FRANCIA
La Revolución acabo en un picnic

El miércoles pasado, en, Francia, sólo un millón y medio de huelguistas (sobre 10 millones), había aceptado los convenios Pompidou-Séguy. Pero resultaban inútiles los esfuerzos sindicales para someter a votación la vuelta al trabajo: era la Pascua de Pentecostés, el sol calentaba deliciosamente, y todo el mundo se marchaba al campo, en los autitos que les procuró de Gaulle, el hombre cuya cabeza pedían la semana anterior. La Revolución acabó en un gigantesco picnic.
Los únicos que no pudieron deleitarse con tres días de vacaciones son los antiguos y nuevos Ministros; más contrariado que nadie, el de Finanzas,
Couve de Murville, que pasó las noches en blanco echando sus cuentas. Francia había ya retirado del Fondo Monetario Internacional (donde dispone de 1.800 millones de dólares) 745 millones. La producción industrial y las exportaciones pérdidas, 180 millones; déficit turístico, otros 35. El problema era cómo dilatar el momento en que, por vía de la inflación, los asalariados devolverán el 10 por ciento de aumentos obtenido.
Definitivamente, para la mayoría de los franceses, la revuelta estudiantil comandada por Daniel Cohn-Bendit ha sido una 'connerie' (un acto de imbecilidad). Lo fue sin duda, porque habrá obtenido un resultado diametralmente opuesto a lo que esperaban sus promotores. Como sucedió con los estudiantes alemanes, cuya agitación ha servido para que el Bundestag aprobase la legislación de emergencia que el Gobierno le pedía desde varios años atrás.
Sin embargo, la estúpida algarada sirvió de detonante para animar el juego político, que a los diez años de régimen gaullista había caído en un sosiego enervante. Ese juego estaba reservado a los hombres serios. Ellos excluyen a priori toda veleidad insurreccional, porque saben que un Estado moderno (y no era el caso de Rusia en 1917, de China en 1949, de Cuba en 1959) dispone de sobrados medios, materiales y psíquicos, para defenderse. Está a la vista.
Quizá se entusiasmaron en su juventud con el libro de Georges Sorel: Reflexiones sobre la violencia, y el de Curzio Malaparte: Técnica del golpe de Estado. La huelga parecía ser un arma infalible contra el poder de la burguesía; a una señal dada, un pequeño grupo de hombres de acción se apoderaba de los sitios neurálgicos de la capital: puentes, arsenales, telecomunicaciones. Luego crecieron, y aprendieron de la realidad que tomar el poder significa formar un Gobierno a cuyo servicio pueden ponerse las Fuerzas Armadas.
Es obvio que en ningún caso el general Jacques Massu vendría a cuadrarse delante de Cohn-Bendit, cuya personalidad —boche, juif, voyou (en argentino: atorrante) y, para colmo, pelirrojo— parece creada especialmente para irritar no ya al Ejército, sino al conjunto de la sociedad francesa. Pero él también crecerá y, después de haber visto cómo la huelga más grandiosa de la historia mundial conducía a un modesto aumento de salarios, aprenderá, a menos que sea un esquizofrénico incurable.

