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¿Primavera con minifaldas?

 

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HACE un año, nadie hubiera soñado con semejante revolución. Como permiten un más cómodo desplazamiento, las faldas supercortas (unos 20 centímetros por encima de las rodillas estaban, hasta entonces, específicamente indicadas para deportistas (tenistas y patinadoras) o bastoneras de algún desfile juvenil. Era una prenda funcional y nadie hubiera supuesto, seriamente, que se convertiría en una moda violenta, en una coquetería rebelde y sin causa.
Lo es, ahora, por lo menos en Londres, su cuna, en donde fue aceptada masivamente por las adolescentes larguiruchas y convertidas en el más obvio distintivo de la moda pop. Ese furor, que al principio desató una ola de taquicardias masculinas, dio pábulo a ácidas discusiones entre los creadores de moda y también entre funcionarios policiales y celosos custodios de las costumbres moderadas. En Londres, quienes se oponían a las 'minifaldas' reconocieron haber perdido la batalla cuando, hace unos tres meses, la Reina Isabel llamó a Buckingham a su propulsora, la modista Mary Quant, y prendió en su pecho una medalla de honor al mérito. Para los detractores cayó como el tácito asentimiento de Isabel a una tendencia mucho más corrosiva que la que expanden los Beatles, también galardonados.
En París, las minifaldas fueron tema de interminables mesas redondas desde que Courrèges y Castillo les concedieron su venia y las expusieron en sus colecciones de otoño. No hacían más que ratificar su fama de vanguardistas, su manía estrambótica y desafiante, aunque —según la revista norteamericana Women's Wear Daily— no estuvieran, en el fondo, muy convencidos de su aceptación. En todo el verano parisiense, el corresponsal de Women's en París detectó sólo dos muchachas embutidas en sendas minifaldas, una de ellas cantante yeyé, la otra, una aspirante a vedette. Para Mary Quant, las resistencias cederán en unos pocos meses y la moda se difundirá por el mundo, "ni bien Londres demuestre que no será menos conservador en la próxima temporada", según pronosticó hace dos semanas, como prólogo a su última presentación.
El enigma, en efecto, podrá revelarse en los próximos meses, ni bien los primeros fríos caigan sobre Europa. Quant no vacila en afirmar que el reinado de las rodillas al aire podrá prolongarse gracias al acople de tapados al estilo mujik, su último rapto de ingenio. Los nuevos tapados, que inauguran la moda Zhivago, cubrirán media pantorrilla "y constituirán un abrigado caparazón; por debajo, las minifaldas lucirán más cortas que nunca".
Teóricamente, parece una coartada perfecta, pero Gloria Guinness, columnista de Harper's Bazaar y uno de los árbitros de la opinión norteamericana, opinó que "no todo lo que se muestra en las colecciones está destinado al éxito; menos todavía las faldas supercortas, apropiadas exclusivamente para las menores de 20, y no para todas". Recurrió a una metáfora para subrayar que más vale tomar las extravagancias con pinzas: "Puede establecerse un paralelo entre la moda y la literatura: Chanel o Balenciaga equivaldrían a Shakespeare; todo lo actual no es más que una comedia-show". No sólo la Guinness hace hincapié en que las minifaldas acarrean un trastorno casi insuperable: ¿cómo resolver estéticamente el problema de la ropa interior, que asoma, sin remedio, por cualquier movimiento no del todo controlado?
Pierre Cardin propuso, en una muestra, el regreso de los puntillados encajes de principio de siglo; Mary Quant se decide por medias más altas, adornadas con florcitas o motivos haciendo juego con el de la pollera. Con todo, no representan una solución ideal o, por lo menos, una solución lo suficientemente pudorosa para decidir a las más remisas. En Buenos Aires, las diseñadoras de once boutiques de las avenidas Santa Fe y Alvear incurrieron en esos reproches cada vez que debieron explicar sus dudas de una aceptación masiva. Coincidieron en un vaticinio: las minifaldas florecerán en los balnearios y demás centros de veraneo, pero en Buenos Aires seguirán siendo una audacia reservada para los círculos estrictamente 'in' y las peñas snob.
Ninguna de las boutiques consultadas tiene prevista la fabricación de minifaldas en gran escala; se limitarán, "salvo que se desate la fiebre", a exponer tres o cuatro modelos y a inducir a su clientela a arriesgar un paso intermedio: el vestido enterizo que concluye 10 centímetros antes de la rodilla, cuyas adherentes se cuentan ya por centenas. En la playa, intuyen las expertas, las minifaldas decretarán la abolición del short y provocarán el advenimiento de la bikini en reemplazo de la ropa interior. Hasta la semana pasada, las minifaldas pioneras, con destino a Mar del Plata o Punta del Este, eran de loneta, en colores claros y lisos, con presillas para ensartar un ancho cinturón. Las diseñadoras observaron, de paso, que el clima de recato impuesto por las autoridades municipales postergó, no se sabe si definitivamente, la decisión de ordenar mayor producción. "Una audacia colgada de la percha es sólo una audacia de nuestra parte", sentenció la propietaria de una boutique de la calle Arenales.
De todas maneras, sea con minifaldas o vestidos ultracortos, no hay duda de que las temporadas de primavera y verano adjudicarán a las rodillas femeninas un rol protagónico; un papel que provoca ya justificadas prevenciones. "No hay nada más triste y menos expresivo que las rodillas. A los hombres, ¿les gustan realmente las rodillas femeninas? Es posible que discutamos mucho y que nos pongamos de acuerdo apenas en dos puntos: que otras regiones le interesan mucho más y que, de producirse el advenimiento de las minifaldas, habrá que pensar en embellecerlas. ¿Pero, cómo?", se pregunta Edemonde Ch. Roux, jefa de redacción de la revista Vogue.
Como no sea enfundándolas, el interrogante suma una congoja más a las zozobras que desencadena la nueva tendencia. Pero quienes se postulan en favor de las minifaldas, observan que unas rodillas demasiado prominentes no harían más que balancear el atractivo de unas piernas algo más expuestas. "Por supuesto, que habrá más para mirar —ironizó Ives Saint-Laurent—, pero también más para criticar." 
revista Primera Plana
20/09/1966

