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crónicas del siglo pasado

REVISTERO
DE ACÁ


La poesía de los sentidos
Enrique Molina

Revista Mercado
22 de febrero de 1981

un aporte de Riqui de Ituzaingó

 

 

 

 

 

Un diálogo con Enrique Molina en Plaza Francia, bajo el follaje de árboles silenciosos, sugería morosidad y lirismo. Sin embargo Molina, poeta, no acepta esa paz sino que la interrumpe: vital, inquieto, exultante como sus imágenes y metáforas literarias, requiere una atención y tensión permanentes de su interlocutor. "Una sombra donde sueña Camila O'Gorman" (primer premio Municipal de narrativa y elección como el libro del año —1975— por el "Club de los trece") insinuó el comienzo del diálogo. Después el cronista, para situarse, le recordó algunos hitos de su largo camino de poeta: 1941, premio Martín Fierro de la SADE; más tarde, casi todas las grandes distinciones que, en poesía, se otorgan en nuestro país. Y también algunos de los títulos que identifican a su obra: "Las cosas y el delirio", "Pasiones terrestres", "Amantes antípodas", "Fuego libre" y "Monzón Napalm".

"No importa cuándo y dónde nací, viajo conmigo" esboza con elegante ironía. Precisamente, de su pasado, la crónica extrae experiencias marinas como tripulante de barcos de carga, aventuras en muchos países de América, un título de abogado que no sabe dónde lo guarda porque nunca lo usó. Quizá una definición de su estilo de vida esté en su poesía: "Nunca tuvimos casa ni paciencia ni olvido/ pero un poco más lejos hacia nada/ están las lámparas de viaje/ temblando suavemente/ los hoteles de garganta amarilla siempre rota...". Dentro de un clima cálido, confiado, Molina fue trazando algunas observaciones a partir de un cuestionario improvisado en el banco de plaza.
MERCADO —¿Qué es lo poético, Molina? ¿Porqué tanta gente proclama no entender la poesía? ¿De quién es la culpa? ¿Existe alguna forma de influir al lector para que se aproxime a ella?
MOLINA —Todo eso proviene de un vicio: la actitud racionalista con que se maneja el común de la gente. Quieren explicaciones lógicas de las cosas, algo que no los inquiete ni trastorne. Pero, ¿alguien entiende una manzana, un camarón? La definición de manzana del diccionario no nos aclara nada. Podemos tomarla como un divertido juego de conceptos que intentan explicar una de las formas del mundo. No nos darán nunca el sabor, el olor, el peso, la intimidad de esa fruta. La poesía, por ejemplo, no trata de definir una manzana como concepto. La penetra, la recrea, lleva a la conciencia, el misterio y el deslumbramiento de una de las formas de la vida. Para perseguir esa meta debe trascender el lenguaje. Entonces la gente, que cree que el lenguaje se maneja sólo en el límite de lo cotidiano, no entiende. La poesía es una forma de conocimiento. Cada poeta propone un sentido total de la existencia, una revelación, asume el vértigo y el desamparo de la condición humana. La poesía es, pues, un desafío, una absurda y desesperada esperanza. No se accede a ella reclamándole efusiones sentimentales o arrullos tranquilizadores. Integrada a la cultura es necesario, ante todo, "cultivarse" para acceder a ella, del mismo modo que para acceder a cualquier forma del arte.
El cine moderno, por ejemplo, emplea maneras de narrar a menudo nada fáciles. El discurso se corta, la acción se dispersa o estalla en diversos planos de la conciencia, la trama suele no tener ni principio ni final, empieza y termina en cualquier instante. Pero, aunque no "entiende" del todo el mensaje, el público se ha familiarizado con ese lenguaje y se adapta a sus mecanismos. ¿Por qué? Porque va al cine. Pero, ¿cómo se quiere comprender la poesía si nunca se va a la poesía? Por lo demás, al lector no hay que influenciarlo para que lea más poesía. Sería como empujarlo a dar saltos mortales. El que tenga necesidad de hacerlo lo hará. Incluso podrá echar a volar por cuenta propia.
