Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

 


Libertad Leblanc
Revista Primera Plana
16-12-1969

Mi nombre es Libertad María de los Ángeles Vichich (María M.). Nací en el lugar de las manzanas deliciosas: Río Negro, y si no me creen, muerdan. Allí y en Chubut pasé mi infancia. Cuando tenía catorce años, mi familia se mudó a Moreno, provincia de Buenos Aires, donde terminé mis estudios secundarios: soy una maestra normal. A los 18 años vinimos a la Capital Federal, y comencé a trabajar como modelo. González, un productor de fotonovelas, me presentó al que un mes y medio después sería mi marido: Leonardo Barujel (Cautiva de la selva).
Barujel —entonces empresario de la mayoría de los shows más importantes: Marabú, Tabaris, Embassy— me introdujo en el mundo de la noche (Las noches prohibidas), que me fascinó. En los camarines del Maipo vi por primera vez chicas semidesnudas. López Lagar, que tanto me había hecho soñar de chica, me decepcionó. En fin, con Barujel conocí muchas cosas y me inicié sexualmente (Sexualité). Nuestra vida en común se hacía cada vez más insoportable, tampoco mi embarazo contribuyó a salvar el matrimonio. A los cinco meses del nacimiento de Leonor me separé definitivamente. Toda la gente cree que lo odio (La Venus maldita), pero no es cierto. Como hombre de negocios es muy respetable, muy lúcido.
En ese momento de mi vida no tenía un panorama muy claro de lo que quería hacer. Entonces fui a estudiar con Alejandra Boero (La culpa). Hice dos películas con papeles insignificantes: El bote, el río y la gente y La procesión, aunque no me acuerdo bien si en esa época estaba aún con Barujel. También hice teatro, muy lindos papeles (La perra). En Bobosse, de Roussin, mi rol era doble. Para esa época había vendido hasta la última alhaja que me había regalado Barujel después de cada pelea (Una mujer sin precio). Estaba ensayando con Jorge Hilton —ahora George—, cuando un señor muy importante de Caracas me invitó al festival de cine de esa ciudad. Desde ese momento empezaron a hacerme la contra; tenían razón, yo no era "figura". Mandé entonces una carta a Venezuela explicando mi situación. La respuesta fue a mi favor: "Si no va Libertad no se hace el festival"; lástima haber perdido esa carta, todo un documento (La cómplice). Entonces, al Instituto de Cinematografía no le quedó más remedio que pagarme el pasaje. Y llegué a Caracas, a ese hotel tan divino que es el Tamanaco (El derecho de gozar), donde empezó todo. Cuando bajamos a posar para los fotógrafos al borde de la piscina, me saqué el vestido: debajo tenía mi bikini dorada. Los fotógrafos se enloquecieron tanto, que me dedicaron la primera plana de todos los diarios. Fue impresionante. El fin de las Elsitas, Gildas, Marcelas y Gracielitas (Cuatro contra el crimen) había llegado.
El público venezolano quería verme en algo, y yo no tenía qué mostrar (La piel desnuda). Sólo sabían que era "la bomba rubia", "la diosa blanca". Emilio Spitz integraba la delegación, y yo le dije: "Hay que aprovechar esto". Él prometió llamarme a nuestro regreso. Así fue, de mis ideas y su dinero nació La flor del irupé. Con este film pagué mi derecho de piso, gané nada más que treinta mil pesos, pese a que solamente en Venezuela recaudó más que El Cid. Pero no importa, así nació Libertad Leblanc.
Sí, me hice sola. Nunca tuve managers ni promotores. Soy un producto de mi misma.

 

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