Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

 


HISTORIAS CON TUPAMAROS

Revista Periscopio
12.05.1970

1
Al viejo edil socialista le salió un hijo Tupamaro. Andrés Cultelli se angustiaba: su Alfredo podía tener un fin trágico. Claro que en el Uruguay, él lo sabía bien —dirigió una hoja de combate, El Sol—, la única violencia finca en las palabras, en las letras de molde de una izquierda que sólo sabe alejar votos. Pero esos muchachos que acompañaban a su hijo, tan callados, introvertidos, lo preocupaban. Suponía, sin embargo, que pronto se les pasaría el furor revolucionario. El 8 de octubre del año pasado, una ráfaga de metralleta tronchó los 19 años de Alfredo, uno de los tres Tupamaros que cayeron en el operativo Pando.
A principios de este año, el mismo Andrés Cultelli pasó a la clandestinidad: se ha hecho Tupamaro.

A las tres de la mañana los agentes entran en la casa. Revuelven todo, despiertan a los niños; también arrancan una fotografía del hombre ausente, mientras la mujer grita: "¿Qué pasa, están locos?"
Una hora antes estalló un polvorín en un barrio de Montevideo. La policía ha capturado al esposo; ella creía que él estaba en un asado. Aún hoy no puede creer que fuese Tupamaro.

—El comisario Besón me dijo: "Ya que no querés hablar vas a soñar", y yo no supe qué quería decir, hasta que me metieron en el calabozo y el carcelero me puso una venda y un capuchón húmedos, y me estaquearon encima de una colchoneta mojada con los brazos en cruz y las piernas separadas, y empezaron a insultarme y picanearme y decirme que "nunca más iba a poder hacer el amor".
Me tiraron trapos mojados sobre el cuerpo; cuando los secaba la electricidad, volvían a mojarlos. Debe de ser un alambre flexible con una bolita en la punta, porque cuando me arqueaba no me pinchaba. Grité tanto que —me han
dicho— varios rapiñeros lagrimearon al oírme ... (Rodobel Cabrera, capturado en marzo de 1970, por albergar a dos Tupamaras prófugas).

Hace ya dos meses, el ciudadano uruguayo H. G. se regodea en el Lago di Como, Italia. Mientras se afeita, prende el televisor; de pronto, el aerosol se le queda en el aire asombrado: en la imagen aparecen la Universidad, la 18 de Julio, la Casa de Gobierno, el Sorocabana. La RAI (Radio y Televisión italianas) ofrece Reportaje a un Tupamaro, una entrevista filmada con sombras, manos, y una sucesión de escenas de los incidentes que siguieron a las Medidas de Seguridad, reimplantadas el año pasado.
A principios de 1969, la Policía insistía : la organización subversiva está liquidada. En ese momento, los Tupamaros filmaban un documento sobre sus actividades.

El ladrón se lamenta: "Ando con la scomunica". En un mes lo atraparon dos veces: tiene tantas entradas que le han colgado el mote de Cara de goma. Mientras espera el sumario por "hurto de un cartera de mujer en un supermercado", escucha un diálogo de abogados sobre la última changa de los Tupamaros: 25 mil libras esterlinas (periscopio Nº 30).
Cuando dejan de hablar, uno de ellos se acerca al prisionero. Socarrón, Cara de goma le comenta: "Esos sí que hacen la guita grossa, ¿eh dotor?"

El penal de Punta Carreta. El Juez charla con Julio Marenales Sáenz.
—Mengano es un miembro activo, ¿no es cierto?
—No, no estaba en el movimiento y nunca podrá estar.
—Pero si es un hombre de firmes convicciones, con formación ideológica.
—Es muy conversador —lapida el Tupamaro.

