Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

 


Estados Unidos
Técnica blanca para cazar Panteras Negras
Revista Siete Días Ilustrados
19.10.1970

El F.B.I. busca afanosamente, coma presunta culpable de rapto y asesinato, a una bella y talentosa universitaria -Ángela Davis-, líder de los Panteras Negras, a quienes las autoridades norteamericanas definen como "el grupo extremista más peligroso y violento de todos los que existen"

Los norteamericanos que heredaron aunque sólo sea una gota de sangre africana en las venas, se estremecen —a veces de orgullo, otras veces de miedo— cuando divisan la silueta de la Pantera, lustrosa, elástica, fuerte, amenazadora y, desde luego, Negra. Esta fiera de azabache es símbolo y nombre del "partido" más volcánico y extremista surgido de la rebelión de la minoría norteamericana que desciende de remotos antepasados esclavos. Hasta ahora, los adalides de ese virulento "partido" eran varones; Huey Newton, Bobby Seale, Eldridge Cleaver. Hoy, los Panteras Negras han encontrado en una muchacha de 26 años, Ángela Yvonne Davis, su contrapartida femenina, su Pasionaria, su Juana de Arco sin más aureola que una desmesurada cabellera crespa al estilo afro.
La notable belleza de Ángela Davis la convierte en viviente demostración del impactante slogan lanzado otrora por Martin Luther King: Black is beautiful, o sea, la raza negra es hermosa y debe reivindicar su propia hermosura. Pero Ángela también posee un cerebro privilegiado, como para desmentir el arraigado prejuicio de la inferioridad intelectual de los negros. Su curriculum académico es impresionante: seguidilla de becas obtenidas a partir de la escuela secundaria premiaron la incuestionable excelencia de sus dotes. Fue becada en la Universidad de Brandeis, donde se graduó con los máximos honores; obtuvo una beca de un año para la Sorbona de París, y otra de dos años para la Universidad de Frankfurt (Alemania Federal); en 1968 se doctoró brillantemente en la Universidad de San Diego de California, siguiendo la especialidad de filosofía, por la cual había abandonado sus primeros estudios de literatura.
Sin embargo, esta muchacha bella, superdotada y docta, oriunda de una familia bien constituida y de cierto nivel cultural (sus padres eran maestros de escuela en Birmingham, Alabama), es ahora una fugitiva hostigada por el FBI (Oficina Federal de Investigaciones), que la acaba de colocar en su lista de "las diez personas más buscadas". Ha sido sindicada como militante de esa tremebunda organización de las Panteras Negras, que J. Edgar Hoover, amo supremo del FBI desde 1924,
calificó hace poco como "el grupo extremista más peligroso e inclinado a la violencia de todos los que existen, y dispuesto a diseminar su doctrina de odio y revolución". Sobre Ángela Davis pesa un cargo escalofriante: se la supone culpable de rapto y asesinato, y su destino sería morir en la cámara de gas, si antes no la ametralla la policía, que, cuando se trata de enemigos públicos como los Panteras Negras, suele balear primero y preguntar después.
La Davis comenzó a ser observada cuidadosamente por el FBI desde principios de este año, cuando apareció liderando ruidosas manifestaciones a favor de los Soledad Brothers, tres hermanos panteras presos en la cárcel californiana de Soledad, famosa por su rigor hacia los reclusos. El encadenamiento de los hechos arranca de una pelea entre prisioneros blancos y negros: el vigía, en vez de reducirlos con bombas de gas, los ametralló, matando a tres negros e hiriendo levemente a un blanco. Cierto tiempo después, como presunta venganza, apareció muerto otro guardián: habría sido víctima de una letal toma de karate, y las autoridades culparon a tres reclusos, uno de ellos, Georges Jackson, miembro de los Panteras Negras. Los tres acusados negaron el cargo, pero fueron incomunicados y supuestamente maltratados, hasta que sus amigos lograron hacerlos trasladar al penal de San Quintín.
En esta campaña en pro de los Soledad Brothers figuraba en primer lugar, junto a Ángela Davis, el joven Jonathan Jackson (17), hermano de uno de los acusados. la tragedia estalló en la primera quincena de agosto, cuando Jonathan se deslizó entre el público que asistía al proceso de un recluso de San Quintín, James Mac Clain, en presencia de otros dos reclusos, Ruchell Magee y William Christmas: todos negros, y presuntos Panteras. De pronto, Jonathan sacó una carabina, arrojó una pistola a Mac Clain, liberó y armó a los otros dos reclusos, y los cuatro huyeron en una camioneta amarilla, llevándose a cinco rehenes, entre los que se contaban tres damas del jurado y el propio juez, Harold Haley.
Pero, cuando se trata de Panteras Negras, la policía no cede, aunque ponga en peligro la vida de tres mujeres y un juez. Cerró el paso a la camioneta, contra la que abrió fuego graneado. Hubo un violento intercambio de balazos, y al final aparecieron muertos dentro de la camioneta el joven Jackson, otros dos negros, y el juez Haley. La policía descubrió que las cuatro armas utilizadas por Jonathan habían sido compradas —y legalmente registradas— por Ángela Davis. Para la jurisprudencia californiana, el que facilita la realización de un rapto y un asesinato es tan culpable como el autor material del hecho: así, la bella Davis se convirtió de inmediato en réproba de la sociedad y blanco de las iras del FBI.