MERCADO —Precisamente, usted acaba de definir una tendencia racionalista, pero en su obra se percibe un compromiso sobre los sentidos más que sobre la inteligencia. Sin embargo, seria interesante aclarar este concepto, ya que el resultado de su expresión poética no es un simple muestrario de emociones sino que en ella se intuye una experiencia de la realidad.
MOLINA —La individualidad del poeta surge de una intuición propia del mundo, que de una u otra forma repite la misma nota. En mi poesía he aspirado a realizar el poema poniendo el acento más en la sensación y en la vivencia que en un concepto. La mayor ambición de mi aventura poética ha sido la de recrear, a través de la magia verbal, la ardiente e instantánea categoría de lo sensorial. Que en lo profundo del espíritu se instale de nuevo el roce de una piel, el reverbero de una ola. La experiencia sensorial da paso a una especie de concepto que no se formula de modo racional sino que se desprende de las imágenes, que puede captarse en la forma esencial en que se percibe el dolor o el éxtasis. Unos versos de Pessoa, el inmenso poeta portugués, tal vez aclaren ese sentido:
"... mis pensamientos son todos sensaciones.
Pienso con los ojos y con los oídos
y con las manos y los pies y con la nariz y la boca."
Es bueno, en efecto, pensar con la nariz o con las orejas o con el sistema circulatorio. Sobre todo, tratar de pensar con la totalidad del cuerpo y la mente.
MERCADO —Usted sabe que las obras en prosa tienen un público mayor que las de poesía. Eso se ve muy claro en su caso. A mi juicio, su libro "Una sombra donde sueña Camila O'Gorman" tuvo una repercusión diríamos más inmediata, en el público, que su larga obra poética. ¿Podríamos hablar del porqué de esa situación?
MOLINA —Sí, claro. Déjeme pensar... La música popular, desde luego, tiene una mayor difusión que la matemática. ¿Significa eso que deba colocársela en un plano superior? ¿Afecta eso en algo al pensamiento matemático? Como el personaje de Moliere hay tanta gente que habla en prosa sin saberlo. Es un terreno que encuentran familiar y que creen conocer. Para eso leen los periódicos, para eso se sumergen, a veces, en una existencia alienada. Oyen hablar de la prosa de Borges —que muchos no han leído—, juran por la lógica y el discurso correcto. Pero también hay gente que habla poéticamente sin saberlo. He conocido criadores de conejos, pescadores, campesinos, hombres que habitan un rancho en el monte, que me fascinaron por la carga poética de su lenguaje. La profundidad elemental de sus intuiciones, su capacidad de asociar elementos aparentemente distantes uno de otro en la realidad, de inmediato lo hacían sentirse a uno en presencia de la poesía. Y simplemente se referían a cosas y sucesos cotidianos.
Hay un consenso en considerar lo utilitario y lo práctico como lo "prosaico" de la vida. Lo cual, instantáneamente, coloca a lo "poético" en un nivel superior, aunque se hable de ello con cierto menosprecio o como de una actividad poco respetable. Ahí está la imagen vulgar del poeta: "un tipo que está en las nubes". Sin embargo, comenzando por Rimbaud, los héroes mayores de la poesía casi siempre están, hacia abajo, en el infierno. Retomo su pregunta: le recuerdo que la clásica distinción de los géneros literarios se ha hecho cada vez más imprecisa. Antes la gente tenía pautas claras para distinguir la poesía de la prosa. Formas métricas, estrofas, consonantes, una especial disposición tipográfica: no había dudas, eso era la poesía. En la literatura moderna hay una evidente invasión de la poesía en la prosa, y viceversa. Zonas muy frecuentes de 'Ulyses', de Joyce, de una precisión objetiva deslumbradora, son perfectos poemas, cerrados y totales en sí mismos. Sin que por eso se desintegren en la estructura total del libro. Por otra parte, la lírica contemporánea utiliza a menudo un lenguaje "prosaico" concreto, que sin embargo se torna fulgurante, como en Eliot o Pound. Poesía y prosa son maneras distintas de interrogar el mundo, que, a menudo, se entrecruzan o coinciden.
MERCADO —Hay una parte de la pregunta, la que se refiere a que en los últimos años, usted logró mayor repercusión con una novela que...