Deciden que, en vez de hablar, es necesario hacer. Jóvenes, los dos seminaristas se conectan con un estudiante del Liceo Militar. Ahora el "cambio de estructuras" que agobiaba sus pensamientos comienza a tomar forma. El cadete prepara un burdo plano, en papel de estrasa: es el relevamiento de una base aérea; luego se asusta y avisa a un superior. Luis Samandrú Sierra y Mario Cáceres, simples aspirantes, máscaras sueltas que no pertenecen a ningún movimiento, rematan su novatada en la cárcel.
Por culpa de un irrisorio dibujo, la Justicia Militar acusa a los dos seminaristas de espionaje: ahora, sobre ellos pende una condena que oscila entre 8 y 30 años de prisión.

El abogado Pedro Cersósimo, Ministro del Interior, y el médico Aquiles Lanza, entran a la cárcel. Uno es un político improvisado que sirve a los planes de Jorge Pacheco Areco; el otro, un tránsfuga que abandonó la tienda de Zelmar Michelini, después la de Jorge Batlle, y ahora se refugia bajo el ala presidencial. Recorren unos túneles; se detienen frente a una celda. El guardián abre la puerta. Los dos jerarcas van a revisar a José Astorga, quien, según su defensor, ha sido torturado.
Quejándose en un rincón, los genitales destrozados —una fuente responsable dice que "le golpearon un testículo con un martillo"—, Astorga cree que el mundo se acabó. Afiliado al Partido Comunista, sus camaradas ya no lo reconocen. Su único delito: guardar a una Tupamara prófuga; según él, le dio alojamiento como sirvienta. La Policía nada pudo probarle y Astorga recuperó su libertad una semana después: fue uno de los principales testigos ante la comisión senatorial que investiga las torturas, Cersósimo y Lanza lo revisan. Luego de la prolija inspección, el médico no emite declaraciones mientras Cersósimo sostiene: "Ese hombre se hirió a propósito".
El jueves 16 de abril, Pedro Cersósimo renunció a la cartera de Interior. Admitió que "no sabía lo que pasaba en su Ministerio".
Aceptada la denuncia —se recibe un centenar por día— parte la comisión y rodea la casa. Algunos policías se preguntan si vienen con orden judicial; los ocupantes se dieron cuenta de que están rodeados. El oficial ordena entrar. En la casa se apagan las luces y por la chimenea comienza a salir humo. La primera resistencia la ofrece un can; la comisión se detiene: ¿qué hacer? El humo se hace más denso. Ninguno se atreve a pegarle un tiro al animal. Llaman por teléfono a la Jefatura para que envíen a un "encantador" de perros. Unas lenguas de fuego se escapan por la boca de la chimenea. Llega al experto y en diez minutos convence al mastín. De la chimenea no sale más humo. La redada: cinco Tupamaros. Pero todos los papeles y documentos han desaparecido.
La odisea policial no terminaría allí; no se pueden llevar a los prisioneros, por falta de esposas para sujetarlos.

Todo se repite: la capucha, el paseo, la estaqueada. Me ponen encima una bolsa de arpillera mojada y el sacudón de la picana es mayor. Entonces miento, digo que había estado en una choza del balneario Shangri-La. Me llevan. Dos viejitos abren la puerta; se dan cuenta del engaño. Enfurecidos me empujan hacia la playa y me hacen meter al agua de rodillas. Dicen que van a ahogarme. Cuando se aburren, me devuelven a la prisión. Un Juez me ve y dice que ya nada me va a suceder. Promete que me darán de comer y que me dejarán dormir.
Por la noche me despierta la orden conocida: "Póngase de pie, de espaldas a la puerta." Todo se repite: la capucha, el paseo, la estaqueada (Leonel Martínez Platero, Tupamaro detenido a fines de 1968).

Después de morir con las alas derretidas, Ícaro insistió, acaso, en alcanzar el Sol. Sarandy Cabrera, un bardo uruguayo que ha vivido años en China, invocaba en todos sus escritos la violencia. Tenía tres hijos, los tres Tupamaros; uno ha muerto, otro está detenido y el tercero se arrebuja en la clandestinidad.
Ícaro. de todos modos, quiere alcanzar el Sol, aunque sea otra vez con las alas de cera. El próximo mes, Sarandy Cabrera publicará un libro de poemas, un renovado llamamiento a la acción directa: Poeta pistola en mano.

