Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

 


Un Guevara tras el Che
Revista Gente y la Actualidad
19.10.1967
Samuel Gelblung y Antonio Legarreta

Lo han cremado.
Cuando el sábado por la tarde aterrizábamos en San Justo todavía golpeaba esa frase en la memoria. La había dicho el Gral. Juan José Torres, jefe del Estado Mayor, al doctor Roberto Guevara, hermano del "Che".
96 horas antes habíamos partido de ese mismo lugar. Íbamos en busca de una comprobación. Roberto Guevara viajaba para identificar el cadáver del guerrillero que había muerto, y que según el ejército boliviano era Ernesto Guevara, su hermano, y nosotros, a documentar esa misión. Una idea que surgió cuando arreciaban los cables desde Bolivia, anunciando que Guevara había sido muerto en un encuentro con una patrulla del ejército. La redacción se reunió sobre el filo de la medianoche del lunes y buscó algún elemento concluyente. Ninguno más acertado que el testimonio de su propio hermano, que lo vio por última vez en julio de 1961, durante la Conferencia de la CIES en Punta del Este.
La mañana del miércoles 11 era como todas las que la precedieron desde varios días atrás. Llovía constantemente y los vuelos estaban en su mayoría cancelados. Pero Crosa, nuestro piloto, además de eso tiene algo de periodista. Sabía que no podíamos dilatar la salida y firmó el plan de vuelo asumiendo la responsabilidad sobre las consecuencias que podía traer el salir a volar con esas condiciones de tiempo. Las primeras dos horas de vuelo fueron con instrumental. No se veía absolutamente nada.
Por la tarde llegamos a Salta. Allí tuvimos que hacer noche. Las pistas de Bolivia no operan de noche, y a pesar de nuestra premura en llegar a ese territorio, optamos por esa alternativa. El conserje del hotel Salta se esmeró en telefonear a todos los diarios locales para comunicar la presencia del pasajero que acababa de registrar su nombre: Roberto Guevara de la Serna. Hasta las 11 y media de la noche hubo que soportar un asedio impresionante. Hasta que el señor Lamarque, dueño del hotel, dio instrucciones a su personal de que no se permitiera el acceso de ningún extraño al hotel.
La habitación Nº 226 estaba inundada de diarios que habían publicado en primera página las radiofotos del cadáver, que 24 horas antes distribuyera el ejército boliviano. Roberto las miraba detenidamente.
—¿Qué le parecen, doctor?
—Bueno, las vi todas; no sé, no se puede afirmar nada concreto...
—Pero usted se detuvo especialmente en una, esa en que está el cadáver de perfil.
—Sí, ésta es realmente inquietante, pero no concluyente; cuando esté frente al cadáver le daré la última palabra.
—¿Encuentra algún detalle que no coincida?
—Muchos...
Esa noche no dormí. Leí hasta los avisos necrológicos de los diarios de la provincia. No veía el momento de llegar a Vallegrande y enfrentarme con la verdad. No era la intención morbosa de ver un cadáver sino la necesidad de llegar a una conclusión, de ver el rostro de Roberto Guevara frente a ese cuerpo y preguntarle,"¿es su hermano? A veces, buscar la confirmación de una noticia implica el romper con sentimientos, olvidarse de la sensibilidad.
El piloto intentó comunicarse con ,la torre de Santa Cruz de la Sierra. No encontró la frecuencia y ya pensábamos en los problemas que íbamos a encontrar al aterrizar. Entrar sin autorización a territorio boliviano, y especialmente a la zona en que está prohibido el sobrevuelo sin previa autorización concedida por el Comando en Jefe de las Fuerzas Armadas.
Cuando llegamos una decena de chiquilines y policías rodearon la máquina. Los cables se habían adelantado a nuestra llegada y dos corresponsales de diarios paceños se abalanzaron haciendo preguntas. No había respuestas. Fui hasta la oficina del Lloyd Aéreo Boliviano y pedí un teléfono. Santa Cruz es muy chica y todos conocen los teléfonos importantes. Pedí el del Comando de la 8ª división de ejército. Necesitábamos ubicar al coronel Joaquín Zenteno Anaya, su comandante, el hombre que esta semana será ascendido a general luego de comunicar al mundo que un grupo de hombres bajo su mando había terminado con la vida del "Che" Guevara. No estaba en el cuartel. Pedí su teléfono particular y me lo negaron.
—Mire, aquí, a mi lado, está el doctor Guevara, es urgente que veamos al coronel.
Se produjo un silencio. Al minuto tomó el teléfono un hombre que se presentó como su asistente y con voz agitada dijo 5103. Nada más. Saludó ceremoniosamente y cortó.
El coronel estaba en Santa Cruz por motivos íntimos. El día anterior había cumplido 10 años de casado y abandonó su asiento en Vallegrande para visitar a su esposa. En el primer momento no aceptó la entrevista. Dijo que a la tarde nos podía recibir en Vallegrande, pero la insistencia pudo más y pidió que fuéramos hasta su casa que nos iba a recibir. Roberto Guevara no decía media palabra. Sólo miraba sonriente a los chiquilines euforizados que rodeaban el Toyota que habíamos alquilado. Por las calles de tierra la gente miraba extrañada el paso de la insólita caravana. Nos seguían
