era anticapitalista, verbalmente aunque más no fuera, y en cierto modo anticlerical; nos sentíamos, sinceramente, la España moderna. Pero yo recuerdo la entrada en Barcelona: en lugar de actos y mítines sindicalistas, que fueron prohibidos, las autoridades ordenaron misas expiatorias en homenaje a los caídos. Había una multitud aquiescente formada por la clase media catalana. Los obreros estaban escondidos, claro; pero la masa centrista, no comprometida, aclamaba la finalización del terror. Era un pueblo cansado. Pero la guerra no había terminado: entre 1939 y 1944 Franco firmó 200 mil sentencias de muerte. ¿No era la nuestra una posición apócrifa? La advertencia de José Antonio actuaba como la reiteración de un complejo. Por eso yo vengo de donde se ganaba y me he puesto donde se pierde".
Parece el tránsito fatal de todos aquellos que abrazaron el haz de cinco flechas de la Falange, en la creencia de que con ello liberaban a España de la opresión. "La guerra civil -piensa en voz alta Ridruejo- fue tan inútil como inevitable; constituyó un episodio más en la lucha entre el reformismo y la reacción que se prolonga a lo largo de todo el siglo XIX español y que no se resuelve por la frustración constante de la revolución liberal en España". Es cierto: si en 1932, don Manuel Azaña, entonces ministro de la Guerra, podía contemplar socarronamente desde una de las ventanas de su despacho cómo la sublevación antirrepublicana del general Sanjurjo concluía en una chirinada sin importancia, en 1936 ese mismo poder liberal, para sostenerse y defenderse, tuvo que pasar a depender de los comunistas y de la UGT que peleaban contra el fascismo para que triunfe la revolución proletaria, antes que la república burguesa.
Aunque hoy en día -según Ridruejo, que pintó estas paradojas en novelas, ensayos y poesías- "puede renacer el peligro de la colisión porque aquí hay gente que todavía tiene cuentas que saldar", en España también pierden quienes siguen viviendo en la coyuntura histórica de tres décadas atrás. Es el caso de Diego Salas Pombo, ex jefe nacional de la Falange, quien declaró hace muy poco, por radio y televisión, que "a mí se me paró el reloj en el año 36" sin dejar de golpearse la muñeca con el dedo índice de la mano derecha. Rememoró, sin quererlo, a aquellos derechistas de hace treinta años que enriquecieron el historial del extremismo español con un slogan empedernido: Nosotros somos nosotros.
En el bando opuesto sucede algo parecido; son los derrotados, y con mayor razón ellos también viven de sus memorias y tienen poco que ver con el presente. "La guerra no ha terminado", repite tozudamente, en su departamento del barrio Arguelles, en Madrid, un viejo intelectual republicano de quien no se puede dar el nombre porque "no quiero más follones con estos tíos; ya he tenido bastante". Para él, España, la verdadera España, vive en el exilio: se llama Luis Jiménez de Asúa, Pablo Casals, gobierno en el exilio. Los demás murieron o fueron fusilados. La lista es conocida: Federico García Lorca, Miguel Hernández, Antonio Machado, José Ortega y Gasset. "El resto no existe". Pero si lo escuchara el 70 por ciento de sus compatriotas, que no conocieron la guerra, sus palabras sonarían extrañas, ajenas:
"¿Qué fue de los periódicos liberales El Sol y La Voz, donde escribía Ortega? Los robaron los falangistas para hacer una cloaca que se llama Arriba, porque desde hace treinta años impera el orden del robo y la captura de la voluntad nacional. Esto no es España. España está afuera, aquí sólo hay palurdos, provincianismo, fascismo pentagonal". Es un mundo fragmentado, resentido, roto. Es el pasado. Por eso, cuando se e pregunta qué espera que va a ocurrir, responde sin vacilar: "Pues nada, la república no vino con organización ni con puñetas. La gente salió a la calle y eso vino solo. Yo creo que cualquier día de éstos volveremos a ver al pueblo de Madrid colmando los tranvías para restaurar la libertad". En Madrid ya quedan muy pocos tranvías. Sólo los que pasan frente a los Nuevos Ministerios o los que cruzan el raquítico Manzanares hacia Carabanchel.
Sin embargo, aunque los jóvenes no participan de ese resentimiento y por eso no lo comprenderían, aunque Madrid vuelve a parecerse cada vez más a cualquier ciudad europea, con sus melenudos, sus beatniks y sus despampanantes minifaldas, el pasado se reinstala en la realidad de España: cuando el 7 de febrero último, el vicepresidente del gobierno, almirante Luis Carrero Blanco, fundamentó ante Las Cortes los motivos que llevaron a implantar el Estado de Excepción a partir del 24 de enero, empleó un lenguaje de guerra. No sólo recordó los horrores de la contienda: España parecía haber vuelto al clima de Cruzada que la había sacudido en 1936.
Seguramente por eso hay jóvenes de 28 años que hacen afirmaciones que parecen contra natura, como si la historia se hubiera detenido: "Yo soy un derrotado de la guerra, pertenezco al bando de los vencidos". Habla como si fuera la primera vez que refiere su biografía, con el lenguaje rápido, entrecortado de los catalanes. Fue junto al drugstore del Paseo de Gracia, en Barcelona, donde los jóvenes van a hojear los últimos best sellers de la narrativa latinoamericana:
"Yo aún no había nacido cuando cuatro milicianos de la República vigílaban el lecho de mi madre enferma, esperando que se reponga para fusilarla. La salvó la entrada de los nacionales en Barcelona. Así que te imaginas el fervor de mis padres por el régimen: puedo decir que yo debo la vida a las tropas del Caudillo. Pero cuando cobras conciencia, percibes que el lenguaje oficial sigue siendo el de un país en guerra, que hay prohibiciones, que la censura no permite que se hable de 'alzamiento militar', que es la realidad histórica de lo que ocurrió en el 36, sino de 'alzamiento nacional', que no puedes hablar en catalán, porque está prohibido, que todo esto no son más que pequeños descubrimientos individuales, pero que van formando parte de un sentimiento comunitario. Claro que es puro pasado, pura memoria; pero las consecuencias persisten: el pueblo español está enfermo. ¿Quién puede creer, entonces, que en el 36 triunfó España?"

