Medicina
Albert Schweitzer
el progreso no llega a Lambarené
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Todavía siguen llegando, durante todo el año, para visitar al hombre famoso, para contemplar su obra casi legendaria en el corazón de la selva. Son hombres públicos, magnates de la industria, sacerdotes, maestras solteronas o profesoras jubiladas que cumplen un sueño largamente acariciado. En la misión, a cinco kilómetros río arriba del pueblo gabonés de Lambarené, los recibe Albert Schweitzer, Premio Nobel de la Paz en 1952. Una sonrisa amable, bajo el abundante bigote plateado, ilumina el rostro apacible del "gran doctor blanco", que se presta a autografiar sus libros, con su mano fina, todavía firme.
Schweitzer ha consagrado casi dos tercios de su vida a atender a los negros del África Ecuatorial. En muchas partes se lo considera como un verdadero santo. Pero, después de un viaje a Lambarené, el periodista Jon Randal afirmaba que Albert Schweitzer es un anacronismo en el África de nuestros días. He aquí por qué:
Hace años, para visitar a Schweitzer, salían desde Port Gentil, sobre el Atlántico, y tenían que recorrer casi 300 kilómetros en bote. Actualmente llegan por aire desde Libreville, capital de Gabón, y aterrizan en el moderno aeropuerto de Lambarené, no lejos de un inmaculado y flamante hospital del gobierno. Durante el corto trayecto por el rio Ogoué, los visitantes se cruzan con nativos que surcan las aguas en veloces lanchas último modelo. Finalmente, llegan frente al hospital, construido sobre el flanco de una colina. Los techos de zinc y las toscas paredes de madera parecen más precarias en ese escenario selvático de altas palmeras y enroscadas lianas, en esa jungla espesa y húmeda.
Hace medio siglo que Schweitzer y su esposa Hélène se establecieron en Lambarené. Hace cincuenta años que el abnegado médico realizó su primera operación, en un antiguo gallinero. Desde entonces, la misión se ha extendido. Pero ha cambiado muy poco. En el embarcadero, solo hay amarradas piraguas toscas, de troncos ahuecados, único tipo de ambulancia fluvial que utiliza Schweitzer (Brancardier! Brancardier! —camillero—, gritan los remeros cuando traen un enfermo). Las instalaciones del hospital carecen de teléfono, agua corriente y refrigeración. Únicamente hay electricidad en el edificio principal, donde se encuentra la pequeña y anticuada sala de operaciones. La esterilización se lleva a cabo en una galería externa. El único retrete es una casilla para uso del personal extranjero.
El sanatorio de Schweitzer tiene capacidad para 400 pacientes y está siempre colmado. Los enfermos, que llevan letreritos de cartón en los que se leen su nombre, su pueblo y su tribu, esperan largas horas antes de ser atendidos. Yacen sobre improvisados lechos de paja, en chozas malolientes por cuyos pisos corre libremente el agua de los chubascos tropicales. Afuera, en toscos fogones, cocinan las parientes de los enfermos. Gallinas, perros y cabras deambulan por donde les place, lo que aumenta la falta de higiene que reina en todas partes. Nadie se molesta por ello: los protege el místico respeto a la vida predicado por Schweitzer y que impide que ningún ser viviente sea perturbado sin necesidad. Cuando un paciente muere y nadie reclama su cuerpo, se lo envuelve en una mortaja de hojas de helecho y palmera y se lo entierra en un ataúd de madera, en medio de la selva. Así se ha venido haciendo desde hace más de 40 años, y así seguirá hasta que el doctor Schweitzer muera, y otro hombre, más acorde con la época en que vive, dirija la misión de Lambarené.
A pesar de semejante estado de cosas, los resultados obtenidos por la institución de Schweitzer son muy buenos en el terreno médico, tanto, que muchos europeos de la ciudad la prefieren al nuevo hospital del gobierno. Pocos hospitales en el mundo pueden brindar un personal tan abnegado, que viva tan austeramente. Cada uno de los médicos y enfermeras ocupa una habitación, equipada con una cama de hierro, una palangana enlozada y una lámpara de kerosén. Las comidas consisten generalmente en bananas fritas y alguna otra fruta. Schweitzer se opone tozudamente a todo intento de modernización. "Las circunstancias —expresa— exigen que el hospital sea primitivo, que esté de acuerdo con el primitivismo de esta gente". Cree que los africanos se sienten más a gusto en ese desorden, que a menudo se muestran recelosos ante un hospital blanco y pulcro, pero que confían en lo que les recuerda las construcciones de la aldea natal. Esa concepción es menos válida todavía hoy que hace 20 años. Gianni Roghi, otro periodista, que lo visitó en 1959, escribió: "Evidentemente, no ama a los negros, no los frecuenta, no se les acerca. Ningún blanco allí los ama verdaderamente, y ello quizá confiere aún más valor a la solicitud y heroísmo con que los atienden en sus enfermedades".
Sus críticos africanos ven en ese mantenimiento del primitivismo un insulto o una innecesaria prolongación en el tiempo del "dominio del blanco". Simbólicamente, señalan, Schweitzer y sus hombres llevan todavía cascos de explorador. Según el médico alsaciano, la idea de que el continente negro pueda alcanzar mayor progreso gracias a la independencia es una locura. Cuando le comentaron que el Cuerpo para la Paz estaba construyendo escuelas primarias en todo Gabón y que el pequeño país había mandado a 14 jóvenes a estudiar medicina en universidades francesas, ahogó una risita y dijo: "Sí, pero no podrán cambiar su mentalidad". Entre sus médicos y enfermeras no hay ninguno de color. Un africano de cierta categoría expresó: "Preferiría morirme sin atención médica a humillarme a ir al hospital del Dr. Schweitzer". Y ese sentimiento de hostilidad apenas encubierto y abonado por el nacionalismo, se va extendiendo paulatinamente entre las personas cultas en toda el África.
Con su revuelto cabello blanco, sus bigotes caídos, con bandas de algodón en los brazos para absorber la transpiración, sigue de pie, un poco sordo, pero inflexible como siempre. Proyecta nuevas construcciones para el hospital y trabaja sin descanso en el tercer tomo de su 'Filosofía de la civilización'. Hace pocas semanas anunció que no haría más viajes a Europa. Quienes están a su lado interpretaron que quería terminar sus días en Lambarené, y descansar allí junto a su esposa, que falleció hace seis años.
En la jungla africana, Schweitzer creó un mundo diferente, para sí, que se resiste a modificar. Aun las horas que marca su reloj le son propias: el hospital no se guía por el meridiano de Greenwich, sino por el sol.
Ya hace muchos años, durante la primera Guerra Mundial, expresó su disgusto por el mundo exterior: "De mil maneras distintas, la humanidad ha sido impulsada a abandonar sus relaciones con la realidad, a buscar su bienestar en las fórmulas mágicas de una especie de alquimia económica y social". Schweitzer ha construido su propia realidad: vive en un África de 1913; sabe apenas —o se preocupa muy poco por ello— que un continente y la marcha del tiempo lo han dejado atrás.
Revista Panorama
09/1965

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Albert Schweitzer

Africa
Perros y cabras vagan en libertad. Se cocina al aire libre en una "calle" del hospital de Schweitzer. El humo y la suciedad son impresionantes.
Albert Schweitzer
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