muchos curiosos que comentaban a media voz: "Es el hermano del "Che"...". En el aeropuerto compramos el diario local que ocupaba toda su primera plana con las fotos del cadáver exhibido en Vallegrande y con un gran titular que decía: "El «Che» fue enterrado ayer a la madrugada". Habíamos llegado tarde.
Zenteno Anaya nos saludó cordialmente. Era muy incómodo lo que estaba pasando en ese momento. Nosotros éramos un poco los provocadores de ese encuentro entre el hombre que lo mató y el que iba a reconocerlo. Durante unos segundos sólo hubo silencio. Ataqué yo.
—Coronel, ¿cuándo fue enterrado el cadáver?
—Ayer a la madrugada.
—¿Dónde?
—El lugar no se puede revelar, hemos hecho con Guevara lo mismo que con todos los otros guerrilleros muertos, sepultarlos en lugares que sólo sabemos nosotros, los altos mandos del ejército.
—¿Quiere decir que ya no había dudas de que ése fuera el "Che"?
—Exacto, todas las pruebas son concluyentes, las fichas dactilares coinciden, su confesión antes de morir, su diario, y todos los otros elementos...
—Usted sabe que en estos momentos hay más de cien periodistas de todo el mundo que han venido para ver el cadáver, también su hermano, ¿habría posibilidad de que se lo exhume?
En ese momento Roberto se puso de pie y estalló.
—Coronel, quisiera hablar a solas con usted, ¿sería posible?
—Sí, desde luego, pase.
Se encerraron en el comedor de la casa fuertemente custodiada. Tras las ventanas de alambres tejidos estaban los "rangers" con el uniforme camuflado. Eran las 11 y 15 del día jueves.
—Lo siento mucho doctor, se que es un momento difícil para usted; lo escucho.
—Coronel, quisiera ver ese cadáver, tengo derechos que me impulsan a reconocer con mis propios ojos a mi hermano. He visto las fotos y no me parecen en absoluto definitivas. Quiero que se exhume el cadáver...
—Usted sabe que eso no lo puedo decidir yo. Ahora mismo hablo con Ovando para que lo reciba. Pero se tiene que ir cuanto antes a La Paz. Si fuera posible ya mismo.
Guevara abrió la puerta y me llamó. Zenteno estaba guardando en carpeta una serie de fotografías del "Che" Guevara que le había mostrado al hermano. Si la exhumación se practicaba, nosotros, para poder presenciarla, también debíamos ir hasta La Paz a solicitar el permiso. No había tiempo para dudas. Convinimos en salir en seguida para allí. Zenteno fue hasta el Comando para hablar por radio y nosotros al aeropuerto. El piloto tenía problemas. La entrada sin autorización había determinado que la avioneta fuera secuestrada y para poder salir necesitábamos aguardar al general Casanova, director de la Aeronáutica Civil, que autorizaría nuestra partida. No sabíamos a qué hora llegaría a Santa Cruz y decidimos tomar el primer avión de línea que iba a la capital boliviana. Salía a las dos de la tarde. Eran las dos menos cinco cuando sacamos los pasajes.
Me senté al lado de Roberto. La camarera se esmeraba en atenderlo. Sabía, desde luego, quién era ese pasajero. Recordé que mientras esperábamos la salida del avión, sentados alrededor de una mesa del bar del aeropuerto, Roberto Guevara arrancó violentamente un artículo que publicaba ese día el diario "Presencia". El movimiento de sus manos derribó tres botellas que había sobre la mesa.
—¿Qué había en ese recorte?
—Tengo que pensarlo bien, después lo charlamos...
—¿Usted, su familia, recibían noticias de Ernesto Guevara?
—Indirectamente.
—¿Cuándo fue que recibieron la última noticia?
—No recuerdo.
—¿Qué decía? ¿Qué estaba bien?
—Sí.
—¿Dónde?
—Lo desconocemos.
—No le creo.
—Usted es dueño de pensar lo que quiera.
—¿Estaba en Bolivia?
—Es probable.
Comenzó a hablar de su familia. De sus cinco hijos, de su pasión por el rugby, de que sus hijos son en estos momentos los héroes de la escuela, que todos les hacen preguntas, y que a él también sus hijos le hacen preguntas sobre el "Che". Que Ernesto Guevara también era apasionado por el rugby y que fue secretario de redacción de la revista "Tackle" y firmaba con el pseudónimo "Chang-Cho" —. así lo conocían sus amigos—; que tenía también cinco hijos, como él, y como su hermana Ana María, que vive en Tucumán.
Dejamos el reducido equipaje en el Hotel Copacabana de La Paz y Roberto Guevara se acercó al gerente dándole instrucciones: "Si alguien llega a la habitación sin que yo lo autorice o me pasan alguna comunicación de los periodistas, me voy del hotel y no pago la cuenta...".
Era 12 de octubre. La capital de Bolivia estaba totalmente inmovilizada. El teléfono del Comando en Jefe del Ejército en el cuartel de Miraflores no contestaba. Decidimos ir hasta la casa particular del Gral. Ovando. Vive en una casi fortaleza pegada a la embajada del Perú y a media cuadra del hotel Crillón. Antes de que llegáramos a la puerta, su edecán, el teniente de navío Alfredo Pavia, nos interceptó.
—Queremos ver al Gral. Ovando.
—El general no recibe a nadie en su casa.
—Pero dígale que aquí está el hermano de Ernesto Guevara.
Pavia entró asombrado. Salió dos minutos después diciendo que el general Ovando lo iba a recibir a las 9 y media de la mañana del día viernes.
—Dígale que no tengo tiempo. —contestó Roberto Guevara—. Necesito saber inmediatamente si me recibe o no. De lo contrario vuelvo a Buenos Aires.