CARA AL SOL

Ahora, hasta los propios falangistas dudan de aquel aserto que se acunó como un slogan que acompañaba a ese otro gritado con el brazo en alto: España Una, Grande, Libre. Eran otros tiempos y la antigua euforia se ha apagado. En su amplio bufete de abogado, en Madrid, Mariano Robles, quien fue capitán de [a aviación nacional, memora la noche del 12 de julio de 1936, en Marruecos: ya estaba fijada la fecha y la hora del alzamiento y se servía un banquete porque acababan de finalizar las maniobras de la Legión Extranjera; aún no se había servido el primer plato cuando la mesa de oficiales prorrumpió en un grito insólito: ¡Café! ¡Café! "Alvarez Buylla -sonríe Robles-, el alto comisario de Marruecos, un general republicano, leal al gobierno, preguntó por qué la gente pedía café cuando no había empezado la comida. No sé lo que le respondieron, pero ese grito quería decir ¡Camaradas! ¡Arriba Falange Española! Pero ahora todo eso está sobrepasado. Siendo un republicano convencido, yo me uní a Franco por la anarquía que reinaba en mi país. Estallada la paz mandé mi uniforme al museo de trastos viejos y les dije a mis viejos camaradas que habían llegado al gobierno: me pongo la toga de abogado para defender a la gente de los atropellos que estáis cometiendo".
El primer atropello de Franco fue contra los propios falangistas, cuando en plena guerra civil unificó en un movimiento único a las FET y de las JONS (Falange Española Tradicionalista y Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista) con los monárquicos tradicionalistas, erigiéndose en jefe político absoluto y generalísimo de los Ejércitos. Desplazó así a Manuel Hedilla, legítimo sucesor de José Antonio, como jefe nacional de la falange, a quien llegó a detener en Salamanca, el 25 de abril de 1937, acusándolo de sedición y condenándolo a morir fusilado. "Si no llegó a cumplirse es porque tal ejecución hubiera sido muy impopular", dice ahora Hedilla, en su casa de Madrid. Por aquella época. Franco ya había logrado desplazar también a los generales Goded y Queipo de Llano, que aspiraban a ejercer el mando supremo. Del general Emilio Mola, alma mater del alzamiento del 18 de julio, lo libró un oportuno accidente de aviación. Entonces adoptó el título de Caudillo, una mala traducción de führer.
Franco había nacido en El Ferrol,. Galicia, en 1892. Cuando quiso ingresar en la Marina, para seguir los pasos de su padre, no logró aprobar el examen de ingreso. La Academia de Infantería de Toledo era mucho menos exigente en .materia intelectual y allí encontró el primer peldaño de un escalafón paciente, rutinario, tenaz, que lo llevaría a obtener el grado de general. Callado, terco, obstinado como sus paisanos, fue solidificando un antiguo mérito: no tener ideología. De ahí que apareciera como el hombre ideal para encarnar e imponer el Orden -antes que como instrumento para realizar un programa-, una disciplina rígida, puritana, elevada al rango de principio y fin de todas las cosas, y sobre todo del sistema.
Lo cierto es que tal contextura le permitió instaurar un férreo control militar sobre toda la zona nacional, durante la guerra, mientras la parte republicana se escindía en permanentes pugnas intestinas; pudo extender así ese dominio a toda España, luego de la victoria, y mantenerlo hasta el punto de que podría afirmar, sin ninguna exageración, L*Etat c'est moi, con el mismo tono de orgullo con que lo debió pronunciar Luis XIV.
Y la astucia: a pesar de haber recibido una ayuda militar que resultó decisiva para el triunfo, por parte de Italia y Alemania, no obstante haber abrazado abiertamente la causa del Eje, durante la Segunda Guerra Mundial, Franco logró mantener a España fuera de ese conflicto. Hay quienes le atribuyen ese talento a su cuñado. Ramón Serrano Suñer, número 2 del gobierno franquista hasta 1942. Pero en 1940, cuando se entrevistó con Hitler, en Hendaya, Franco llegó media hora tarde a la cita: un hecho sin precedentes que le hizo proferir al fürher, al término de la conferencia, que "optaría por que me tuvieran que arrancar tres o cuatro muelas antes que volver a entrevistarme con ese hombre".
Los madrileños lo definen con una humorada: "Franco, ni al Caudillo le dice lo que piensa". Y el comentario unánime, en cualquier cafetería de Madrid donde se encuentre a alguien que se atreva a hablar de política, es que "España es un tinglado montado por Franco, y el régimen dura mientras él viva; esto es elemental". Pero el que inauguró la inacabable retahila de comentarios y refranes acerca del Caudillo fue su antiguo camarada de armas, el general Mola, quien aconsejó, poco antes de morir, que "quien vaya al lado de Franco debe procurar ir a la distancia de la cabeza de un caballo, pues a quien pase ese límite, se la cortan".
Es probable que, por eso, Hedilla (quien permaneció en prisión desde 1937 hasta 1946) sostenga ahora que "la falla fundamental de todo ha sido cuestión de conductas, y entonces llegará el momento en que se han de pedir responsabilidades políticas y económicas".

