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crónicas del siglo pasado

REVISTERO
DE ACÁ


Historia secreta de la revolución
Revista Atlántida
1966

-segunda parte-

un aporte de
Carlos Enrique Podestá

 


Alconada Aramburú cuenta cómo pudo evitarse el golpe


Ya todo terminó. ¿Por qué puerta saldrá Illia, que ya no es presidente? Muchos más periodistas que curiosos. ¿Lo sacarán o saldrá solo? ¿Por qué puerta abandonará la Casa rosada? los periodistas esperan. No había curiosos ni adeptos.


La misma noche se cerró el congreso. El Poder Legislativo dejó de existir. El Judicial (la corte) fue destituido después.


Suárez sonríe. Ya no tiene dolor de estómago ni la cabeza pesada. ¿Olvidó las cartas que dicen tenía y no pudo jugar?


Son las 11.15 del 30 de junio. a 48 horas de la revolución ya todo terminó. el general Onganía se apresta a jurar como presidente. los tres comandantes en jefe lo ungen y observan: Benigno Varela, Pascual Pistarini y Adolfo Alvarez.

Nota: los pie de foto pertenecen al original

 

La tensión cambia de escena
La tensión que ha venido manteniéndose: entre Ejército y Gobierno se traslada de pronto a la Fuerza Aérea. En realidad, una nerviosa situación se vivía en Aeronáutica desde el 31 de marzo de este año. Ese día, el Estado Mayor había entregado al comandante del arma, brigadier general Armanini, un trabajo de "asesoramiento", en el cual se opinaba con crudeza sobre la situación nacional. Se señalaba allí que "la autoridad del gobierno y la situación política, económica y social están seriamente deterioradas" y que "no se descarta la posibilidad que como consecuencia de un evidente empeoramiento de la situación actual se haga necesaria la intervención del gobierno por las Fuerzas Armadas". El explosivo documento fue casualmente entregado al comandante en jefe por quien poco después sería su sucesor del entonces jefe del Estado Mayor, brigadier mayor Adolfo Teodoro Alvarez. Paulatinamente, la casi totalidad de los mandos de la Aeronáutica parecían perder las esperanzas sobre una agilitación de la política del gobierno radical y se inclinaban a la tesis revolucionaria. Probablemente todo esto, unido a ciertas situaciones de orden familiar, indujo al brigadier Armanini a alejarse de su cargo.
Las reuniones de los altos mandos aeronáuticos se suceden. Sólo el secretario y el subsecretario de la fuerza, brigadieres Romanelli y San Juan, se inclinan en favor de mantener el gobierno constitucional, y la tensión se agudiza a mediados de junio. Dos de los jefes que más han fustigado al gobierno radical, los brigadieres Carlos Alberto Benavídez y Ricardo Favre —éste muy vinculado a Onganía—, son sorpresivamente sancionados con 25 días de arresto y relevo de sus funciones. En ningún momento se explica cabalmente el motivo de las mismas. Incluso, desde fuentes oficiales se hace trascender que estarían determinadas por "irregularidades administrativas". En informados círculos de Aeronáutica se señala, en cambio, que otro es el motivo. El jefe de la guarnición de Morón, brigadier Carlos A. Rey, habría solicitado la sanción como consecuencia de una reunión mantenida por Favre y Benavídez con oficiales de esa base que, a su juicio, producía un quebrantamiento disciplinario al pasar por sobre su autoridad. La sanción a estos oficiales acentúa abruptamente el clima revolucionario en la Fuerza Aérea.
Pero desde Ejército se indica: hay que esperar.

