Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

 

Estados Unidos
el sistema en crisis

REVISTA CONFIRMADO
13 de junio de 1968
-un aporte de Héctor Álvarez-


Cuatro años después de finalizar la Primera Guerra Mundial, un tozudo irlandés proponía que "la historia es una pesadilla de la que yo procuro despertar". Hasta cerca de la medianoche del martes 4 de junio, cuando alojó 3 proyectiles de calibre 22 largo en la cabeza del senador Robert Francis Kennedy, el jordano Sirhan Bishara Sirhan seguramente desconocía la definición que acuñó James Joyce en Ulises.
De todos modos, los 8 disparos que distribuyó, entre el público que cubría el salón Embassy del hotel Ambassador, de Los Angeles (California), apenas alcanzaron a convulsionar a una sociedad de 200 millones de habitantes que, desde hace 2 décadas, no consigue despertar de la pesadilla que supone ocupar un lugar en la cronología del mundo como el país más poderoso de la historia.
Sin embargo, cada vez con mayor frecuencia parece a punto de evadirse de ese estado onírico: cuando 3 disparos de un rifle italiano Mannliche-Carcano de 6,5 milímetros destrozan la cabeza de un presidente, John F. Kennedy;, cuando un proyectil derrumba a un Premio Nobel de la Paz, el reverendo Martin Luther King, en un hotel de Memphis; finalmente, como ocurrió el martes, de la semana anterior, cuando las aspiraciones presidenciales de un senador de 42 años terminan abruptamente en un cajón de caoba en el cementerio de Arlington, a pocos metros del catafalco: que conserva los despojos de su hermano John, también asesinado por motivos políticos.
"Todos los antiguos valores del pasado, tanto significativos como no —explica el norteamericano Henry W. Malcolm en su ensayo 'La crisis de moralidad'—, podrían utilizarse para justificar cualquier cosa. Y esto podría implicar inclusive la destrucción del mundo entero, porque algún valor anticuado decía que valía más morir que cambiar."
Esa frase seguramente repicaba en la cabeza de los antiguos integrantes del staff Kennedy, cuando colocaron el ataúd de Robert sobre la carroza fúnebre en el brumoso atardecer de Washington del sábado 8 de junio, poco antes de que el cortejo atravesara el puente memorial sobre el río Potomac —acostumbrado al desfile de cadáveres ilustres— para internarse, a través del portal de hierro, en la ladera de Arlington, que asciende desde el tío: el ex secretario de Defensa, Robert McNamara; el ex secretario del Tesoro, Douglas Dillon; el astronauta John Glenn; el embajador viajero Averell Harriman, y el ex embajador en Vietnam generan. Maxwell Taylor, que alguna vez vislumbraron de cerca los secretos del poder, no podían ignorar que estaban conduciendo hacia la tumba la tercera víctima de una epidemia, empeñada en abatir a los que procuran superar una crisis a través del cambio sin conocer esos valores anticuados que, para sostener ese poder, antes prefieren la muerte del adversario.