EL MIEDO

"A mí no me pregunte quién bombardeó Guernica." En la taberna, los hombres se inclinan en la barra del mostrador sobre el primer chato de la tarde. Afuera, la lluvia se amontona sobre las calles de tierra y en los recovecos del empedrado desparejo. ¿Por qué? "Cuando entraron los nacionales, nos pusieron a todos en fila y un oficial roquete preguntó: "¿Quién bombardeó Guernica?".
Un chaval parado al lado mío que se creyó que aquello era un desfile, respondió muy tranquilo: 'Los mili-tares'. ¡Ala! Se pudrió en la cárcel, pues por eso na más le dieron cuarenta años. Así es que cuando a mi me lo preguntan, pues yo digo que no lo sé, que la aviación".

franco07.jpg (14940 bytes)
Una vista general de Teruel, en Aragón, totalmente reconstruida

franco08.jpg (13595 bytes)
Hippies en Barcelona, una de las ciudades más europeas de España

franco09.jpg (22015 bytes)
La mujer española acomete la modernización

franco10.jpg (21327 bytes)
Un pintoresco portero en un barrio de Madrid

franco11.jpg (29137 bytes)
Barcelona: donde más se advierte lo moderno

franco12.jpg (18577 bytes)
1939: una escuadrilla de obreros madrileños quita escombros que cubren la estatua de la Cibeles

franco13.jpg (15952 bytes)
el mismo sitio de la foto anterior en 1969

franco14.jpg (14693 bytes)
El famoso Alcázar de Toledo envuelto en llamas durante el histórico asedio

franco15.jpg (17110 bytes)
El Alcázar de Toledo en 1969 convertido en monumento histórico