La estrategia de la cara de goma
La crisis se ha acentuado. El general Pistarini cita a los generales de división para una reunión el viernes 24 de junio. Se había producido ya la primera reunión formal de gabinete de Arturo Illia sin arribarse a resultados concretos, salvo una resolución totalmente secundaria: el temporario alejamiento del titular de Teléfonos del Estado, López Zavaleta, lo que no implica, por supuesto, las modificaciones de fondo que se requieren de la política del gobierno. Ante la reunión citada en el comando en jefe del Ejército, el ministro Suárez se apresura a convocar una el mismo día, pero en horas de la tarde, para canalizar las inquietudes que puedan suscitarse en la primera. En el gobierno —por lo menos en lo que hace a los ministros más avisados, Suárez y Alconada Aramburú— se vislumbra que la suerte del oficialismo pende de un hilo. En el lado revolucionario se teme, en tanto, que pueda producirse el relevo del comandante Pistarini y otros altos oficiales. Se decide adoptar entonces la estrategia de la "cara de goma". En suma: evitar dar pie para que el eventual relevo del general Pistarini tenga asidero. Una anécdota trascendida en muy altas y reservadas esferas militares lo ejemplifica: el general Caro habría asumido una postura agresiva durante la reunión del viernes 24, lanzando interrogantes como éste:
—"A mí me han sugerido que no venga a esta reunión porque me iban a meter preso. ¿Quién me mete preso?" —No hubo respuesta.
Tampoco una votación como ciertas versiones lo hicieron suponer. Simplemente, sí, un cotejo de opiniones. Los generales Villegas, Alsogaray y Iavícoli no ocultaron su pensamiento de que a su juicio las Fuerzas Armadas debían hacerse cargo del poder. Los restantes, en cambio, en algún caso no abren juicio; en otros, no se muestran convencidos de la oportunidad de esa toma del poder.
Y si no hubo votación o se puso en práctica la estrategia de la "cara de goma", es porque en el pensamiento de los revolucionarios estaba siempre no producir el golpe de un sector sino que las FF.AA. como institución se hicieran cargo del poder. El relevo del comandante en jefe, por ejemplo, habría imposibilitado ese proceso.
La reunión con el ministro, por su parte, se transforma en una mera conversación sin resultados positivos.

El Día D
Durante el fin de semana se producen febriles reuniones. Hay un hecho que se ha producido, en tanto. El general Caro ha mantenido en su domicilio una reunión con dirigentes peronistas -Tecera del Franco, Serú garcía y su propio hermano, Armando, legislador por Salta- de la cual participa a último momento también el secretario de guerra, Castro Sánchez. Eso transgrede normas disciplinarias de la fuerza, y Pistarini decide que ha de proceder a su relevo. La detención de caro -que es convocado a presentarse al comando en jefe el día lunes -sería en definitiva el factor desencadenante para la revolución. El mismo viernes, a última hora la orden de operaciones es distribuida por el comando en jefe. Ha sido redactada por la Sub-jefatura III de operaciones del estado Mayor a cargo del general Lanusse, y participan también activamente en su elaboración el general López Aufranc, y el jefe de inteligencia, general Fonseca. En principio, la fecha fijada para la revolución es entre el miércoles y el viernes de la semana que se inicia. Pero súbitamente se sabe durante el día domingo que Illia se dispone a producir un golpe de efecto para evitar la revolución. Según se trasciende, se trataría de un discurso radiofónico "ofreciendo su renuncia al pueblo, pero no a los militares". todo esto hace temer que el proceso pueda derivar en enfrentamientos armados. y ello induce a anticipar la fecha, fijándosela para el día lunes. Es finalmente el Día D.

Así fue
A partir de las 10 del lunes 27 una intensa actividad comienza a desarrollarse en el comando en jefe del ejército. alas 17 llega el general Caro y se procede a su detención. A un mismo tiempo, y como si fuera esto una señal, la orden de operaciones comienza a cumplirse como un mecanismo de relojería. Las radioemisoras son tomadas al igual que otros lugares estratégicos, todo en medio de una preconcebida sobriedad. Se pensó, incluso en no hacer visibles tropas en la calle, salvo si el presidente no acepta el ofrecimiento de partir en avión a reunirse con su esposa en EE.UU y decide resistir, tal como finalmente ocurrió. al mismo tiempo se anuncia el desconocimiento de la autoridad de la Secretaría de Guerra por medio de un mensaje radiofónico. Castro Sánchez se comunica telefónicamente con el comando en jefe para ratificar la veracidad de esa decisión. cuando la confirma, presenta en seguida su renuncia al ministro de Defensa. Los acontecimientos se suceden luego vertiginosamente, como son de público conocimiento. 
Para el gobierno radical ya han comenzado a deslizarse las últimas 24 horas de su mandato. Fueron así:

"Apúrese", pero ya era tarde
-Hola ¿Suárez?
-Sí, aquí Suárez, ¿quién es?
-Tessio, gobernador de Santa Fe, ¿me oye?
-Bastante mal, ¿qué pasa?
-Quería informarle que el general Caro ha sido llamado a buenos aires por el comandante en jefe.
-¿Por quién?
-Por Pistarini
-¡Ajá!
-¿Qué le parece, Suárez?
-Grave. Mande alguien al aeropuerto de rosario y dígale que cuando llegue a Buenos aires no vaya al comando en jefe, que venga a verme a mí.
-No sé si lo alcanzaremos.
-¡Inténtelo cuanto antes!
-Sí... sí... Le informo después.
-¡Apúrese!

Pero esta conversación telefónica ocurría el lunes 27 de junio, cuando se había puesto en movimiento el mecanismo de la revolución. No se podría ya detener la caída del gobierno, entre otras cosas, porque aún ese día el presidente no creía en la posibilidad de su derrocamiento.