"Rajátelas, que así te reventamos", me dijeron. Después me metieron en la camioneta. El que iba a mi lado comenzó a hurgarme la cabeza, me abría las heridas, les metía los dedos, y después se limpiaba la sangre en mi ropa. Comenzó a jugar a la ruleta rusa con su revólver en mi sien; un compañero le dijo que ese juego era peligroso. Apenas descendimos, empezaron a pegarnos; hasta el enano de la Jefatura, que es de la Administración, me vino a pegar. Eso sí, a mí no me torturaron (Eleuterio Fernández Huidobro, detenido en Pando el 8 de octubre de 1969).

"Cuando te fuiste de casa, dijiste que tomarías un revólver. Aunque yo no pensaba igual, te entendí. ¿Pero por qué no lo usaste?" El viejo Diputado socialista Arturo Dubra le reprochaba a su hijo Pedro no haberse defendido cuando lo capturó la Policía, en 1968. Un año después se ahorró la reprimenda, cuando su otro hijo, Arturo, casi muere en el tiroteo de Pando.
Ahora dice que es mejor tenerlos en la cárcel que en un tumba.

"Por fin tendremos agua", exclamó Manija, un scruchante de segunda Categoría. Cautivo en Punta Carreta, pensaba que pasaría el resto de la condena sin que el agua llegara a su piso (el tercero). Pero el ingeniero Jorge Manera Lluveras, que cayó en mayo de 1969, habría de resolver el problema de las cañerías del penal, un enigma que nunca pudieron solucionar los técnicos oficiales.
Junto con Marenales, también arregló el ascensor; según mentas, hacía veinte años que no funcionaba.

Berta Topolansky trabaja en la Financiera Monty. Hija de un prestigioso médico, conspicua integrante de la sociedad uruguaya, tiene una hermana: Elia, la oveja negra de la familia, casada con el estudiante Leonel Martínez Platero. Él, Tupamaro, está detenido desde 1968; ella, Tupamara, vive en la clandestinidad desde la misma fecha, febrero del año pasado. Un día, Berta llega a la Financiera con un enorme paquete: lo desenvuelve y extrae una metralleta. Luego ingresan otros hombres y se consuma el asalto. En la puerta, Elia hace de campana.
Ahora los Topolansky tienen dos ovejas negras.

Dicen que saben poner el ojo. Uno de sus secuestrados, Pereyra Reverbel, fue a una de las últimas fiestas de disfraz, vestido como una Manola: parece que le encanta bailar flamenco. En otra, apareció engalanado como un teléfono público, con un procaz cartel adelante que decía "No funciona", y otro, atrás, que inducía a la imaginación: "Monedero público".

El año pasado, Corina Devita y Falero Montes de Oca se casaron en la cárcel; hace veinte días, Violeta Setelich —esposa de Raúl Sendic— alumbró un hijo en la prisión.

