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crónicas del siglo pasado

REVISTERO

La España de Franco
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El haz de cinco flechas de la Falange a la entrada
de Belchite, un pueblo que mantiene intacta la
la imagen de la guerra: el pasado

Revista Siete Días Ilustrados
1969

 

 

EL MILAGRO ESPAÑOL

Así, después de dos años de relativa "liberatización", España volvió a tener las cárceles repletas de presos políticos, tornaron las deportaciones, los confinamientos y las torturas. Curiosamente, la represión no se limitó a los elementos extremistas; abarcó, además, a todos los opositores al régimen, sea cual fuere su posición política: intelectuales, abogados, sacerdotes, demócratas cristianos y liberales, engrosaron el amplio espectro de los marginados y los perseguidos. La censura volvió por sus fueros, luego de 24 meses durante los cuales los españoles aprendieron a saborear las bondades de enterarse por los diarios de lo que pasa en su país.
Manuel Fraga Iribarne, el zar de la Información y el Turismo, que podía ufanarse de haber vuelto más respirable el clima intelectual de España, tuvo que emular con su inefable antecesor, Jesús Arias Salgado, en materia de prohibición de obras, requisamiento de librerías y amordazamiento de la prensa.

 

 

 Claro que son otros tiempos. Una década atrás estaban prohibidas desde la Critica de la Razón Pura de Kant, hasta Rojo y Negro de Stendhal. Era la época en que Salgado se enorgullecía ante sus íntimos por el criterio amplio con que ejercía sus dotes de censor: "Yo parto de una premisa muy simple -comentó en cierta ocasión-: se puede aprobar todo aquello que un matrimonio de buena formación pueda leer en conjunto sin avergonzarse ni excitarse". Si bien ahora la "líberalización estratégica de Fraga, fue solo del mentón para.abajo", según apuntan sus contrincantes, aquel puritanismo cerril casi no existe.
La sociedad española se ha trasformado: a lo largo de los últimos 30 años fue surgiendo una clase media, amiga del orden y atemperadora de las tensiones. El proceso industrial acabó con el feudalismo y abrió paso a una burguesía poderosa que adquirió fuerza en la banca y en la industria, principalmente favorecida por la política del Opus, abierta al capitalismo y a las inversiones de capital extranjero, que comenzaron a afluir copiosamente a partir de 1957. De ahí que España se parezca cada vez más a una sociedad de consumo.
La gran paradoja es que todo ello tiene lugar en medio del inmovilismo político: al régimen, como sucede en todos tos estados totalitarios, sólo le importa perpetuarse, aunque sus estructuras de poder nada tengan que ver con la sociedad que crece a su vera. De ahí que un importante banquero bilbaíno declarara que "el mayor peligro está constituido por los militares que quieren impedir a toda costa el avance de la línea evolutiva hacia una progresiva liberalización. De lo contrario pueden generarse grandes tensiones, porque hoy en día la vitalidad del país es mucho mayor que las instituciones políticas que la contienen".
Y tales instituciones son escleróticas, ficticias. La semana pasada, en Madrid, SIETE DÍAS pudo acceder a un diálogo desusadamente no convencional, con uno de los símbolos vivientes de ese desajuste histórico:
Pilar Primo de Rivera, hermana de José Antonio y presidenta de la Sección femenina de la Falange, un cargo que ejerce desde hace 35 años.

SIETE DÍAS: Usted es procuradora en Cortes. ¿A quién representa?

PRIMO DE RIVERA: Pues, no lo sé. Francamente, no lo sé. Siempre he estado allí, nombrada por el Caudillo.

SIETE DÍAS: Quizás represente usted a las mujeres. . .

PRIMO DE RIVERA: Pues sí, es posible: creo que representando a las mujeres me nombró procuradora en Cortes.

SIETE DÍAS: ¿Se ha realizado el ideario político de su hermano?

PRIMO DE RIVERA: En España se ha hecho mucho con el régimen de Franco. Ahora, si no se cumplieron totalmente las ideas y proyectos de José Antonio es porque siempre sucede lo mismo con lodos los ideales de Juventud.

SIETE DÍAS: ¿Quedan aún derechos que conquistar a la mujer española?

PRIMO DE RIVERA: Alguno quedará. Nosotras no somos feministas; eso de la igualdad del hombre y la mujer, no. Ahora, derechos sí.