Un vago dolor de estómago
El lunes 27 de junio el ministro de Defensa se despertó temprano. Sentía la cabeza pesada y un vago dolor de estómago. Pensó que eran consecuencias del asado del día anterior, ese almuerzo en la quinta del secretario de Aeronáutica en Ezeiza, que se había prolongado hasta más allá de las seis de la tarde. El ministro de Defensa recorrió mentalmente los personajes y las conversaciones sostenidas en la quinta. A ese almuerzo secreto habían concurrido los secretarios militares, Nicolás romano, Perette, Fassi, Gamond, Mor Roig (que esa noche tomó el avión para Centroamérica) y el propio Suárez. Se había buscado nuclear un grupo de personas que fueran capaces de influir en el ánimo del presidente; por eso se lamentó la ausencia de Duhalde, que está en Europa. El almuerzo fue decisivo; se presionaría fuertemente sobre el presidente para conseguir rectificaciones substanciales que frenaran el golpe. Alguien preguntó alarmado: -¿Pero es inminente el golpe?- Los secretarios militares, sobre todo Castro Sánchez sostuvieron que no, que de ninguna manera, pero que los cambios en el estilo del ejercicio del poder robustecerían al legalismo. con esa fe se disolvió la reunión en la quinta del brigadier Romanelli. sin embargo, no todos se fueron tranquilos. Flotaba en el ambiente una cierta convicción de que algo sucedía, y los ministros más inteligentes y los colaboradores de Illia no podían evitar un inconfeso resentimiento contra la glauca obcecación presidencial.

"El 'viejo' no ve una"
Esa noche, ya en buenos aires, dos de los asistentes se despidieron en una calle arbolada del norte con un diálogo muy desnudo:
-bueno, hasta mañana. Veremos cómo anda la semana que empieza.
-Todavía este viejo idiota nos va a hundir a todos con él.
-Cuidado que está el chofer.
-Estoy harto, el 'viejo' no ve una y Palmero menos.
-Pero Suárez sí se da cuenta. 
-Qué quiere que haga Suárez. Si Suárez no se va porque irse ahora es de rata, pero la 'maffia' cordobesa nos quema, acuérdese que nos quema...
El vago dolor de estómago del ministro de Defensa se acentuó levemente cuando a primera hora del lunes leyó en los diarios el encuentro de los diputados peronistas en casa del general Caro con Castro Sánchez. el diario "Clarín" de tendencia frondicista, que había manipulado la información del golpe con cautela, se lanzaba ya desembozadamente a propiciarlo. El doctor Suárez se terminó de vestir rápidamente para ir a la Casa de gobierno. Iba a ser su último día como ministro. Cuando salió de su departamento de Maipú y Córdoba el reloj del comedor marcaba las ocho y veinte de la mañana. Tardaría casi 24 horas exactas en volver. Miró con una leve sonrisa las viejas espadas y el retrato de Quiroga de su living, se detuvo un instante, abrió la puerta y salió a la calle.

En auto con sus recuerdos
El corto trayecto que recorre el auto hasta la casa Rosada es fácil suponer que en la mente de Suárez se agolparon muchos recuerdos. Hasta un mes después del alejamiento de Onganía del comando en jefe nadie en el Ministerio de Defensa había pensado seriamente en la posibilidad de la toma del poder por las Fuerzas Armadas, pero a fines del año 1965 y a principios del 66 la conspiración se hace más evidente y se torna más activa. En los miembros del gabinete, en algunos, empieza a crecer la idea de que la falta de un plan político, sumado a la pereza gubernamental, podría ser desencadenante de una revolución. en marzo de 1966 la situación se agudiza, pero se logran pronunciamientos de marina y aeronáutica en favor de la legalidad, a los que sigue uno similar de la Secretaría de guerra. Los más allegados hablan del problema muy francamente con Illia, pero se estrellan con la irracional seguridad del presidente de que no había motivos para un golpe y que las Fuerzas Armadas jamás lo harían. 
Suárez convoca a ministros y secretarios de Estado a una reunión para obtener una acción de conjunto que enmendara las equivocaciones y la inoperancia. Asisten todos menos Zavala Ortiz, que está viajando, y Palmero, que se excusa. En esa reunión se fijan puntos concretos: mayor libertad en el equipo económico; que la secretaría de Hacienda no obstaculice la acción política del gobierno; elaborar un plan político; mayor publicidad a los hechos positivos del gobierno y la ejecución de actos de mando que fortalezcan la autoridad pública de los gobernantes.

