Juan Carlos Onetti
Días de vino y prosa
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Onetti

Uno de los más grandes narradores latinoamericanos, Juan Carlos Onetti, permitió a Siete Días violar su aislamiento y mantener -a su modo- una prolongada, difícil conversación.

En la primera habitación de un departamento montevideano de la calle Gonzalo Ramírez en el que predominan los ocres y donde, desde un atril enclavado en el centro, se mantiene hace días una partitura de Shostakovich, Juan Carlos Onetti, para muchos el más grande novelista latinoamericano, se mueve lentamente, casi con sigilo. Va desde una punta a la otra de la raleada biblioteca, se para delante de las fotos de Faulkner, Rulfo, Dylan Thomas, pegadas con chinches sobre la pared de madera. Por el balcón la luz de las cinco de la tarde inunda la pieza.
Dorotea Dolly Huhr (45), cuarta mujer de Onetti, rubia, alta, de rostro resplandeciente, violinista de la Orquesta Sinfónica del SODRE, prepara café e intenta echar leña a los ásperos comienzos de la conversación. "Tiene un buen paisaje este lugar", frivolizará SIETE DIAS para romper el hielo, una empresa ardua que sólo se concretará muchas horas más tarde. "Sí —va a contestar trabajosamente J.C.O.—, al frente el río y al costado el astillero". Por el balcón alcanza a verse una enorme construcción de chapas oxidadas. Onetti sabe que ha pronunciado palabras claves y juega magistralmente a la confusión.
Después, quizá compadecido por la credulidad de los oyentes, va a corregir: "No, no es el astillero. Pero se le parece, ¿no? Tiene el mismo aspecto de abandono...". Vuelve a sentarse, se dobla en dos, hunde los larguísimos dedos en el hígado y farfulla: "Tengo unas puntadas terribles, debe ser un cáncer. Nunca me pasó esto; es la primera vez". La posibilidad del reportaje, ante semejante insinuación, parece esfumarse por completo. Onetti, con 61 años a la espalda, soporta también el peso de una obra tan sombría como asfixiante, tan compleja como imponente. El pozo, La vida breve, Para esta noche, El astillero, Juntacadáveres, Una tumba sin nombre, Bien venido Bob —ese cuento excepcional— son los nombres de una misma tragedia: fracaso, mediocridad, marginalidad, soledad, destrucción; Larsen, Brausen, Díaz Grey, sus personajes, son los rostros de una misma desgracia "indiferentes morales" como llamara cierta vez algún crítico a las clandestinidades de Onetti, esos parientes luctuosos, portavoces de sus propias obsesiones.
Si hasta la forma de hablar de Juan Carlos Onetti tiene familiaridades flagrantes con su estilo lento, espiralado. Casi parece verdad, escuchándolo silabear con fruición, machacando las palabras, aquello que, una vez, sacara a relucir Jorge Luis Borges: "Pero Onetti, qué va a parecerse a Henry James, si a lo que más se parece usted es a un compadrito italiano". Con esa misma morosidad, filosamente, conducirá la conversación hasta su punto más claro:
—No me gustan los reportajes. Me aburren. Son siempre las mismas preguntas que no sirven para nada. Y ustedes, ¿qué querían saber?
—Un poco de su biografía y un poco más de literatura...
—No me siento bien. No es un buen momento para recordar. ¿Y de la literatura? ¿Qué se puede decir de la literatura, así, en general? ¿Por qué no me hacen un cuestionario por escrito y yo se lo contesto? Eso hago siempre. Me parece mejor. Con las fotos hagan lo que quieran, pero el bicho ese, el grabador, por favor no me lo ponga.
A esa altura un nuevo interlocutor —joven amigo de la pareja— se suma al diálogo (con Dolly Muhr formará el cerco que proteja al narrador de los intrusos), va a comentar en voz baja: "No lo podrán hacer. Estas cosas le revientan. Los periodistas vienen siempre con preguntas tan poco originales". Onetti sigue dando vueltas por la habitación —como para descorazonar a los visitantes— y quejándose de malestares. "Nena —dice a su mujer—, creo que con un poco de ginebra se me pasaría. Si no hay, mandalo al botija a comprar algo." El adolescente, sin chistar, se levanta y sale para volver con una botella de vino. Onetti, resignado, se instala cerca del escritorio y coloca la botella al lado. No hace el menor intento de compartir el pésimo vino uruguayo. "Voy a servirme", se le anuncia. Onetti se encoge de hombros. "Haga lo que quiera; depende de su conciencia", contestará.
—Ayer hablaron de un chileno que tenía una buena novela. ¿Quién era?
—Droguett. Carlos Droguett. La novela se llama "Eloy".
—No la conozco.