EL OCASO DE LOS DIOSES

Se trata de una esclerosis que parece estar recorriendo sus últimas etapas: con el ocaso biológico del Caudillo se va descomponiendo el antiguo régimen. Y las viejas armas, como la represión o los tribunales especiales, reinstalados por las medidas de emergencia, están oxidadas. En el café Amaga, a la vuelta de 3a plaza del Arenal, en Bilbao, un grupo de estudiantes que simula enfrascarse en la discusión de sus textos para no despertar sospechas, lo explica mejor "La represión ha radicalizado aún más a los estudiantes; si antes nuestras reivindicaciones no llegaban más allá de exigir sindicatos democráticos, ahora estamos pasando a la acción revolucionaria". Doce años antes del "mayo francés", en 1956, el movimiento estudiantil español hirió de muerte al SEU, sindicato oficial y obligatorio, creando sindicatos democráticos que debieron ser reconocidos de facto en muchas universidades. Tal poder contribuyó, indudablemente, a que las autoridades se abocaran a la elaboración de un plan de reformas que el ministro Villar Palasí presentó a las Cortes en febrero último con el titulo de Libro Blanco de la Educación, primer proyecto serio de "democratización de la enseñanza".
Blanco fácil para los estudiantes y los sectores de oposición por su delicada tarea de intermediario entre las acciones del gobierno y la opinión pública, el propio Fraga Iribarne tuvo que admitir ante SIETE DÍAS que "la rebelión juvenil nace de la insatisfacción ante un mundo que no se adapta a las nuevas exigencias. Los jóvenes son propensos a la radicalización de las actitudes, lo que, en principio, es positivo y aprovechable. Pero ello se vuelve inaceptable cuando su agresividad se torna exclusivamente negativa y tiende a la destrucción de lo existente más que a la creación dé un mundo nuevo". La posibilidad de que los "acontecimientos de mayo, en Paris", broten en España,. constituye, sin duda, una de las mayores pesadillas del gobierno de Franco. "Quizás el lastre más pesado de la rebeldía juvenil contemporánea sea su falta de objetivos concretos, su carencia de formación ideológica coherente", concluye Fraga.
Pero, ¿cuáles son las causas de ese vacío ideológico? Para los estudiantes del café Arriaga, "España no tiene ideología, como no tiene partidos de vanguardia: es el imperio del arribismo y de los intereses creados. Hay un régimen de aprovechados que quiere mantenerse bajo la excusa de eso que llaman el Movimiento y los valores católicos tradicionales".
Fue lo que impulsó al abogado Joaquín Ruiz Giménez a abandonar el Ministerio de Educación en 1956, un cargo que ocupaba desde 1951. Ahora dirige el mensuario Cuadernos Para el Diálogo, de inspiración demócrata-cristiana, y presta su oficio para defender a los presos políticos. En su amplio piso de la calle Ortega y Gasset, en Madrid, Ruiz Giménez emerge entre montañas de papeles y potiches de porcelana: "La contradicción esencial del régimen es que declarándose católico sus estructuras no han sabido adaptarse a los cambios de la Iglesia y a la mentalidad posconciliar. Por lo tanto, no responde al ideal cristiano y las nuevas generaciones no entienden las formas capitalistas en que ha desembocado nuestra sociedad; no entienden la estrechez cultural y el amordazamiento de las ideas".
Una fractura parecida recorre el prisma político de España: el credo oficial sigue considerando a los partidos como entidades ficticias, generadores de falsas divisiones. Lo mismo ocurre con las organizaciones sindicales: todavía rige el sindicato vertical, integrado con representantes de los patronos, el gobierno y los obreros. Pero la propia Ley Orgánica del Estado, promulgada luego del referéndum del 14 de diciembre de 1966, contiene los gérmenes de una trasformación que es cada vez más inminente. Dicha ley suprimió a la FET y de las JONS como partido único, sustituyendo esa entelequia por el Movimiento Nacional, que admite la formación de Asociaciones, un eufemismo donde podrán parapetarse en el futuro los partidos políticos.
Del mismo modo, la nueva ley sindical que se aprobará en estos días contempla la creación -dentro de la estructura vigente- de una sección social, donde se nuclearán los obreros, y una sección económica para los patronos. En ambas los cargos serán electivos, en tanto que el presidente del sindicato seguirá siendo digitado por el Caudillo. Se trata, en rigor, de un tímido avance hacia la oficialización de gremios y asociaciones empresarias, similares a los de cualquier país capitalista. Es que en España los sueños de un Estado nacional-sindicalista, de una comunidad sin tensiones sociales y políticas, pertenecen al pasado tanto como la guerra civil o el hervor revolucionario del 36.
De alguna manera, la nueva legislación de asociaciones y sindicatos constituye la tentativa más eficaz de preservar el sistema, porque la realidad es que hoy en día los empresarios prefieren entenderse con las Comisiones Obreras o los Comités de Empresa; el sindicato oficial es tan inexistente como la Falange. El sociólogo Cantarero del Castillo lo apuntó claramente en su conversación con SIETE DÍAS: "España ya ha jugado su carta política; ahora se debe producir la homologación total con el resto de Occidente". Lo que no significa otra cosa que transferir a la política lo que de hecho ya acontece en la economía. Aunque todavía no pertenece orgánicamente al Mercado Común, España se beneficia con las válvulas de seguridad, con los sistemas de equilibrios y compensaciones económico-financieros de la Comunidad Europea Occidental. Su integración en ese mundo le ofrece coyunturas económicas favorables de largo plazo, ayuda mutua y señales de alarma.
Es una realidad que no entusiasma a los viejos falangistas, como Juan Velarde, catedrático de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Madrid, quien acaba de declarar que el capitalismo en España "jamás ha sido emprendedor y progresista, sino que ha despedido un vaho maloliente". Pero ya no tienen alternativa que ofrecer ante el impulso hegemónico del Opus, que dirige con mano firme el proceso de "europeización". Por eso, los falangistas evolucionistas concluyen que "el sistema se salvará con un entendimiento entre los sectores progresistas del régimen y los moderados de la oposición; de lo contrario, puede sobrevenir la catástrofe".