La hora de la verdad
En este juego político participaron siete u ocho protagonistas. Pompidou: gaullismo oficial. Tixier-Vignancour: antigaullismo de derecha. Giscard d' Estaing: "post-gaullismo". Capitant y Vallon; gaullismo de izquierda. Servan-Schreiber: neocapitalismo. Mitterrand: izquierda democrática. Mendés-France: socialismo moderno. Y, naturalmente, el Partido Comunista y la CGT.
Todos ellos miraron con extraña complacencia la acción extremista —menos de Gaulle, que la llamó por su nombre: chienlit, carnavalada—, con el fin de aprovecharla para sus fines propios. Todos simularon que las ideas de los irresponsables jovenzuelos coincidían con las suyas propias. La teoría política, la sociología, hasta la filosofía, debieron soportar violentas contorsiones, para ajustarse a los brillantes sofismas que un profesor germano-norteamericano, Herbert Marcuse, había extraído de las obras de Marx, Freud y Galbraith.
La clase obrera, liberándose fugazmente de la hegemonía comunista, se lanzó a una prosaica lucha para mejorar sus condiciones de vida. Es que la política exterior y la política social del gaullismo se contradecían.
Francia es "independiente": se deshizo de tropas norteamericanas, presiona sobre el dólar, desarrolla su fuerza atómica disuasiva, aleja a los ingleses del Mercado Común, pilotea a media Europa hacia una estrecha cooperación con la otra mitad, socialista. Nada de esto podía hacerse sin acumular una reserva de 6.000 millones de dólares. Para hacerlo, ha, debido, en los últimos dos o tres años, refrenar los aumentos de salarios, que habían crecido persistentemente a principios de la década gaullista.
Ahora, en cambio, destruido el mito de Gaulle, se ha restablecido el sistema de negociación: victoria comunista. Pero los 6.000 millones de dólares han comenzado a volatilizarse; victoria norteamericana. Y Waldeck-Rochet deberá explicar a Moscú por qué persiste en asociarse con Mitterrand y los socialistas, que impugnan toda la política exterior de Francia; por qué, de hecho, milita contra la "independencia"; por qué, lanzando la clase obrera a un movimiento de tales dimensiones, obliga a de Gaulle, tan amistoso con los países socialistas, a recordar con ira la naturaleza "totalitaria" del comunismo.
Todos trataron de apropiarse del movimiento huelguístico, pero sólo Fompidou, con unas módicas concesiones, y la CGT, como "interlocutor válido", estaban en condiciones de hacerlo. Los demás quedaron desenmascarados. Tixier y Giscard se vieron obligados a ofrecerse para formar un Gobierno represivo; Mitterrand, Mendés, Servan, y hasta el PC, debieron confesar que sólo buscaban una "solución pacífica" conveniente a sus intereses políticos.
¿Qué tipo de solución pacífica? La primera, que de Gaulle despidiese a Pompidou y los llamara a ellos. La segunda, más ambiciosa, que el viejo y arrogante estadista, fastidiado por la ingratitud de Francia, se marchara con un portazo, como en 1946. En ese caso, Gastón Monnerville —un obeso mestizo de quien pocos saben que aún es presidente del Senado— llamaría a unas elecciones que debían permitir a Mitterrand instalarse en el Elíseo y nombrar a un Primer Ministro que aplacase a los huelguistas con algunas decenas de francos por mes, y, si no bastaba, con los tanques del Ejército.
De Gaulle puso fin a todas estas ilusiones con un sencillo discurso, el 30 de mayo. Desde luego, la eficacia del discurso no estaba en él, sino en lo que había detrás: la visita del Jefe de Estado al Ejército del Rhin. No fue, ciertamente, una victoria gratuita. Tuvo que humillarse ante ese mismo general Massu que lo llevara al poder diez años atrás: en adelante, deberá compartir el poder con los militares, cuya tutela se había sacudido poco después de 1958,
Es que ha sonado la hora de la verdad. De Gaulle solo ya no puede con Francia; para gobernarla no basta con tener la radio y la tv; hay que contar con el Ejército. Y los "presidenciables" de izquierda y derecha, Mitterrand y Giscard, no representan nada fuera del tinglado parlamentario. Frente a de Gaulle y los militares, sólo quedaron en pie el PC y la CGT.
¿El pc y la cgt? ¿No es la misma cosa? Sí y no. El aparato sindical sigue dominado por los comunistas, pero debajo de él hay una masa que no está sometida a la disciplina de partido y que se interesa muy poco por la política. Vota por el comunismo para servirse de él; pero cuando advierte que es el comunismo el que se sirve de ella, se aleja. Si Waldeck-Rochet intentase la toma del poder, debería arrasar las barricadas obreras y fusilar a los que cada cinco años le han dado sus votos.
Los comunistas franceses, odiados y despreciados por los obreros (nada más natural: son una institución, como dijo Sartre, sin percatarse de que él también lo es) salen fortalecidos de la crisis. Se ha probado una vez más que el pueblo no dispone de otro dispositivo eficiente para convertir su protesta en ganancias reales, aunque momentáneas. Ni el comité central ni la CGT actuaron con excesiva lucidez; por lo menos tres veces se equivocaron:, primera, asignando al movimiento un carácter "provocativo" y plegándose a él; segunda, al postular un cambio a la vez "revolucionario" y "legal" (renuncia del Presidente) ; tercera, al firmar unos convenios que los obreros rechazaron (era demasiado pronto: el país no se había cansado bastante del desorden).
El viernes, en fin, Charles de Gaulle iniciaba su campaña electoral con un mensaje televisado en el que renegó del capitalismo y del comunismo: no son la cura, según él, para el motín de obreros y estudiantes; sí lo es, la asociación del capital y el trabajo. "La República y la libertad misma están en juego en los comicios del 23 y el 30", insistió el Presidente. Los partidos opositores no piensan lo mismo, pero se apresuraron a registrar sus listas de candidatos; entretanto, algunas bandas antigaullistas se halagaban distribuyendo bombas.
PRIMERA PLANA
11 de junio de 1968

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Georges Séguy
Georges Séguy

Cohn-Bendit
Cohn-Bendit

 

 

 

 

 

 

 

 

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