The making of the president. 
Era casi un ritual que sólo dejó de cumplir el martes 28 de mayo, cuando fue derrotado, en las elecciones primarias de Oregon por su correligionario Eugene McCarthy. Encaramado a un balcón o durante una improvisada conferencia de prensa, repetía automáticamente una serie de gestos que popularizó su hermano John Fitzgerald durante la campaña presidencial de 1960: arreglarse con la mano derecha un mechón rubio que caía sobre la frente con premeditado desaliño y ubicar la corbata correctamente dentro del saco, antes de anunciar una victoria electoral.
El martes, de la semana anterior, 7 días después de la derrota de Oregon, ya había restaurado sus fuerzas políticas al colectar el 47 por ciento (1.325.659 sufragios) de los votos demócratas del Estado de California sobre el 41 por ciento (1.197.745) que alcanzó a reunir su adversario, el senador por Minnesota Gene McCarthy, y el 12 por ciento restante que acumuló el vicepresidente Hubert Horatio Humphrey (347.221 votos).
En realidad, era la cuarta victoria de Bobby Kennedy durante las elecciones primarias para la carrera presidencial de 1968: el 7 de mayo había derrotado a sus adversarios McCarthy y Humphrey en Indiana, y una semana después, volvió a vencer en la consulta para determinar a quién corresponderían los delegados de Nebraska. El mismo día de su victoria en California, Robert Kennedy había vencido en la elección de los 24 delegados de Dakota del Sur.
Pero estaba acostumbrado a los triunfos políticos desde que secundó a su hermano John en las campañas por la senaduría de Massachusetts (1952) y la presidencia de Estados Unidos y, más tarde, al colaborar con su hermano Edward (Teddy) en la campaña electoral para recuperar al patrimonio familiar de los Kennedy el escaño senatorial, de Massachusetts, su estado natal: una campaña de 27 elecciones invictas, interrumpidas abruptamente el 28 de mayo con el fracaso de Oregon.
Seguramente por ese motivo la "elección de listas de candidatos a delegados que pueden comprometer su voto" —como se denominan, en la complicada fraseología oficial, las elecciones primarias de California tenía una importancia vital para el futuro político de este ex secretario de Justicia de su hermano John: en la práctica, California era la última primaria de importancia en el dilatado calendario electoral de Estados Unidos.
Para el 11 de junio quedaba el Estado de Illinois, donde se realizaron "encuestas de preferencia no obligatoria, elección de delegados de distritos libres de compromiso escogidos por acumulación en la convención estatal". Otros 2 Estados, Alabama y Nueva York, celebran elecciones primarías de delegados a la convención nacional de cada partido, pero en la boleta electoral de cada uno de ellos figuran las preferencias presidenciales de los presuntos delegados.
Después de la derrota de Oregon, RFK admitió la importancia del martes 4 de junio, cuando amenazó: "Si pierdo las primarias de California abandono la lucha". De todos modos, su magra victoria sobre McCarthy probablemente lo hubiera obligado a adoptar esa decisión durante la Convención Demócrata de Chicago. Un viejo axioma de la política norteamericana asegura que ganar las elecciones primarias no garantiza de ningún modo la nominación; pero una campaña tachonada de fracasos es, inevitablemente fatal.
En Estados Unidos, nadie ignora que el traspié de New Hampshire, el 12 de marzo, cuando cayó derrotado frente al liberal McCarthy, fue uno de los motivos que más contribuyeron para decidir su retiro de la carrera por una reelección. En 1952, el presidente Harry Truman resignó la posibilidad de acceder a un nuevo mandato cuando fue derrotado en New Hampshire por el senador demócrata Estes Kefauver. En cambio 4 años antes Truman tuvo que recurrir a una fatigosa serie de elecciones primarias para asegurarse el primer lugar en la boleta presidencial del Partido Demócrata.
Mientras RFK prefería demostrar que estaba en condiciones de ofrecer batallas políticas en cualquier terreno —un elemento que los convencionales toman prolijamente en cuenta—, el cauteloso vicepresidente Humphrey se esmeraba por obtener 2 respaldos imprescindibles para catapultar su candidatura al instrumento de poder más' grande y poderoso de todos los tiempos, la presidencia de Estados Unidos: el apoyo de la pandilla del dinero —los grandes empresarios e industriales de Estados Unidos— le permitirían financiar su campaña política para evitar la repetición de un fracaso que 8 años atrás lo obligó a retirarse en plena campaña frente a John Kennedy. En ese momento, al borde del colapso político, atribuyó a la pandilla del dinero su fracaso en las primarias de Wisconsin y Virginia Oeste. El otro respaldo, apenas encubierto por las formalidades de la Casa Blanca, es tan importante como el anterior; ningún norteamericano relativamente informado desconoce que el presidente Lyndon B. Johnson mira a su vicepresidente como el heredero más potable para continuar con su política de la gran sociedad. Por o menos, el habilidoso HHH se esmera en contabilizar los aciertos de gobierno de LBJ en su plataforma electoral.
No es precisamente casual en los comentaristas políticos de Estados Unidos los adjetivos que utilizan para referirse al Vicepresidente: cuando eludió, los encuentros directos con Robert Kennedy y Eugene McCarthy para buscar el apoyo de los delegados de aquellos estados que no realizan elecciones primarias, dejó de ser el títere o el segundón de Johnson para convertirse, imprevistamente, en el astuto vicepresidente o el sutil Humphrey.
Una encuesta realizada la semana pasada por los cronistas especializados de la agencia informativa Associated Press indicaba que, hasta la elección de California, Humphrey, se había asegurado el respaldo de 308 votos; Robert Kennedy computaba 274, y McCarthy 234; los 307 delegados no comprometidos parecían inclinarse a favor del vicepresidente que, en ese caso, sumaría 615, delegados sobre los 1.312 que necesita —la mitad de la convención más uno, cuyo número total es de 2.622— para imponer su nominación. Pero las estimaciones más optimistas aseguraban que a ese número habría que sumar los votos de los delegados designados por la maquinaria partidaria de cada estado: su caudal para la Convención de Chicago alcanzaría, entonces, a unos 1.300 delegados; suficientes para aplastar a cualquier adversario.
En términos absolutamente reales, la derrota de Oregon había arrojado algunas sombras sobre la aureola de invencibilidad de los Kennedy y colocaba serios escollos en su camino hacia la Casa Blanca: se había lesionado el carisma que en un momento de atosigamiento político podría imponer su nombre al tope de la fórmula demócrata.

