Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

 


Juan Carlos Gené
El señor presidente sube a escena
Revista Siete Días Ilustrados
29.11.1971

A través de un diálogo desusadamente explícito el conocido intérprete, director y autor -creó entre otros los libretos de Cosa Juzgada- confiesa los propósitos que lo animan como flamante titular de la Asociación Actoral argentina.

Cuando enarca las cejas renegridas hace pensar en un Mefistófeles campechano, socarrón; en seguida, el gesto de las manos tajea una frase en el aire o agita el humo del cigarrillo. En ese minuto se advierte que tras esa expresión sólida se albergan toneladas de dinamismo, junto a una serenidad difícilmente quebrantable. Cualidades de primer agua para quien, como él, debe pilotear una barca especialmente agitada: la de los actores de teatro, cine, radio y televisión vernáculos.
Es que Juan Carlos Gené (40; dos hijos; actor, director, maestro de intérpretes y autor dramático) asumió el lunes 15 la presidencia del gremio de las tres A, como suele rotularse a la Asociación Argentina de Actores. Una entidad que en los dos últimos años comandó "su colega Jorge Salcedo y ajetreada por una serie de obstáculos propios de la función actoral: la insuficiencia de las fuentes de trabajo, el afán de revitalizar el marco cultural en que viven —o languidecen— estos hombres y mujeres, no son los menores de tales problemas. Surgida en 1962 gracias al tesón renovador de Corrado Corradi y Fausto Aragón —entre otros pioneros—, la lista Blanca que encabezó Gené se vería enfrentada ahora a la urgencia de fundar un "teatro del pueblo, que no es un artículo de moda ni un juego para aficionados. Es la imperiosa expresión de una nueva sociedad, su voz y su pensamiento; y es la máquina de guerra contra una sociedad caduca y envejecida", como lo proclamó la volanteada hecha por la nómina, triunfadora absoluta en los recientes comicios: fue votada, sin oposición, por 830 afiliados sobre un padrón de 1800.
Precisamente el lunes 15 J.C.G. charló con SIETE DIAS —72 horas después del acto electoral—, para dilucidar metas, convicciones e inquietudes. Diálogo inusualmente franco, y además excepcional: el actual presidente y ex secretario general y cultural de AAA no se caracteriza por su vena conversadora. Por eso, esta plática enhebrada la misma tarde de su debut presidencial puede considerarse como un testimonio de singular valía, un documento que no estuvo exento de puñetazos en la mesa acompañados por movimientos de cejas, por el vozarrón tajante y categórico. Mefistófeles parecía, en esos momentos, más porteño que nunca.
LOS HITOS DE UNA CARRERA
Empezó por aclarar, como disculpándose, que el suyo no fue un caso de vocación temprana: "Tuve un buen comienzo ya que por una serie de circunstancias tomé clases con Roberto Durán; a partir de entonces me incliné por la actividad actoral. Porque fíjese que hasta allí yo era un serio candidato a la música. Trabajamos durante 10 años juntos con Roberto haciendo espectáculos en diversas experiencias, hasta que en 1961 tomamos caminos diferentes a raíz de un montón de circunstancias", explica.
—¿El de ustedes era un trabajo puramente experimental, vale decir, de laboratorio, sin público?
—No, pusimos el hombro todo el año 1950 y en 1951 montamos por primera vez un espectáculo, una pantomima original de Pablo Palant. Después nos tocó trajinar en la Sociedad Hebraica, donde Durán era también profesor.
En la lista de la labor cumplida a través de sus dos décadas dentro del espectáculo también quedó el paso por un reducto hace tiempo desaparecido, el Teatro Estudio Buenos Aires. De pronto, en la ilación de recuerdos se euforiza y extrae un dato singular: "En 1956 hacíamos teatro en las calles de Buenos Aires —memora—; se trataba de una obra mía y de Eduardo Fasullo llamada 'Señoras y Señores del tiempo de antes' que combinaba muñecos y actores, más una adaptación de la pieza francesa Capucine realizada por Armando Chulak, que representábamos con el título de Margarita. Y aquí, un detalle desconocido para muchos: fuimos los primeros en hacer un espectáculo en el lugar que luego ocuparía Caminito".
—¿Qué motivos los impulsaban a llevar a las calles el teatro? ¿Contaban con algún tipo de apoyo para hacerlo?
—Lo hacíamos fundamentalmente porque nos divertíamos mucho; era teatro para niños y fue una experiencia muy interesante: recorríamos diversos lugares de la ciudad, auxiliados por el Municipio.
En medio de una constante tarea en la que se entremezclaban los oficios de actor y de autor, según lo requirieran las exigencias de cada obra —situación por la que también pasa actualmente—, comenzó su carrera docente. Como él mismo la reconstruye: "Me hice cargo de la Escuela de Teatro de La Plata y en esa ocasión invité a Durán, quien dirigió 'El jardín del infierno' de Osvaldo Dragún; en tal obra trabajé como actor, y si mal no recuerdo fue la última vez que actué junto a él". Se le hace presente que cuando dirigió Andorra de Max Frish contó en el elenco con ese primer maestro, Durán; Gené asiente aclarando, empero, que ya no había continuidad de labor entre ellos.