2
Son pequeñas historias, fragmentos de la canción de gesta que un día, quizá, repetirán los colegiales uruguayos. Pero la historia comienza a principios de los años 60. En dos elecciones sucesivas el Partido Socialista no alcanzó el cociente; los afiliados jóvenes deciden, entonces, buscar nuevas formas: Raúl Sendic, que organiza a los cañeros de Paysandú y Salto, olvida en la Capital a su esposa, Violeta Setelich, y a sus dos hijos, "Estarás como siempre en alguna frontera jugándote", le escribe en un poema, 'Todos conspiramos', Mario Benedetti.
Aunque estuvo en París para un Congreso de su Partido, y se recibió de Procurador, sus compañeros de Facultad lo recuerdan como "un tipo sucio, desaliñado, con barba de tres días y botas". Entre los cañeros, la imagen es distinta: añoran el mechón rubio sobre la frente, los ojos celeste verdosos, el macizo 1,73, las ojeras tipo bolsa y el hablar pausado, medular. Es que puso entre ellos la semilla de un sueño que tituló Movimiento de Liberación Nacional, Tupamaros. "Por ejemplo que estás solo o con pocos / que estás contigo mismo y es bastante / qué bueno que respires que conspires."
¿Quién podría olvidar su traje gris —el único—, con el pantalón gastado y el saco flamante?, sostiene una vecina de Bella Unión. Ella no conoce, sin embargo, su costumbre de dormir en los balcones; tampoco sabe si él ha concluido un libro, sus memorias, una idea con que siempre amenazó.
Y lanzó las Marchas sobre Montevideo: 600 kilómetros a pie, familias enteras que lo siguieron radiantes, sin claudicar. Y despertó a la Capital, nada más. Las tierras continuaron con sus dueños primitivos. Entonces, a los 36 años, en julio de 1963, Sendic inicia la acción: con algunos compañeros se apodera de una docena de fusiles sin cerrojo del Club de Tiro de Colonia Suiza, en el interior. El bautismo pasa inadvertido para la Policía, que atribuye el robo a delincuentes comunes.
Más tarde, sin embargo, habría de identificar a Sendic como uno de los autores; desde entonces, vive en la clandestinidad. "Dicen que madrugaste demasiado / que en plena siesta cívica gritaste / pero tal vez nuestra verdad sea otra / por ejemplo que todos dormimos hasta tarde."
Su clandestinidad era relativa, como la de todos los Tupamaros; se lo podía ver en cualquier sitio. El año pasado asistió al casamiento de su prima. "Circulamos o nos metemos bajo una piedra, pero entonces no servimos para nada", alegan. La espiral aumenta: en la Navidad del 63, un "Comando del Hambre" asalta un camión cargado de víveres y los reparte en los barrios pobres. Deja un suelto: "Basta de diálogo. Los derechos no se piden".
Ya la Policía está sobre la pista. El 11 de junio de 1964, tres cañeros que marcharon con Sendic inician una tradición: el asalto a un Banco. En setiembre Uruguay rompe relaciones con Cuba: varias bombas saludan la medida en empresas norteamericanas. La Policía repite el esquema y se equivoca: apunta al vasto abanico de jóvenes altoparlantes de la izquierda, esos legionarios de café, de barba y pelo largo (no se conoce ningún Tupamaro que gaste exageraciones pilosas, salvo discretos bigotes).
Claro que el esquema tradicional se altera en octubre, cuando atrapan a un profesor de Bellas Artes, a un alumno y a un ingeniero por el asalto a un Banco: Julio Marenales Sáenz, provinciano, autodidacta que trabajó de albañil y linotipista hasta graduarse, militante socialista con Sendic; Oscar Andrade Giménez, un joven pintor, y Jorge Manera Lluveras, profesional respetado, técnico en las usinas de la Unión Telefónica (UTE). En ese procedimiento, los investigadores descubren que el futuro se vuelve incierto: la habitual llamada a los delatores de turno, los soplones del lumpen, ya no sirve.
En diciembre, tal vez la historia se hubiera escrito de otro modo si la Policía argentina hubiese entregado a Raúl Sendic, maniatado en Monte Caseros (Entre Ríos) por "tenencia de armas y paso por lugares no habilitados". Pero nadie pide la extradición y Sendic sale libre.