—Son las últimas horas de un bandido chileno perseguido por los carabineros; un largo monólogo interior...
—Ah, sí, ya sé. Es muy buena. Tiene esa tensión de los mejores cuentos de Rulfo. El manejo del lenguaje también es excepcional.
—¿Le interesan los problemas de lenguaje?
—Sí, por supuesto. Pero con eso pasa algo curioso. Los que más se interesan por el lenguaje y la comunicación con el lector tienen obras muy complicadas. Vargas Llosa, que me interesa mucho, sobre todo en La ciudad y los perros, en La casa verde es innecesariamente difícil.
El adolescente, semanario Marcha en mano, interrumpe para preguntar: "¿Viste lo que dicen de vos?". Onetti se ríe: "Es increíble, a un mismo nivel Hamlet, Raskolnikof y Larsen. ¿A quién se le ocurre? Van a creer que lo mandé escribir yo. En estos momentos —dice volviéndose, recordando la existencia del cronista— hay una polémica. El tipo, Cortázar, dice que no se puede hacer la revolución social sin hacer la revolución del lenguaje. Habrá que preguntarle a Mao o a Lenin a ver cómo se las arreglaron. . .".
—Usted hablaba recién de las complejidades de la novela. Muchos sostienen que su narrativa también es difícil y señalan la Influencia faulkneriana... ¿Usted la acepta?
—Vea, no sé. Yo empecé a leer a Faulkner después de haber escrito El pozo. Claro que cuando lo leí me impresionó. Algunos dicen que él escribía así porque era un solitario y que como también yo soy un solitario me parezco. Creo que es una pavada. ¿Usted quiere saber qué papás tengo?
—No. Con respecto a Faulkner hay ciertas similitudes, de eso se trata; algunos recursos: la continuidad de los personajes a través de distintas novelas, la reiteración de un mismo escenario —Santa María—, un estilo complicado, de largas frases, climas...
—¡Ah, no! Lo de "recursos" no me gusta. Parece una cosa demasiado pensada. En cuanto a lo de la continuidad de los personajes... Bueno, eso no lo inventó Faulkner. Eso ya lo hacía Balzac. Aquí, en esto, nadie inventó nada.
—Y usted, ¿por qué los deja y los retoma? ¿Por qué vuelve siempre a Larsen, a Díaz Grey?
—Es simple: porque los amo, porque amo a mis personajes.
—¿Y por qué siempre el mismo pueblo de Santa María?
—Porque es como sentirse un poco Dios eso de construir una ciudad y ponerle aquí un río, allí una iglesia, más allá una plaza. Pero no hay que hacerle demasiado caso a "los hombres sabios". Dicen, por ejemplo, que tomo de Henry James el uso del punto de vista, de los distintos puntos de vista en una novela. Y a mí, francamente, James no me interesa. Me pasa con él lo que a Tchaikovsky con Brahms. Explicaba que cuando escuchaba una sinfonía de Brahms tenía la sensación de que se estaba levantando un enorme pedestal. Terminaba la sinfonía, el pedestal estaba concluido, pero el busto no aparecía por ninguna parte.
A pesar de los pesares, han trascurrido un par de horas y las luces del departamento no se han encendido. Onetti parece fatigado por el compulsivo cuestionario. Su mujer, "el botija", como él dice a su visitante —al que no llamará nunca por su nombre—, todos, guardan silencio. Es entonces cuando, imprevistamente, va a continuar:
—En uno de los últimos congresos de escritores, esos congresos que no sirven para nada porque se habla de cualquier cosa —menos de lo que podría importar: asuntos gremiales, el problema del libro, el del diez por ciento—, en uno de esos congresos, le decía, una señora a quien no tengo el gusto de conocer explicó que mi obra era muy importante y que en El pozo era evidente la influencia de El extranjero, de Camus. Lo más lindo es que cuando yo escribí El pozo Camus casi ni había nacido.
—¿Dónde se mueve mejor? ¿En el cuento o en la novela?
—En la novela. Cuando escribo una novela siento que respiro mejor. Hay más aire.
—¿Cuál de las suyas es la que le Interesa más?
—La que me interesa más es La vida breve; la mejor me parece El astillero. En el sentido de la construcción clásica (principio, desarrollo y fin) es la más lograda. La vida breve abre más posibilidades.
Un nuevo pozo de aire en el diálogo lo hace virar violentamente y, de pronto, se habla de periodismo. Dolly Muhr, entretanto, se pierde en la cocina y vuelve con nuevos cafés. La botella de vino, bajo el dominio absoluto del dueño de casa, baja lentamente. "Hay demasiadas revistas en Buenos Aires —comenta Onetti por decir algo—. Hace falta mucha plata para comprarlas todas."