Estocada de humor negro
Mientras tanto, el presidente seguía recibiendo pésima información por parte de su secretario de Informaciones, brigadier Gallardo Valdez, y de su ministro del Interior, doctor Palmero, quien, con la mayor buena fe, le infundían al presidente una confianza y un optimismo con los que acentuaban la natural tendencia de Illia a fugarse de la realidad. De nada servía la información contraria que suministraban Suárez, Oñativia o Alconada: el presidente era de esos hombres que sólo creen lo que les gusta creer. Eso explica que en la celebración del Día del Ejército, minutos después del discurso del comandante en jefe, cuando el ministro de Defensa le propone al presidente la destitución inmediata del general Pistarini, Illia se niegue rotundamente porque "no encuentra justificaciones para esa medida". El doctor Suárez, al sentirse impotente, trabado en su acción por el quietismo suicida de Illia, se descarga en un comunicado congratulándose de que Pistarini advierta que el gobierno cumple tan ajustadamente con los ideales que sustenta el ejército. Ese documento, verdadera pieza de humor negro político, está destinado a excitar al comandante en jefe y provocarle alguna reacción imprudente ante la que Illia no pueda dejar de relevarlo, pero Pistarini no acusa la estocada.


La entrevista decisiva
El auto del ministro de Defensa entra por la puerta de Rivadavia. Los granaderos lo saludan; será la última vez: a las nueve menos cuarto está en su despacho y gestiona una entrevista urgente con el presidente. Suárez tiene la convicción de que la revolución es inminente pero cree que una acción enérgica la puede derrotar. A las nueve y media entra a hablar con Illia. No hay testigos de esa entrevista, que dura treinta y cinco minutos; sólo el presidente y Suárez saben lo que se habló allí, pero de vuelta en sus oficinas, el ministro de Defensa ordena sus papeles, limpia su escritorio, y firma todos los expedientes atrasados.
Al mediodía almuerza un bife con ensalada y agua mineral; poco después comenzará a precipitarse la acción. Cuando, a las cuatro de la tarde la Secretaría de Guerra avisa la detención del general Caro, Suárez sube al despacho presidencial, del que no ha de salir ya hasta la escena final de este drama, la Casa de Gobierno vivía un clima muy tenso y empieza a llenarse de ministros y altos funcionarios que llegan para saber qué pasa. El ministro de Defensa le propone al presidente que dirija por radio y televisión un mensaje al país denunciando que va a ser quebrado el orden constitucional y que los generales Pistarini, Alsogaray, López Aufranc, Iavícoli y Lanusse han sido destituidos. Los equipos transmisores llegan velozmente, a la Casa Rosada, así como el camión de exteriores del Canal oficial. Será inútil. El presidente sostiene qué es un problema que se desarrolla exclusivamente en el ámbito castrense, que la detención de Caro es un conflicto "entre ellos'' y que de ninguna manera trascenderá esos límites. Algunos ministros comienzan a perder la paciencia y uno se pregunta en voz tan alta como para que lo alcance a oír un ordenanza: —-¿Pero éste está haciendo lo posible para que lo echen?

"Resistiremos en el interior" "No sea tan vehemente"
Aproximadamente a las 18 y 30 se le propone seriamente a lllia trasladar la sede del gobierno a una ciudad en donde "hay ejército amigo" y desde allí organizar la lucha. Suárez sostiene que los comprometidos en la revolución tienen menos fuerza que los que no desean romper la legalidad y que es muy posible organizar una resistencia exitosa. Como toda respuesta el presidente le dice a su ministro de Defensa: —¡No sea tan vehemente, doctor!— y manifiesta su deseo de que se calmen los ánimos. El comandante de operaciones Navales y el comandante en jefe de la Fuerza Aérea, almirante Varela y brigadier Alvarez, pasan a ver al presidente. Recién esa conversación persuadirá a lllia de que su gobierno ha terminado. Ellos le piden que renuncie.

"Nos defenderemos con civiles radicales"
Cuando, salen de la Casa de Gobierno y se dirigen hacia el comando en jefe del Ejército, lllia expresa su deseo de que sea retirada la guardia militar de la Casa Rosada (35 soldados del Regimiento de Granaderos), y ante las preguntas asombradas de todos responde: —Nos vamos a defender del ejército insurrecto con los civiles radicales—. Y esta patética decisión, este grotesco remedo de la CGT armada que hubo de defender a Perón, llena de estupor a los miembros del gabinete.
Después de los acontecimientos, algunos ex colaboradores del gobierno expresaron que la seguridad de lllia de que no había motivo para alarmarse provenía de dos fuentes: una conversación sostenida por el presidente el domingo 26 con el gobernador Contín, quien le dijo que el general Cherettí le había asegurado que no habría golpe, y una conversación de Palmero con lllia a primerísima hora del lunes en la que le trasmite unas palabras de Caro acerca de que "el golpe no es inminente". Posteriormente se aclaró que Caro quiso decir que no lo consideraba probable "en las próximas 48 horas".