La nómina de puestas realizadas es larga: 1966 lo encuentra junto al Grupo Buenos Aires en el que revistaban figuras del prestigio de Cipe Lincovsky, Pepe Soriano, Héctor Aure o Leandro Ragucci. Los espectáculos ofrecidos por el grupo fueron Los prójimos de Carlos Gorostiza y en 1967 su propia obra Se acabó la diversión. En su segundo opus teatral, El herrero y el diablo, estrenado en 1955 y que dirigieron Durán y José María Gutiérrez en el teatro De la Luna —hoy desaparecido—, Gené incursionó sólo como autor.
Con un brusco salto a un presente muy cercano, evoca que a partir de 1968 actuó como invitado frecuente y aun permanente del grupo Gente de Teatro —más afamado como clan Stivel—, en experiencias no sólo teatrales sino también televisivas. Este último ámbito tuteló su crecimiento autoral, su idoneidad para trazar los guiones del ciclo Cosa Juzgada, su incorporación Orgánica al Clan a partir de octubre pasado.
"NOSOTROS EL PUEBLO"
—La entidad que usted preside es un sindicato gremial; como tal, estará afiliado a la C.G.T. ¿La plataforma por ustedes presentada no se acerca más a la en estos momentos prohibida C.G.T. de los Argentinos que comanda Raimundo Ongaro?
—La Asociación nunca dejó de estar afiliada a la C.G.T. de Azopardo; plantear el problema sindical argentino como la polarización Rucci-Ongaro me parece que es algo tramposo; el sindicalismo en general no pasa sólo a través de esos dos hombres, sino de agrupaciones, sub-agrupaciones y entendimientos a través de diversos gremios. Una cosa son las estructuras oficiales y otra las realidades concretas y gremiales.
—¿Entonces, acatan las directivas de Rucci?
—La entidad no tiene en absoluto previsto cambiar su afiliación; le aclaro que hoy es el primer día de mi actividad como presidente. Uno de los problemas que estamos empezando a debatir es el entronque de nuestro gremio con el movimiento sindical general. De lo que estoy seguro es que no acepto la disyuntiva Rucci-Ongaro porque creo que ese planteo es falso.
(En la fiesta de proclamación de los candidatos de la Lista Blanca, el clima de euforia de los asociados contrastó con la sobriedad del candidato que piloteó la lista. Sus palabras fueron breves y quizás, para los más cercanos al gremio, muy claras: "Cantando y bailando nos preparamos para pelear; y eso es de buena gente".)
—¿En qué sentido se preparan para pelear los actores?
—En el aspecto gremial la pelea se da todos los días, no hay ningún a priori; por un lado, es una pelea para obtener la sanción de la ley del teatro, pero éste es un tipo de pelea en el que no creo demasiado.
Por otra parte, la lucha se da en un terreno que me interesa mucho más: la creación de todo un mecanismo de cultura popular que sea capaz de autogestarse y de funcionar al margen de los carriles oficiales. Otra de las preocupaciones es conseguir trabajo a la gente. Todos los días surgen problemas en la relación con canales televisivos, teatros, salas, ¿censura, ley de cine. No diré que son infinitos los problemas, pero uno tiene la sensación de que sí lo fueran.
—¿Cuáles. son los más inmediatos a resolver?
—El punto clave para un intento de cambio en la gestión gremial de la entidad es crear un circuito de cultura popular paralelo al existente, que funcione con el máximo grado posible de independencia y de autogestión en directo contacto con bases populares.
—Una de las tareas que se propone AAA, según lo manifiesta la plataforma electoral, es el estudio tendiente a la organización del público. ¿Esto significa que hay que "educar al pueblo"?
—¡Estamos empezando a comprender que eso de educar al pueblo es un absurdo, sobre todo si se tiene en cuenta que quien se propone dicha tarea se supone educado, esclarecido y con la facultad de difundir su supuesta lucidez. Nosotros actualmente no creemos en esto. Se sabe, y no hay dudas, que quien se propone "educar al pueblo", lo quiera o no lo va a "educar" para una determinada función.
—¿Cuál es la actitud de los dirigentes de la AAA en este problema?
—En este momento preferimos dialogar con nuestra gente, a partir de la comprensión de que el pueblo somos nosotros, que nosotros formamos parte del pueblo y queremos dialogar con los nuestros para elaborar juntos la circunstancia histórica que vivimos. Nosotros no vamos a "educar al pueblo", porque hace rato que el pueblo ya sabe, en muchos sentidos, lo que quiere. En general, se da el caso de que los intelectuales tenemos que aprender de los que no lo son; el proceso no es a la inversa.
Como si no terminaran de satisfacerle estas explicaciones acota finalmente para que el concepto sea claramente entendido: "Lo más sensato y equilibrado es pensar que hay cosas que podemos aprenderlas juntos".
—El hecho de no tener oposición manifiesta, ¿implica riesgos? ¿Cuáles son?
