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crónicas del siglo pasado

REVISTERO
DE ACÁ


Un siglo con la pintura
Augusto Marteau

revista mercado
13 de marzo de 1980

un aporte de Riqui de Ituzaingó


 

 

 

A los noventa años se puede decir sin eufemismos: "Mi tiempo es todo. Cuando alguien, sin darse cuenta, me lo hace perder, no sabe que a mi edad diez minutos son diez años, o veinte quizá". La reflexión, cargada de ironía, pertenece a Augusto Marteau, pintor, porteño, integrante de aquella mítica y desaparecida generación del noventa. Sucede que él no se ha detenido ni cede ni se entrega: todavía hoy, en la galería Fra Angélico, de Aristóbulo del Valle 666, en la Boca, se enorgullece de mostrar no sólo parte de sus antiguas obras sino cuadros recientes, hechos con la misma obstinación y autenticidad que se le reconoció siempre. A los noventa años, cualquiera puede desarrollar un vasto curriculum y una más vasta vida: Marteau prefiere ignorar aquél y contar su vida. No obstante, conviene no omitir algunas de las distinciones que mereciera: Premio Eduardo Sívori, Salón Nacional; Primer Premio Municipal, Salón Nacional; Premio Adquisición Ministerio de Obras Públicas, Salón Nacional; Primer Premio, Salón Mar del Plata y otros.