MOLINA .—Ah, sí; mi caso. Creo que consiste en un equívoco, porque "Una sombra donde sueña..." es en realidad un texto poético, "la novela heterodoxa de un poeta", como certeramente la definió el crítico Luis Gregorich. En torno a un hecho histórico, la trágica muerte de dos amantes (transcurre en la época de Rosas), condenados como siempre por la sociedad por el delito de amarse, se desarrolla en un plano onírico, consubstancial. No se trata de realismo mágico, sino de una síntesis donde se funden el sueño y la vigilia. En busca de expresar una realidad "abierta". Quizás, ese punto de vista haya interesado al público. En cuanto a la crítica, creo que no se preocupó en absoluto, pese a una encuesta donde destacados escritores argentinos eligieron a ese libro como uno de los más interesantes de los últimos años. Me parece normal, claro. Alguien ha dicho que la literatura hispanoamericana es una literatura sin críticos. (A pesar de algunas excepciones). En cuanto a mi concierne, por ciertos testimonios, por algunos indicios, creo que mi actividad poética ha llegado al público a quien estaba dirigida. Lo integrarían más o menos unas cincuenta personas. El haberlo logrado me da cierta melancólica fe. Ahora si se habla a nivel de masas, por supuesto la prosa en su modalidad "best-seller" tiene mayor consumo. La poesía reclama mayores exigencias para su acceso. Lo cual no quiere decir que sus cauces, más o menos secretos, hayan dejado nunca de extenderse en todas direcciones.
MERCADO —Se ha visto, se ha hablado mucho, de que en la pintura como en la poesía actuales se cae fácilmente en la deformación o mistificación. Cuando no se prescriben reglas, como en el soneto o la retórica clásica, ¿es más factible esta tendencia? ¿Conspira eso contra el conocimiento de los verdaderos poetas?
MOLINA —Es una cuestión marginal. No es un problema. La métrica regular o el soneto —tanto como la libertad formal— permiten la más amplia gama de tonterías y efusiones banales que siempre ha tenido su público. Hay una poesía de jalea de membrillo y otra que es el clavo ardiendo. La multiplicidad y el rendimiento económico de un best-seller no va a inducir a un auténtico creador a incorporarse al género. Sólo tentará a los autores de best-sellers. El hombre que compra un libro de poemas atiende a una exigencia profunda de su espíritu, y ese no podrá ignorar a los verdaderos poetas. A estos los conocen quienes tienen conciencia de la compleja realidad de la realidad, de la trama deslumbrante y secreta de cada destino.
MERCADO —Hay una forma definida, digamos, en que usted vive la poesía desde que participó, allá en la década del cuarenta, de la experiencia del surrealismo. Una forma que, tal vez, usted pueda apretar en palabras.
MOLINA —"Si la poesía deja de ser una actitud total, una fórmula de cazadores de cabezas confabulados en la peligrosa tarea de recuperar la pureza esencial de la vida, si no encierra en su seno todas las potencias del amor, de la revolución, y no es absolutamente incompatible con cuanto signifique servidumbre, domesticidad, convivencia, arribismo, acaba por verse reducida al simple manipuleo litúrgico de restos fósiles retóricos, a la composición de elegantes sonetos, o de cualquiera otra de esas banalidades decorativas elaboradas por el ocio y la cobardía." Esto lo escribí í alguna vez.
MERCADO —Si alguien le preguntara, ¿quién es Enrique Molina? sin haber tenido oportunidad de conocer su obra literaria, ¿qué respondería?
MOLINA —¿Quién es Enrique Molina? Es justamente lo que, con cada gesto, con cada instante de existencia, lo supiera o no, he tratado siempre de saber. Y hasta hoy lo ignoro. Llegar a ser familiar con uno mismo ha de ser sin duda la suprema dicha. Yo siempre estoy en la costa. El mundo me encandila y no me deja ver claro. Apenas me permite vivir. Por otra parte, eso de enumerar anécdotas personales, lo pintoresco de uno, es sólo eso: anécdotas y pintoresquismo. Diría que mi historia y mis circunstancias se deben desprender de mi poesía, si tuviera algún valor. Fuera de ello podría inventar innumerables historias personales y sería lo mismo.