Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

 


Historia de dos calles
La Ciudad
Revista Primera Plana
23-05-1967

Suipacha - Esmeralda

Paralelas y adyacentes, cruzan el centro de Buenos Aires; pero mientras 7 de cada 10 transeúntes de Suipacha son mujeres, la relación se invierte en Esmeralda. El lunes de la semana pasada, entre las 5 y las 6 de la tarde, dos redactores de Primera Plana computaron otros rasgos insólitos: en tanto las mujeres de Suipacha transitan sin apuro las ocho cuadras que van desde Rivadavia hasta la avenida Córdoba, los hombres de Esmeralda parecen espoleados por la urgencia. Diez señoras (a las que se persiguió discretamente) hicieron escalas en no menos de 25 de las trescientas vidrieras de Suipacha.
En Casa Tía, una especie de supermercado para mujeres, curiosearon más de la cuenta; pero sólo 7 de las 43 que ingresaron al local, en medía hora, concretaron una compra. "Ocurre —refunfuñó una Vendedora— que las mujeres salen de compras sin saber, realmente, qué quieren comprar." Los hombres de Esmeralda, en cambio, tienen una idea más clara: se detienen menos en los negocios, a menudo los ignoran, pero cuando acceden a uno es casi seguro de que se llevarán algo. En tres de las principales sastrerías coincidieron en que el 80 por ciento de los hombres que cruzan el umbral de sus comercios, emergen después con una factura en la mano.
La distinta personalidad de Suipacha y Esmeralda es consecuencia de un fenómeno no tan caprichoso como parece. En Buenos Aires, como en cualquier gran ciudad, los comercios de ramos afines se congregan en áreas muy precisas. A nadie asombra que los negocios de repuestos para automóviles se amontonen en la calle Warnes, los cines en Lavalle y las pajarerías en Maipú; pero sí que en una misma fila de manzanas se hayan establecidos dos sendas, pudorosamente segregadas por sexos. Si Esmeralda se convirtió en la calle de las sastrerías y Suipacha en el bastión de las tiendas, no es porque a nadie se le haya ocurrido nada mejor: la culpa la tienen ciertos mosquitos.
Específicamente, los 'aedes aegypti', que en 1871 aterrizaron sobre el entonces aristocrático barrio Sur y desataron una furiosa ola de fiebre amarilla. Cuando el flagelo comenzó a diezmar las mansiones (un promedio de 500 muertes por día, en la Semana Santa de ese año), el status de San Telmo, Montserrat y la Concepción quedó sellado para siempre: las familias emigraron primero, los principales negocios, después. Pero como los comerciantes no se atrevieron a alejarse demasiado de sus feudos, cuando en 1895 la Sastrería New England se reinstaló en la esquina de Piedras y Rivadavia, sin saberlo impuso la nueva corriente. Como se sabe, desde esa esquina, hacia el Norte, Piedras comienza a llamarse Esmeralda.
Aunque la calle no ofrecía los atractivos exigidos por los elegantes de la época (los mugidos que se alzaban de un tambo, al 600, impregnaba la zona de una rara melancolía), en 1910 la firma francesa Simón et Fredes adquirió New England, allí mismo fundó La Mondiale y contribuyó a pulir un prestigio snob. La Mondiale se dedicó a importar las últimas novedades europeas, a difundir el corte 'ranglan', un estilo al que se suscribieron, rápidamente, los petimetres de entonces. En la vereda de enfrente, El Siglo pretendió compartir el boom, pero lo único que consiguió fue inaugurar el reguero de casas dispuestas a proyectar alguna sombra sobre La Mondiale. En 1925, El Siglo se transformó en la sede matriz de Thompson y Williams.
