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pie de fotos
-Savarese, débil comienzo, buen fin
-Spinelli, la heráldica de familia
-Chornogubsky, buenos negocios
-Caplán, de Varsovia con amor
-En el taller de los alquimistas

 

 

"¿Ustedes qué creían? Bucarest es una ciudad tan elegante como París, donde nos gusta vestir bien." La frase, disparada en un español difuso, fue ensayada por Minhea Gheorghiu, un rumano elegante y atildado, miembro del gran jurado internacional que adjudicó los premios cinematográficos en Mar del Plata, hace veinte días.
Mientras Gheorghiu despertaba envidias entre críticos y actores, a 400 kilómetros de allí, en Buenos Aires los sastres más cotizados añoraban todavía la época en que la llegada de estrellas agregaba nombres famosos a sus listas de clientes. "En 1935, Clark Gable se llevó ocho trajes nuestros. Venía todos los días a probarse" recordó Temístocles Spinelli, señalando una fotografía que testimoniaba: una conversación entre su hermano y el actor.
Con la sola excepción del pianista Alejandro Brailovsky, que desde hace cuarenta años encarga sus trajes a Buenos Aires, la adopción de la escuela británica de alta costura, afincada en la Argentina hacia fines del siglo pasado, no ha incrementado su clientela de notables: es más, tuvo que reducir considerablemente la producción. "Los apellidos son los mismos, pero sus edades y sus gustos no", se quejó displicente, Rafael Scutari, cuando uno de sus colegas admitió la decadencia del traje de medida y cerró su sastrería para dedicarse a la venta de ambos de confección y otros atuendos. 
Reducido a un minúsculo círculo de prestigiosos artesanos que exigen la los clientes hasta cuatro pruebas, la alta costura delinea la elegante sobriedad argentina con los mismos patrones que los sastres londinenses establecieron hace cincuenta años. "Apenas han variado el ancho de los pantalones, ahora más angostos, y el espesor de las hombreras, que simulan menos y modelan más. El resto sigue igual, con las mismas solapas", dijo a PRIMERA PLANA Nison Caplán (59 años, sastre de medida fina). Sólo la ropa sport admitió toda clase de modificaciones y audacias. Los colores fuertes, los chalecos de tonos contrastados, los bolsillos plaqué, los sacos tajeados y los pantalones sin bocamangas fueron creados en Italia e impuestos a los mismos adictos del clasicismo británico, para ser usados a la luz del sol. La noche, en cambio, quedó en poder de los ingleses.

El arte standard
Como toda artesanía, la del sastre dejó en el camino antiguas virtudes, al transformarse en industria. "Antes, nadie se fijaba cuánto tiempo demandaba diagramar un saco. Lo importante era hacerlo bien. Ahora, como se necesitan más oficiales y se les paga por prendas, lo que interesa es la cantidad y no la calidad", admitió Caplán.
La industria abolió el trabajo individual, creó las especializaciones: primero, los pantaloneros; después, los chalequeros; por fin, los oficiales, a quienes se confiaban los últimos retoques. Cuando se hizo necesario contar con la ayuda de cortadores, el sastre comenzó a utilizar cada vez menos sus tijeras, se convirtió en un ejecutivo encargado de comprar telas, controlar las entregas y custodiar el prestigio de su firma mediante un circunspecto alarde de buen gusto: desde siempre, la última prueba exige, de su pasta, un desborde de exquisitez. El ritual obliga a que el ejército de pantaloneras, chalequeras y cortadores aguarden entre bambalinas su austero 'visto-bueno'.
Los sastres que todavía conservan las virtudes de la artesanía tradicional forman parte de ese ejército. Muchos se resisten a entregar un saco sin una minuciosa verificación que generalmente exige modificar detalles. Ellos son los que se encargan de marcar las diferencias con sus colegas europeos, "quienes jamás confían su trabajo a terceros por temor a ser descubiertos por el cliente".
Difícilmente, un sastre haya aprendido su oficio en otra escuela que no sea la de su hogar: casi todos heredaron la maestría de sus padres, a quienes, tijera en mano, decidieron perpetuar. Pero se enfrentan ahora a una realidad que no imaginaron: el auge de los talles masivos; la standarización de un arte.
Anselmo Spinelli, que llegó de Italia a principios de 1913 con el generoso río de conocimientos que le transmitió un tío suyo, el gran Aquiles Spinelli, se instaló precariamente en Lavalle al 300. Al año siguiente, eludiendo las amenazas de la Primera Guerra Mundial, su hermano Temístocles se sumó al negocio, y juntos emprendieron una carrera contra el tiempo: imponer calidad en el lapso más corto posible. No fue fácil: sólo seis años después produjeron el primer impacto. "Un cliente de la entonces prestigiosa Casa Barber fue sorprendido por los dueños de esa sastrería:
—¿Quién le hizo ese pantalón?
De la respuesta resultó un inmediato ofrecimiento a los Spinelli para incorporarse al plantel Barber. Cuatro años tardaron en sacudirse el anonimato, el tiempo necesario para acumular los fondos que requería la instalación de una moderna sastrería de medida en la calle Esmeralda al 1000. La habilidad artística y la astucia de los Spinelli volcarían en su favor el caudal de clientes de Barber. Cuarenta años después, con la presencia de Temístocles y el recuerdo de Anselmo, la firma conserva en ese mismo local las más puras tradiciones que exige la etiqueta, y casi la misma clientela.
Iniciado en los talleres de Spinelli y perfeccionado en la sastrería Rochampton, Juan Savarese aceptó un día la propuesta de un acaudalado cliente, y con él instaló en 1945 una casa de alta costura en la calle Maipú. Savarese aportó sus moldes rescatados de Regent Street, y juntos copiaron la estratagema de los hermanos Spinelli: sacarles los clientes a sus antiguos patrones. El tiempo transformaría a la firma en una sociedad de responsabilidad limitada, a la que Savarese regentea únicamente.