Ahora sí, detenerse en la vida de Marteau es como abrir un libro: se suceden anécdotas cargadas de un candor y una ingenuidad que —él mismo— define como "historias de niños, de otra época". La época de cuando todavía la gente sonreía por bromas tan inocentes como una bomba de crema en la cara de Buster Keaton. No importa tanto entonces,, que este pintor de la ciudad (como alguna vez se lo ha pretendido ubicar) haya sido uno de los fundadores de la Sociedad de Artistas Plásticos ni que, en París, frecuentara el célebre taller de André Lhote. Pero ha de importar, y mucho, que su memoria lúcida, sorprendente, puesta sobre el escenario del diálogo despliegue los recuerdos más inesperados en relación con la vida artística de Buenos Aires. Y que sus conocimientos, ya despojados de cualquier presuntuosidad intelectual, conocimientos casi transparentes de tan simples, puedan recorrer con no poca autoridad la compleja frontera que vincula la vida con el arte. Este es el diálogo:
MERCADO —Maestro, usted perteneció a la generación de Quinquela Martín, de Fader, Victorica...
MARTEAU —(Interrumpiendo) ¡No! Victorica vino después y Quinquela Martín, que era del noventa, surgió como pintor mucho más tarde. Conmigo estaban Cordiviola, Garbarini, Sibelino, Curatella Manes y tantos otros... Pero, por más que me esfuerce o lo desee, de aquellos ya no queda ninguno. Yo conocí a Victorica. Hacia el final de su vida, pocos años antes de su muerte, siendo yo profesor en la escuela Manuel Belgrano, lo encontré una tarde trabajando de encargado o peón, algo así. Llevaba puesto un guardapolvo gris, de trabajo, y los alumnos pasaban delante de él sin fijarse en que pasaban frente a uno de los grandes. Yo entonces lo invité a que diese una charla en mi cátedra, pero antes previne a mis alumnos que cuando él entrara no lo mirasen, que se mantuviesen quietos, sin hablar, con naturalidad, porque era tan tímido, tan retraído, que no hubiera resistido el enfrentamiento con nadie. Cuando entró a la clase y yo lo presenté le dije: "Maestro, ahora la clase es suya, yo me retiro". El se puso pálido, como aterrado y me exigió que me quedara con él o se retiraba. Respeté su pedido y asistí, no a una cátedra magistral de dialéctica sino a una clase magistral de dibujo. Recuerdo que para corregir a un discípulo le hizo un trazo en su hoja que era tan espléndido, tan delicado y perfecto que luego el chico lo hizo enmarcar. Es que los artistas, a veces, son contradictorios. Mire usted a Policastro, para mí uno de los más grandes pintores de todos los tiempos. Un genio iletrado: completamente iletrado. Cuando alguien se le ponía a hablar de teoría él pintaba su respuesta. Para qué necesitaba hablar si lo decía todo en colores... 
MERCADO —Usted suele decir que los colores son como notas musicales.
MARTEAU —Yo solo no. Teodoro Fucs, quien fuera director del Teatro Colón, cada vez que se aproximaba a un cuadro, se entusiasmaba y gritaba: "¡Mira Augusto! Aquél azul es tal nota, aquél rojo tal otra. Un cuadro es igual que una sinfonía". Pero claro, hay que saber oírla. Usted sabe que en arte la sensibilidad se educa. Sí, como la inteligencia o la memoria. El de la pintura es un proceso visual que debe hacerse gradualmente. Hay que ir aprendiendo de a poco el goce de los colores. Un artista siente el amarillo o el rojo o el verde, pero alguien que no está preparado sólo los ve. Pintura y música son hermanas; cuanto más usted escucha más siente. Yo insisto siempre, a quienes me vienen a comprar un cuadro, que no le den tanta importancia al tema. Que se guíen por la percepción, por lo que les trasmite. El tema es la anécdota, la excusa del pintor para expresar un sentimiento.
MERCADO —Marteau, ¿qué le sugieren los ismos? Dadaísmo, cubismo, concretismo, surrealismo...
MARTEAU —Los ismos se van, son humo. Si detrás no está un pintor en serio para sostenerlos se pierden. Es inútil aferrarse a ellos: lo que interesa de una obra de arte es la fuerza humana que desprende, no la teoría que origina. Ahora he observado una evolución entre nosotros, los argentinos. Creo que la gente se ha ido acercando al arte y hay pruebas: ¿cuántos jóvenes hacen cola frente al Colón para asistir a una función de ballet o de música? Eso no sucede en muchos países de Europa. Recuerdo que, hace muchos años, si yo dibujaba en la calle era permanentemente interrumpido por preguntas o ironías o tonterías, simplemente. Ahora, cuando estoy haciendo un croquis en un lugar público, si alguien tiene interés en acercárseme, me pide permiso desde dos metros. Hay como un sagrado respeto por lo que hace el artista.
MERCADO —¿Cómo se veía el arte hacia principios de siglo? ¿Cómo hacían ustedes para encontrar y desarrollar su vocación, si eran incomprendidos?
MARTEAU —Siempre suceden milagros. En mi caso, una maestra me llevó un día hasta mi casa para hablar con mis padres. Frente a ellos sólo sé que les dijo: "Augusto es un alumno normal, pero les recomiendo que le hagan aprender dibujo, se pasa el día dibujando cualquier cosa que ve". Mis padres aceptaron el desafío y entré a la Academia de Bellas Artes cuando todavía funcionaba en la Galería Pacífico. Además el arte tiene sus adictos. Cierta vez, iba sin un centavo caminando por Florida cuando me tropiezo con el marchand italiano Torrini. Sin hablar casi, se dio cuenta de mi tragedia: no podía pintar porque no tenía dinero ni tiempo. Entonces, con toda autoridad, sacó trescientos pesos de la cartera y me los dio sin condiciones. Con ese dinero me pasé tres meses en Córdoba, pintando paisajes. O existían hombres como Don Antonio Santamarina, el que donó aquella fantástica colección al Museo. Con él tuvimos una relación extraña y contradictoria: primero, fue enojosa y después, llena de lealtad. Tuvimos feroces discusiones cuando él era presidente de la Comisión de Bellas Artes y yo de la Sociedad de Artistas Plásticos. Fueron tan violentas que un día me echó de su casa. Después, ya serenados los ánimos, él mismo, desde un alto cargo me nombró, sin consultarme, como titular de cátedra en la Academia. Yo entonces me le aparecí por la casa donde nunca más había entrado y fui recibido nuevamente. Entonces le dije: "Mire, Don Antonio, tenemos distintas ideas y esto que le voy a decir es para que me eche: hasta hoy creía que los caudillos rurales eran insensibles a la belleza y al arte. Usted me ha demostrado que no". ¡Qué soberbia romántica la mía!, creíamos entonces que íbamos a hacer la revolución social desde una mesa de café.