Pero no se tuvo idea del verdadero alcance de esa colonización hasta que Casa Muñoz (al 100 de Esmeralda) empezó a promover sus ventas a través de andanadas publicitarias y a erigirse en el polo magnético de la zona. Alrededor de Muñoz se apostaron entonces pequeños negocios del ramo, con la obvia intención de compartir su clientela. La desaparecida Confitería del Gas contribuía, en la esquina de Bartolomé Mitre, a que la calle tuviera el aire de paseo que todavía ostenta Florida: una apariencia que perdió para siempre con la apertura de Diagonal Norte (en 1932) y la avenida Nueve de Julio (en 1936).
En Suipacha, una historia parecida arranca desde la instalación de la tienda San Miguel (fundada en 1857), cuyos pisos bruñidos se sacuden todavía bajo los tacos de "una clientela estable y selecta, aunque no excesiva", según el eufemismo de un antiguo vendedor. Aludía al asedio que sobre una decena de tiendas ejercen las elegantes boutiques de la avenida Santa Fe. Negada a bruscas transformaciones, es posible, sin embargo, que Suipacha mantenga su viejo influjo, un lustre señorial que refulge a espaldas de Courréges y la moda pop. La calle no toleró más frivolidades que las expuestas por la tienda París-Buenos Aires, desde 1903 dedicada a disimular femeninos rubores tras abanicos de nácar. Hernán Vieytes, propietario de París-Buenos Aires, reconoce que de las doscientas mujeres que recorren cada día su negocio, 40 son ex damiselas, apegadas a la costumbre más que a la moda.
Fenómeno parecido detectó Alejandro Arguelles (72 años), presidente de Las Filipinas, una de las tradicionales tiendas de Suipacha, tal vez la que ostenta el más nutrido archivo de cuentas. Fundada en 1869 por un inmigrante castellano, su origen es bastante curioso: Juan Manuel González había querido instalarse en Manila, capital de las islas Filipinas, hacia donde viajó en 1868, pero una epidemia desatada allí lo obligó a permanecer en el buque y a seguir su derrotero. Ancló en Buenos Aires, finalmente, en donde abrió un modesto negocio que bautizó con el nombre de su frustrado destino.
En ocho cuadras de Suipacha se asientan 37 peleterías, 29 tiendas, 33 boutiques y 5 galerías, y no hay un solo comercio que no se jacte de servir a la tradición. Así como la tapicería La Reina conserva su alto rango apoyada en ese slogan, negocios más modestos sufren, sin remedio, la infidelidad de sus clientas. Para enjugar ese ocaso, Crédito Americano concedió ya 200 millones de pesos en préstamos a las señoras dispuestas a retornar a la calle, y la Asociación de Amigos de Suipacha concretó la iluminación de varias cuadras con luz de mercurio. Humberto Franza, presidente de la Asociación, explicó la semana pasada que "nuestros afanes no son puramente mercantiles": distribuye cartelitos invitando a mantener limpia la ciudad, y proyecta ofrecer conciertos en la plazoleta que limita con Viamonte.
Si Suipacha perdió las esperanzas de desalojar a Santa Fe, aspira, en cambio, a emular a Esmeralda en cuanto a técnicas de venta. Las sastrerías Reviens y Wellington libran una guerra de créditos —aunque pertenecen a la misma empresa—, en tanto Belfast, Los 49 Auténticos y Muñoz intentan, con éxito, congraciarse con los dieciochoañeros que acaban de obtener su primer carnet de pago en cuotas. Según Pascual Vernero, director general de Vega, la ecuación más simple para conjurar debilidades es ésta: "Aguzar el ingenio y los precios". La fórmula provee a las sastrerías de Esmeralda un ingreso de 200 millones de pesos mensuales.
Algunos estrategos de Suipacha opinan que la calle está indisolublemente ligada al espíritu de las matronas y que entonces, por fuerza, sus negocios deben desoír estridencias, satisfacer el gusto morigerado de las señoras sobrias. Es cierto: en una docena de tiendas de confección, otros tantos vendedores coincidieron en que "más vale no poner minifaldas en la vidriera", que el atrevimiento puede espantar a más de una habitué.

 

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