COMO NACE UNA PANTERA
El caso Davis apasiona e intriga a los Estados Unidos, por las excepcionales condiciones de la acusada. Hurgando en su biografía, se descubre que en la segregacionista Birmingham, Ángela intentó sin éxito formar un grupo interracial de adolescentes, y que se interesó en la lucha por los derechos civiles, sin por eso perfilarse como verdadera militante. Dos impactos posteriores le despertaron una aguda conciencia del problema de su raza en los Estados Unidos. En 1963 la trastornó la noticia de que cuatro niñitas negras de su ciudad natal habían sido destrozadas por la explosión de una bomba traidoramente colocada en una iglesia. El segundo gran impacto lo recibió más tarde en París: aprovechó unas vacaciones para visitar la casa de un compañero alemán, Manfred Clemenz (tal vez el único interés "romántico" de su vida), y fue recibida con abierta hostilidad por la familia Clemenz, que la rechazaba por el color de su piel.
De todos modos, su preocupación por la lacra del racismo no era aún subversiva, pese a haberse tornado militante. El que le dio la primera "orientación revolucionaria" fue el ya anciano filósofo marxista-freudiano Herbert Marcuse, con su teoría de la "sociedad represora" y de la necesidad de una constante confrontación para destruir las pautas represivas socialmente internalizadas. Todo seguía siendo muy cerebral, y la Davis hubiera podido convertirse en una brillante intelectual de izquierda y limitarse a la lucha teórica, raras veces letal y a menudo halagüeña.
Pero la Davis ya había elegido la revolución a ultranza. Cuando se doctoró en 1968, acababa de entrar en el club marxista-leninista Che-Lumumba. Al año siguiente logró un gran éxito académico: se convirtió en la primera profesora negra contratada por la Universidad de Los Ángeles (UCLA). Muy pronto el Consejo de Administradores de la UCLA se enteró de que la nueva catedrática era miembro de un club extremista, y decidió rescindirle el contrato. Estudiantes y numerosísimos docentes esgrimieron el espléndido curriculum de la Davis y protestaron contra ese "ataque a la libertad de opinión".
Con una argucia, el rector de la UCLA logró que Ángela dictara cuatro seminarios breves: observadores especiales concurrieron a las clases, que por añadidura fueron grabadas y analizadas minuciosamente por un cónclave secreto de profesores. El dictamen de los inquisidores fue unánime: nada subversivo había en esos seminarios. Ángela no sólo demostraba conocimientos académicos profundos y sin fisuras, sino además una ejemplar capacidad didáctica. Sin embargo, cuando en agosto se trató de organizar el curso lectivo 1970-71, el Consejo de Administradores de la UCLA decidió prohibir toda actividad docente de la Davis.
Es que Ángela no había cesado de participar en toda clase de manifestaciones —a veces violentas— dentro y fuera de la universidad. Su agresividad verbal iba in crescendo. "Para mí, la liberación es sinónimo de revolución —gritaba por los altoparlantes—. Por supuesto, cuando alguien habla de derribar al gobierno y al capitalismo se enfrenta con la posibilidad de morir. Pero eso no debe paralizarnos. En cuanto a mí, he entregado mi vida a la lucha." Poco a poco, la joven fue estrechando lazos con los Panteras Negras, adoptando sus reivindicaciones y su lenguaje. Poco antes de ser expulsada de la UCLA se la oyó rugir: "Nuestras vidas están consustanciadas con las de esos hermanos y hermanas que han sido ametrallados por los cerdos" (los policías y, en general, todo el aparato represivo de la sociedad). Evidentemente, el cerebral Marcuse y hasta el propio club Che-Lumumba quedaron muy atrás: Ángela se había convertido en Pantera.