Poco antes de que se implantara el Estado de Excepción, un humorista estampó la caricatura de esa misma actitud parafraseando a Descartes: "Pienso, luego me callo". Es que durante mucho tiempo, España fue un pozo de silencio y de terror. Pero a pesar de la rigidez del sistema, y del inmovilismo, sobrevinieron las crisis políticas. Cuando el triunfo de los aliados sobre las potencias del Eje era un hecho, Franco destituyó a Serrano Suñer, el hombre que había impreso en España la tónica inequívocamente fascista, y formó un nuevo gobierno que protagonizó el último intento de montar un régimen ajeno a Occidente y enemigo del comunismo. Como apuntó Manuel Cantarero del Castillo, presidente de los antiguos miembros del Frente de Juventudes de la Falange, "hasta 1945, la derecha de los sentimientos coincide con la derecha de los intereses: a la oligarquía terrateniente, a la banca y las altas finanzas, no les importaba toda la simbología fascista a la que se rendía culto en España. .Pero el triunfo de los aliados hizo que la derecha de los intereses optara por desvincularse de aquella estructura para volcarse hacia el liberalismo". Fue la primera ruptura y la muestra más acabada del oportunismo político de Franco. Los sueños de autarquía política, como estrategia del Estado, comenzaron a hundirse en la .medida que España se esforzaba, cada vez más conscientemente, por implicarse en el mundo occidental. El camino de la "europeización" se perfiló claramente como programa, para una fuerza que jugaría un rol decisivo en los años posteriores: el Opus Dei. Sus tecnócratas elaboraron para Franco la vía del neocapitalismo. Y en 1957 lograron hacerse de un sitio respetable en la estructura de poder.
La tercera crisis política es la que está en ciernes ahora; y aunque su desenlace constituye una incógnita, hay un elemento nuevo que se puede percibir con toda nitidez: Franco tiene miedo. No sólo de morirse: tampoco se atreve a explicitar cómo piensa organizar su propia sucesión para garantizar la continuidad de su régimen.
El miedo creció súbitamente, cuando en los primeros días de este año una manifestación de estudiantes volcó el coche donde viajaba el almirante Pedro González Aller, para incendiarlo en plena calle de la Princesa, en Madrid. Unos días antes, otro grupo de estudiantes había arrojado el busto de Franco desde uno de los ventanales del despacho rectoral de la Universidad de Barcelona. Fue suficiente para que los generales "más azules", los camisas viejas, exigieran la implantación del Estado de Excepción.
Pero en realidad lo de los estudiantes sirvió de excusa. El verdadero temor radicaba en la creciente influencia de las Comisiones Obreras, sindicalismo clandestino con preeminencia comunista, y en el surgimiento de los Comités de Empresa en los países vascos, con epicentro en Bilbao, donde apareció la potencialidad de una nueva coincidencia: católicos, socialistas y nacionalistas vascos. Por primera vez en treinta años, la oposición española, tradicionalmente dividida y sectarizada, daba muestras de superar su propio inmovilismo; y en un sector que al régimen puede costarle la vida: el movimiento obrero. A tal punto parece llegar la fuerza de estos comités, que en plena vigencia de las medidas de excepción, los Altos Hornos de Vizcaya y la poderosa Babcok Wilcox (construcciones navales) permanecieron paralizadas totalmente por una huelga que se prolongó durante 24 días.
Desde el punto de vista político, tales acciones sirven de ariete para dos fuerzas que aspiran a la sucesión del trono de España: los carlistas. que no son otros que los antiguos roquetes, sostenedores de la candidatura de Carlos Hugo de Borbón Parma (expulsado de España por su origen francés), y los monárquicos constitucionalistas encarnados en la figura del hijo de Alfonso XIII, legítimo heredero del trono, don Juan de Borbón, exiliado en Estoril, Portugal.
De ahí que a principios de enero, al cundir la agitación estudiantil y cernirse el peligro de acciones mancomunadas con el movimiento obrero, por el vencimiento de los convenios colectivos y la prolongación del congelamiento salarial, vigente desde noviembre de 1967, la logia más recalcitrante del ejército optara por reunirse precipitadamente en Zaragoza.
Allí concurrieron los capitanes generales Alfonso Pérez Viñeta y Carlos Ruiz, de Barcelona y Zaragoza, respectivamente; el general Carlos Iñesta, gobernador militar de Madrid, y Tomás García Rebull, general jefe de la División Acorazada, quien comandó a los voluntarios de la División Azul. que fue a combatir junto a los alemanes en el frente ruso, durante la Segunda Guerra Mundial. El resultado fue un pequeño coup d'etat que desembocó el viernes 24 de enero en una reunión del Consejo de Ministros, donde hubo dos hombres que se atrevieron a advertirle a Franco que la medida exigida por los militares era profundamente impolítica:
José Luis Villar Palasí, ministro de Educación y Ciencia, y Laureano López Rodó, ministro de Desarrollo; dos figuras cercanas al Opus. Si bien sus tesis no fueron aprobadas, se impuso el Estado de Excepción (suspensión de cinco artículos de derechos civiles, agregados en 1966 en el rígido Fuero de los Españoles); los militares habían exigido la implantación del Estado de Guerra. En los Países Vascos, las medidas excepcionales ya reinaban desde agosto. Por aquellos días, la organización nacionalista ETA (Euzkadi Ta Askatasuna, que significa Vascuña y Libertad), había dado cuenta de Melitón Manzanos, jefe de la Brigada Política y Social (policía política) de Vizcaya. Lo ejecutaron cerca de su propia sede, de siniestra fama, en Irún.