Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

 


OPINIONES
Josué de Castro: con todos los hombres, o ninguno
Revista Confirmado
04.06.1965

Alto, delgado, siempre sonriente, Josué de Castro sigue siendo un refinado diplomático brasileño, a pesar de su destitución como embajador, decidida por el régimen militar que derrocó a Joao Goulart. En su reciente visita a Buenos Aires, invitado por la Universidad Nacional para pronunciar dos conferencias, ostentó la representación innata de la población mundial azotada por el subconsumo, que él descubrió en la serie de libros que inició Geopolítica del hambre, curioso best-seller ya traducido a 21 idiomas. Los auditorios porteños saludaron en él, por su prédica, a uno de los líderes de la lucha contra el subdesarrollo que padece el Tercer Mundo. La Presidencia de la Nación, por su parte, lo enfrentó a una paradoja: invitado a tomar contacto informal con el presidente Illia, el enemigo del hambre fue sentado a una mesa, durante una sigilosa cena.
Confirmado: ¿Cuál es su situación en el Brasil?
Josué de Castro: Me han quitado los derechos políticos por 10 años.
C: ¿Puede volver?
JDC: Tengo entendido que sí. En realidad, no lo sé.
C: ¿Por qué no vuelve?
JDC: Creo que soy más útil en mi actividad internacional. Sí, aun viviendo en París, le soy más útil a Brasil.
C: ¿No es una excusa?
JDC: ¿De qué sirve ir a vivir en medio de esa vieja estructura que permanece en mi país? ¿De qué le puede servir al Brasil?
C: ¿Qué significa para Brasil su actual situación?
JDC: Es algo tremendamente negativo para su pueblo. Es lo que pasa siempre: cuando un país intenta cambiar sus estructuras, lo que cambia es el gobierno que lo intenta.
C: ¿Cómo debe vivirse en la era atómica?
JDC: En lo esencial, en la búsqueda de la paz.
C: ¿Cómo procura usted obtener la paz?
JDC: Por mis medios, trabajando para lograr el desarrollo del Tercer Mundo. Para mí, es la tarea fundamental.
C: ¿Sirven para eso los organismos internacionales?
JDC: Tendrían que servir, pero no lo hacen. Están anquilosados porque sus estatutos tienen todos los prejuicios anteriores a la era atómica.
C: ¿Qué prejuicios?
JDC: Falta de ejecutividad, excesiva dilación, falta general de conciencia internacional. Además, quienes concurren a ellos sólo se preocupan por salvar el punto de vista nacional; a veces, ni eso.
C: ¿Sirven para algo?
JDC: Únicamente como base para transformarlos en entes que contribuyan a la tarea del desarrollo.
C: La suya, ¿es una posición aislada?
JDC: Conmigo coinciden muchos. Es más importante es el propio secretario general de la UN, señor U Thant. Fíjese qué curioso: él debe conducir un cuerpo que, en realidad, desea cambiar. Precisamente ésa es una de las causas que acercan a la secretaría general hacia el cuerpo dirigente del Centro Internacional de Desarrollo que yo presido.
C: ¿Cree en la coexistencia pacífica?
JDC: Más que creer, aspiro a ella.
Yo, por mi parte, estoy convencido de que el dilema es sencillo: coexistencia o no existencia, directamente.
C: ¿Por qué?
JDC: Son tan opuestos, tan encontrados los grupos ideológicos que poseen las bombas que pueden acabar con la humanidad, que me parece ineludible un acuerdo para coexistir. Lo contrario seria suicida.
C: ¿Qué significado tiene la conversión de China en país atómico?
JDC: Es el intento del Tercer Mundo por evitar la hegemonía de los grandes países desarrollados.
C: ¿No cree que sirva para aumentar la agresividad política china?
JDC: Más bien creo que sirve para ubicarla exactamente en el lugar que le corresponde.
C: ¿A qué se debe la divergencia ideológica entre China y la U.R.S.S.?
JDC: Es un misterio. Para mí, allí intervienen varios factores impenetrables. Sin embargo, creo que debe tener mucha importancia en la cuestión la distancia que separa a los grupos económicos, que debe ser mucho mayor que la que separa a los grupos ideológicos. Desde ese punto de vista hay que tener en cuenta que es menor la distancia entre Moscú y Washington que la que hay entre Moscú y Pekín.
C: ¿Por qué se eligió a Francia como sede de la Universidad Internacional de Desarrollo?
JDC: No fue una elección caprichosa. Elegimos a Francia porque es el país que se resiste a integrar los bloques enfrentados. Además, porque es —relativamente— el que mayor apoyo presta a los países del Tercer Mundo: el 2 por ciento de su producto bruto, cuatro veces más que Estados Unidos, que aporta el 0,5 por ciento.
C: ¿Está de acuerdo con la ayuda económica a los países subdesarrollados?
JDC: Si se refiere a la actual ayuda-que-no-ayuda, rotundamente no. La única ayuda posible es un trato justo. Los países subdesarrollados viven, en su gran mayoría, de las materias primas, que cada día tienen valores más insignificantes.
C: Ese trato justo, ¿no es una utopía?
JDC: No, no lo es. Nunca lo es pedir justicia: sólo necesitamos volcar hacia el desarrollo, gradualmente, los 140.000 millones de dólares que las grandes potencias utilizan anualmente para su carrera armamentista.
C: ¿No es peligroso?
JDC: Justamente, lo es. Una declaración de paz, para las grandes potencias, es mucho peor que una declaración de guerra. El desempleo en las industrias bélicas sería realmente insoportable para sus estructuras.
C: ¿Cuál es el camino, entonces?
JDC: Encarar el desarme con tiempo y planificación. Para eso necesitamos poner al día a la un; una vez logrado esto, se puede designar una comisión de técnicos que estudie la situación y luego aplicar sus conclusiones.
C: ¿Cree, entonces, en la posibilidad de la guerra?
JDC: Confío, antes que en ello, en la inteligencia y el sentido común del ser humano. Aunque siempre encontramos el mismo conflicto: ¿cuántos de los millares de inventos revolucionarios conocidos se ponen en práctica? La respuesta es desalentadora: muy pocos, un 6 ó un 7 por ciento apenas, y eso porque dan réditos inmediatos.
C: En caso de declararse la guerra, ¿qué haría Josué de Castro?
JDC: Josué de Castro ya está peleando. Precisamente para que no se desencadene esa guerra que puede acabar con él y con todos los humanos.
CONFIRMADO - 4 de Junio de 1965 - Pág 27

 

Ir Arriba

 


Josué
Josué de Castro