"Caro fue detenido." "Tengo tres audiencias más..."
De todas maneras parece difícil de creer que el presidente no aceptara ninguna otra versión de los hechos que la optimista. Y sin embargo lo vemos en horas de la tarde del lunes 27, mientras la crisis final iba tomando velocidad, conceder audiencias normales. Para él nada pasaba. Tanto que eran las 17.40 de ese día cuando tuvo este diálogo con el ministro de Defensa, doctor Suárez:
—Doctor, hay un grave problema con las fuerzas armadas. Han relevado al general Caro, que está detenido.
—Vea, doctor Suárez, resuelvan ese problema con Palmero. Yo todavía tengo tres audiencias más...
Así recibe a Faustino Fano, de la Sociedad Rural, y posteriormente al doctor Bernardo Houssay, en tanto Suárez consultaba urgentemente al interior buscando una guarnición adicta. Parece evidente que además de Caro, el ministro de Defensa confiaba en el general Hure. Pero una conversación telefónica con el vicegobernador de Córdoba, doctor Leonelli, terminó de desanimarlo:
—Por aquí no hay nada que hacer, vea...
—Pero, ¿por qué?
—Y, lo he llamado a Hure tres veces y no consigo hablar con él. 
—Pero mande a alguien, vaya usted mismo.
—No, si me ha mandado decir que no tiene nada que hablar conmigo, que él obedece órdenes del comando en jefe.. .

"Pero va en serio la cosa, che"
Cuando por la noche el presidente se decide a hablar por radio al país para anunciar que ha asumido la comandancia en jefe del Ejército y destituido, a Pistarini, el presidente no tiene por dónde hacerlo.. Desde horas antes reducidos y discretos grupos dé soldados y oficiales del arma de Comunicaciones han copado el control de todas las estaciones radiotransmisoras y, los canales de televisión. El último decreto de Illia que lleva el número 4777, con el relevo de Pistarini, se sumerge en el silencio; 20 días antes quizás hubiera servido.
Ahora ya es tarde; Los acontecimientos se precipitan. Y hasta los más incrédulos comienzan a creer. Por ejemplo, a las 12.5 el entonces jefe de policía, inspector general Nicolás Rodríguez, llama por teléfono al ministro del Interior, Dr. Palmero.
—Señor ministro, debo, comunicarle que los efectivos del Regimiento 3 de Infantería, de La Tablada, ya abandonaron sus cuarteles y se dirigen hacia el centro.
—Pero entonces era en serio la cosa, che...
La conversación fué escuchada por quienes estaban con el Sr. Rodríguez en esos momentos: el subjefe de policía, inspector general Fernando Sobrado; el inspector general Schurlein, de investigaciones; los ayudantes de los nombrados y algunos veedores militares que estaban en el lugar. Algunos de ellos asistieron a la reacción que se produjo poco después en el mismo despacho:
—Inspector —llamó Palmero, excitado y vehemente—. Las tropas del Ejército están rodeando la Casa de Gobierno. Prepárese para reprimir.
—Doctor, lo lamento. Somos policías; póngase en circunstancias...

"Que Carlitos este libre"
A las diez menos cuarto de la noche llega a la Casa de Gobierno el vicepresidente; el doctor Perette viene acompañado del secretario general de la Vicepresidencia. Ha estado desde las 18 horas, aproximadamente, en el hotel Savoy, rodeado de amigos, deliberando, y llamando por teléfono a Suárez.
Alguien dijo a las diez de la noche que no era conveniente que Illia y Perette se encontraran en un mismo edificio.—Si toman preso a uno, el otro seguirá manteniendo la legitimidad del gobierno— afirma un viejo radical, y la idea prende en esos hombres que estaban entrando en la pérdida de control de sus nervios. "Gobierno en el exilio", dijo alguno; "nos defenderemos hasta la muerte", agregó otro, "y para eso hace falta que Carlitos esté libre" (se refería al doctor Perette). El vicepresidente entra a las diez y media al despacho de Illia; tiene el rostro grave y se saluda hondamente con varios ministros. El presidente parece, por fin, abrumado. Sigue tomando café y fumando más de lo habitual. En las cocinas de la Casa de Gobierno se enfrían los platos del menú al que una presidencial inapetencia ha rechazado. Ninguno de los miembros del gabinete ha querido comer tampoco; debe ser, comenta un empleado de Ceremonial que ha visto caer a varios presidentes, que no quieren que un cañonazo les interrumpa el pollito con champignons.

