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crónicas del siglo pasado

REVISTERO

La caza de brujas en Estados Unidos
el maccarthysmo

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Centro Editor de América Latina
1972

 

 

 

 

El maccarthysmo en Hollywood

En los años que siguieron inmediatamente a la Segunda Guerra Mundial, en los años de la "guerra fría" y del maccarthysmo, Hollywood seguía siendo la "Meca del cine". Y conservando en su "ambiente artístico" una tónica moral muy laxa. Actores y actrices daban frecuentes escándalos. A veces con claros fines publicitarios. La cuestión era estar permanentemente en candelero. Se casaban y descasaban con frecuencia, el adulterio estaba de moda y las fiestas adquirían muchas veces el carácter de orgías. La "prensa especializada" tenía material abundante para la chismografía. Como una concesión a la virtud a diario ofendida, como una ironía más en aquellos dominios del disparate, existía reglamentariamente en los contratos entre los estudios y los artistas una llamada "cláusula moral". Permitía a los estudios despedir al actor o actriz que creara inconvenientes con su "conducta privada". La finalidad de la cláusula era poner un freno a los desafueros sexuales demasiados ruidosos. Pero, cuando las tensiones se hicieron extremas, cuando fueron consideradas inadmisibles cualesquiera simpatías hacia la Unión Soviética o tolerancias con el comunismo, la "cláusula moral" se convirtió en una ley del embudo, en un arma para imponer el conformismo. Se cerraban los ojos ante cualquier irregularidad en la conducta privada de quien, en el orden político, se revelara un "buen muchacho" o una "buena chica". Se buceaba, en cambio, en las intimidades de los levantiscos y rebeldes, siempre expuestos a verse acusados de "degeneración moral". No fue McCarthy, desde luego, el único gran exponente del maccarthysmo que hubo en aquellos tensos tiempos. Existía ya, como queda dicho, y se mostraba activísima la Comisión de Actividades Antinorteamericanas de la Cámara de Representantes, comisión en la que actuaba con mucho celo, como joven y ambicioso legislador con ansias de lucirse, Richard Nixon, el actual presidente de Estados Unidos. En 1947, esta comisión, presidida por Thomas Parnell, un legislador republicano cuyo ostracismo sería decretado poco después por un feo asunto de peculado, se presentó en Los Angeles. Iba a efectuar una investigación en el "medio cinematográfico". La atmósfera, ya enrarecida, se hizo punto menos que irrespirable. Estaba en juego la carrera de muchos, fueran productores directores o artistas. Circulaban ya "listas negras", basadas en confidencias y delaciones.
Los agentes del F.B.I., colaboradores de la comisión, no cesaban en su búsqueda de datos y testimonios, hasta en las alcobas. Se extendió el pánico. Muchas figuras de Hollywood desfilaron ante la comisión para confesar sus "errores". Era algo que valía más que callarse -quien calla otorga- o verse abrumado por testimonios ajenos, verdaderos o falsos. No faltaban de estos últimos. A veces, eran un modo de deshacerse de un competidor. Por lo demás, la comisión se mostró comprensiva con los confesos y contritos, muy dispuestos por lo general a dar en adelante pruebas de su "celo anticomunista". El estrago, de todos modos, fue grande. Y, como estaba ocurriendo en otros medios, dividió en dos a la comunidad hollywoodense. Algunos llevaron su conformismo hasta la abyección más extrema. No vacilaron en denunciar a compañeros de