Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

 


EL MUNDO
LOS DIABLOS SUBTERRANEOS

Revista Periscopio
31.03.1970

Son 300 ó 400 y hacen hablar a la dinamita. Se embriagan de violencia y deliran con el Apocalipsis; Adam Ulam, el historiador de Harvard, les llama "los psicopatólogos de la revolución". No se apoyan en Lenin ni en Mao, sino en Serge Netchaiev, el demente nihilista ruso de 1870 a quien Dostoievski pintara en Los Poseídos; sus héroes no son Giap ni Che Guevara, sino Charles Manson, el asesino de la actriz Sharon Tate.
Este puñado de jóvenes norteamericanos ha jurado quebrar a los Estados Unidos. Hijos de la "aristocracia" —aristocracia del dinero, del poder—, dicen que ella encarna el Mal, pero que ellos son el Bien. Piensan destruir la opresión y la injusticia. Empresa gigantesca, en manos de quienes no merecen el tilde de minoría; sin embargo, desde hace un mes, mantienen en vilo a la máxima potencia.
El edificio de Standard Electric, en Nueva York, ha sido desalojado cuatro veces ante el temor por las bombas; veinte días atrás, el Secretario de Estado, William Rogers, abandonó su oficina por culpa de un inquietante llamado telefónico. Pero esa psicosis colectiva que moviliza bomberos y agentes, clausura avenidas, hace perder horas de trabajo y evacúa manzanas enteras, se justifica: el año último hubo cien atentados en Nueva York, y otros tantos en Washington y San Francisco.
En la madrugada del 24 de marzo, un ladrillo perforaba una ventana del restaurante Joe's, en el Village neoyorquino; lo siguió un paquete; al rato, el local volaba en pedazos. Un día antes, a pocas cuadras el Joe's, la discothéque Electric Circus se iluminó para presentar el show de la noche; bajo el estrado de los músicos había una explosiva sorpresa: se contaron 13 heridos. En Cleveland, entretanto, un fachendoso terrorista introducía un tubo entre la base y la figura de El Pensador, de Auguste Rodin. Después que se consumió la mecha, una de las quince réplicas que hizo el artista —valor: medio millón de dólares— se venía abajo, con pensamiento y todo.
Durante el fin de semana, los extremistas habían trabajado con más ahínco: una bomba falló en el Chase Manhattan Bank, pero otras incendiaron las tiendas Bloomingdale's y Alexander's. En Buffalo, demolían el edificio Lafayette con dos artefactos tan potentes, que la investigación todavía no pudo averiguar con qué material estaban fabricados. Aunque los militantes son pocos, encuentran respaldo en muchos ciudadanos lunáticos: en diez días, la Policía registró 1.231 llamados telefónicos, una manera de aumentar la psicosis.
La ola de atentados superó la paciencia de Richard Nixon. El miércoles pasado solicitaba la pena capital para todos los terroristas que produzcan muertos con sus tropelías. "Es hora de que los tratemos como merecen —sostuvo el Presidente—, como asesinos potenciales; se necesita una nueva y enérgica legislación para enfrentarse con estos jóvenes delincuentes, que adoptan la postura de románticos revolucionarios." Tras sus palabras, continuó un proyecto de ley que aumenta los años de prisión para los culpables de intentos con dinamita.

