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crónicas del siglo pasado

 


Cuadro de autor anónimo en el Museo de Leningrado que representa la matanza de armenios en el Desierto de Der El Zor
Un pedazo de Armenia allá en el Once

La insólita propuesta, formulada en el seno de la Liga de las Naciones poco después de la Primera Guerra Mundial, no tuvo eco. Pero con el correr del tiempo numerosos inmigrantes de esa nacionalidad se afincaron en el país, sobre todo en el porteño barrio del Once.


Revistero

 



Hipólito Irigoyen

 

 

Los armenios de todo el mundo —y también los 75 mii que viven en la Argentina— celebrarán el miércoles 28 su Día Nacional. Pocos son, sin embargo, los que recuerdan que la larga diáspora de ese pueblo estuvo a punto de tener un asombroso desenlace, cuando se proyectó constituir el Estado Armenio nada menos que en territorio de la Argentina.
Acaso esa afirmación pueda aparecer algo aventurada: en realidad todo no pasó de un intento verbal y —naturalmente— el gobierno argentino en ningún momento y bajo ningún concepto podía permitir el desmembramiento del territorio nacional. Pero, a título de curiosidad, vale la pena recordar el episodio.
LOS ANTECEDENTES
El armenio no ha sido un pueblo afortunado. Aunque tiene vastos méritos como para figurar con honra en la historia de la civilización (su existencia se remonta a 35 siglos atrás; la Biblia recuerda que Noé y sus hijos desembarcaron del Arca precisamente en Armenia y el cristianismo fue adoptado por este pueblo en el año 287, medio siglo antes que en el Imperio Romano de Oriente bajo Constantino el Grande), diversos dominadores devastaron su territorio a través de las centurias.
Al expirar el siglo XIX, los armenios estaban bajo el poder del Imperio Otomano: como, por supuesto, había armenios en Armenia, al sultán Abdul-Hamid II no se le ocurrió mejor solución que organizar varias masacres en el período 1894-1896 para eliminarlos físicamente del territorio que Turquía detentaba. En esos eficaces operativos murieron 300 mil armenios.
El problema no mejoró en los primeros años de este siglo, sino que, por el contrario, se complicó con el estallido de la Primera Guerra Mundial. En 1915 los turcos llevaron a cabo nuevas matanzas, en lo que se conoce como el primer genocidio del siglo XX. Historiadores contemporáneos — como, por ejemplo, Arnold Toynbee— condenaron vigorosamente estos hechos, premonitorios de la "solución judía", instrumentada por el nazismo hitleriano veinticinco años después.
En 1918 la situación internacional parecía facilitar las cosas: se constituyó entonces el Estado Armenio con los territorios que había ocupado Rusia, de manera que el 28 de mayo se proclamó la independencia. Un año después, también el 28 de mayo —lo que determinó que se declarara ese día la fecha nacional—, el territorio se amplió con las provincias armenias hasta entonces en poder de Turquía. El Tratado de Sevres, del 10 de agosto de 1920, legalizó ese moderno renacimiento del antiguo país.
Pero la nueva situación duró apenas unas pocas semanas: las ambiciones soviéticas por un lado y las turcas por otro —ambas naciones estaban a la caza de nuevos territorios— hicieron olvidar rápidamente los pactos internacionales. Las potencias europeas signatarias del Tratado de Sevres, además, olvidaron también sus compromisos: mientras los turcos cañoneaban la llamada Armenia turca, los soviéticos, en la otra región, proclamaban la República Socialista Soviética de Armenia.
EL NEUTRALISMO DE YRIGOYEN
En los debates de la Sociedad de las Naciones celebrados en 1921 el problema continuó agitándose. En general, se sostenía que los armenios tenían derecho a poseer un hogar propio; pero el delegado turco, Ismet Pashá, comparó el problema con el caso judío, negando la posibilidad de que los armenios volvieran a su tierra. "¿Veis el difunto Hogar Judío en Palestina? Nadie va a construirlo", ejemplificó quien, evidentemente, no tenía demasiadas dotes de clarividencia.
En esos tempestuosos debates comenzó a delinearse cada una de las posiciones en pugna. Los soviéticos afirmaron que Moscú estaba dispuesta a integrar Armenia bajo el símbolo de la hoz y el martillo. Los franceses, por su parte, propusieron que se creara una zona para los armenios cerca de Siria. Los turcos, en cambio, trataron de conciliar las cosas sugiriendo que no había nada que impidiera la formación de un Estado armenio, siempre que no fuera dentro de los tradicionales límites armenios. ..
"Una pintoresca nota, si todo el asunto no fuera tan trágico —afirma una publicación de los exiliados armenios en América latina—, la dio la sugerencia del delegado inglés Montgomery de que, puesto que los turcos no aceptarían jamás el Hogar Nacional, se insistiera en que éste se creara en Brasil o en la Argentina. Esta absurda iniciativa, fruto seguramente de la primitiva idea sionista en tal sentido, ya descartada, y fundada en la asimilación del caso armenio al judío, no tuvo ningún resultado". (El Tratado de Sevres y la cuestión armenia, Buenos Aires, 1970, p. 57).
Objetivamente, hay que reconocer que la idea de establecer el Estado Armenio en territorio argentino no era original del delegado británico. El político turco Ahmed Djev-det Bey escribió: "Si los armenios no quieren vivir en absoluto con nosotros, pueden irse a la Argentina y allí establecer su población". Y añadía alegremente: "Que sigan el ejemplo de los judíos, que viven tan felices sin reclamar ningún privilegio nacional." Djevdet Bey consideraba que la cuestión armenia estaba bellamente superada: "Así se han librado de un dolor de cabeza los turcos, las grandes potencias y los armenios", era su conclusión.
Lamentablemente, no hay demasiados antecedentes sobre el curioso proyecto de una Armenia argentina —sin descartar que este atractivo tema pueda suscitar tentadoras investigaciones—, pero los armenios reaccionaron siempre contra la peregrina posibilidad: "Como se ve —explican en el libro ya citado—, los dirigentes turcos no trepidaban, seguros de que sus palabras nunca serían difundidas en este continente, en regalar burlonamente, a sus víctimas armenias, territorios argentinos, sea directamente o por medio de delegados de otros países". Suele olvidarse, sin embargo, que la Argentina fue, por entonces, propuesta en la Liga de las Naciones como mandataria de Armenia. En esos momentos el país no estaba adherido aún a la entidad internacional, porque existía una fuerte resistencia a la afiliación. Gobernaba a la Argentina el radicalismo, con Hipólito Yrigoyen en la Casa Rosada, cuyo neutralismo internacional era proverbial. Según lo acaba de señalar una historiadora norteamericana, fue la probabilidad de conseguir la designación argentina como mandataria de Armenia "lo que en realidad convenció a ese ámbito (el de los políticos y hombres de negocios) para apoyar el movimiento popular en favor de la unión con la Liga". (Jane Van Der Karr, La Primera Guerra Mundial y la política económica argentina, Buenos Aires, 1974).
La Argentina se adhirió oficialmente a la precursora de la ONU el 12 de julio de 1919. No obstante, a fines de ese año la Casa Rosada se negó a aceptar el mandato sobre Armenia, basándose aparentemente en razones exclusivamente financieras: la administración de ese Estado iba a constituir una pesada carga económica. Pero es posible que el problema fuera más complejo: el radicalismo no deseaba, tal vez, complicaciones internacionales, un desenlace que no iba a poder evitarse.
Armando Alonso Piñeiro
siete días ilustrados
mayo 1975