tareas. Otros protestaron contra aquella inquisición que "privaba a los artistas de su libertad", aunque no sin hacer concesiones al anticomunismo imperante. Y otros más, unos pocos, desafiaron abiertamente, a riesgo de incurrir en "desacato al Congreso", a los inquisidores. Fueron unos días en que actores como Robert Taylor, Gary Cooper, Adolphe Menjou y Robert Montgomery y productores como Louis B. Meyer y Jack Warner adquirieron una notoriedad menos honrosa de la que el cine les había procurado. Declararon ante la comisión que, efectivamente, "había influencia comunista en Hollywood" y se mostraron dispuestos a colaborar en la investigación. No sin provocar reacciones. Un grupo numeroso de actores, actrices, directores y músicos de Hollywood, con inclusión de figuras como Humphrey Bogart, Danny Kaye, June Havoc, John Payne, Jane Wyatt y Gene Kelly, decidió trasladarse a Washington para poner, en unión de una representación del teatro neoyorquino, donde también el maccarthysmo se hacía sentir, las cosas en su lugar. Pero fue un signo de los tiempos las declaraciones que formularon los viajeros. "Somos tan anticomunistas como el que más -dijeron-, pero queremos que la investigación se haga en forma justa. Deseamos que a los acusados se les procure la oportunidad de defenderse." Hubo en Washington críticas contra el proceder de Parnell. El senador demócrata Claude Pepper sostuvo que, conforme al Bill of Rights, "nadie tenía derecho a exigir a un ciudadano norteamericano la defensa, como si se tratara de algo presuntamente delictuoso, de sus opiniones religiosas, políticas, sociales o económicas". Pero Parnell también tuvo fuertes apoyos. El representante John R. Rankin, también demócrata, arremetió contra aquel senador demasiado "liberal", dijo que las libertades civiles garantizadas por la Constitución "no podían proteger a quienes trataban de destruir la forma imperante de gobierno", denunció a los comunistas como "sembradores de la revolución en Estados Unidos" y calificó al comunismo de "la más terrible amenaza que haya conocido la humanidad". ¿No recuerdan estas palabras el lenguaje de Hitler? ¿No recuerdan también las que se han oído en otras muchas latitudes? Sea como fuere, el maccarthysmo estaba dividiendo en dos a todo Estados Unidos. Sin que McCarthy cesara en sus campañas, un poco al ritmo de las crisis exteriores, éstas se hicieron gradualmente más virulentas y nuevas olas de terror ideológico batieron al hasta entonces confiado y alegre Hollywood. No sin que se registraran algunas rebeldías de gallardía mayor o menor. Casos típicos a este respecto fueron los de Paul Robeson y Elia Kazan.
Famoso cantante negro, Paul Robeson fue citado en junio de 1948 ante la comisión, entonces dedicada al examen de un proyecto de ley sobre "represión de las actividades comunistas" que habían elaborado los legisladores M. Mundt y Nixon. El aclamado artista no se limitó a negarse a declarar si estaba o no afiliado al Partido Comunista. Ante la escandalizada comisión, dijo: "Algunos de los miembros del Partido Comunista han realizado una labor magnífica en Estados Unidos. Diecinueve personalidades norteamericanas han ido a la cárcel por negarse a contestar esa pregunta; si es necesario, me uniré a ellos". No pudo cantar más en público. Se retiraron sus discos de la circulación. Algunos templos a cargo de pastores negros que lo invitaron a cantar fueron amenazados por la American Legión, una asociación de ex combatientes tan patriotera como reaccionaria. El