CARTAS Y SOLDADOS
Para el Senador James Eastland (Misisipí), los culpables gozan de nombre y apellido: son los 903 norteamericanos que viajaron a Cuba para la zafra. Su teoría ("Los adiestraron en terrorismo") se fundamenta en que casi todos los implicados en los últimos incidentes visitaron La Habana. Más sensato sería cerrar las facilidades para adquirir dinamita; pero las leyes varían según los estados y las ciudades: en Texas se puede comprar sin permiso; en otros sitios, los requisitos son mínimos.
No era el único problema que había fatigado a Nixon: el 23, decidió movilizar a las tropas federales, los reservistas y los Guardias Nacionales —en total, unos 30 mil hombres—, para resolver la huelga de correos iniciada el 18. En febrero había calmado las amenazas de los ferroviarios; esta vez, aparecía golpeado por el flanco: ningún empleado público —los carteros lo son— puede ir a la huelga, al menos, tal es su juramento al asumir el trabajo.
Esa suspensión laboral provocó la rabia de James Reston, quien desde el New York Times afirmaba: el Presidente no debe rendirse ante los reclamos de "una minoría que altera el orden establecido". El Secretario de Trabajo, George Schultz, aseguró: "No tenemos intenciones de sentarnos a deliberar con nadie, hasta que no se reparta la correspondencia". Los carteros pedían un aumento (el 40 por ciento), postergado durante 19 meses.
Aunque Nixon consideraba las quejas de los empleados como "legítimas", no podía ceder; el 21 repitió las palabras de Schultz, pero los carteros optaron por no transigir: la huelga se estiraba de costa a costa; de los 700 mil empleados, 200 mil cruzaban los brazos. Dos días después, el "estado de emergencia" y la movilización empezaron a convencer a los arrogantes carteros: a fin de semana, la huelga ya no existía. Entonces, se inició un conflicto con el personal de los aeropuertos.

METEOROLOGOS SANGRIENTOS
Por un error, tres explosiones sucesivas revelaron la existencia de una fábrica de bombas en una elegante casa de Manhattan. Allí intrigaba una docena de jóvenes, para voltear el edificio de la Universidad de Columbia; entre los escombros se halló el cadáver de un activista de izquierda: el líder universitario Theodore Gold, 23, estudiante de Derecho. Otros dos cuerpos —un hombre y una mujer— no pudieron ser reconocidos; la semana pasada, gracias a un dedo delator, se divulgó la identidad de Diana Oughton, 28. Hija de un multimillonario, tenaz luchadora en cuestiones sociales por toda América latina, radicalizó sus ideas —según la familia— por haber visto "tanta pobreza junta".
Ella, como los otros, pertenecía a Weatherman (Meteorólogo), un movimiento extremista cuyo nombre proviene de una canción de Bob Dylan, 'No necesitas un pronosticador para saber de qué lado sopla el viento'. La facción ha reclutado sus miembros entre los SDS (Students for a Democratic Society), cosechando a los más rebeldes en la tumultuosa convención del año pasado. Su prédica: Traiga la guerra al país. El slogan no sirvió para captar a la mayoría, entusiasmada con un cambio brusco en el sistema político y económico, pero temerosa de una aventura auténticamente revolucionaria.
De cualquier manera, en octubre. Weatherman desató "los días de ira" , una pretenciosa convulsión nacional que sólo obtuvo efectos en sus propias células: se dividieron en los Narodniki (nombre de los populistas del siglo XIX, durante los preparativos de la Revolución Rusa) y los Nihilistas. Los primeros invitan a la acción, para ganar adeptos; los otros, aconsejan el terrorismo contra el Gobierno y toda la maquinaria de fuerza.
Después de la accidental explosión, se sucedieron otras que habían sido tramadas con celo: entre el 10 y el 15 de marzo volaron las oficinas de IBM, Mobil Oil y General Telephone and Electronics. Los comandos subversivos responden al nombre Revolutionary Force 9, título derivado de una composición de Los Beatles.
Dejaron un panfleto: "Conocer las tormentas que Amerika [ortografía alemana que usan algunos extremistas, para señalar que el fascismo domina a los Estados Unidos] inflige sobre el Tercer Mundo, pero no simpatizar o identificarse con los sufridos es negar nuestra humanidad. Es negar nuestro derecho al amor; y no amar es morir. Nos rehusamos. Contra esa orientación fatalista de Amerika hay un solo camino de amor y libertad: atacar y destruir las fuerzas de la muerte, construir una sociedad justa, la revolución". Nadie sabe si las bombas consiguen despertar las conciencias.