MERCADO —¿Quiénes lo acompañaban en aquella época aparte de los pintores de su generación?
MARTEAU —Formábamos una logia curiosísima e ingenua. Estaban Ricardo Güiraldes, Rojas Paz, el dibujante del diario La Nación
Alejandro Sirio, un hombre agudo y terrible en sus respuestas dialécticas. Cuando alguno exponía, ya era una fiesta; pero si alguien llegaba a vender un cuadro, un sólo cuadro, entonces hacíamos un banquete. Es que en Buenos Aires lo único que existía era la pintura española o italiana o francesa. A nosotros no nos veían ni los parientes. Por eso hacíamos esos banquetes para festejar una venta. Comíamos en un bodegón de la calle Paraná, entre Sarmiento y Corrientes, ya desaparecido. Al final salíamos con Güiraldes, Curatella Manes, Sibelino, y formábamos una ronda en plena calle. Los tranvías debían detenerse pero nadie se fastidiaba. Hasta los guardas se asomaban sonrientes junto a los pasajeros para vernos divertir. También se hacían bromas, que nos parecían terribles y que hoy resultarían graciosas por lo ingenuas. La logia, a los iniciados, los hacía desnudar y pasearse con una vela encendida en la mano a través de un pasillo donde estábamos formados los demás.
MERCADO —¿Y cuál era el objetivo de la logia o del grupo de iniciados?
MARTEAU —Discutir: discutir siempre sobre el arte, sobre la política, sobretodo. Igual que ahora ¿no? Nos reuníamos en la antigua galería Witcomb y participaban allí los famosos hermanos Finochietto: todos médicos descollantes. Enrique, Ricardo y Miguel Ángel, verdaderos amantes de la pintura. En aquella época, hace sesenta años, respetábamos sobre todo la presencia del Vizconde Lazcano Tegui, un escritor revulsivo que generaba adhesiones y oposiciones. Los que lo odiaban decían que se había inventado el título nobiliario pero nosotros se lo creíamos. Una de las discusiones más en boga era la que provocaban dos movimientos antagónicos: los tradicionalistas (que apoyaban al pintor español Zuloaga) y los modernistas, que venían con las nuevas ideas de la pintura de Andrada Camarata, también español. Bueno, sería algo así como lo que pasó aquí con Troilo y Piazzolla. Al final, los dos tenían razón. Pero lo que más nos enfurecía era que se vendieran tantos cuadros de pintores españoles mediocres y a nosotros los "genios" argentinos no nos quería nadie. Ah, también participaba de aquellas revueltas uno de los hombres que más sabía de pintura: Córdova Iturburu.
MERCADO —Pero además de todo eso, usted pintaba mucho ¿no? Cuentan que en su casa tiene cientos de cuadros embalados por falta de lugar.
MARTEAU —Sí, me he tenido que mudar y no tengo sitio ahora para exponerlos. Mejor, porque cada vez que veo un cuadro lo veo imperfecto y ya tengo ganas de retocarlo. Así tengo cuadros de terminación infinita. Mi autocrítica, a veces, fue excesiva y estoy arrepentido. Allá por el treinta, todas las noches dibujaba atorrantes bajo la recova de Alem. Eran marginados, hombres de la calle que dormían apoyados en las columnas. Logré hacer una veintena de esos retratos a veces patéticos, un verdadero documento. Y un día, desalentado porque no creía en ellos, los destruí. Sin embargo es bueno ser exigente con uno: se evita la mecánica.
Yo veo que no es honesto el pintor que produce mecanizándose. Se vuelve como un fotógrafo mediocre frente a un paisaje. Sucede que el paisaje nunca es el mismo: hay una correspondencia entre el paisaje y la sensibilidad del que mira. El mismo paisaje que un día nos maravilla, al otro nos agobia o rechaza. ¡Cómo pintarlo igual! Si la propia naturaleza nos da una lección permanente: no hay dos árboles iguales entre millones. Son todos diferentes. La naturaleza busca la unidad en la diversidad. Y ése es el placer del creador. Por eso digo a los jóvenes que se entusiasman demasiado por una pintura decorativa, que al color hay que sentirlo para que lleve una carga emotiva. No basta con hacer un buen dibujo y pegarle un buen color. El cuadro para que viva debe nacer vivo, y, como el amor, se enriquece a medida que lo vamos descubriendo.
MERCADO —¿De quiénes aprendió, de qué maestros tuvo influencias o impresiones vitales?
MARTEAU —Primero, Braque. Por su; valentía, su potencia, su síntesis. Ponía un mantel blanco y sobre él trazaba una raya negra disonante y la hacía armoniosa y perfecta. Después Matisse, y Dufy y Kokoschka. A Picasso lo admiro por su primera época y por haber tenido la valentía de burlarse de todo, especialmente de los presuntuosos. ¿Usted recuerda aquella anécdota del retrato de un poderoso? Le encargaron un retrato de un señor soberbio, difícil, duro. El aceptó. Cuando terminó el cuadro el hombre quiso verlo y se lo mostró. En realidad, Picasso se había pasado un mes haciendo un mono espantoso. El cliente, al ver al mono, se horrorizó. Picasso, calmosamente, para tranquilizarlo le dijo: "Lo único que le falta es que usted empiece a parecérsele". A veces eso me sucede a mí cuando voy en el subterráneo y hago el croquis de alguna persona que me interesa. Mientras lo dibujo, casi siempre el pasajero se da cuenta y siente curiosidad. Por eso, cuando desciende, espía de reojo a ver cómo lo he retratado; por lo general se espanta y hace un gesto despectivo. Es que nadie se ve como es.
MERCADO —¿La pintura lo ha hecho feliz en todos estos años, lo ha correspondido?
MARTEAU —Acuérdese que la felicidad no se mide por años. Yo no sé cuántos hace que me casé con mi mujer, una magnífica escultora.
Pero sé que soy feliz con ella. Finalmente, lo que se mide por años es el crecimiento no la felicidad. Porque ella viene envuelta con uno y quizá no tiene medida para que no nos demos cuenta que es tan fugaz. ¿Ve?, todas estas cosas se le ocurren a uno por haber cometido la imprudencia de vivir noventa años.
Orlando Barone