—Me preocupa que el desacuerdo con la conducción no se articule en un movimiento concreto que ofrezca opciones diferentes. Es un tipo de oposición que no nos enriquece, porque plantea su disconformidad en la minucia, pero no es capaz de articular una nueva política. Esta falta de enfrentamiento con otras ideas hace que uno sufra una cierta inercia en la conducción.
HACIA UNA NUEVA REALIDAD
—Si la hay, ¿como se manifiesta la oposición?
—Acá, en Actores, desde que el Movimiento Lista Blanca existe la oposición hace todo por no. Yo, y conmigo toda la conducción, necesitamos que el disconformismo se defina y se agrupe como tal y asuma la responsabilidad de la conducción; de lo contrario es algo deprimente.
—Uno de los problemas por resolver es la Ley del Teatro. ¿Cuáles son los temas fundamentales a tratar en dicha ley?
—La Ley del Teatro es un invento actoral; hace muchos años tenía ya una media sanción: cuando existía el Congreso se llamaba ley Dávila; en aquel entonces, era presidente Frondizi. El problema de la Ley del Teatro, como de todas las leyes, es ver qué aplicación se hace de ellas. ¿Qué vigencia real tiene la ley que existe y que exige que cuando se tira abajo un teatro debe levantarse otro en su lugar? ¿Qué vigencia real tiene el decreto 62 de la Libertadora, que pena con prisión a la persona que ejerza censura sobre el cine?
—Pese a todo, ¿Actores colaborará en la confección o el planteo del cuerpo orgánico de la ley?
—El Estado llama a dialogar y nosotros concurrimos con una paciencia digna de mejor causa, y se trabaja permanentemente; no porque consideremos que esto sea demasiado serio sino para no ser nosotros los que rompamos el diálogo. Lo más importante de una Ley del Teatro es el mayor apoyo posible del Estado a la actividad teatral, esto en el aspecto económico. Aclaro que eso no es de ninguna manera la panacea; porque una ley del teatro la dicta un Estado que cumple una determinada función.
—Con respecto al proyecto de la nueva Ley de Cinematografía, ¿muestran el mismo disconformismo de los otros organismos ligados a ese quehacer?
—Los aspectos legales del cine se han movido en forma más dinámica. Actualmente existe un anteproyecto que nos ha colocado en un cierto conflicto con casi todas las demás entidades del quehacer cinematográfico, porque nosotros lo apoyamos. Lo que el proyecto hace es distribuir entre mayor cantidad de gente el dinero con que el Estado cuenta para el quehacer fílmico, y esto sin modificar las muy malas bases que parten de un hecho fundamentalmente negativo: la censura. Se consagra definitiva y formalmente un cierto monopolio del Estado, que de todos modos existía pero antes iba sólo en beneficio de muy pocas empresas. Cuando el Instituto Nacional de Cinematografía se transforme en productor poniendo los capitales, y nosotros pongamos el trabajo y filmemos, no se modificarán los aspectos ideológicos fundamentales, porque el Estado seguirá reservando para sí el omnipotente derecho de censura; pero eso existe exactamente igual el día de hoy, sólo que en beneficio de muy pocas empresas productoras.
—Otro de los planteos de la plataforma, que de concretarse podría acarrear una solución, es la creación de nuevas fuentes de trabajo actoral. ¿Puede aclarar este punto?
—Lo que se está planteando muy concretamente en este momento es la necesidad de que los actores nos asumamos a nosotros mismos y nos autogestionemos en nuestro trabajo. La entidad hace un relevamiento de lugares (no sólo de teatros) donde es posible tomar contacto directo con público; esto a su vez necesita un planteo previo, un estilo de teatro absolutamente despojado que consista en personas que se enfrentan con personas, y nada más, en el lugar que las circunstancias aconsejen: Sindicatos, parroquias, colegios, teatros de barrio; de esta manera intentamos crear circuitos para poder trabajar con el apoyo, por supuesto austero, del mismo público; en una palabra, del pueblo. Y ya estamos haciendo esos contactos.
Junto al proyecto de redescubrir lugares de trabajo y de comunicación con otro tipo de público, la plataforma gremial triunfante manifiesta el deseo de que la casa de la calle Viamonte sirva de sede a un centro de experimentación y de diálogo permanente, para la evaluación de las nuevas formas de expresión que se postulan.
El ente encargado de supervisar todos los proyectos de trabajo sería la Secretaría Cultural de la Asociación. Y Juan Carlos Gené confirma: "Es hora de que el Secretariado Cultural asuma definitivamente la realidad de su nombre. Yo, personalmente, quiero integrarme a esta dinámica".
La decisión producida por esa mitad de sus representados que lo erigió en presidente de la Asociación Argentina de Actores y su propio deseo de que "la oposición abandone toda actitud de francotirador y eche sobre el tapete opciones concretas, que enriquezcan nuestra lucha cotidiana", autorizan un pronóstico: los propósitos de Gené y su buena gente que cantando y bailando se prepararon para pelear asoman, por vez primera, a una alternativa rica, concreta. A una apertura que acaso sea la vía hacia la nueva realidad.

 

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