El silencio rodea al Movimiento — salvo algunas "expropiaciones" menores—, hasta agosto de 1965: estalla una bomba en los depósitos de Bayer. Por primera vez en las paredes de la empresa aparece escrito un nombre en alquitrán: Tupamaros. Pero ellos no quieren trascender, se mantienen en la oscuridad, no desean que se sepa nada.. Es que se hallan en la etapa de formación y adiestramiento. El país, entretanto, se deteriora: movilizan a empleados públicos y se instalan las Medidas Prontas de Seguridad.
En febrero de 1966, mientras se representa 'Papas fritas', de Arnold Wesker, un comando ocupa el escenario: los uniformes y los fusiles —prestados por el Ejército— pasan a manos de los Tupamaros. A mediados de diciembre, cuando la organización se robustecía, llegó la hecatombe: un comedido denuncia una camioneta robada y en un tiroteo cae el estudiante Carlos Flores, 23. Siguen el descubrimiento de un polígono de tiro, un laboratorio para fabricar armas, un aguantadero y un centro de ejercicios. Antes de terminar el año, otro rudo golpe: en un chalet, la Policía cambia la vida del comisario Silveyra Regalado por la de Mario Robaina, otro joven estudiante. La entelequia soñada por Raúl Sendic y varios compañeros parece derrumbarse.
También se dice que, a esa altura, Sendic ha sido desbordado en el Movimiento. Partidario del foco guerrillero, triunfan los adictos a la acción urbana, teoría que un veterano de la Guerra Civil Española, Abraham Guillen, se encargó de desperdigar por Uruguay. Cierta o no la hipótesis, comienza para los Tupamaros el período más duro: acosados, sin los medios suficientes para protegerse, deben esconder a los miembros identificados por el Gobierno.
Pero soportan la prueba: 1968 comienza con otro color. Roban gelinita, luego un Banco y, en julio, hacen estallar Radio Ariel, el órgano de Jorge Batlle, por entonces eminencia gris del Presidente. Una mañana de agosto —mes agitado por los disturbios estudiantiles y las Medidas de Seguridad— tienden una celada a Ulyses Pereira Reverbel, intransigente interventor en la UTE. A las 180 horas lo abandonan, dormido, en un rincón de Montevideo: en el país, el impacto ha sido tremendo.
Ya es lucha sin cuartel. Se suceden los allanamientos y, con la fama de ellos, crece la figura de Alejandro Otero, un modesto juez de fútbol que oficia de comisario: fue la implacable sombra que los ha perseguido desde un principio. Cae otra vez Marenales —junto al estudiante de arquitectura Leonel Martínez Platero, 24—; en diciembre, la Policía exulta: copa una célula integrada por los hermanos Delucía (Aníbal y Líber), Palero Montes de Oca, Fernando Bassini, Pedro Dubra y Corina Devita, entre otros.
Sigue el contrapunto. Los Tupamaros inician el nuevo año con humor: roban armas a la Policía, las mismas que Otero les ha confiscado en un procedimiento. En febrero colaboran con la Justicia uruguaya: asaltan la Financiera Monty —subsidiaria de un Banco— que disfrutaba de la usura. No sólo se llevan dinero, sino una documentación que expone al Ministro Carlos Frick Davies, a Pereira Reverbel, al Canciller Venancio Flores, entre otros. En marzo inundan sus agobiadas arcas: roban 55 millones de pesos oro del Casino (Punta del Este).
Desde entonces, la historia se precipita. Vuelve a caer Manera Lluveras, una de las fotos intercambiables que posee la Policía y a la cual le asigna importancia. Los Tupamaros interfieren la transmisión de un clásico del fútbol; luego aparecen todos los miércoles en la radio uruguaya. La Policía se desespera. La organización secuestra, y lo mantiene recluido dos meses, al prominente empresario Gaetano Pellegrini. Más procedimientos: al descubrirse una chacra, se advierte que el comprador es un ingeniero con inclinaciones de