"El presidente se suicida"
Aproximadamente a la medianoche —nadie sabe de dónde surgió— un rumor empieza a extenderse por la Rosada. Es un rumor dramático, es de esos rumores que se repiten ahuecando la voz y con un cierto temblor en los labios. —Sí, parece que sí. — Pero, ¿quién se lo dijo? —Viene de arriba. —¡Ah!, ha de ser por eso que los hijos están asi... —¿Vio cómo lloraba la chica? —Y, pobre, no es para menos. —Pero, ¿le parece posible? —El "viejo" no es Frondizi.—Pero, ¿cómo sé supo? —Hace media hora le ha pedido un arma a Suárez. —Qué bárbaro. —Qué regalito para el golpe, ¿eh?, el presidente suicidado, ¿eh?, ¿qué le parece?
Y los diálogos con el rumor se enroscaban en las volutas doradas de las arañas, atravesaban las cortinas de humo de los cigarrillos y ponían gravedad en las caras. El suicidio. Llegó hasta la Sala de Edecanes, creció por el Salón de Invierno, y a la gravedad del momento se sumó en todos los que estaban allí, la pesada idea de la muerte. En un grupo donde un resentido arriesgaba frases hirientes ("Este ni para intendente de Cruz del Eje servía"), el rumor del suicidio del presidente impuso un silencio culpable. El viejo radical de las soluciones prácticas dijo al enterarse: —Ahora más que nunca Carlitos debe esconderse. Era la una menos cinco, hacía diez minutos que el doctor Perette, acompañado por el doctor Conde, había salido subrepticiamente de la Casa de Gobierno por la puerta de Paseo Colón sin ser visto por nadie, después de bajar rápidamente las escaleras porque el ascensor no andaba.
A, partir de entonces casi nadie sabía en dónde se encontraba, el vice. El auto de Perette tomó el bajo a velocidad regular para no llamar la atención y llegó a Tigre. Allí, a escasos metros de la estación del tren, el vicepresidente de la Nación se ocultó en la casa dé un amigo político ajeno al radicalismo del pueblo. Sólo su chofer y el dueño de casa sabían que Perette estaba allí. Solo, con la única compañía de una radio a transistores que le permitía oír los intensos boletines de una emisora uruguaya el vicepresidente afrontó la angustia de la noche decisiva.

Sólo se lavó las manos
En la Casa de Gobierno, entre tanto, ha prendido el miedo a una actitud definitiva del doctor Illia, y cuándo en determinado momento, sin decir ninguna palabra, se pone de pie y empieza a caminar hacia sus habitaciones privadas, instintivamente las numerosas personas que estaban con él se paralizan. Illia tiene la cara muy cansada, ojeras oscuras acentúan la tristeza habitual de su mirada. El Presidente cierra la puerta de su departamento privado; entonces hombres de la custodia, como activados simultáneamente por la misma idea, se abalanzan hacia la puerta e irrumpen en el dormitorio del presidente, mientras que sus adictos, que esperan afuera, entonan emocionados el Himno Nacional. No lo encuentran; más allá se filtra una luz del baño y se oye de pronto, las sillas; el todavía presidente de los argentinos se ha lavado las manos y humedecido las muñecas; después regresa a su larga mesa de trabajo, se sienta en la cabecera, toma unos papeles (siempre tenía papeles a mano en donde anotaba pensamientos sueltos, como le gustaba hacer a Yrigoyen), juega con un lápiz y pide más café. La gente que lo acompaña se tranquiliza, pero más allá de las cortinas del augusto despacho algunos se decepcionan. No hay piedad para Illia; muchos radicales, a esa hora, tenían ya las lágrimas listas para festejar al mártir. El rumor del suicidio se desvanece vertiginosamente en toda la Casa y todos sienten un poco de vergüenza por haber hablado de eso; después de todo, para no pocos, es sólo una frustración más en esa noche pródiga en pesares.