—Bueno, puede pasar, pero no tiene mucho tiempo para atenderlo pues dentro de una hora debe salir para una recepción oficial por el día de la Aeronáutica.
Ovando se puso de pie y adelantó su mano.
—Lo siento mucho, hubiera deseado que un héroe como su hermano saliera con vida de la selva boliviana. . .
("Me llegó a emocionar —comentaría después Roberto Guevara—; casi me convence que Ernesto Guevara estaba muerto. Me atendió con una cortesía asombrosa, no puedo reprocharle nada...")
—Sr. Comandante, quiero ver el cadáver de mi hermano. Quiero que se haga la exhumación. Quiero comprobar si el cadáver del guerrillero Ramón es el de Ernesto Guevara.
—Yo lo autorizo a usted y a los periodistas a viajar a Vallegrande, no opongo ningún reparo, pero puede ser que llegue tarde, no sería extraño que hoy hubiese sido incinerado...
Volvimos al hotel sin hablar una sola palabra. Hablarnos a la oficina del Lloyd Aéreo Boliviano para reservar pasajes en el primer vuelo que salía a las 8 de la mañana hacia Santa Cruz. No nos confirmaron si había o no. Debíamos ir al otro día al aeropuerto para obtener la respuesta definitiva. A las doce de la noche, ya en el departamento Nº 504 —el mismo que ocuparon los padres de Regis Debray durante su dilatada estada en Bolivia— nos sentamos a conversar.
—¿Usted cree que lo incinerarán?
— Vea, todo lo que está ocurriendo es muy extraño. Zenteno Anaya, me dice que venga aquí a buscar una respuesta, definitiva y la respuesta definitiva es que me apure porque lo van a incinerar. Hasta que no lo vea no creeré que está muerto...
—Doctor, ¿qué decía ese recorte que usted arrancó hoy a la mañana?
—Léalo. Ve que dice que el cadáver del guerrillero muerto tenía una dentadura perfecta y sólo le faltaba un molar. Esto es mentira. Ernesto, desde los diez años —como toda mi familia— tenía la boca podrida, así, con todas las letras. Además, yo, a los 36 años 3 menos que Ernesto, vea... (Movió la boca y mostró la prótesis). Tengo la mayor parte de mi dentadura postiza.
A las 7 y media de la mañana del viernes estábamos en el aeropuerto y, desde luego, no había pasajes a Santa Cruz. Hicimos gestiones, preguntamos si el teniente Pavia, edecán de Ovando, no había hablado para que nos den preferencia en la lista de espera para las cancelaciones. Nada daba resultado. Optamos por el método más resolutivo, el de los dólares. El costo real de 4 pasajes, 80 dólares; el que pagamos, 180. Bajamos en el Aeropuerto de Santa Cruz y nuestro piloto ya había logrado el permiso para sobrevolar la zona de guerrillas. En menos de 20 minutos salíamos para Vallegrande. Ya la noticia de la cremación circulaba entre la gente del pueblo y los chicos.
Vallegrande no tiene torre. Sólo una vieja pista que hasta hace siete años utilizaban los aviones de línea comercial pero, por ser antieconómico, casi nadie viajaba hacia allí; decidieron cancelarlos. Crosa tuvo que hacer malabarismos para ubicarla. Sólo se guiaba contando los valles que pasaban por abajo. Dos chicos y uno grande. Ese era. Hicimos dos sobrevuelos para perder altura hasta que comprobamos que los 400 habitantes del pueblo, que de pronto pasó a ser noticia mundial, —arrancado de su chatura y pobreza cuando en la morgue de su promiscuo hospital se exhibió el cuerpo del guerrillero para el gobierno de Bolivia— estaban alrededor de pista de tierra contenidos por los 200 soldados que habían enviado desde el comando de la 8ª división de ejército. Cuando aterrizamos rodearon el avión. Por el camino venía a toda velocidad un jeep del ejército. Era el Coronel Zenteno Anaya. Estaba sorprendido por la llegada de Roberto Guevara. Lo saludó efusivamente y lo invitó al Comando de la división.
—En el cuartel está el general Juan José Torres, Jefe del Estado Mayor boliviano, y él quiere conversar con usted. Suba, por favor. Antes de partir conversó con su asistente. Repasó la identificación de los cuatro soldados muertos en un combate del día anterior y los apodos de los tres guerrilleros que también habían caído en ese encuentro, Ordenó que trasladen los cadáveres a La Paz, en un avión de TAM (Transportes Aéreos Militares) , que estaba en la pista.
Detrás de él partieron los tres únicos taxis que hay en todo Vallegrande —por otra parte, los tres únicos vehículos de todo el pueblo—, alquilados por los periodistas. por supuesto. El cuartel está en una calle estrecha por la cual apenas si puede circular un solo auto. Los vecinos estaban en la calle y no hacían comentarios. Solo una mujer vestida de negro levantaba la voz hablando del "asesino Guevara".
No me habían permitido entrar en la reunión. Sabía que iba a demorar y quise charlar con la gente.
—¿Por qué está vestida de negro?
—Por él.
—¿Por quién?
—Por el "Che", mi hijo murió peleando con los asesinos que él mandaba. Se llamaba Omar Chilco, tenía 17 años.
—¿Usted vio el cadáver?
—Sí, lo vio todo el pueblo, me dio lástima. Pero así terminan los asesinos. Era él, todos vimos la revista en la que estaba la foto de él, era idéntico. Estuve casi media hora.
