Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

 


DEPORTES
REVISTAS CON CAMISETA
Revista Periscopio
17-02-1970

Revistas Deportivas

Era una mezcla de demencia y de cordura: "Para volverse locos... pero es momento de mostrar gran serenidad". Así titulaba El Ciclón, la revista partidaria de San Lorenzo de Almagro, a uno de sus imprevistos desencantos futbolísticos, en su número 500, del 14 de abril de 1969. River, el órgano parcial del club de Núñez, no revelaba, en cambio, ni siquiera desesperación; acaso porque transitaba un habitual camino de desilusiones, en el número 1235, del 6 de agosto de 1968, al referirse a uno de sus tantos cataclismos, rogaba: "Serenidad: seamos elegantes". Ninguno de los fanáticos sanlorencistas, que se sepa, perdió el juicio; hicieron, es cierto, gestos extraños, tal vez poco normales, hablaron solos por las calles, almorzaron a la hora del desayuno, se limpiaron los dientes con la pasta de afeitar, tomaron la sopa en el momento del té, pero todo eso era sólo el signo de una desarmonía rescatable, porque ellos, como todos, como el que pinta, como el que toca un piano, como el que arregla relojes o el que vende globos, contaban con un aliado que les impedía cruzar la barrera de la alienación: el olvido.

 