DE RATONES Y DE HOMBRES
Por Art Buchwald *
Los hombres de ciencia están preocupados por la nueva moda femenina y sus efectos sobre los varones. Las minifaldas, las mokinis y los trajes de baño horadados están a la orden del día, y nadie sabe hasta dónde resistirá el hombre antes de perder por completo el control.
Un científico que viene estudiando este problema es el Profesor Heinrich Applebaum, del Instituto Avanzado para la Conducta Provocativa. La semana pasada visité a este ilustre erudito en su laboratorio, y me dijo (con un espeso acento germano, del que dispensaré al lector):
—Estamos llegando a un umbral indumentario capaz de transformar los esquemas de conducta de todo hombre y mujer en el mundo moderno.
—¿Cómo es eso, Profesor?
—Bueno, permítame demostrárselo. Por supuesto, no puedo trabajar con seres humanos, porque es muy peligroso. Así que he conducido mis experiencias con ratones. Ahí, en esa jaula, ve usted a un ratón hembra y tres ratones machos. La hembra luce una pollerita normal, que le cubre las cuatro rodillas. Los machos están quietos, tranquilos.
—Ni siquiera parecen reparar en ella, observé.
—Exactamente. Ahora voy a hacer que la pollera de la hembra se alce unos milímetros por sobre sus rodillas. Y la vuelvo a poner en la jaula.
—¡Los machos están empezando a agitarse! —exclamé.
—Así es. Ni trabajar pueden. Su pulso se ha acelerado, su respiración no es ya normal.
—Corren en círculo. . .
—Ahora, levantemos la pollera un poco más, casi hasta la mitad del muslo.
—Los ojos de los ratones se les saltan de las órbitas.
—Fíjese en esos dos que echan espuma por la boca.
—¡Hay que verlo para creerlo! —proclamé.
—Acerquémonos a esta jaula —me invitó el Profesor Applebaum—. Voy a ponerle un traje de baño sin pechera a esta ratona. Observe lo que les ocurre a los ratones que nadan en la piletita donde aparece la hembra.
—Dos de los ratones se están ahogando—— informé.
—Siempre pasa lo mismo. Los machos se ponen tan nerviosos, que se olvidan de nadar.
—Estas experiencias podrían tener repercusiones fantásticas —dije al Profesor—. ¿Y en esa jaula, qué hay?
—Esas son ratonas vestidas con ropa de noche. Observe que hay grandes orificios en sus vestidos, y que su busto está prácticamente desnudo. En la jaula hay una cajita de música. Cuando la ponga en marcha, las ratonas bailarán. Mire lo que hacen los ratones cuando oprimo este botón.
—¡Dios nos asista! —grité—. Los ratones han perdido el control y persiguen a las hembras por toda la jaula.
—Los ratones han traspasado lo que yo llamo "el umbral del sexo", que podría compararse a la barrera del sonido. No hay manera de calmarlos.
—¿Y las ratonas ignoran lo que han hecho?
—No lo ignoran, pero no les importa.
—Pero si usted traslada esto al ámbito humano, significaría. . .
—Exactamente —aprobó el Profesor Applebaum—. Estamos acercándonos ahora al umbral del sexo. Pronto quizás lo habremos sobrepasado.
—Fíjese, hay un ratón que no hace nada. ¿Eso quiere decir que existe alguna esperanza?
—No. Es ciego. Es un rezago del experimento anterior, con los cigarrillos. 
• Copyright Publisher Newspaper Syndicate, 1966.