DE FRENTE AL RÉGIMEN

Uno de los signos más elocuentes de ese peligro es que los sacerdotes católicos sometidos a proceso entran al Tribunal de Orden Público con las manos esposadas. La cárcel de Zamora, en las afueras de Madrid, habilitada especialmente para ellos, alberga a más de un centenar. No les falta razón, entonces, a quienes sostienen que la Iglesia está perseguida en España.
Proceso a la Teología, protestaba un cartel de letras enormes colgado por los estudiantes en la puerta de la Facultad de Teología de Madrid, a raíz del juicio promovido contra el sacerdote José María González Ruiz, teólogo sevillano de 52 años que integró la comisión redactora de los documentos conciliares durante el Concilio Vaticano II. "Las nuevas promociones son anticonfesionales -declaró a SIETE DÍAS-. El confesionalismo identifica al catolicismo con las esencias nacionales: para estar bien integrado en la sociedad española hay que ser católico; cuando la fe, por el contrario, constituye una opción libre que no se puede ajustar ortopédicamente a ninguna estructura política. Tradicionalmente, la Iglesia formaba un bloque monolítico con las derechas españolas. Pero a partir de la nueva teología sancionada en el Concilio Vaticano II, se afirma otra mentalidad; la del cambio".
Aunque González Ruiz se autodefine como un "optimista patológico", la renovación parece inevitable. Cuando se declaró el Estado de Excepción, monseñor Casimiro Morcillo González, arzobispo de Madrid, miembro del Consejo de Regencia y procurador en Cortes nombrado por el Caudillo, emitió una declaración de apoyo al gobierno, en nombre del Episcopado, sin consultar a la mayoría de los obispos. Fue un golpe de mano parecido a un acto de desesperación: en la Conferencia Episcopal que se celebró poco después, a fines de febrero, los votos conservadores y progresistas alcanzaron una impresionante paridad. Lo alarmante para el régimen es que los conservadores ya no se reproducen más. El futuro es del progresismo.
No se puede afirmar lo mismo del futuro político. El obstinado silencio de Franco en torno al tema más candente de la actualidad española, la sucesión, hace que la más absoluta incertidumbre sea el rasgo principal de la política. Todo indica que el Caudillo ha optado por el príncipe Juan Carlos, dispuesto a usurpar la corona de su padre, Juan de Borbón, exiliado en Estoril. Es la solución exigida por los generales conjurados en Zaragoza. Porque la sucesión legítima entraña un riesgo:don Juan encarna la imagen del monarca constitucionalista y sus apoyos pueden computarse desde los republicanos moderados y la socialdemocracia hasta el comunismo. Lo paradójico es que cualquiera sea quien ciña la corona, consumará un viejo sueño monárquico: la venganza por el 14 de abril de 1931, cuando se abrió paso la Segunda República. Aún así, la restauración monárquica aparece como la mejor garantía de estabilidad a la muerte del Caudillo. La pugna de todos los sectores se abalanzará, en cambio, sobre el tipo de gobierno que forme el monarca. En la noche del pasado viernes 21, cuando Fraga Iribarne apareció ante los periodistas agolpados en el palacio del Pardo para suministrar la información de rutina, al término del consejo de ministros, apareció un dato alentador: se había resuelto el levantamiento de las medidas excepcionales un mes antes de que se cumpliera el plazo legal (éste vencía el 24 de abril próximo).