Departamento de Estado negó al cantante el pasaporte. Sólo al cabo de varios años el Tribunal Supremo anuló la decisión del Departamento y Paul Robeson, imposibilitado de actuar en Estados Unidos, pudo expatriarse para ganarse la vida en ambientes menos hostiles. Elia Kazan, productor y director de cine igualmente famoso, actuó con menos gallardía, pero su caso es igualmente típico. En enero de 1952, cuando el maccarthysmo lo invadía todo, fue llamado a "rendir cuentas". Se le formuló la consabida pregunta: ¿era o había sido miembro del partido comunista? El autor de películas de tanto renombre como "Un tranvía llamado deseo" y "¡Viva Zapata!" admitió que había pertenecido al Partido Comunista de 1934 a 1936, pero, al ser acosado con otras preguntas por la comisión investigadora, declaró que, si bien estaba dispuesto a hablar de sí mismo, se negaba a dar los nombres de otros comunistas o ex comunistas.
Se lo acusó de encubrimiento. Se lo sometió a toda clase de presiones. Se lo amenazó desde diversos sectores. Hasta que, abrumado, se presentó de nuevo el 11 de abril ante la comisión para reconocer que, con su declaración anterior, "había servido los intereses del comunismo". Y dio nombres, los de quienes había conocido como integrantes de una "célula comunista": el dramaturgo Clifford Odets, los actores Morris Carnovsky y J. Edward Bromberg, entre otros. Fue una escena muy penosa, hasta para los inquisidores. Quienes no quedaron muy satisfechos con las palabras finales del interrogado. "No creo que al citarlos les haga mucho daño -explicó Elia Kazan con amargura-. Hace tiempo que se han retirado de sus actividades profesionales. Estaban hartos, como lo estoy yo, de que se nos displinara, de que se nos exigiera el conformismo, de que se nos prescribiera lo que teníamos que pensar, hacer o decir." Así terminó una lucida carrera en Hollywood. ¿Hasta qué punto influyó el maccarthysmo en la rápida declinación de la "Meca del cine"?.
El caso más famoso es el de Charles Chaplin, sobre el que no nos extenderemos por ser de sobra conocido. Recordemos que cuando se lo convocó ante la Comisión de Actividades Antinorteamericanas de la cámara baja, Chaplin envió un telegrama sarcástico y despectivo y se embarcó con su familia con destino a Europa. La Comisión se sintió insultada y el gobierno también: el secretario de justicia, James F. McGranary, ordenó a las autoridades de inmigración que detuviera a aquel "personaje indeseable" en cuanto regresara a los Estados Unidos.
Pero Chaplin no fue detenido a su regreso, veinte años después, ya que sólo viajó a los Estados Unidos para recibir el "Oscar" que le otorgara la Academia de Cine de Hollywood por la importancia de la totalidad de su obra. En el mismo acto se concedió otro Oscar a una figura muy nueva, a la actriz Jane Fonda, la implacable y desafiante denunciadora de la guerra de Vietnam, la decidida defensora de las minorías norteamericanas sumergidas. ¿Se hubiera concebido algo semejante en 1952? Cuando Chaplin regresó a Europa con su Oscar, comentó: "Aquello ha cambiado mucho". En efecto, ha habido algunos cambios: lo demuestran las rebeldías contra el "Establishment", la existencia de los "disidentes radicales", los casos de la comunista Angela Davis, de los sacerdotes Berrigan, de la monja Elizabeth McAlister, el surgimiento del "poder negro", a la búsqueda de nuevos equilibrios de convivencia. En este Estados Unidos, el "Establishment" es todavía muy poderoso, pero se halla cada vez más a la defensiva.