Autógrafos y pensamientos
Y así se llega a las cinco y veinte de la madrugada. Está por comenzar el tramo final de esta larga noche. En ese momento se encuentran en el despacho del presidente las siguientes personas: Leopoldo Suárez, Alconada Aramburu, Arturo Oñativía, Fernando Sola, Zavala Ortiz, Miguel Ferrando, Miguel Ángel Martínez, Walter Kugler, Carlos García Tudero, Alfredo Concepción, Eduardo Castro Sánchez, Luis Caeiro, Ricardo Illia, Eugenio Conde, Juan Carlos Calderón, Félix Elizalde, Luis Vesco, José Nogueral Armengol, Francisco Murano, Ricardo Gutiérrez Arana, Hipólito Solari Irigoyen, Emilio Ariel Jibaja, Roque Carranza, teniente coronel Catuzzí, capitán de fragata Woolf de la Fuente, vicecomodoro Leconte, Isidro Fernández Núñez, Emilio Ibarra (h), Miguel Ángel López, Julio César Saguier, Edelmiro Solari Irigoyen, Alfredo Bustos Morón, Juan Manuel Pomar, Marcos Werníke, Horacio Villola, Juan Carlos del Conté, Emma Illia de Soler, Gustavo Soler, Leandro Illia, Marcelo Canay, Everardo Gianelli, Marcelo Gianelli, Luis Pico Estrada, Juan Caporale, José A. Vacareza, Horacio Vachmaisier y subcomisario Juan Carlos Obon. El presidente se encuentra dedicando fotografías a algunos funcionarios y amigos. Se abren las puertas del despacho y entran el jefe de la Casa Militar, brigadier Otero, un general, un hombre de civil y otros con uniforme. Se acercan al doctor Illia que no ha levantado la vista. El general que acaba de entrar, al ver que el presidente no reacciona, le toma la fotografía y la va a retirar mientras dice:

"Deje eso, ¡permítame!"
—Deje eso, ¡permítame!..
El doctor Illia con ademán casi violento le arrebata la fotografía, que se ha ajado en el breve forcejeo.
—Traiga para acá. Esto es mucho más importante. Le estoy firmando una fotografía a un ciudadano. 
Baja la cabeza y sigue escribiendo"; sin alterar la posición, dice:
—¿Cómo es su nombre?
Se refería al funcionario que le había pedido el autógrafo, y éste grita:
—López, Miguel Ángel. López, López, López.
El general, creyendo que pregunta a él su nombre:
—General Julio Alsogaray.
El presidente lo mira un instante y sigue escribiendo; después de firmar lo vuelve a mirar y le dice:
—¿Y usted qué quiere?
—Vengo cumpliendo órdenes del comandante en jefe. 
—El comandante en jefe soy yo y mi autoridad emana de esa Constitución.
Señala el ejemplar de la Constitución que tenía en su mesa de trabajo.
—En nombre de las Fuerzas Armadas le vengo a pedir que abandone la Casa de Gobierno.
—Usted no representa a las Fuerzas Armadas. Usted representa a un grupo de insurrectos...
—La escolta de Granaderos lo acompañará.
—Ustedes son salteadores nocturnos. Usted ha entrado aquí porque tiene los cañones detrás.
—Y usted sale de aquí por la suma de desaciertos que tiene detrás.
Varias voces gritan: —Respete al Señor presidente.
—Doctor Illia, con el fin de evitar actos de violencia lo invito nuevamente a que abandone este despacho...
—¿Violencia? ¿Qué violencia? La violencia la han desatado ustedes. Yo siempre prediqué la paz y la concordia. El país les recriminará siempre esta usurpación.