derecha, dueño de una floreciente empresa constructora: Juan Almiratti, 38, El retrato sale en los diarios con el rango de enlace entre el comando político y militar.
Almiratti, atrapado hace 20 días, no es el único que cambió sus ideas: otros uruguayos se han radicalizado. En los últimos tres años, el Gobierno hizo mucho para extremar las ideas de los indecisos: una inflación galopante —superó dos veces el 100 por ciento—, cesantías a granel, imprevistas y suspectas devaluaciones, dominio militar en un país acostumbrado al civilismo, deterioro del Parlamento.
El promedio de los caídos en Pando no supera los 25 años. No en vano ese operativo parece una aventura juvenil, casi demente. ¿Vale la pena sacrificar tres muertos y 19 detenidos por tomar una ciudad unos minutos? No son las únicas preguntas que deben contestar los Tupamaros.
Es probable que el asesinato de Moran Charquero (periscopio Nº 31) y las 13 bombas que estallaron hace diez días indiquen una nueva forma de acción, el comienzo de la escalada. Pero, ¿hasta dónde podrán llegar?.
La Policía neutralizó el operativo Pando utilizando helicópteros; uno de los frutos de la subversión ha sido aumentar el aparato represivo: de los 6.000 funcionarios públicos nombrados el último año, 4.000 pertenecen al Ministerio del Interior. Si ellos crecen en la clandestinidad, el Ejército —modernizado a prisa— también aumenta.
¿Seguirán los Tupamaros secuestrando, tomando radios, asaltando Bancos? La capacidad receptiva de la población se colma con facilidad; los golpes de efecto pierden sorpresa con el consunto diario, junto al comentario bursátil o a la crónica deportiva. ¿Hasta cuándo podrán agazaparse? Es cierto que su eficacia ha sido excepcional; también es cierto que viven alienados por la acción, por las claves, los túneles, todas esas menudencias que les permiten seguir sueltos. Basta hojear el Diario del Che para comparar: los hechos menores, domésticos —la indisciplina de un guerrillero, cómo atravesar un río— postergaron los objetivos principales, el blanco final.
Es cierto que los Tupamaros constituyen una versión mejorada y corregida. Pero el mismo Régis Debray —a quien siempre discuten—- ataca a la guerrilla urbana: 1) es naturalmente limitada, en consecuencia vulnerable; 2) no puede convertirse en guerrillas de movimiento y menos aún en guerra de posiciones; 3) debe limitarse al hostigamiento, incapaz de asestar un golpe decisivo; 4) sólo privarán las acciones anárquicas e independientes. Esas son algunas de las impugnaciones que el ideólogo francés se plantea; sólo los Tupamaros serán capaces de responderle en el futuro: siempre lo hacen con los hechos.
Hace cuatro años dieron a publicidad un informe: "Las Fuerzas Armadas uruguayas apenas son 12.000 hombres precariamente armados, una de las fuerzas más débiles de América. En la zona rural hay una unidad militar cada 10.000 kilómetros y una comisaría cada 1.000". Teniendo esa información, quizá desconocida hasta por las propias autoridades, debían prever las consecuencias; mucho más la que lanzaron el año pasado: "Ahora el movimiento es indestructible". Hasta hoy, los Tupamaros nunca han mentido.
Así son. Una fuerza distinta, con características propias entre toda la gama de engendros subversivos que aparecieron en los años 60. Roban para financiarse, pero no matan (salvo casos extremos) ; exhiben elevados fines éticos; miden por anticipado las repercusiones de sus actos; pretenden aleccionar al pueblo (colaborando, a veces, con la Justicia): no tienen jefe visible ni propagan ideología alguna; son socialistas, sin duda, pero evitan el concurso del Partido Comunista; libres de toda impaciencia, no han alcanzado aún la fase de la guerrilla urbana, ni les interesa la guerrilla rural.
Simplemente, son el hecho sociopolítico más importante que irrumpió en el Uruguay en los últimos treinta años.