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A partir de allí, un Madrid expectante, desvelado por la noticia, rumoreaba que aquella sesión del gabinete había sido tormentosa. Fuentes allegadas al gobierno vaticinaban la caída de los ministros Fraga y Solís Ruiz, entre otros, y la defenestración del Movimiento de su categoría de ministerio. Seria el aplastamiento de los duros. En ese caso, es posible que la generación de Ridruejo, Mariano Robles y Ruiz Giménez, los otros derrotados de estos 30 años, encuentre motivos para abrazar una esperanza más opaca, menos ditirámbica que la que los estremeció en el 36, pero la más ambiciosa a que puede aspirar esta España: "Una democracia insuficiente e imperfecta, pero una democracia", como diría Emilio Romero, director del diario Pueblo, vocero de los sindicatos oficiales.

LOS CEMENTERIOS BAJO LA LUNA

¿Franco se apiadó del pasado cuando aceptó levantar las medidas de excepción, presionado por el Opus que ahora se halla presto para la conquista de la mayoría de los escaños ministeriales? El 19 de abril se cumplen 30 años de la entrada en Madrid de los ejércitos nacionales. Y ése fue el motivo esgrimido oficialmente para el levantamiento de las medidas: el tradicional desfile de la victoria se celebrará sin Estado de Excepción. Pero es difícil que lo haya movido la piedad. Puede ser un postrer homenaje al inmovilismo. Tres décadas atrás, cuando uno de sus ayudantes entró en su despacho de Burgos para informarle que las tropas nacionalistas habían ocupado sus últimos objetivos en la tarde del 31 de marzo, Franco no levantó la vista de su mesa de trabajo: "Muy bien -respondió-, muchas gracias". Los soldados republicanos abandonaban el frente para huir o marcharse a sus casas. Y los oficiales no hacían nada por detenerlos. En Madrid, las escenas de angustia y miedo ante la entrada de los nacionalistas eran penosas. Y hubo suicidios. El Primer Ejército nacionalista, al mando del general Espinosa de los Monteros, ocupaba los edificios del gobierno. Luego entraron las brigadas de Auxilio Social y una hilera de camiones con documentos referentes a los crímenes cometidos por la República. Los partidarios de Franco que habían pasado la guerra encerrados en las embajadas veían por primera vez la luz del día después de dos años y medio. Salían parpadeando, con sus rostros demacrados, para unirse al júbilo de los nacionalistas que saludaban a las tropas con el grito de "¡Han pasado!". Era la respuesta al "¡No pasarán!", que había alzado la Pasionaria 30 meses antes. Por todos los caminos de España grupos de soldados de la República huían como espectros hacia la frontera francesa. O hacia Alicante, donde los barcos repletos de refugiados abandonaban en la orilla a las multitudes que no alcanzaron a treparse por la borda. Era el fin del delirio.
Pero cada 1° de abril, cuando las tropas desfilan por el Paseo de la Castellana, aunque el entusiasmo y el odio ya no existen como entonces, parece un retorno a las viejas imágenes. Es un pasado que aún permanece inmóvil en algunas ciudades de España. Como Gandesa, en el inmenso valle del Ebro, con sus callejuelas circulares y la caravana de carros de los campesinos que baja a la plaza todas las tardes, como hace 50 ó 100 años atrás.
Y sobre todo en Belchite, a menos de 90 kilómetros de Zaragoza, donde las ruinas provocadas por una de las batallas más sangrientas de la campaña del Ebro se mantienen intactas, como si la guerra hubiera terminado ayer, como si en cualquier momento volvieran a aparecer por las laderas los harapos vociferantes de los viejos combatientes. Allí permanecen 19 ancianos que siguen vegetando entre las piedras que arrancó el bombardeo. Y si no fuera por el sol, no se sabría que existen. Por eso, nadie se asombraría si de pronto resonara entre las callejuelas huecas y sordas el grito de Millán de Astray: ¡Viva la Muerte! Porque todas las mañanas los 19 espectros negros escarban los desechos como si siguieran buscando a sus muertos. Porque el viento sopla entre la mampostería reventada y ellos se sientan a tomar el sol como lo estarían haciendo aquella mañana del 37, cuando los oficiales tuvieron que repartir champaña entre sus hombres para la matanza que vendría después. Una de esas figuras de negro, inclinada sobre el portal de lo que fue la iglesia, levanta la cabeza al sentir que hay pasos que interrumpen el silencio y muestra una boca oscura, cortajeada por el tiempo:
"Estoy arreglando los chismes de labrar, que se me han roto algo".