El último café
La persona vestida de civil que se mantiene al lado del general Alsogaray y que ha estado en silencio hasta ahora dice:
—Hable por usted. No hablé en nombre del país.
—Y este señor, ¿quién es? —pregunta el presidente.
—Soy el coronel Perlinger.
—Usted, general es un cobarde que se escuda en la fuerza de sus cañones.
En ese momento se ve al general Alsogaray cerrar instintivamente el puño de la mano derecha mientras la cara se le pone lívida. Parece inminente, que descargará una trompada sobre Illia, que se ha puesto de pie unos minutos antes. Después de un instante de silencio, Alsogaray da media vuelta y sale del despacho acompañado por los que vinieron con él. 
Minutos más tarde vuelve a entrar el que se identificó como coronel Perlinger; se sitúa a tres metros de Illia y le dice:
—En nombre de las Fuerzas Armadas vengo a decirle que ha sido destituido.
—Ya le he dicho al general que ustedes no representan a las Fuerzas Armadas.
—Me rectifico, entonces... En nombre de las fuerzas armadas que poseo lo invito a irse.
—Traiga esas fuerzas.
—No lleguemos a eso.
—Los que llegan a eso son ustedes.
Perlinger se va, pero no del todo. el Dr. Illia mira a quienes lo rodean. Los cuenta y llama a un ordenanza: —Tráigame 22 cafés.
El ordenanza sale a cumplir la orden y es detenido por el coronel Perlinger.
—¿Dónde va usted?
—Á buscar 22 cafés que pidió el señor presidente...
—Nada de cafés. Ya no hay café para el ex presidente.
Con o sin "café, Illia permaneció en su despacho con los suyos. A las 7.25 vuelve Perlinger con 16 soldados de la guardia de Infantería de la Policía Federal armados con pistolas lanzagases.
—Doctor Illia, su integridad física está asegurada, no así la de las personas que lo acompañan. 
Se produce un rumor en el salón. Illia, dirigiéndose a la tropa:
—Estoy seguro que ustedes se avergonzarán de esto.
—Doctor, usaremos la fuerza.
—Es lo único que tienen.
—Atención, 2 oficiales a custodiar al Dr. Illia, los demás desalojen el salón.
Los agentes avanzan y los oficiales tratan de acercarse a Illia; como algunos de los ex ministros tratan de impedirlo, se producen unos pocos empujones. el ex presidente avanza hacia la puerta con gesto agrio. Los hijos del docto Illia pronuncian palabras soeces contra los militares. Ya en la explanada, y después de un
trayecto con algunos incidentes (Illia aparta con extrema brusquedad a un periodista que intenta acercársele, Zavala Ortiz golpea el suelo con los pies y grita como Mac Arthur: ¡Volveremos!), el presidente depuesto rechaza el auto y pide un taxi. Luis Alberto Cassachia, chofer del ex ministro Alconada, acerca el coche en donde se ubican en el asiento de atrás, el doctor Illia, Alconada, Ricardo Illia y Luis Vesco; en el asiento de adelante, el jefe de la custodia y el doctor Calderón, además del chofer. El jefe de la custodia le pregunta a Cassachia si sabe dónde queda la casa de Ricardo Illia; como éste contesta que no, le dice que tome el bajo a gran velocidad, que ya le avisarán. La preocupación del chofer es no chocar con los autos de la escolta y el de los periodistas que los siguen. Pasan sin respetar las luces de los semáforos. Viajan todos en silencio. Al pasar por Retiro algunas personas lo reconocen a Illia y miran con extrema curiosidad. El ex presidente hace un breve comentario sobre la gente que a esa hora va hacia su trabajo. Al llegar a destino el doctor Illia saluda al chofer y le agradece que lo haya llevado; después, en la vereda, le pide un café a su cuñada, que ha salido a recibirlo, y entra rápidamente en la casa.
Mientras tanto, el doctor Perette, consciente de que su ocultamiento ha perdido sentido, se vuelve a Buenos Aires y se instala en su departamento de la calle Jean Jaurés.
A las ocho de la mañana el ex ministro Suárez llega caminando a su domicilio, casi exactamente 24 horas después de haber salido de allí. Siente un poco de hambre y pide de comer. Todo ha terminado.
¿Dónde está Onganía?
Mientras en la Casa de Gobierno se desarrollan los últimos pasajes de la frustración radical, en la Secretaría de Guerra están reunidos los comandantes en jefe de las tres Fuerzas. Los de Marina y Aeronáutica han sido convocados con urgencia al precipitarse los acontecimientos a partir de la detención de Caro, con el consiguiente adelanto en la fecha prevista. El comandante en jefe de Aeronáutica, incluso, se halla en viaje hacia Mendoza y su inmediato regreso ha sido reclamado mediante una comunicación con el aparato en vuelo. Pasada la madrugada se siguen discutiendo los términos del estatuto y la proclama revolucionaria cuyo texto básico ha sido redactado por los generales Lanusse y López Aufranc, el teniente coronel Corbetta y el doctor José Manuel Saravia (h).
Hay acuerdo en proceder a la redacción definitiva de ambos documentos al día siguiente. Empero, la reunión se alarga aún durante bastante tiempo. Según se afirma, la Marina habría manifestado cierta inquietud, sosteniendo que algunas de las designaciones propuestas por el Ejército iban a recaer en figuras de "acentuado tinte nacionalista".
Ya es avanzada la madrugada. Teóricamente el general Onganía ha permanecido hasta ese momento en su domicilio particular. Una versión autorizada indica que vestido de civil y acompañado del general Lanusse ingresó, empero, a esa hora al edificio de la calle Azopardo para mantener una secreta entrevista con el general Pistarini.
Una serie de nuevas entrevistas van a realizarse luego durante las siguientes 24 horas. Y es que en realidad, según el primitivo proyecto revolucionario, los tres comandantes en jefe se harían cargo del gobierno durante un lapso prudencial —alrededor de seis meses—, durante los cuales serían adoptadas las medidas más drásticas o "impopulares" que los planes revolucionarios consideran imprescindibles llevar a cabo. El general Onganía sería mantenido durante ese lapso como una figura de reserva y al cabo de ese interregno se le ofrecería públicamente encabezar los destinos de la Nación.
Pero los planes varían entre esa madrugada del 28 y la del día siguiente. En el curso de esas entrevistas se decide finalmente saltear la primera etapa del plan revolucionario para que la figura nucleante de Juan Carlos Onganía se haga cargo del poder.
Son las 11 del día 30. cuando es proclamado presidente de la Nación.

 

 

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