Pregunté si alguien sabía cuándo lo habían sepultado y dónde. Nadie quería contestar. Sólo el dueño de una casa de artículos erétricos dijo que oyó a la madrugada un extraño movimiento de tropas. "Eran más o menos las tres de ayer (miércoles), pero no me llamó la atención, eso ocurre todos los días. Por la mañana lo comenté con mi esposa que todavía no había visto el cadáver y pensaba hacerlo esa mañana. Cuando se enteró que ya no estaba me di cuenta lo que había pasado...".
La gente nos miraba con recelo. Legarreta, Tenore y yo habíamos llegado con Roberto Guevara y esa no era la mejor carta de presentación que podíamos exhibir. "Muchachos —nos había dicho durante el viaje—, ustedes la van a pasar mal por culpa mía, van a ver los problemas que se les van a presentar...". Pero no ocurrió nada de eso.
Habían pasado 45 minutos. Un repentino movimiento en la puerta del cuartel. Roberto Guevara salía junto al coronel Zenteno Anaya. Su rostro era casi inmutable. No me atreví a decirle una palabra.
—Vamos a la pista, dijo.
("Hablábamos del pueblo, me había impresionado la antigüedad de sus calles. En el jeep, el coronel Zenteno me dijo que lo habían fundado en 1620 y que conservaba la más pura estirpe de la inmigración que había traído Charcas. Que antiguamente se llamaba Inmaculada Concepción de los 7 Grandes Caballeros del Valle Grande y que muerto el último de éstos se le cambió el nombre...").
Me buscó con la vista entre la centena de periodistas de todo el mundo y me pidió que charláramos en la avioneta.
—Lo cremaron. ¿Qué hago?
Por primera vez me hacía una pregunta. Estaba agitado y traspiraba. La temperatura era insoportable.
—No sé.
A pocos metros de allí estaban los dos peritos del Departamento de Policía con un maletín. Los acompañaba Miguel Cremona, secretario de la Embajada Argentina en La Paz, la que había pedido por intermedio de la Cancillería el reconocimiento dactiloscópico de los dedos del cadáver. Minutos antes los policías me habían
dicho que desde hacía 36 horas estaban allí y no les habían mostrado el cuerpo. Guevara llamó a Cremona al avión.
—¿Qué le dijo?
—Que lo incineraron...
—Es una barbaridad. Nosotros estamos desde ayer para ver el cadáver y no nos dijeron nada. Yo llamé a la embajada y me pidieron que regrese inmediatamente. Ahora me voy con ese avión militar apenas carguen los cadáveres de los soldados que murieron ayer. Regresamos a La Paz.
—¿Y el reconocimiento?
—No, no lo hemos podido hacer. Nos mostraron las fichas que ellos habían tomado del cadáver, pero con eso no nos conformamos. Nuestros peritos tienen que tomarlo sobre el cadáver.
Zenteno Anaya estaba a unos cien metros del avión. Bajé y me acerqué a él.
—Coronel, ¿cuándo se decidió la cremación?
—Ayer al mediodía, porque el general Barrientos había sugerido que no se realizaran exhibiciones con él.
—¿Estando el hermano en Bolivia que venía para verlo?
—Eso no tiene asidero, se decidió independientemente de la presencia del doctor Guevara. No se olvide que estamos en guerra, no es momento de andar con muchos cuidados y miramientos.
—Ayer un testigo que estuvo en la morgue me dijo que el cadáver tenía 9 dedos. Y las fotos de las manos lo confirman. ¿Cómo es posible que hayan aparecido huellas de diez dedos? (Al cuerpo exhibido en la morgue de Vallegrande le faltaba el dedo mayor de la mano derecha.)
Zenteno no contestó. Para mí era una prueba bastante importante, tanto para la confirmación como para lo contrario.
En el avión, Cremona terminaba de explicar el trámite que había seguido la embajada para pedir el reconocimiento.
—Samuel, yo no creo que ese sea Ernesto. Quiero decirlo, pero no aquí, esto es zona militar y eso puede crearles problemas a ustedes. Yo ya estoy jugado. No puede ser que incineren el cuerpo estando su propio hermano que es el único que puede decir sí o no. El general Torres me dijo que había libertad de cultos, por eso lo cremaron. Yo le contesté que en mi país, la Argentina, también había libertad de cultos pero no se cremaba a nadie...
Me quisieron mostrar las fotografías, pero eso a mí no me convence. No es su nariz, la juventud de ese rostro no es de un hombre que roza los 40 años, no puedo creer que si entró en Bolivia en diciembre totalmente rapado como muestran las fotos distribuidas por Bolivia, en seis meses le crezca una melena de casi 20 centímetros. Tengo que verlo. ¿Por qué no me lo muestran?
En ese momento recordé a un hombrecito tartamudo que se acercó a la mesa del bar del aeropuerto en Santa Cruz y que llevaba un grabador sin cintas y se autotitulaba director de "Radio Grigota". Crosa, el piloto, lo bautizó "El loquito". No se entendía lo que decía, pero se acercó a la mesa en que estábamos y desparramó una docena de fotografías del cadáver exhibido en Vallegrande, que Roberto Guevara ordenó las retirase. "Yo lo vi, parecía un Cristo, le faltaba un dedo, pero la herida estaba cicatrizada; otra cosa que me llamó la atención era el dedo gordo del pie, me pareció inmenso..."
Zenteno envió un soldado a buscarme. Antes de que diga nada me entregó un comunicado oficial donde informaba que el dedo que faltaba era el que se la había extirpado para el reconocimiento dactiloscópico.
