Yrigoyen Presidente;
la Argentina te reclama, 
la voz del pueblo te llama
y no te podes negar.
Firme plantado en tu puesto,
nuestro mojón de quebracho,
clavado siempre a lo macho
en el campo radical.

 

 

 

 

 

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Las coplas agitaban aún más el caldeado clima que vivía el país, hace ahora cuatro décadas. A los 76 años, Hipólito Yrigoyen era el candidato inevitable del radicalismo personalista, una perspectiva que urticaba al Presidente de la República, Marcelo Torcuato de Alvear, y a sus acólitos. El mismo escozor alarmaba a los demás partidos (conservadores, socialistas, demócratas progresistas), ante la casi certeza de que El César Pardo volvería a adueñarse de la Casa Rosada, luego de seis años de forzado ostracismo. Agonizaba el mandato de Alvear y el 1º de abril decidirían las urnas.
Los comicios enfrentaban a los viejos correligionarios, que dejaron de serlo el 23 de agosto de 1924, cuando una asamblea celebrada en el teatro de la Opera fundó la Unión Cívica Radical Antipersonalista. Era el reto definitivo a la autoridad del admirable caudillo, intransigente con quienes mostraban debilidades frente a los representantes del "régimen falaz y descreído"; esos hombres que en 1916 se apartaron del Poder para que él se hiciera cargo del Gobierno.
La defensa de la "Causa" —así llamaba al radicalismo—, lo había separado de muchos de los amigos que antes solían acompañarlo en los almuerzos del Café de París, no se arrepentía, sin embargo, de haber impuesto para suceder lo, en 1922, quien hoy era su enemigo: si entonces prefirió a Alvear, Embajador en París, fue porque intuyó que la Argentina necesitaba una relâche que aflojara las tensiones de su tormentoso período residencial. Desde el llano preparó el regreso: reorganizó el partido, habló con miles de afiliados, tendió los hilos para enhebrar el camino que lo devolviese a la Primera Magistratura.
Detrás de Yrigoyen se aglomeraron las masas, que le seguían siendo fieles; el Frente Único —los antipersonalistas, con apoyo conservador simbolizado en la Confederación de las Derechas— cosechó sus adeptos entre los sectores tradicionales y fuertes núcleos provincianos. Para los socialistas (fraccionados en ortodoxos e independientes) quedó la clase media porteña, "el electorado alfabeto", como enseñaban los didactas políticos criados por Juan B. Justo.
Refugiado en la antigua casa de la calle Brasil, Yrigoyen dirigió la campaña electoral sin asomarse a ningún mitin; prolongó así la táctica que tantos dividendos le había arrojado: "El Peludo no sale de su cueva", lo agredían sus adversarios. Pero la mística del Hombre del Misterio, como lo bautizó Manuel Gálvez, fascinaba a la multitud. En cambio, Leopoldo Melo y Vicente Gallo, candidatos a Presidente y Vice por el Frente Único, no retaceaban su presencia en las fiestas cívicas, que terminaban generalmente a balazos. Febrero y marzo fueron meses sangrientos: pocos actos finalizaron sin graves accidentes. Las peores bataholas interrumpieron los discursos del jeque sanjuanino Federico Cantoni, un enconado adversario del caudillo que había despachado cuatro intervenciones a esa provincia, durante el período 1916-1922.
Al acercarse la fecha de la contienda electoral, el relato de las refriegas llenaba las columnas de los diarios. Una carta abierta de Enrique Larreta, sobre la actualidad política, adornó esa zozobra; desde las páginas de La Fronda, Roberto de Laferrére pergeñó una respuesta ingeniosa. A las pocas horas lo visitaron el abogado Carlos Ibarguren y el general Severo Toranzo, padrinos de duelo del ofendido literato; el lance amenazó consumarse a sable, pero una florida acta logró aventarlo.
La victoria de Yrigoyen se avizoró en cinco comicios provinciales (Salta, Tucumán, Santa Fe, Córdoba y San Luis), que fueron otros tantos triunfos para los personalistas. El vespertino Crítica (250 mil ejemplares diarios de tirada) publicó un rosario de alabanzas al caudillo, sólo comparables con los denuestos que habría de lanzarle dos años más tarde, para lograr su derrocamiento. También la logia militar General San Martín, activa desde 1921, trató de bloquear el avance yrigoyenista; tuvo que esperar, sin embargo, una mejor oportunidad, que sabría aprovechar más tarde el entonces Ministro de Guerra, general Agustín P. Justo.
El 19 de marzo el radicalismo personalista anunció que no realizaría nuevos actos públicos, para esquivar la violencia que campeaba en las reuniones. No pudo impedir, en cambio, que el desorden encrespara sus propias filas: al día siguiente, el cónclave que ungió en la Casa Suiza a Diego Luis Molinari, como candidato a Senador nacional, se demoró por las batallas que entablaron a puñetazos los punteros de barrio, celosos por la distribución de los puestos en las boletas de Diputados y Concejales.
Pero las mayores energías quedaron reservadas para la Convención del sábado 24. Sólo entonces fue consagrado Yrigoyen, un golpe de efecto que el ducho político calculó con precisión. Faltaba apenas una semana para las elecciones y él todavía era "un ciudadano más". Los 177 convencionales se pusieron de pie y lo aclamaron, no bien se pronunció su nombre. La apoteosis duró varios minutos: Yrigoyen la escuchó sentado en el vestíbulo de su casa, a través de un aparato de radio. La unción de Francisco Beiró como candidato a Vicepresidente, por el ala personalista, no fue bendecida con la misma unanimidad, aunque obtuvo una mayoría de 144 sufragios.
Una delegación se trasladó hasta el domicilio del líder, que aceptó el mandato partidario. "Condensa —escribió, con su confuso estilo, en nota dirigida a la asamblea— todas las idealidades del presente, esperanzas del futuro e infinitas irradiaciones de los destinos de nuestra nacionalidad." Al otro día envió una carta a la Sociedad de Beneficencia, donando sus futuros sueldos de Presidente. Sabía que el pueblo iba a plebiscitarlo y no se equivocaba: el 1º de abril, una avalancha de 838.583 votos aplastó al binomio Melo-Gallo, que apenas recibió la mitad de sufragios (414.026). Seis meses después Yrigoyen despedía a Alvear en la puerta de la Casa Rosada.
Esa victoria, la más completa obtenida en la política argentina, fue la más frágil: forzando la lógica del sistema —que se funda en el número—, Yrigoyen destruyó el sistema mismo. Hace 40 años que la Argentina busca a tientas otro sistema que concilie el carácter representativo con la responsabilidad. El régimen peronista fue mayoritario, pero irresponsable; antes y después, el país no ha conocido sino Gobiernos que, fueran o no eficientes, ofendían su conciencia democrática. 
19 de marzo de 1968
PRIMERA PLANA

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