LAS BESTIAS DEBEN MORIR
Hoy, en las calles de los ghettos negros, jóvenes que jamás oyeron hablar de Marcuse, y ni siquiera de Marx, aplauden a la Davis como ejemplo y orgullo de la raza. Presuponen su culpabilidad, porque el extremismo negro encarnado en los Panteras se ha visto envuelto en la fatal dialéctica de su propia virulencia y de una creciente represión, y esos muchachos que blanden armas a la vista de todos, usan boina negra, chaqueta de cuero negro semi-militar y pantalones negros o leonados, creen en la violencia como único camino para la libertad.
Pero algunos responsables de la organización razonan más moderadamente en secreto: "Ángela hizo muy bien en desaparecer, pues las leyes están siempre contra nosotros —aducen—. Los cerdos ni siquiera pensaron que Jonathan bien pudo haberle sacado esas armas sin que ella se enterase. Además, a nosotros nos cazan como a fieras, y necesitamos tener con qué defendernos. Lo más probable es que Ángela
haya facilitado esas carabinas y pistolas a Jonathan, simplemente para protección del grupo. No iba a caer en la trampa de dar armas legalmente registradas para esgrimirlas en una acción contra un juzgado". Tal vez estas argumentaciones sean válidas, pero no cabe olvidar que la exasperación de los Panteras Negras puede desembocar en gestos suicidas y desafíos temerarios. ¿Acaso el propio Eldridge Cleaver, desde su exilio en Argel, no dijo hace poco: "Deberíamos transformarnos conscientemente en kamikases (aviadores suicidas japoneses)"?
En la actual guerra a muerte que enfrenta a los Panteras con la policía, ya se ha formado un círculo en que es difícil diferenciar al bando agresor del agredido. Cuando Bobby Seale y Huey Newton fundaron la organización, en 1966 lo que pretendían era defender a su raza de la agresión blanca; los jóvenes residían en Oakland, en la bahía de San Francisco, y allí la policía se había ganado con justicia el terror del ghetto negro. Seale y Newton decidieron que sus partidarios recibirían entrenamiento guerrillero, llevarían uniformes de comandos, y ostentarían abiertamente las armas, para enseñar a los negros a no tener miedo de los cerdos.
El dúo fundador decidió asimismo que los Panteras constituirían un "partido" —aunque la democracia norteamericana les pareciera sólo una trampa "fascista"—, y que se distribuirían pomposos títulos de tipo gubernamental: Seale se autodenominó "presidente", y Newton se constituyó en "ministro de Defensa". La meta era doble: por una parte, ir dando forma a la "nación" negra frente al "ejército de ocupación" constituido por las huestes policiales (aún hoy, los Panteras detenidos insisten, sin éxito alguno, en ser considerados "prisioneros de guerra"). Pero a la vez se quería subrayar el carácter político de la organización, considerando que los blancos siempre habían buscado despolitizar las entidades reivindicatorias de la minoría negra.
A Seale y Newton se unió muy pronto Eldridge Cleaver, uno de los "cerebros" de la organización. Un par de años más tarde ya había alrededor de cuarenta secciones de Panteras Negras (con sus presidentes y demás autoridades locales) diseminadas en los principales ghettos de los Estados Unidos, y la imagen de la bella fiera de azabache era conocida en todo el país. Antes que terminara 1967 el "partido" había sufrido su primera gran baja: Newton fue encarcelado bajo la acusación de matar a un policía. No importa: el grito de "Free Huey!" (¡Liberen a Huey!) se convirtió en el perpetuo estribillo de los Panteras Negras. En 1968 la organización sufrió otra gran pérdida: ya acorralado, Eldridge Cleaver tuvo que exiliarse. La guerra "Policías versus Panteras" tomaba caracteres cada vez más dramáticos.
Las estadísticas de la represión son contundentes: del 2 de mayo de 1967 al 28 de septiembre de 1968 (casi diecisiete meses) se inició proceso contra 55 miembros de la organización y fueron muertos cinco Panteras; de octubre de 1968 a diciembre de 1969 (quince meses) se procesó a 373 "guerrilleros", y murieron veinticinco afiliados a la turbulenta entidad. La policía multiplicó sus raids —extraordinariamente violentos— contra los "cuarteles generales" de los Panteras Negras, generalmente "en busca de drogas". En verdad, la organización contaba con drogadictos y malhechores de todo tipo, pero los jefes del movimiento se limitaban a replicar: "No hay ningún joven del ghetto negro que no tenga alguna entrada en la policía; frente a los blancos, todos somos criminales".
Muchos creen que la organización fundada por Seale y Newton está destinada a desaparecer, triturada en el engranaje de su propia violencia frente a la represión que no le da tregua. A fines del año pasado, el moderadísimo dirigente negro Whithney Young (apodado Whithey, o sea "blanquito", por los extremistas) afirmó: "Parece haber un intento consciente de aniquilar a los Panteras Negras por parte de las autoridades policiales norteamericanas". Meses más tarde coincidió con Young la periodista Nora Beloff, corresponsal del importante semanario londinense The Observer, cuando cablegrafió: "Se busca la liquidación física y global de los Panteras Negras".