—Usted ayer me dijo que el cadáver había sido enterrado en un lugar no determinado. ¿Ese criterio se siguió con todos los otros guerrilleros muertos en combate? ¿Por qué con Guevara se cambió de criterio, y se lo incineró?
—Fue una indicación del general Barrientos. Nosotros cumplimos instrucciones. Eso es todo.
—Pero aquí, a su alrededor, hay más de cien periodistas que querían verlo, incluso el hermano, de él. Yo creo que el cadáver de Guevara habría que haberlo mantenido más de 17 horas en exhibición.
—Usted debe saber que teníamos problemas con la conservación del cadáver, a pesar de que lo habíamos embalsamado, bueno, no precisamente embalsamado, sólo le habíamos quitado las vísceras, pero era imposible conservarlo, por eso decidimos sepultarlo...
—¿E incinerarlo?
—Creo que fue una decisión correcta...
Guevara bajó del avión, y defraudó a los periodistas.
—Los que quieran mis declaraciones vayan a Santa Cruz, allí hablaré.
Las últimas preguntas en vano que lanzaban quedaron apagadas por el rugido del bimotor que comenzaba a carretear levantando montañas de polvo.
—Che, que incómodo que es esto. . .
Roberto Guevara se quejaba de la incomodidad lógica de la avioneta. Hay que permanecer todo el viaje sentado y por estricto orden nos turnábamos para ocupar el último asiento —el que está pegado al equipaje— y que es peor que una tortura.
—Ahora estoy convencido, Ramón no es mi hermano.
—¿Por qué a Ernesto lo llamaban "Chancho"?
Roberto sonrió.
—¿Tiene mucho que ver con su rostro, me lo pregunta por la identificación?
—No sé bien por qué. . .
—Bueno, sus amigos nunca sabían si era por lo sucio —la tía siempre lo conminaba a bañarse antes de entrar a comer— o por la forma de su nariz. Y la del cadáver es fina y termina en punta.
Pero eso es sólo un detalle... ¿Sabe cómo empecé yo a jugar al rugby? Bueno, precisamente por culpa de Ernesto. Durante un partido de 2ª división de Estudiantes de Córdoba, faltaba uno para completar 12 jugadores. Me puso la camiseta y fui el doceavo.
El Piper tomó rumbo a Buenos Aires. Estábamos agotados. Apenas si habíamos dormido 6 horas en todos esos días. En el pequeño espacio de la avioneta había una sensación extraña. Habíamos ido en busca de respuestas y regresábamos con muchos interrogantes. Había un "porqué" que no alcanzaba a comprender, "incinerado", dijo Zenteno Anaya y Torres. Acaso quedaría para siempre la duda. Para completar su identificación faltaba un testimonio vital, el de su hermano, el de la persona que más fielmente podía decir "Sí", es. O lo contrario.
—Si fuera y se lo hubieran dejado ver, ¿usted admitiría que era su hermano?
—¿Por qué no habría de hacerlo?
Aterrizamos en Jujuy, en el moderno y contradictorio Aeropuerto El Cadillal, que tiene una magnífica pista para aviones supersónicos pero que aún no tiene teléfonos. Nos comunicaron que estábamos demorados hasta tanto reciban instrucciones. El agente David Lescano era el encargado de nuestra custodia. Impedía que alguien se acercase a nosotros. Frente al Aeropuerto se habían instalado los escenarios y plateas del festival folklórico de esa provincia y las oficinas del Aeropuerto se utilizaban como vestuario. Esa noche el número central era el ballet de Santiago Ayala, "El chúcaro". Los integrantes se acercaban a nosotros y Lescano se esmeraba en alejarlos. Algunos de ellos charlaron a Roberto y le pidieron autógrafos. Un morochito le dio la mano y le dijo:
—Le acompaño el sentimiento, doctor...
—Se lo agradezco, pero desconozco el motivo.
El chico no contestó.
Recién a la una de la madrugada llegó el jefe de la delegación de la Policía Federal y nos comunicó que el problema había sido estrictamente técnico y que quedábamos en libertad. Pero nos advirtió que para la próxima vez que viajáramos a Bolivia no nos olvidemos el certificado de viaje. La futura escala era Tucumán. Allí lo aguardaba la otra hermana, Ana María, casada con el arquitecto Fernando Luis Chaves, quien enterado de la detención en Jujuy viajó enseguida hacia esa provincia. Ana María Guevara tiene 5 hijos y todos se abalanzaron sobre Roberto cuando lo vieron.
—¿Tuvo usted noticias directas de Ernesto?
—¿Y las fotos que le parecen?
—Es difícil decir, el parecido es muy grande, pero de acuerdo con lo que me contó Roberto las cosas que allí pasaron no son del todo claras...
El último tramo se hizo interminable. Roberto intentaba dormitar pero el zumbido era casi insoportable.
—Doctor, ¿usted hubiera reclamado el cadáver?
—No me interesa como motivo material de homenaje, no, no lo hubiera pedido. Pero todo lo que ocurrió es tremendamente sospechoso, no sé, quizá le aconseje al "viejo" que haga una reclamación directa, hay que jugarla hasta el final.
—¿Por qué partido votaba usted?
(Le pensaba hacer esa pregunta en el mismo momento en que nos conocimos, cuando lo pasé a buscar a las 4 y media de la madrugada por la casa del padre y nos presentamos con todo el protocolo. Pero le debía esa pregunta).
—Voté por los radicales... pero ya hace mucho tiempo.
Todavía hoy, martes, cuando termino de escribir esta nota me molesta el haber oído esas tres palabras.
—Lo han cremado.
¿ Por qué ?