3
Nunca se habían reunido los tres. Hace una quincena, los más diestros
defensores de los Tupamaros —Alejandro Arlucio, María Esther Gilio y Carlos Martínez Moreno— conversaron durante casi cuatro horas con un enviado de Periscopio. Además de escarbar en sumarios, pruebas, alegatos, documentos, ellos disfrutan de otras ventajas: perforan la cortina policial, los entrevistan en la cárcel (también lo hacen algunos parientes íntimos) y son los únicos que, a puertas cerradas, conocen no ya al cliente sino al hombre. Además, la Gilio y Martínez Moreno son periodistas. Una ha logrado atormentar al Uruguay con sus denuncias sobre las torturas, publicadas en Marcha; el otro, un prolífico escritor, expuso en El Diario sus observaciones sobre el movimiento que pronto trasladará a un libro de cuentos.

Más que un interrogatorio, fue una charla. Ya había comenzado cuando la cereza del grabador se iluminó, en los fondos de la casa de Martínez Moreno. Sábado a la tarde, olor a pintura fresca, un perro travieso que no cesa de ladrar y una esposa que se desgañifa a cada rato: "Carlitos, teléfono".
Se discutía si al movimiento no le conviene trasmitir la imagen de un jefe único —caso Che Guevara—, una personalidad que fascine al pueblo.
Martinez Moreno: Una organización clandestina no puede decir quién es su jefe; puede tenerlo, pienso que debe tenerlo, pero no para el consumo público.
Periscopio: En un espectro tan amplio como el de los Tupamaros, que mezcla profesionales o estudiantes avanzados con obreros sin formación, ¿se supone que habrá cabecillas?
Gilio: En todo caso, no son insustituibles. Lo esencial es que no haya personalismo: algunos pueden ser menos inteligentes que otros, pero también cumplen funciones de responsabilidad. Si un hombre que se conoce como importante cae prisionero, la organización sufre un rudo golpe psicológico. Fíjese que, a la caída de Marenales, aparece Manera Lluveras, a la caída de éste, Almiratti. Así ha sucedido siempre.
Artucio: Conviene destacar que la Policía, por sistema, adjudica a las personas que captura una jerarquía que sólo ella supone; consultados los Tupamaros en la prisión, desmienten la notoriedad que se les asigna. A algunos, por el solo hecho de actuar en la clandestinidad tres o cuatro años seguidos, se los juzga dirigentes; ellos dicen, en cambio, que en el transcurso de la lucha han surgido otros elementos que tienen igual o más importancia que los viejos militantes.
Periscopio: ¿Siguen algún modelo extranjero de organización?
Martinez Moreno: Según he visto en algunos expedientes, forman una pirámide trunca —en realidad, dos— con una compartimentación similar a la del film La guerra de Argelia.
Periscopio: ¿Parecida a la que menciona Malraux en las Antimemorias?
Martinez Moreno : Sí, igual a lo que él dice de los maquis. Detenidos en 1968. Marenales y Martínez Platero hablaron de un doble comando político y militar. El militar entiende de factibilidad; él colaciona las operaciones posibles que el comando político decide realizar. En la aparente simetría abstracta del movimiento, el comando político funciona sin que los del comando militar lo reconozca. Los militares dicen si las operaciones son viables; no preguntan si deben hacerse o no: esa responsabilidad corresponde al otro comando.
Periscopio: ¿Podría aclarar eso de la pirámide trunca?
Martínez Moreno: Se trata de una doble pirámide cortada a cierta altura por una especie de rellano: el comando colectivo. Nadie aparece en el pináculo. Según ellos, los que actúan no saben de dónde partió la orden.
Artucio: Ni siquiera entre ellos se distinguen y algunas veces no saben a qué comando pertenecen. Creo que la base de la seguridad es esa bendita compartimentación. No conocer es el mejor remedio contra las denuncias y contra la escasa resistencia física: el que menos sabe, menos compromete.
Martínez moreno: Volviendo a Malraux. Recuerdo una frase de su libro: "La capacidad de resistencia de un hombre al sufrimiento físico es un hecho que no puede averiguarse previamente. Entonces, lo que hay que tratar de antemano es lo que un hombre debe saber en función de lo que un hombre puede hablar".