El fin de Joe McCarthy

McCarthy poseía muchas de las discutibles artes del demagogo. Tenía arraigo en su Wisconsin, en aquel Estado que tan bien representaba al "norteamericano medio", quien juzgaba indiscutible que no había nada mejor que Estados Unidos y el "American way of life". El exasperado senador insistía en los peligros que estaban corriendo cosas tan sagradas. Y denunciaba lo poco de fiar que eran los Estados de la costa oriental, en cuyas grandes aglomeraciones urbanas se albergaban tantos "liberales", "radicales" y hasta conspiradores, ganados por ideas revolucionarias "foráneas". Contaba ya con un impresionante "aparato depurador". Colaboraban con él miles de personas, algunas de buena fe y otras dispuestas a hacer carrera por la vía del anticomunismo. Tenía a su disposición al F. B. I., con su legión de confidentes y delatores a sueldo, muchos de ellos delincuentes que se prestaban a todo a cambio de la impunidad. Siempre había testigos que declaraban con impavidez que sabían a ciencia cierta que tal o cual acusado o procesado había participado en tal o cual forma en la "conspiración comunista". En esta misión, se destacaron los renegados, los ex comunistas. Se enaltecía a estos "conversos" tan útiles. Y se procuraba que la "conversión" no quedara sin compensaciones materiales. Cuando Truman y Dean Acheson desaparecieron del escenario político, cuando Eisenhower se instaló en la Casa Blanca y John Cabot Lodge se puso al frente del Departamento de Estado, McCarthy entendió que pisaba terreno todavía más firme. Al mismo tiempo, el desenlace poco satisfactorio de la guerra de Corea, con aquel "empate" que no dejaba en muy buen lugar ni al poderío militar norteamericano ni a la bandera de las Naciones Unidas, exacerbó su pasión investigadora. Un desenlace así sólo podía explicarse por la "infiltración comunista" que había en el Pentágono y las fuerzas armadas, especialmente en el Ejército. Comenzaron también en este peligroso campo las "investigaciones de lealtad".
Pronto se hizo manifiesto un vivo malestar en los círculos militares. Los investigadores no reparaban en medios y los investigados se sentían humillados y ofendidos. Decidieron contraatacar. No les fue difícil hallar los modos de hacerlo, Se desarrolló así, entre abril y junio de 1954, una enconada disputa entre McCarthy y el Departamento del Ejército. Los militares acusaron a McCarthy de haberse procurado información secreta por "medios criminales". Y también de escandaloso chantaje.
Por medio de algunos de sus colaboradores, había pedido un puesto especial en Nueva York para determinado recluta, "so pena de que se llevaran todavía más adelante las investigaciones sobre actividades comunistas en el Ejército". Hacía ya tiempo que el Senado había advertido las muchas hostilidades que provocaba la actuación del senador por Wisconsin, Las denuncias del Ejército indujeron finalmente al alto cuerpo a ventilar la cuestión del maccarthysmo en público. Se designó una comisión investigadora especial. El investigador sería investigado. Y las audiencias, no solamente serían públicas, sino que se las difundiría por la radio y la televisión.
Fueron audiencias muy tumultuosas. Perdidos los estribos McCarthy se mostró más vehemente y exasperado que nunca. No estaba hecho al papel de acusado. Sostuvo que la delación era un sagrado deber patriótico que se imponía a todos los demás. "Deseo notificar -dijo- a esos dos millones de funcionarios federales que su deber es darnos cualquier información que tengan sobre peculado, corrupción, comunismo o traición y que no hay lealtad a un jefe que pueda estar por encima de la lealtad al país." Hasta el presidente Eisenhower, el general que había ejercido el comando supremo de los ejércitos aliados en la Segunda Guerra Mundial, se sintió penosamente impresionado por esta iracundia. Se lanzó a la palestra con una recordación de que la ley fundamental del Estado no era la tesis de McCarthy, sino la Constitución. McCarthy también fue atacado por el ex presidente Truman. El senador llegó entonces al colmo de su exasperación. Se refirió al caso del ya fallecido Harry Dexter White, quien había ejercido un alto cargo en los tiempos de Truman y había sido citado por Chambers como otro miembro del "aparato clandestino comunista" en Washington. ¿No era esto una clara prueba de la infiltración comunista en el gobierno? "Tengamos siempre presente -clamó el senador- que estamos en guerra. Es la guerra declarada por Marx hace 105 años, declarada de nuevo por Lenin en 1918 y aprobada hace dos semanas y media por altos jerarcas del Kremlin." Tampoco esta tesis mereció la conformidad de la comisión especial investigadora. Ni la del país.
El 27 de setiembre de 1954, la comisión publicó sus conclusiones. Recomendó que se censurara a Joseph R. McCarthy por haber incurrido en desacato al Senado y difamado a un general Zwicker. Lo absolvió de los demás cargos, pero no sin criticarlo con mucha severidad en términos generales. El Senado convirtió en seguida, por gran mayoría, la recomendación en resolución firme.
En Estados Unidos, se sintió como una especie de suspiro de alivio. En cuanto al censurado McCarthy, se retiró a su Wisconsin. Murió a los pocos meses. Como si, apartado de la política COIT la tacha de energúmeno, desaparecida la tensión de cruzado que lo había mantenido en febril actividad durante años, se hubiera desintegrado físicamente de un modo brusco. Fueron pocos los que lo lloraron. Había dejado detrás un tendal de víctimas.

