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crónicas del siglo pasado

REVISTERO
DE ACÁ


Generación marcada

 

Revista Búsqueda
julio 1982

un aporte de
Carlos Enrique Podestá

 

Talento con nada que hacer
Gregorio Klimovsky
Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, el joven y brillante físico inglés Henry Moseley se enroló inmediatamente como teniente de los Royal Engineers. Su maestro y jefe de investigación, el genial Rutherford, uno de los primeros que descubrieron el núcleo atómico y los fenómenos de transformación de la materia—, sin dejar de reconocer el patriotismo involucrado en ese acto, considero con tristeza el alejamiento de su discípulo. Este era una verdadera promesa, su técnica de investigación de núcleos atómicos mediante rayos X ya había permitido un método de "diagnóstico" de elementos químicos que llevó al descubrimiento de nuevas sustancias (como el celtio y el hafnio) y a una reconstrucción de la tabla periódica de Mendeleiev, y no cabía duda que en poco tiempo, llegaría a la fama y a obtener el Nobel.
Pero esto no pudo ser ya que se interpuso el destino, es decir, Winston Churchill. Todavía distaba de ser el primer ministro inglés que ofreció a su patria "sangre, sudor y lágrimas" y dirigió con valentía la defensa de Gran Bretaña en su lucha contra el nazismo. En aquel momento era aún solamente un noble reaccionario y presumido, a quien los azares de la vida habían encomendado organizar la campaña de Gallipoli, en Turquía. Fue una acción mal llevada, inútil y desastrosa, que no hizo ningún bien a los aliados ni al mundo y que desprestigió a Churchill. Parece que esa campaña fue uno de los numerosos ejemplos de batallas o guerras organizadas con el único fin de obtener réditos políticos y ganar prestigio, y que terminan en trágicas pérdidas de vidas, sacrificios inútiles y daños irreparables.
Pues bien (o por desgracia) el 10 de agosto de 1915 moría Moseley en Gallípoli. Tenía sólo 27 años, la tarea que hubiera podido realizar igualaría sin duda a la de un Bohr o un Fermi y su muerte fue sin duda una de las más costosas que una guerra haya aportado a la humanidad (como afirma con acierto el historiador de la ciencia y popular autor de ciencia-ficción Isaac Asimov). El premio Nobel lo obtuvo el continuador de los trabajos de Moseley, el sueco Karlsiegbahn.
Los países eran todavía demasiado ingenuos en cuanto a la comprensión de la importancia de los científicos para la sociedad humana. La muerte de Moseley aparecería como mero ejemplo del derecho democrático a exponerse a peligros extremos que afrontaron entonces por igual millones de soldados. Pero durante la Segunda Guerra Mundial esto ya no fue así. Los estados y las fuerzas armadas comprendieron que los científicos son seres importantísimos, tanto para la defensa nacional como para el desarrollo económico. Cosas como dejar morir a un genio ya serían inconcebibles. Expertos e investigadores eran ahora puestos entre algodones. La cibernética de Wiener, la teoría de la estrategia de von Neumann, la energía atómica de Fermi y otros, infinidad de descubrimientos teóricos y prácticos, de innovaciones médicas, tecnologías y sociales hicieron irrupción. Más de cincuenta mil investigadores científicos desarrollaban tareas en los EE.UU.en la posguerra, y el gobierno, las universidades y las instituciones científicas consideraron entonces que esa cifra era insuficiente. La mínima cantidad razonable, decían, era trescientos cincuenta mil. No se conocen exactamente las cifras actuales, pero se estima que estarían por triplicar aquel requerimiento.