Los siniestros recuerdan los años 80, cuando el anarquismo añadió el vocablo "tirabomba" al diccionario norteamericano. Los negros, que en verdad nunca fueron incorporados a la vida, también contribuyen al terror. Tres días más tarde del casual estallido en Manhattan, un automóvil explotaba luego de abandonar Bel Air, la ciudad donde era juzgado el activista Rap Brown por incitar a los disturbios.
Los ocupantes, íntimos de Brown, murieron; los detectives discurren que Ralph Featherstone y William 'Che' Payne trasladaban bombas de un lugar a otro, cuando detonaron. Al otro día, un petardo revolvía la Corte de Cambridge, el primer lugar donde sería procesado Brown.
Entre las ropas de Featherstone se encontró una carta dirigida a Amerika: "Hago cualquier cosa, porque cuando llegue el momento me pararé sobre tu pecho como Tarzán. Mi dinamita es la respuesta a tu Justicia, a tus asesinos y opresores. Con mis fusiles humeantes te empujaré hasta el Infierno. Que gane el mejor y Dios bendiga al perdedor".
Pero estos hombres, acostumbrados a fracasar en su lucha por los Derechos
Civiles, andan por el mismo corredor subterráneo que los Weatherman, aunque sin compartir las razones. Fred Hampton, un Pantera Negra acribillado a balazos, los acusó de "irresponsables"; según él, ese movimiento "engendraba la represión, que luego se volvía contra los negros".
Mark Nopps, editor de Kaleidoscope, una revista underground, no se inmuta por la impugnación de Hampton. Entrevistado por un cronista de L'Express, Nopps se dijo "Weatherman con tendencia populista" y declaró que "no se puede esperar más; es tarde ya para convencer por las ideas, por la palabra". ¿Para qué saca una revista? Inmutable, Nopps reitera: "Hay que abatir las fuerzas de represión, paralizar a los Estados Unidos. Debemos liberar al Vietnam y al Tercer Mundo; conseguido esto, el Tercer Mundo provocará la crisis económica de USA. Es ahora, solamente ahora, cuando la clase obrera debe sublevarse".
Un grupo de nihilistas de la Universidad de Wisconsin prefiere luchar antes que adoctrinar. Hace poco se apoderaron de un avión de turismo, para descargar una serie de bombas caseras sobre una usina de municiones. Por supuesto, las bombas no estallaron. Como se trata de muchachos porfiados, volvieron a la carga: el dique de la usina recibió una carga de dinamita que no consiguió derrumbarlo. Sin embargo, la Policía ha puesto precio a la información sobre los insurgentes: cinco mil dólares.
"Es que los jóvenes están aburridos de manifestar, sin obtener nada a cambio. Tienen sed de una violencia que les permita esclarecerse interiormente", insiste Nopps. Consultada Julie Dopknan, 20, una estudiante que militó como Weatherman, reconoce que "romper vidrios con una piedra excita mucho".
Pero de ahí a la Revolución, o a la revolución de los Weatherman, hay un largo trecho. "Participé en una comunidad en Detroit —confiesa Julie—, aunque ellos no sabían contra qué peleaban. Entendí que no eran capaces de saber en qué tiempo vivían. Éramos treinta, para vivir en una casa sin ningún confort. Una vida penosa y triste, porque ninguno aplicaba los principios elementales de solidaridad. Además, hablan de amor libre, pero yo vi otra cosa: separaban a los homosexuales, a los hombres y a las mujeres. Decían que era necesario endurecerse. Opté por regresar a mi departamento, con baño, cocina y refrigeración."

BROMAS APARTE
La Dopknan admite, sin pudor, que se droga con "el ácido", un mote popular del LSD. El mismo caso de Jack, 19, quien vende diarios en público, y lisérgico en privado. Hijo de un conocido sociólogo, se volvió revolucionario luego de un juicio. "Procesaban a mi compañera —relata—, una muchacha de 18 años. Sin dinero, había firmado un cheque sin fondos, por unos míseros dólares. Le dieron un año de prisión: en ese momento comprendí que este país debía ser destruido,"
A pesar de estos ejemplos, los Weatherman no se guían por móviles tan pueriles o personales. Gold, Oughton, Wilkerson, ostentan una interesante formación, una honesta actitud que no les impide chocarse contra la pared. La juventud norteamericana vive una mutación psicológica que suscita alarmas. No es, sin duda, el odio al racismo y a la guerra lo que los impulsa. Tanto una cosa como la otra existieron siempre. Y ellos no.

 

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"Tirabombas"
Oughton, Gold, Featherstone


 

 

 

 
El Pensador
El Pensador, tras la bomba

 

 

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