Maccarthysmo sin McCarthy

El maccarthysmo no murió con McCarthy. Aunque sea políticamente, como sucede al fascismo, una fea palabra que sólo pronuncian sus impugnadores como una denuncia, subsiste, en formas más o menos vergonzantes y sin sus frenesíes histéricos, en el mismo Estados Unidos. Y se ha extendido mucho, traducido en "leyes anticomunistas y represivas", por los países que, con Constituciones inspiradas en la democracia liberal representativa, están sometidos a fuertes tensiones sociales.
Plantea en todas partes, de modo inevitable, el mismo problema.¿Cómo hacer compatibles una Constitución de ese carácter, que reconoce los derechos y garantías individuales y las libertades públicas, con una legislación discriminatoria, fundada siempre en consideraciones circunstanciales y vagorosas de valor jurídico muy pobre? ¿No es una legislación que viola el principio de la igualdad ante la ley? Los reprimidos por ella la denuncian en seguida como inconstitucional, como "maccarthysta". Y ¿dónde están los lindes entre el "proscrito", el "conspirador", el "subversivo", y el que no lo es? ¿No es también un comunista, mejor o peor disfrazado, el "liberal" que sostiene que un comunista tiene los mismos derechos y obligaciones que cualquier otro ciudadano? Abierta así una brecha en la democracia liberal representativa, se va muchas veces paso a paso a regímenes autoritarios, a dictaduras lisas y llanas, que son paradójicamente, en términos históricos, como generadores de resistencias desesperadas y crecientes, los sistemas políticos menos estables.
Estados Unidos escapó, en parte, a este peligro en tiempos de McCarthy. Poseía una Constitución -la de 1787, con su breve texto amparador del derecho de propiedad y sus diez primeras enmiendas amparadoras del ciudadano- de muy hondo arraigo. Y, si la historia explica que haya tendido hasta ahora a identificar la democracia con el capitalismo -en contraste, por ejemplo, con la Unión Soviética y China, que la identifican con el socialismo-, también es cierto que esas enmiendas han constituido por lo general, en alguna medida, un freno para los abusos e imposiciones de los poderes del dinero. En aquel mismo año de 1787, uno de los "Padres Fundadores", Jacob Madison, ya había previsto que los tiempos podían cambiar. También sus declaraciones ante la Convención del recién independizado país son ilustrativas en grado sumo.
"Al crear un sistema que deseamos que dure edades -dijo Madison-, no debemos perder de vista los cambios que han de traer los tiempos. Un aumento de la población aumentará necesariamente el número de los que tendrán que trabajar soportando todas las penalidades de la vida y aspirarán secretamente a una distribución más igual de sus bendiciones. Esta gente puede llegar a ser con el tiempo más numerosa que la situada por encima de los sentimientos de la indigencia. Según las leyes iguales del sufragio, el poder se desplazará a las manos de los primeros. No ha habido aún intentos agrarios en este país, pero los síntomas de un espíritu nivelador, según hemos oído, se han manifestado ya en algunos círculos en la medida suficiente para advertirnos del futuro peligro."
Los tiempos, es muy cierto, han traído grandes cambios. Entre esa gente animada por un "espíritu nivelador" aludida por Madison hay que contar ahora, no únicamente a los sectores norteamericanos sumergidos, sino también a los muchos países y pueblos que se alzan contra el imperialismo, el colonialismo y el neocolonialismo -políticos o económicos- que la conciencia universal y las mismas Naciones Unidas condenan. Son cambios que hacen cada vez más difícil, dentro de la actual estructura norteamericana, el mantenimiento de la "prosperidad general" y explican en buena parte los apremios y dificultades actuales de Estados Unidos.

BIBLIOGRAFÍA
Con independencia de diversas publicaciones periódicas y obras de carácter general, se han tenido presentes para la redacción de este trabajo los siguientes títulos: Aptheker, Herbert, The Era of McCarthysm, Nueva York, 1962. Commager, Henry Steele, Freedom, Loyalty, Dissent, Oxford Univ. Press, 1953. Davies, A. PoweII, The Urge to Persecute, Nueva York, 1953. Fischer, Louis, El gran desafío. Buenos Aires, 1946. Keesing's Contemporary Archives. Lippman, Walter, Essays in Public Philosophy, Nueva York, 1955. Roz, Firmin, Histoire des Etats-Unis, París, 1949. Schiesinger, Arthur M., The Vital Center, Nueva York, 1949.