El crimen fue en Los Ángeles.
Hacia la medianoche del martes 4 de junio, cuando este séptimo hijo del ex embajador en Londres Joseph Kennedy apareció en una improvisada tarima en al salón Embassy del hotel Ambassador, solamente sus íntimos asesores confiaban en una victoria en la Convención Demócrata que le permitiera disputar las elecciones presidenciales de 1968. Luego de repetir el ritual de la victoria, común a los 3 políticos del clan Kennedy, Bobby asumió un tono inusualmente solemne para reclamar: "Podemos comenzar a trabajar juntos para superar divisiones, violencias, desencantos". Pronunció 51 palabras más: cuando se dio vuelta para caminar hasta la cocina del hotel, un jordano de 24 años —nacido en la zona que controlan las fuerzas de ocupación, de Israel desde hace exactamente un año— "con premeditación, con malicia, con felonía y contra la ley, asesinó a Robert Kennedy, un ser humano", como explicaba la acusación formulada el sábado 8, en Los Angeles, por el juez Arthur L. Allarcon.
La sangre apenas le tiñó el mechón; en cambio, dejó una mancha enorme sobre la alfombra del primer piso, donde Robert quedó recostado de espaldas mientras recibía las primeras atenciones del doctor George Lambert, de American Airlines, que acudió inmediatamente con otros colegas. Su esposa, Ethel Skakel, se arrodilló junto a su marido para depositarle un rosario entre las manos. Pero sólo una hora después, mientras lo trasladaban en ambulancia desde el Hospital Central de Emergencia hasta el Hospital del Buen Samaritano, en Wilshire Boulevard, el reverendo Thomas Beecher le suministró la extremaunción, conforme a los ritos católicos.
26 horas después del atentado, el secretario de prensa del senador Frank Mankiewicz, improvisó una conferencia de prensa para anunciar: "El senador Robert Francis Kennedy murió hoy (jueves 6) a la 1.44". Uno de los proyectiles, alojado en la región del cerebro medio, le interesó la médula espinal.
Aunque esta vez habían conseguido detener al asesino —no la policía, sino los ex campeones olímpicos Rafer Johnson y Roosevelt Greer, que integraban la comitiva del senador—, las declaraciones del Procurador General, Ramsey Clark, asegurando que no existía ningún complot, no consiguieron despejar las dudas sobre la existencia de un ajustado mecanismo de poder, empeñado en destruir las posibilidades de Cambio de una sociedad que atraviesa la crisis más sombría de su historia.