—Usted hizo periodismo y lo abandonó. ¿Cree que hay oficios mejores para que un escritor se gane la vida?
—No, lo que pasa es que aquí hay sólo diarios políticos, y meterme en esa cosa minúscula de la política de todos los días no me interesa. Cuando trabajé en periodismo siempre quise hacer refritos: "Esta mañana una anciana señora, presa de una aguda crisis nerviosa, se hizo presente en el despacho del comisario Tal para denunciar la pérdida de una jaula con tres canarios...". Esas cosas me divertían. En Buenos Aires trabajé en Reuter y, fíjese, tuve que hacerle una entrevista a Borges a la caída de Perón. Quería que me hablara del cambio de la situación política. Y como es él, tartamudeando, me empezó a explicar no sé qué historia de que durante muchos años había tenido una sirvienta y que se les había ido como presidenta de una unidad básica en la que no sólo ganaba menos sino que además tenía que baldear el patio dos veces por día. Yo estaba helado; no podía creer lo que escuchaba: tanta ingenuidad, tanto desprecio por la realidad. Estaba con mucha bronca y como vi que ahí no pasaba más nada me levanté para irme. Antes le dije: "Mire, Borges: conocí a un tipo que se llama Patricio Kennedy. Pat Kennedy. ¡Qué gran nombre de irlandés para uno de esos cuentos suyos!". Entonces empezó a decir: "Sí... recuerdo que Henry James...", y siguió hablando de James no sé cuánto tiempo. Volví a sentarme y lo escuché. Era una lección. Contando esas cosas ni siquiera tartamudeaba...
—¿Cuál Borges le interesa más, el poeta o el cuentista?
—Ah, yo lo lamento, pero el poeta no me interesa nada. Ahora sé que están rescatando los primeros libros. El cuentista sí. Aunque todos dicen que El sur es el mejor cuento, a mí el que más me gusta es El muerto. ¿Se acuerda qué hermoso lo de la mujer lavándose el pelo mientras el tipo la está mirando?
—De eso estábamos hablando una vez con mi amigo Martínez Moreno. Yo estaba por contestarle que La muerte de Iván Illich, de Chejov. No me dio tiempo. Me dijo, asustado, que no le dijera nada, que ya sabía cuál elegiría pero que por favor no hablara de él. Es excepcional. De no ser éste, creo que Las fieras, el de Roberto Arlt. Hace un rato quería saber cuáles eran mis papás. Allí hay uno: Roberto Arlt. Creo que mis personajes son profundamente arltianos.
—Todos dicen —y es más o menos evidente— que la añoranza de la juventud es un tema recurrente, casi obsesivo en usted.
—Cualquier ser humano sensato lamenta la pérdida de la juventud y de la pureza. No veo qué hay de raro en eso... ¿Por qué no iba a sentirlo también yo?
—Volviendo a sus papás, en Faulkner...
—Mire, con respecto a Faulkner, lo que todos ven como una complicación técnica, la diversificación del relato, es una necesidad, es la única manera de narrar. O mejor: cualquier tipo que se ponga a contar un chisme lo va a contar a la manera faulkneriana aunque no sepa un pito de literatura. Le va a decir: "¿Te acordás de Fulano, el hermano de aquel que tenía un almacén y que andaba con una viuda llena de hijos, el menor de los cuales jugaba la plata de la vieja a las carreras?". Es la manera común de narrar; a uno se le van ocurriendo cosas y las escribe. Por eso me gustó una crítica que me hicieron —era por El juntacadáveres, creo—, y el comentarista decía que había que dejar de hablar de la influencia de Faulkner o de Joyce. Que a lo que más me parezco es a un viejo criollo que se pone a contar historias. Eso soy yo: un viejo criollo que se pone a contar historias y las cuenta de la única manera que sabe.
A partir de ahí y por escasos minutos Juan Carlos Onetti —o quizá O'Nety, como conjetura remontándose a un ancestro que hace la broma de italianizar el apellido irlandés— abandonará de lleno la depresión, una acompañante fiel que suele hundirlo en frecuentes crisis, obligarlo a beber y recluirse; el director de la biblioteca del municipio, hijo y nieto de empleados, va a distenderse imprevistamente, a hablar para un interlocutor indiferenciado —o tal vez para él mismo— recordando los años de Buenos Aires. Días en que "se producía el golpe de Uriburu y el fusilamiento de Di Giovanni. De esa noche no me olvido más, estaba en la calle, afuera del penal y había mucha gente. Mujeres con esos larguísimos tapados de piel que se usaban entonces. Un gran tipo, Di Giovanni... Después conocí al hijo, que era fotógrafo y anduvo alguna vez por las redacciones..."