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Charlie Chaplin
acusado

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el dramaturgo Clifford Odets
acusado

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Gary Cooper
delator

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John Wayne
delator

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Gene Kelly, pese a oponerse a los atropellos del maccarthysmo, los argumentos utilizados para criticarlo sirvieron al mismo tiempo para acusarlo

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Max Mundt fiscal del Comité

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Earl Browder, secretario del partido comunista en un acto público

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durante una investigación son apresados y esposados varios hombres públicos estadounidenses, entre otros Eugene Dennis, Benjamin Davis, Robert Thompson y John Gates

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El físico Robert Oppenheimer fue otro de los acusados por el senador McCarthy

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Fichas de identificación del FBI
Benjamin Davis, concejal del Estado de Nueva York; Eugene Davis, secretario general del Partido Comunista; William Foster, miembro del mismo partido

 

Maccarthysmo y fascismo

En realidad, el maccarthysmo, con su anticomunismo rabioso, no se diferencia en su esencia de la regresión fascista que fue derrotada en los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial. Representa el nuevo frente que las fuerzas de la reacción presentan en su permanente luna contra las fuerzas del progreso. Y, en modo alguno desaparecido con McCarthy, emplea la misma estrategia y las mismas tácticas que el fascismo utilizó: disfrazarse para infiltrarse, dividir para imponerse. La reacción, como es natural, siempre va hasta donde se le permite ir. Se declara democrática, si hace falta. Y seguidamente califica de antidemocrático al que juzga su adversario más combativo. Para aplastar finalmente a sus demás adversarios. Es así como Hitler, al que inspiró tanto el Mussolini admirado por Churchill, conquistó el poder absoluto en Alemania. Aceptó en un principio las normas democráticas de la República de Weimar. Cuando, a comienzos de 1933, todavía sin mayoría parlamentaria, fue nombrado jefe de un gobierno de coalición por el presidente Hindenburg, su primer acto fue denunciar al partido comunista. "Si Alemania -dijo el 1º de febrero- ha de vivir y recobrarse política y económicamente, si ha de cumplir a conciencia sus obligaciones con las demás naciones, es preciso llegar a algo decisivo: evitar la desintegración de Alemania por el comunismo." En busca de la mayoría parlamentaria, Hitler convocó a nuevas elecciones para para el 3 de marzo. Pocos días antes, el 27 de febrero, su gente incendió el Reichstag, acusó del hecho a los comunistas e implantó un reinado del terror. Aun así, no se logró en las elecciones la mayoría anhelada. Pero, acusado de incendiario, el partido comunista fue puesto fuera de la ley y sus diputados se vieron arrestados o tuvieron que esconderse. De este modo tan peculiar, Hitler contó en la cámara con una mayoría nazi. Y ya nada pudo contenerlo. En abril, las bandas nazis asaltaron los locales y diarios de los social-demócratas y, llegado el 10 de mayo, el mismo partido social-demócrata fue declarado ilegal. Pronto quedó también eliminada la muy débil oposición restante. Pronto el Tercer Reich fue exclusivamente nazi.
Es así también como se aplastó a la Segunda República Española, en lucha desesperada contra un levantamiento militar apoyado por Hitler y Mussolini. El gobierno republicano español fue calificado en seguida de comunista, a pesar de que la participación comunista en él fue al principio inexistente y luego muy minoritaria. Era la adopción de un principio que siempre ha sido caro al maccarthysmo: "Quien se une o acepta a los comunistas para la defensa de una causa cualquiera también es un comunista". En marzo de 1937, el entonces ministro de Relaciones Exteriores del Tercer Reich, barón von Neurath, dijo a William E. Dodd, embajador norteamericano en Berlín: "Nunca permitiremos que el actual gobierno de España gane la guerra civil. Es comunismo y nunca permitiremos eso en un estado europeo". Y cuando