El fin de un ciclo
Sin conocer un ápice de costura pero con un formidable sentido comercial y abundante experiencia en el negocio de importación, producción y exportación de casimires, Bernardo Chornogubsky instaló hace medio siglo una sastrería de medida fina. Recurrió a un sencillo expediente; contratar los servicios de los mejores sastres y bucear nombres en la guía social para acaparar clientes con sólidas cuentas bancarias. La consecuente tarea de recomendación hizo el resto, respaldada por una continuidad cualitativa. Pero muchos clientes de la sastrería Bernard, acostumbrados a las atenciones recibidas por su oficial de más alta graduación, ignoran todavía que Chornogubsky es el propietario. Nison Caplán suele representar gratuitamente ese papel, que es el que soñó su padre, alguna vez, en su sastrería de Varsovia.
Empotrados en un viejo edificio de Tucumán al 700 —un sinuoso departamento de techos altos, paredes antiguas y pisos de mosaicos—, los hermanos Demetrio y Rafael Scutari disputan con Spinelli, Chornogubsky y Savarese la cada vez más reducida clientela de la alta burguesía. "En nuestro negocio, la propaganda es contraproducente. Los clientes no la necesitan; se guían por la calidad, y nada más", se jactó Demetrio Scutari. Sin embargo, aun dentro de ese esquema, la batalla se libra con las armas más filosas: señalar los defectos del colega en el traje de una persona es el mejor recurso para sumar un cliente.
Las cifras señalan la terminación de un ciclo en la elegancia argentina: "De la época de oro, entre 1929 y 1931, en que hacíamos dos mil trajes anuales, hemos descendido a setecientos", admitió Spinelli. De ellos, sólo tres de cada diez son cruzados; antes, el promedio era del cincuenta por ciento.
Todos coinciden en que no existe, durante el año, una época en que se amontonen los pedidos. No hay cartabones en los agónicos edenes de la elegancia porteña: "Ni siquiera puede establecerse qué tipo de traje se vende más, porque muchos de nuestros clientes se visten más por placer que por necesidad." A excepción del verano, cuando se busca un traje definidamente liviano, durante el resto del año el tramado de las telas oscila de acuerdo a la comodidad y gusto del cliente, sin leyes fijas, tampoco.
Los precios de la alta costura argentina (que en un noventa por ciento está en manos de extranjeros) se avienen a las variaciones del prestigio: Spinelli cobra 24 mil pesos por hechura; Savarese, entre 16 y 18 mil; Chornogubsky, 15 mil. Cuando el cliente exige un traje completo, el precio varía de acuerdo a la procedencia de la tela; Spinelli cobra 30 mil pesos por la realización de un casimir nacional y 40 mil por la de un importado; Savarese, 23 mil y 32 mil; Chornogubsky, 20 mil y 30 mil. Los hermanos Scutari prefieren callar; "Cada cliente es un expediente reservado."
Quejosamente, todos coincidieron en que el ritmo de vida de los argentinos acabará mellando definitivamente las agujas de los creadores. Sin embargo, una considerable cuota de prestigio mantiene todavía imborrables, las firmas con que sastres egregios nutrieron, hace medio siglo, los guardarropas de abolengo. Un rastro que tiene, para los elegantes, el valor de una heráldica. 
13/04/1965
revista Primera Plana