Por entonces frecuentaba un grupo de amigos "en el que había unos hermanos, los tipos más vagos que he conocido. Se iban de vacaciones a Córdoba para leer y dormir la siesta. Uno de ellos se enfermo después. El médico le dijo que tenía un cáncer y quedaban tres meses de vida. ¿Y qué hizo? Se encerró en una habitación con todo Proust. De ahí salió muerto". Seguirá contando historias de compañeros, desconocidos, reflotará burlonamente una anécdota de Troilo, fragmentos de algún tango, permitirá descubrir que hasta su euforia es sombría, que su desapego es sobrador, que, aunque tarde en advertirse, es un maestro del sarcasmo. Ese es el momento —todos lo saben y "el botija" se anima a insinuarlo— de empezar el otro reportaje. Onetti se levanta, va a la biblioteca, vuelve hasta su escritorio, remueve los papeles y saca una hoja. "Tome. Se lo doy. Haga lo que quiera. Publíquelo si le parece", dirá alcanzándola. Dolly Muhr —ese "ignorado perro de la dicha" como la llamó en una dedicatoria— interviene para explicar: "Es una carta de Juan. Siempre escribe cartas que no manda jamás". El, sin que nadie lo haya advertido, está ya al lado de la puerta que separa esa habitación del resto de la casa. Lleva el vaso con un resto de vino y dirá, como única excusa:
—Me voy a tirar un rato. Le repito que no me siento bien. Ya hablamos un buen tiempo. Como dije antes: vienen siempre a hablar de literatura. ¿Y qué puede decirse de la literatura, así, en general? En todo caso mañana podemos seguir...
No es cierto; Onetti sabe mejor que nadie, que no habrá preguntas y respuestas, que no habrá diálogo ordenado, que no habrá reportaje que lo encierre. Dos, tres veces más se volverá a llamar a la puerta del departamento; dos o tres veces Dorotea Muhr ensayará justificaciones: "Juan está por salir", "Juan no se siente bien". Finalmente, por cansancio, admitirá: "Juan no quiere recibir a nadie. Está muy deprimido". Esa —hay razones para aceptarla— es, posiblemente, la verdadera respuesta: Onetti ha vuelto a replegarse sobre sí mismo, a encerrarse con sus propios fantasmas. Quizá porque desde siempre haya creído que si "amaba y merecía diariamente mi tristeza, rellenándome con ella los ojos y cada vocal que pronunciara, quedaría a salvo de la rebeldía y de la desesperanza!'!!

QUE ES LA LITERATURA
J. C. O. acostumbra a escribir cartas que nunca enviará. Esta es una de ellas. Suprimidas las referencias estrictas al destinatario, los fragmentos en los que se entrevé su posición ante la literatura son los que aquí se publican:
...Respetando los límites de la zona en que me puedo mover sin esfuerzo excesivo, me detengo por ahora en lo literario y le propongo, para animar las páginas correspondientes, hacer una encuesta entre los lectores —cipayos proyanquis, cipayos prorrusos, cipayos prochinos o no cipayos— para determinar si la literatura es o no una forma, un aspecto del arte. Si el voto democrático establece que no, que sólo se trata de un instrumento para hacer la revolución, para llevar el mensaje decisivo a los únicos en verdad desesperados que podrían recogerlo o hacerlo funcionar a 500 pesos cada tomo, pobladores de cantegrilles [villas miserias] y próximos habitantes, aceptaré respetuoso la opinión de las mayorías y se pone fin al partido. Pero si, por lo contrario, el peso de las urnas proclamara sin discusión la revolucionaria teoría de que si, la literatura es arte, fundamento desde ahora mi voto jurando por ésta, repitiendo que un tomo —pueden elegir— de Proust importa más que todo lo que se ha escrito por todos los
literatos desde 1492 hasta el día de la fecha en estas tierras de América latina. Y por si no les basta, me guardo el Ulises joyceano en la manga.
Pero, por culpa de la intuición, temo que la divertida encuestita no se produzca. De modo que refuerzo la segunda opción de la libre ciudadanía. Un anciano borracho y socrático que escribió poemas que siguen siendo lo más importante que se hizo en su idioma; un efebo que a los dieciséis años, con un solo poema, alteró toda la poesía de Francia y que gracias al gurú Melenik alcanzó posteriormente sabiduría bastante para aullar: "Me cago en la poesía"; ambos dos conjuntamente estuvieron jugándose la vida en las barricadas de París en tiempos de la Comuna. Ambos dos sabían que un poema es cosa demasiado trascendente para ser convertida en panfleto o slogan (ambos dos gozaban del privilegio efe no haber escuchado nunca palabra tan repelente; por lo menos, no hay en sus obras completas rastros detectables).
Juan Carlos Onetti.

Revista Siete Días Ilustrados
20.04.1970

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