Dodd le preguntó si no creía que toda nación tenía derecho a gobernarse como quisiera, aunque lo hiciera muy mal, von Neurath replicó: "No, si eso supone el comunismo". Como a la intervención de Hitler y Mussolini, se agregaron, siempre en aras del anticomunismo, la "no intervención" de Londres y París y la "neutralidad" de Washington, los republicanos españoles, convertidos en comunistas, fueron aplastados. Y quedó así expedito el camino para que Hitler, que entretanto, a su modo peculiar, había estado "cumpliendo a conciencia sus obligaciones con las demás naciones", desencadenara la Segunda Guerra Mundial. Durante el conflicto, cuando la regresión fascista puso tan en peligro, con sus afanes de dominación mundial, los "intereses vitales" de algunas potencias y, con su bárbara ideología, valores humanos que los pueblos juzgaban fundamentales, el anticomunismo, que era bandera de los agresores, fue arrinconado en el heterogéneo campo de los agredidos. Moscú se transformó en el "valiente aliado". En todos los países que habían caído bajo la férula hitleriana, se aceptó de buen grado que los comunistas se alienaran en la vanguardia de la "resistencia", de la lucha liberadora. Frente al anticomunismo de las potencias del Eje, las del "pacto antikomintern", se alzó el antifascismo, la bandera de unión de todas las "fuerzas democráticas", incluidas, claro está, las comunistas.
Terminado el conflicto, sin embargo, se produjo una nueva alineación de fuerzas. ¿La democracia? Había que aceptarla, desde luego, pero cabía desnaturalizarla o, por lo menos, condicionarla Se alzó de nuevo la bandera del anticomunismo, aunque estuviera tan manchada de lodo y de sangre. Al fascismo sucedió el maccarthysmo, con diversos nombres y manifestaciones. Los comunistas y cuantos se asociaran con ellos, aunque fuera para la defensa de la paz, los derechos humanos y las libertades públicas, esencias de la democracia, no eran demócratas. Eran "totalitarios" a los que había que perseguir y reprimir con legislaciones adecuadas. A los que se daba nombres como los de leyes de "defensa de la democracia" o de "represión de las actividades antidemocráticas". Debilitadas así las "fuerzas democráticas" que habían luchado hombro con hombro y con principios comunes en la Segunda Guerra Mundial, se han establecido en muchos países equilibrios políticos de signo reaccionario que, siempre bajo la advocación de la democracia, rinden fervoroso culto al maccarthysmo, si no a Joseph R. McCarthy. Hasta el tirano Trujillo llamó a su régimen dominicano "neodemocracia". Hasta Franco llama a la supervivencia del fascismo que encabeza, en lo alto de la estructura vertical, "democracia orgánica".
Es así como el mundo ha llegado a su situación presente, siempre con dos sistemas antagónicos, el capitalismo y el socialismo, disputándose el favor de los pueblos en el "equilibrio del terror", ese incómodo equilibrio que "disuade" de convertir en cinéticas fuerzas potenciales -las nucleares- indescriptiblemente devastadoras. Pero, entretanto ¡cuántas fechorías pretenden ampararse en la democracia! Cabría alargar un poco las palabras que Mme. Roland pronunció camino del patíbulo: "¡Libertad, libertad! ¡Democracia, democracia! ¡Cuántos crímenes se cometen en vuestros nombres!" Como, por ejemplo, el de Vietnam.

Reflexiones finales

Todo es fuerza. Todo es lucha. Nada nos será dado gratuitamente. Por eso importa tanto que, en la mecánica política, orientemos bien nuestro esfuerzo, porque no hay error de rumbo que no se pague ni división que no debilite. En estas condiciones, cualquier concesión al maccarthysmo, que tantos estragos causó y todavía causa, que lleva al debilitamiento o la negación de la democracia con el pretexto de defenderla, que tanto se parece al fascismo en su frenético anticomunismo, que trata de proteger con proscripciones privilegios puestos en tela de juicio, sólo puede originar muy serios trastornos. Opresiones, dictaduras, violencias, rebeldías, gastos fabulosos en armamentos, guerras civiles o locales y riesgos para la paz mundial, todos esos tumultos que aún son tan frecuentes y de tal modo acongojan a la humanidad. A una humanidad que, ya con una conciencia social muy despierta, ha de seguir luchando, con "espíritu nivelador", por la paz, la justicia y la "prosperidad general".