Si esto vale para los países evolucionados, qué decir de los países en desarrollo. Problemas sociales y económicos muy intrincados, barreras tecnológicas casi infranqueables, obstáculos y presiones de todo orden, sólo pueden solucionarse con mucha solvencia, conocimiento, destreza e imaginación. Es por ello que la superación de los problemas nacionales, en esta época de revoluciones industriales y de instrumentos sofisticados, sólo puede hacerse con el auxilio de técnicos y científicos vernáculos (y no utilizando sistemáticamente el concurso de especialistas extranjeros que muchas veces representan los intereses espurios de estados imperialistas o hegemónicos, o de empresas multinacionales). Este es un patrimonio humano de fundamental importancia que toda política nacionalista auténtica debe cuidar y conservar a cualquier costo.
Nuestro país no siempre lo ha entendido así. Las causas han sido diversas. Una de ellas es de carácter económico. Hace cuatro años, por ejemplo, un preparador de laboratorio biológico que ganara en Buenos Aires cuatrocientos dólares podía ganar mil quinientos en Brasil. En cierto sentido, se trata de un fenómeno mundial; los técnicos y científicos emigran de los países subdesarrollados a los semide-sarrollados y de éstos a los desarrollados, en busca de mejores horizontes económicos. En la Argentina la situación fue grave especialmente por la continua decadencia económica sufrida en los últimos años y también por una falta casi total de políticas científicas que arbitrasen medios para frenar el proceso. En 1979, la Universidad de California estimaba en cerca de 500.000 los emigrados argentinos en la zona occidental de los EE.UU, entre los cuales abundaban profesionales, obreros especializados, técnicos, científicos e intelectuales. Las autoridades venezolanas hacían una estimación análoga en 1976 cuando ponderaban en cerca de 120.000 los emigrados al país de Bolívar que habían dejado nuestra nación ¡en dos años! La cifra correspondiente a Brasil es parecida, quizá mayor. Considerando la posible evolución de nuestro país en el futuro, estas cifras son realmente catastróficas.
Para que nuestros especialistas no emigren es necesario que existan perspectivas de futuro que comprendan no sólo las de tipo económico sino también las de carácter académico y político. Es necesario que existan buenas universidades, buenas bibliotecas, equipo e instrumental adecuado, condiciones óptimas de libertad y cretividad para la producción e intercambio de ideas. Debe existir estabilidad y respeto para la actividad y la individualidad del científico. Y, sobre todo, debe existir un proyecto nacional que aspire a un legítimo desarrollo, a transformarnos en gran potencia, con industrias y aparatos productivos dignos de nuestra época contemporánea y de nuestros ciudadanos, que tienen derecho a gozar de las ventajas tecnológicas del siglo XX.
Desgraciadamente, no está muy claro qué es lo que les espera a nuestros egresados universitarios en el futuro. Es difícil contestar preguntas que continuamente se nos formulan al respecto. ¿Qué pueden hacer los ingenieros en un país que parece haber renunciado a la construcción? ¿Qué industrias mantendrán y desarrollarán nuestros químicos? ¿Qué sanidad pueden conseguir los médicos en un país que se pauperiza y cuyas condiciones de vida decaen? ¿Qué pueden hacer nuestros geólogos en un país que tiene gobiernos que se proponen renunciar a sus riquezas naturales y a su subsuelo? ¿Qué pueden hacer los juristas en una nación que no aspira al estado de derecho? ¿Qué pueden hacer farmacéuticos y bioquímicos en una comarca donde los específicos medicinales son impuestos artificiosa e inadecuadamente desde fuera? Y, en general, ¿para qué queremos matemáticos, filósofos o lógicos en una país donde no se reflexiona y el pensar es una actividad sospechosa?
Alejandro el Grande se hizo famoso solucionando el problema de desatar el nudo gordiano cortándolo con su espada. Algo análogo, típico de nuestras costumbres políticas, sucedió en 1966 cuando el presidente de facto, el general Onganía, intervino violentamente la universidad argentina y provocó el alejamiento y aun el éxodo de miles de calificados docentes e investigadores. Una manera "alejandrina" de propender al desarrollo nacional.

 

 

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