EL PORQUE DE "RAMON"
Desde el comienzo de la actividad guerrillera en el oriente boliviano, el nombre de "Ramón" se colocaba por encima del de "Coco" Peredo, aparente jefe de las guerrillas. (Ahora el único que queda es "Inti" Peredo.) Pero recién desde hace tres o cuatro meses "Ramón" empezó a tomar la forma del "Che" Guevara. Fue cuando el presidente Barrientos dijo al pueblo que su captura era inminente. El porqué de "Ramón" no es arbitrario. Julio Cortázar escribió hace algunos años un cuento titulado "Reunión" que relataba las peripecias de un grupo de guerrilleros que operaron en la Sierra Maestra hasta la toma del poder cubano. Y aparecía Ernesto Guevara como figura principal, escudado bajo el seudónimo de "Ramón". Aunque Cortázar nunca lo confirmó oficialmente, todos reconocen bajo ese nombre al médico argentino.
—Pero ese cuento tiene algunos errores —dijo el sábado pasado Roberto Guevara, gran admirador de Cortázar y Borges (durante todo el viaje estuvo leyendo "Ficciones" de este último)—. Claro que no se le puede reprochar porque no lo conoció mucho, pero en una parte del relato el personaje "Ramón" recuerda cuando durante sus descansos se recostaba a escuchar música clásica y allí menciona una serie de compositores. Por supuesto que esto no es cierto. Ernesto jamás tuvo el más mínimo sentido musical, para él música y ruidos era exactamente lo mismo...
Por lo visto "Ramón" también tiene su historia. La elección del nombre no fue arbitraria.