NI NEGRA NI BLANCA, ROJA
En un comienzo, la organización de los Panteras Negras parecía "una versión particular" —tal vez un brote notoriamente violento— del Poder Negro lanzado por Stokely Carmichael, que preconizaba el surgimiento de una "nación" afronorteamericana con plenos derechos y dotada de una identidad propia, dentro del mar blanco que son los Estados Unidos. Él Poder Negro podía volverse sumamente agresivo y peligroso, pero implicaba levantar una barrera entre la minoría y la mayoría norteamericanas: en cierto modo, era un segregacionismo muy similar al que profesaban los más empedernidos racistas blancos. Azuzaba el orgullo y la autoestima de las gentes de color con una exagerada veneración por el folklore africano, lo que significaba un imposible retroceso en la historia.
Los Panteras Negras fueron lentamente cambiando su rumbo. Se dieron cuenta de que los "hermanos de raza" dotados de un mínimo de bienes materiales estaban secretamente más cerca del "bando opresor blanco" que de ellos. Comprendieron que "volver al África" y romper con los Estados Unidos entrañaba el gravísimo peligro de perder contacto con el progreso científico y tecnológico que detentaba la mayoría blanca. Advirtieron también que en el bando "caucásico" blanco había grupos deseosos de revolucionar el orden establecido. Poco a poco los Panteras se fueron acercando a esos grupos para planear una acción común y ayudarse mutuamente.
De allí la estruendosa ruptura con Stokely Carmichael, defensor del Poder Negro en su sentido más rígido y exclusivista. De allí también que Cleaver haya declarado hace poco: "Soy tan profundamente norteamericano como la torta de manzanas". Cuando se hizo patente que los Panteras Negras se estaban aliando con los subversivos blancos, la autoridad estadounidense decidió lanzar una enérgica acción represora, más aún cuando los peligrosos discípulos de Newton, Seale y Cleaver comenzaron a estrechar relaciones con los revolucionarios de todo el mundo, sin tener en cuenta las diferencias raciales. El verdadero color de la Pantera parecía ser el rojo.
El FBI, a través de su jefe Hoover, a mediados de este año lanzó una catilinaria contra los Panteras Negras. Denunció que eran amigos de la entidad guerrillera árabe Al Fateh; que "se dedicaban a hacer el elogio del gobierno norcoreano y a criticar el imperialismo norteamericano en el Oriente". Según Hoover, los Panteras "se vanagloriaban de que su partido fuera reconocido por los gobiernos revolucionarios de Norvietnam, Norcorea y Cuba". Semejantes rasgos los convertían en enemigos públicos peores que los pandilleros de la década del 30.
En el alegato de Hoover, había censuras para el director de orquesta Leonard Bernstein, el cineasta Otto Preminger, el actor Dick Gregory, y otras prominentes personalidades que recibían en sus casas a los jefes Panteras y ayudaban a la organización con contribuciones monetarias. O amo del FBI hubiera podido agregar a su lista de inculpados el nombre de la actriz Jane Fonda, que en septiembre pagó fianza para liberar a un joven Pantera, acusado de tener en su domicilio armas no legalmente registradas. "Me indigna tanto rigor por cuatro fusiles y algunas cajas de balas —ronroneó la estrella— cuando montones de racistas blancos poseen enormes arsenales secretos ..."
Los sectores blancos más audazmente liberales desaprueban la violencia verbal y material de los Panteras, pero a la vez advierten la tremenda persecución que los hostiga sin tregua y desean "darles una oportunidad". Así fue como diez organizaciones cívicas y religiosas de Filadelfia —perfectamente legalistas y moderadas— intercedieron para que los Panteras Negras pudieran realizar una convención "en la ciudad donde se firmó la Constitución de los Estados Unidos". Entre el 5 y el 6 de septiembre último se reunieron cuatro mil quinientos miembros de la organización en el estadio de la Universidad de Temple, y contaron con la presencia de Huey Newton, liberado bajo fianza.
Estas circunstancias no deben llamar a engaño: los Panteras Negras están condenados por las autoridades; la represión policial se ha desencadenado con todo su poder y con creciente saña para aplastar a la peligrosa organización. Por su parte, los discípulos de Newton, Seale y Cleaver se han lanzado a "escalar" la violencia de su contraataque hasta límites espeluznantes: no vacilan en matar policías fríamente y por sorpresa, aunque se trate de cerdos negros. La Pantera ya no es sólo roja por dentro; su pelaje se ha teñido de sangre.

 

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Ángela Davis
"He entregado mi vida a la lucha", clama Ángela Davis
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Una guardia de Panteras Negras saluda con el puño derecho en alto
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Un miembro de los Panteras ruge: "Hay que liquidar a los cerdos"
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