Técnica del golpe de estado. 
La reiteración de la técnica homicida como método para suprimir los elementos liberalizadores alentó, en algunos especuladores, la tesis de una nueva técnica de golpes de estado. Un país altamente industrializado, principal factor de poder en la estrategia de la estrategia de coexistencia pacífica establecida en el mundo por las 2 grandes potencias a partir de la Segunda Guerra Mundial, no puede recurrir al tradicional coup d'ettat o al clásico putsch; ni siquiera seguir con cierta fluidez los consejos acuñados por Curzio Malaparte en Técnica del golpe de estado, que permitieron a Benito Mussolini acceder al poder de Italia: las inevitables repercusiones internacionales que provocaría el derrocamiento del habitante de la Casa Blanca colocaría en peligro la seguridad de Estados Unidos.
En los países del bloque socialista las soluciones de esta naturaleza no tienen matices demasiado diferentes: una decisión conjunta de los altos niveles del Partido Comunista y del Ejército Rojo desplazó al premier Nikita Kruschev, para ubicar en su lugar al tándem Leonid Breznev y Alexei Kosygin.
Después del golpe de estado contra su hermano, RFK había vislumbrado que "el libre camino de la vida propone los fines, pero no prescribe los medios" cuando advirtió: "La voluntad que tenemos de morir por nuestros ideales es lo que hace posible que nuestros ideales vivan".
Hace 4 décadas, los medios no prescriptos para alcanzar esos fines necesitaban controlar las actividades de la maffia, centralizada particularmente en la colonia italiana que residía en Estados Unidos, durante la crisis económica de 1929: la elección de un selecto representante de esa colonia, el self made man Fiorello La Guardia, como alcalde de Nueva York, sirvió como excusa para lograr ese objetivo. Tan importante resultó la medida adoptada por los implacables businessmen neoyorquinos en complicidad con el presidente Herbert Hoover que el aeropuerto auxiliar de Nueva York, donde curiosamente desembarcaron los restos de Robert Kennedy cuando
fueron trasladados de Los Angeles, lleva el nombre de La Guardia.
Esa técnica refinada había sido utilizada una década antes para lograr el control de la maffia irlandesa, cuando los desocupados hijos de inmigrantes comenzaron a vestir el uniforme de los policías. En la incorporación de cargos públicos de relativa importancia alentó la esperanza de canalizar la violencia que proponían Stokeley Carmichael, Roy Karenga y Rap Brown hacia una pacífica política de integración conducida lentamente por el Premio Nobel de la Paz Martin Luther King, partidario de la no violencia.
Cuando la sutileza no alcanzaba para los coeficientes mínimos de seguridad que exigían los factores de poder, la violencia se encargaba de colocar las cosas nuevamente en su lugar; pero 30 años de violencia, asesinatos —convenientemente matizados por una guerra mundial y dos conflictos localizados, Corea y Vietnam— terminaron por conducir a la primera potencia del mundo, quizás el imperio más poderoso que haya conocido la historia del mundo, a un estado de crisis política y psicológica que parece haber comenzado a merodear las aristas del colapso definitivo.
No es un mérito de la poderosa clase media norteamericana haber descubierto que la Violencia engendra violencia. Ni tampoco es casual que el presidente Lyndon B. Johnson haya despreciado a la policía y la Guardia Nacional para controlar los disturbios que provocaría, eventualmente, la muerte del senador Robert Kennedy. Si la policía pudo controlar al principio los desbordes de Harlem y Watts, luego tuvo que recurrir al auxilio de la Guardia Nacional para controlar los estallidos de violencia que surgían cada vez con mayor frecuencia. Pero durante los disturbios provocados por los negros después del asesinato de Martin Luther King, la rebelión apenas consiguió ser detenida —con dificultad— utilizando un elemento inédito hasta ese momento: los tanques del ejército norteamericano llegaron hasta los suburbios de Boston, un hecho que las agencias informativas internacionales evitaron prolijamente distribuir al exterior.