EL "TUMA"
En una de las páginas del diario encontradas al guerrillero "Ramón", quien por testimonios oficiales se afirma es el "Che" Guevara, aparecía un párrafo que decía: "Murió «Tuma», le rindo un póstumo homenaje. Con su desaparición pierdo un hijo".
Según todos los elementos de prueba, "Tuma" era un "sosias" de Ernesto Guevara. Pero si los partes del ejército boliviano coinciden con el diario del "Che" es porque realmente ha muerto. Pero su cadáver jamás apareció. Ni siquiera se mencionó la posibilidad de que hubiera sido rescatado por los guerrilleros. Sólo se sabe que ha muerto el guerrillero que identifican los militares bolivianos. Pero "Tuma" jamás apareció, aunque se lo dio por muerto en combate.
¿No podría ser acaso "Tuma" el caído, y no Guevara? Si los propios cubanos dicen que era idéntico, no habría que descartarlo como posibilidad.

LAS HORAS Y LAS BALAS
Abel Santa Villa cumplirá 19 años el 31 de diciembre. La semana pasada en su foja de servicios se agregó una hoja que decía: "Integró la Patrulla 13, de la 8ª División, que abatió en la Quebrada del Yuro después de prolongado combate a Ernesto "Che" Guevara el 8 de octubre". Lo firmaba Joaquín Zenteno Anaya comandante de esa división, que será general a fin de mes.
—¿Cómo fue?
—Nosotros no sabemos mucho, recién al otro día nos enteramos de lo que había pasado.
—¿Estás orgulloso?
—Sí, claro, fue muy terrible, habíamos salido dos días antes por la denuncia de un vecino que había visto subir unas mulas por el monte. . . Caminamos durante casi todo un día y nada. Hasta que al anochecer del sábado nos encontramos con los guerrilleros. La cosa duró casi media hora, perdimos a uno de los nuestros y vimos cuatro de ellos muertos. Al otro día, como a la una, de nuevo. Hubo mucho alboroto, nos indicaron que debíamos regresar inmediatamente a Higueras y que nos mantuviéramos allí hasta que el capitán Toledo Villa nos indicara el nuevo destino. Vimos que se hacía mucho revuelo. Que se había pedido un helicóptero para llevar uno de los cadáveres, cosa que no se hizo nunca. Recién el martes nos enteramos que habíamos terminado con Ramón. No lo podíamos creer hasta que el capitán Toledo recibió el radiograma en que le comunicaban esa novedad. Nadie dijo media palabra, pero el general Ovando vino a felicitarnos personalmente. En Vallegrande pudimos ver detenidamente el cadáver, era él, estaba igualito como en las últimas fotografías que hablamos encontrado en un refugio guerrillero cerca de Samaipata tres meses atrás. Era casi el triunfo total.
El testimonio de Santa Villa dice que lo mataron a las 13 del domingo. Coincide exactamente con la hora que suministró el coronel Zenteno Anaya. Pero en los altos niveles del ejército es donde se plantearon algunas diferencias. El comunicado de Ovando Candía dice que antes de morir —o sea que fue capturado vivo— pudo confesar quien era. Y también decir que había fracasado. Pero Zenteno Anaya aclaró que lo habían encontrado muerto y no pudo confesar absolutamente nada. Según José Martínez Casó y Abraham Baptista, los médicos que extendieron el certificado de defunción, la bala que le provocó la muerte era la que tenía orificio de entrada por debajo de la tetilla izquierda y que le había atravesado el corazón. Pero esa bala no pertenecía al calibre de la ametralladora que habían utilizado los "rangers" bolivianos.
En el restaurante Chung-Kin de San Salvador de Jujuy, Roberto Guevara comentó extrañado esa circunstancia.
"Ese es uno de los indicios que más me inquieta y me hace temer que realmente sea Ernesto. Porque si hubiera sido un guerrillero cualquiera y lo capturan herido, lo curan y lo detienen. Pero si era Ernesto Guevara el criterio es distinto. Uno de los periodistas que vio el cadáver en Vallegrande dice que el disparo le fue efectuado como a un metro y medio, no más. O sea que ese guerrillero no murió en combate."
Posteriormente, en el certificado de defunción que firman ambos médicos, no se menciona la bala en el corazón y sólo se habla de 8 balas que le interesaron distintas partes del cuerpo, especialmente los pulmones, lo que determinó su muerte.
Incógnita: si fue muerto después por esa bala en el corazón es seguro que tuvo tiempo de hablar antes de morir, lo que confirmaría la tesis de Ovando. En cambio, si murió por la ráfaga de ametralladora —el orificio de entrada demuestra que es poco probable— tendría asidero la posición de Zenteno Anaya quien afirma que no pudo hablar antes de morir.