 Los hinchas de River no pensaron nunca, por el contrario, en asistir a su propia locura; estaban ya demasiado acostumbrados a la frustración e, insensiblemente, se habían convertido en los resignados orfebres de la espera. "No pegamos una", dijo uno de ellos, extrañamente exaltado. Un conciliador, ya vitalicio del asombro, disparó: "Bueno, esperamos para pegar y entonces nos pegan esperando".
El fútbol, esa pasión, esa curiosa usina de desequilibrios, una universidad no autorizada que otorga títulos no habilitantes a más de un hincha clandestinamente doctorado en tácticas, sistemas, estrategias y técnicas, está apuntalado semanalmente, cuando el hervor comienza a no burbujear, por un puñado de revistas partidarias que mantienen encendida la antorcha de la fe. No se sabe si nacieron como una necesidad para muchos, o como una necesidad para pocos; precisamente, quienes las editan. En ellas se justifica lo injustificable y, además, se practica un periodismo diferente, casi insólito: el de las posibilidades definitivamente muertas, porque frecuentemente se dice lo que pudo haber pasado y no pasó; un gol que ya estaba hecho y que, desafortunadamente, no se hizo porque a la pelota, ese saltarín duende caprichoso, se le ocurrió pegar en un poste o en un travesaño.
"Nuestra revista —cree Roberto Neuberger, 64, fundador de River— es la más seria de todas. Nosotros no somos escandalosos ni exitistas. Cuando tenemos que castigar a nuestro equipo, lo castigamos." Se supone que desde hace años tienen, en ese aspecto, un trabajo redoblado. River nació el 15 de setiembre de 1944; tiraba, entonces, 8.000 ejemplares y costaba veinte centavos. Neuberger, linotipista de Crítica, le propuso a Antonio Rey, armador del mismo diario, editar una revista de fútbol. Rey, simpatizante de Racing, aceptó la idea, y ambos sacaron una que llevó el nombre de la entidad de Avellaneda. El camino de ambos se bifurcó al poco tiempo: Rey se quedó con Racing y Neuberger lanzó River. Ahora, al cabo de tantos años, es una próspera empresa, manejada periodísticamente por el hijo de Neuberger, Roberto Alfredo, 33, arquitecto, con quien su padre sostiene frecuentes discusiones, porque los dos miran el oficio desde dos edades distintas. "¿Anécdotas? Bueno, la más graciosa —historia papá Roberto, con un no disimulado amor propio— es la que me costó más plata; fue la querella por injurias que me hizo Armando, por una nota que publiqué en la revista, a raíz de aquel incidente que, en la entrada del túnel de Núñez, sostuvieron Menéndez y Carrizo. Perdí el juicio y tuve que pagar 200.000 pesos. Pero me jugué solo, ante el silencio de todos."
En la página dos del ejemplar del 9 de diciembre de 1965 se publicó una foto de Armando, bajo el título "El dueño de la pelota", con un texto que decía: "Sigue en la línea de su fanfarronería, la misma que lo llevó a realizar declaraciones por radio dignas de un hombre poco normal". La revista tira, actualmente, fuera de temporada, de 35.000 a 37.000 ejemplares; tiene ocho redactores y una cuota generosa de avisos. "Es la que más tira —remata don Roberto— y la de venta más pareja."
Mario Ruzza, un hombre inquieto, con el pelo sospechosamente negro —algunos se sorprenden de que no sea amarillo y azul—, dirige la revista Así es Boca, Su pasión por la entidad de la ribera no tiene murallas. Hace unos años, al ser sometido a una operación quirúrgica, camino ya del quirófano en una camilla, tuvo una curiosidad inesperada: "¿De quién es hincha usted?", le preguntó al anestesista. "De River", le contestó éste. Ruzza palideció, bramó, gesticuló y, finalmente, tronó: "¡A mí no me toca ningún maldito hincha de River!" Al día siguiente se entregó pacíficamente a la intervención, cuando el nuevo anestesista, tal vez mintiendo, se le adelantó: "Señor Ruzza, yo soy hincha de Boca". Todos los años, este editor apasionado, más allá de la barrera de la exaltación, es el bastonero de un extraño rito fisiológico. Después de comer en una cantina de la Boca, en vísperas del match con River en el Monumental, se traslada con sus colegas de cábala al estadio riverplatense y allí, disimulados por la noche, al pie de la mole de cemento, practican, convertida en un chorro casi interminable, una especie de macumba de la muffa. Unos rastros húmedos quedan estampados por un tiempo en las paredes injuriadas, como si allí se hubiese detenido, transitoriamente, una jauría olisqueando las marcas de fábrica de congéneres anticipados y que, no se sabe por qué, confundieron una pared con un árbol.
Un ingenio típicamente popular, con el cuño repentista de los tablones, campea en Así es Boca. En el número 745, del 30 de octubre de 1968, cuando Boca batió a River por 3 a 1 en el campeonato Nacional, encabezó su primera página: "Plato exquisito: River al spiedo; ¡qué destino! morir gordito. River bailó con la banda ... Rojas". Cuando San Lorenzo venció a Boca en la avenida La Plata, cancha que parecía estar embrujada para los boquenses, El Ciclón estampó en su tapa, del 3 de junio de 1968, un título catástrofe; condensaba así la paternidad sanlorencista: "¡Hijitus!" Y en dos líneas más pequeñas prolongaba la mordaz burla: "Un consejo de papá: Pedí cambio de zona". La venganza la paladeó Boca, poco tiempo después, a través de su revista, al tomarse un desquite en el que, quizá, ni siquiera los propios boquenses creían: "¡Qué tristeza!: Murió papá. .. Todo plazo se cumple ... Y no hay padre que no muera".
Mario Ruzza no parece ejercitar, entre otras cosas, la generosa tendencia hacia el perdón. "No se puede hablar con ese hombre", confió uno de los redactores de River. "Fíjese hasta dónde llega su fanatismo, que cuando va a la imprenta, lleva puesta la camiseta de Boca." En el número 808, del 14 de enero último, encabezó la tapa de su revista con una afirmación sensacionalista: "Desenmascaramos al español Di Stéfano en toda su falsedad". La explicación era, sin embargo, simple: Ruzza, padrino de una de las mellizas de Rattin, se indignó cuando Di Stéfano excluyó a su compadre del equipo, y lo reemplazó por Madurga. Luego pretendió disimular su parcialidad con una afirmación pueril: "Di Stéfano es riverplatense". Se olvidaba, seguramente, de que Di Stéfano, por mucha simpatía que le tuviese al conjunto de Núñez, cobraba como DT de Boca y le interesaba, mucho más que al propio Ruzza, que sus pupilos fuesen campeones nacionales, como lo fueron. Así es Boca tiene sólo dos redactores: Manolo Giménez y Manlio Acchinelli, un afanoso cronista que escribe el noventa por ciento de la revista. La nota adversa a Di Stéfano la pergeñó Edmundo Luján Benítez, redactor de Crónica, inspirada o, más bien, hervida por Ruzza.
El Ciclón, dirigido por Alberto Fontevecchia, 40, tuvo dos épocas: "Sí —aclara Rose Marie de Mitri, una de sus empleadas—, tuvo dos fundaciones, como Buenos Aires. De la primera no nos acordamos; de la segunda sí: fue el 22 de setiembre de 1959, y entonces costaba cuatro pesos con cincuenta centavos. Tira 25.000 ejemplares y su cuerpo de redactores está formado por siete personas". Desde hace dos años, recaló allí la acritud de Dante Panzeri, un comentarista censurado por tantos que aún creen en la crónica deportiva rosada, pero muchos de los cuales ya aceptan que es una garantía de honradez, porque no recorre los vericuetos laberínticos que utilizan muchos para disfrazar, curiosamente, la verdad con una mentira. La suya es una extraña presencia imparcial en un ambiente de franco partidismo.
Se trata de que el lector encuentre, en las revistas sectarias, el mismo lenguaje con el que apoya a su equipo durante las discusiones callejeras: una especie de fanático aval se descarga para tanta pasión. Defender la camiseta propia, más unas gotas de agresión a la del ocasional adversario, parecería ser la fórmula magistral.
El fútbol, el más opulento vencedor de ilusiones, repiquetea en las revistas parciales con una sola campana. La otra, si suena, no se escucha. Podrá no ser lo lógico, pero puede ser lo admisible: ¿cómo se mantiene, al fin, la ceguera de quien no quiere ver?
Alberto Laya

 

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