Los generales asiáticos. 
La intoxicación de violencia y la crisis que atraviesa Estados Unidos no tienen ninguna importancia, en última instancia, al lado de los intereses que maneja el oligopolio, como define el norteamericano Paul Baran a la concentración de grandes capitales volcados en empresas de alta tecnología, donde el único comprador es el Estado. En este turbio manejo de intereses es donde juegan su importancia los conflictos militares focalizados, la carrera espacial, las estrategias mundiales de defensa y los intereses particulares de algunos miembros del Pentágono.
Como típico representante de los esquemas liberales del Partido Republicano, Dwight Eisenhower prefirió contener la inversión en armamentos para dar paso a un equilibrio del presupuesto interno. Pero cuando John Kennedy inició la carrera presidencial, en 1960, formuló una promesa que entusiasmó al trust de cerebros militares de la secretaría de Defensa y a los intereses del oligopolio: el Estado se convertirá en el primer comprador de la alta industria tecnológica, pues sus planes contemplaban el comienzo: de la carrera espacial y la puesta en marcha de un mecanismo de defensa a través de una barrera de cohetes, cuyo teórico era el secretario de Defensa, Robert McNamara.
Obviamente, el plan Kennedy no sólo contó con el respaldo de los industriales, sino con el apoyo de un exclusivo grupo de militares a quien se atribuye el manejo del Pentágono a nivel militar y una poderosa influencia en las decisiones de la Casa Blanca: los generales asiáticos William Westmoreland, Earle G. Wheeler y Abe Abrams. Del pacto también participaron el ex embajador en Washington, general Maxwell Taylor, y los 5 jefes del Estado Mayor: Lemnitzer (presidente de la Junta), Decker (Ejército), White (Aviación), Burke (Armada) y Shoup (Infantería de Marina); pero luego debieron abandonar el Pentágono para dejar paso a los asiáticos químicamente puros.
La estrategia de JFK consistía en impulsar la industria monopólica de Estados Unidos, puesto que el Estado estaba en condiciones de desprenderse de la industria no monopólica cuya esfera de actividad sería transferida a América latina a través de la Alianza para el Progreso.
Nadie conoce con exactitud a qué intereses respondía Lee Harvey Oswald el 22 de noviembre de 1963 cuando disparó 3 balazos sobre la cabeza del presidente Kennedy: los especuladores más sutiles llegaron a pensar que la estrategia, de defensa planeada por McNamara obligaría a un necesario repliegue de las fuerzas norteamericanas en diversas áreas del mundo que, inevitablemente, afectarían en forma simultánea los intereses de las industrias monopólicas y no monopólicas. Esta especie de traición al pacto de 1960 sería el sendero visible que condujo a John Kennedy a Arlington.
Lo cierto es que su sucesor, el texano Lyndon Johnson, se comprometió a continuar la política del grupo de generales asiáticos que tuvo que desprenderse —cuando las condiciones lo aconsejaron prudente— del hombre que había estado a punto de quebrar el minucioso engranaje: Robert McNamara. En reemplazo de la antigua estrategia de defensa, dio lugar a un plan elaborado por el jefe del Estado Mayor Conjunto, generan Earle Buzz Wheeler, y un grupo de generales de aviación, a quienes se les atribuye —en realidad—la paternidad de la escalada militar en Vietnam.
El nuevo pan de defensa plantea la creación de una barrera de cohetes-anticohetes: la puesta en marcha de ese mecanismo que demandaría cuantiosas inversiones colocaría nuevamente al Estado en situación de primer comprador de la alta tecnología. Pero de nada serviría esa minuciosa planificación de intereses y estrategia si las nuevas elecciones presidenciales no garantizaran la llegada a la Casa Blanca de un hombre dispuesto a continuar la política horneada en LBJ y los generales asiáticos en combinación con los industriales del oligopolio: el vicepresidente Humphrey sería el candidato ideal para convertirse en heredero de LBJ. Para garantizar la otra arista de la continuidad, LBJ hizo votar en el Senado —aunque la ley prohíbe que un hombre se mantenga en el pináculo de la Junta por más de 2 períodos consecutivos— una excepción: la reelección de Wheeler, un hecho que serviría para confirmar la tutela del poder militar y los intereses en juego que representa sobre los órganos constitucionales.
Robert Kennedy, en cambio, se convertiría seguramente en el sucesor de la política de su hermano John si conseguía acceder a la Casa Blanca. La experiencia demostró en Dallas que conviene prevenir. Las pocas dudas que quedaban sobre el verdadero poder de las industrias de la guerra, seguramente desaparecieron entre el domingo y el lunes último, cuando Teddy Kennedy : estudiaba la posibilidad de retirarse de la vida política para no convertirse en la nueva víctima de un grupo y una sociedad que parecen haber ingresado en los tramos finales de la elipse histórica: el descenso, una pesadilla que, como pretendía Joyce, sólo se evade del estado onírico cuando resuenan los disparos de un rifle o la sangre cubre las calles del imperio más poderoso que conoció la historia del mundo.

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