 

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Este es el relato del viaje que terminó con una frase: "...no, este no es mi hermano..." "Gente vivió 4 días con Roberto Guevara, hermano del "che", íntimamente. En el mismo avión y bajo el mismo techo. Salida y llegada a Bolivia. Detalles, diálogos, pistas, contradicciones y ocultamientos. El nombre de Guevara hizo abrir y cerrar puertas. Todas las frases han sido escuchadas... y todos los hechos vividos por nosotros.
Guevara
Guevara
Violencia en la llegada. Vallegrande, viernes 13. La avioneta de GENTE aterrizó en ese aeropuerto. El doctor Guevara se dirige a conversar con Zenteno para pedirle la exhumación del cadáver. El pueblo quiere acercarse. Media hora después le dirán que era muy tarde.
Guevara
En la pista de Vallegrande, a la izquierda, los peritos de la Policía Federal. A la derecha, Cremona y Barbosa de la Embajada Argentina. Minutos después partirían en avión militar a La Paz
Guevara
Los sobrinos del Che. En Tucumán, Roberto Guevara, de regreso de Bolivia, visitó a su hermana Ana María, arquitecta, tiene 5 hijos. Roberto contó lo ocurrido en Bolivia y los entretelones de la cremación.
Guevara
Vallegrande, 400 habitantes, 110 periodistas. En el interior del Comando de la 8ª División, Roberto Guevara recibe la noticia de la cremación. Afuera, los pobladores aguardaban en silencio los acontecimientos.
Guevara
"Este no es mi hermano". "Lo único que me inquieta son los arcos superciliares salientes. Eso es característico de él. En cambio, la nariz y las orejas son distintas. La nariz muy puntiaguda, la de Ernesto no era así. Las orejas son muy carnosas. La juventud del rostro tampoco me parece exacto. Ernesto roza los 40 años. El tórax hundido. Él tenía asma y los asmáticos tienen el tórax muy desarrollado..."
Guevara
Roberto Guevara al fondo, Samuel Gelblung y Francisco Tenore.
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Incógnita. El dedo mayor de la mano derecha le faltaba. La herida estaba cicatrizada. Los informes decían que le fue extirpado.
 
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Rumbo a Bolivia. Este es el Piper Azteca que GENTE y el noticiero 13, "su ojo en la noticia", afectaron al operativo "Muerte del Che Guevara". En él viajó Roberto Guevara, hermano de Ernesto, para reconocer sus restos que se exhibían en la morgue de Vallegrande
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La morgue de Vallegrande, aquí estuvo durante 17 horas en exhibición el cadáver del líder guerrillero. Lo vieron algunos periodistas y casi todos los 400 habitantes de ese pueblo. Su hermano llegó tarde. Ya lo habían sepultado, y poco después exhumado e incinerado
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Ernesto Guevara Lynch, padre del Che
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Roberto Guevara saliendo de la casa de Ovando y en Santa Cruz entrevista a Zenteno Anaya.

 

 

 

 

 

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