Gilio: Cuando entrevisté a uno de los torturados, por dar un ejemplo, me contó que en el operativo Pando tuvo la vivencia de lo que era la guerra. Quise saber si fue por la arbitrariedad policial o por la presencia de la muerte. "No sólo por eso —dijo—, sino porque allí cayó un compañero, [Jorge] Salerno." ¿Eran muy amigos?, pregunté. "No, acababa de conocerlo —respondió—; él no sabía mi nombre, yo no sabía el suyo."
Martinez Moreno: Claro, el de Pando es un buen ejemplo. Una de las mujeres que iba en la camioneta —Elia, hoy prófuga— les decía a los Tupamaros que la acompañaban: "No se miren entre ustedes; no se miren, así no se reconocen". En un momento del operativo se repartieron brazaletes blancos para identificarse entre ellos durante la acción.
Periscopio: Según ustedes, la organización es férrea; pero se dice que los Tupamaros no eligen bien a la gente, que no tienen prejuicios ideológicos para reclutarlos.
Martinez Moreno: En Pando hubo algo de eso. Tal vez hicieron autocrítica por el crecimiento desordenado. Supongo que esas fallas ya han sido corregidas; las últimas operaciones parecen más ajustadas.
Periscopio: ¿Por qué no me da ejemplos de esas fallas?
Martinez Moreno: Un hombre que había cumplido dos misiones elementales en San José (investigar si a un avión incendiado le habían pegado fuego de propósito y averiguar si en el pueblo hubo operaciones de "boinas verdes"; hipótesis absurda: parece extraída de 'La guerra de los marcianos', de Orson Welles); bueno, a ese muchacho lo traen a Montevideo y lo alojan.
Al día siguiente lo pasan a buscar con una camioneta y lo bautizan: "Te llamás Nicolás, tomá este revólver". Cuando están por llegar, le anuncian que va a participar en una expropiación y le dan una bolsa. En el Banco, el hombre se apocó, lo tuvieron que reemplazar. No conocía a nadie, apenas a uno; tampoco lo habían adoctrinado. Ese hombre hoy está detenido. Además, está el caso del pizzero, que cuando le ordenan robar un banco, contesta: "Yo robo para mí, no para la organización", y se niega. Claro que también sé de otros casos, que no puedo mencionar —por obvio secreto— de tipos que consiguieron pasar por marginales y no lo eran tanto.
Artucio : Quisiera dar la opinión que tienen ellos sobre el operativo Pando: consideran que fue un éxito. Una operación perfectamente planeada, en la que intervino mucha más gente que la que se capturó. Eran un centenar: hubo 19 detenidos y 3 muertos. Y las consecuencias fueron exitosas, en lo militar y en lo político. En la ciudad de Pando la gente no se asustó: uno de los presos me contaba que, custodiando la entrada del Banco, debió correr a punta de metralleta a muchos curiosos que querían ver qué pasaba.
Creen que las causas de las pérdidas fueron dos o tres imponderables. En primer lugar, una demora de cinco minutos y la huida de un vecino que dio aviso a la Policía. Al escapar —esto me lo contó otro detenido—, se les cruzó un patrullero y tuvieron que desviarse hacia lugares no previstos, porque imaginaron que la Policía ya los buscaba, y se metieron en un camino sin transversales. Con todo, siguen considerando que el operativo no fue un fracaso.
Martinez Moreno: Una vez que me encontré con el coronel Zaffaroni —entonces director de Institutos Penales— me dijo que les tenía mucho respeto a los Tupamaros, por el brillante esquema militar utilizado en Pando. Claro que eso no anula las deficiencias en el reclutamiento.
Quiero contar una anécdota que puede completar el cuadro: un muchacho siguió a una Tupamara, creyendo que hacía una conquista. Terminó en un lugar donde fue catequizado, en vez de seducir. Ese hombre participó en Pando y sus declaraciones son bastante pueriles. Es evidente que ahí hubo un plan muy bien hecho, pero con gente traída en aluvión y a toda prisa.
Gilio: Lo que sucede —eso ya lo han explicado ellos— es que, a medida que crece el movimiento, disminuye la seguridad.
Periscopio: El año pasado pude conversar con un Tupamaro; me aseguró que pronto comenzaría la lucha armada. No ha sucedido en estos 14 meses.
Martinez Moreno: Hay una situación muy fluida en el país. No se puede hacer un plan quinquenal para la acción clandestina.
Periscopio: Se dice que la Policía ha conseguido infiltrar agentes dentro de la organización.
Artucio y Gilio : No se conoce ningún caso de delaciones internas.
Martinez Moreno: En cambio, lo que existe —y mucho— es la soplonería de los vecinos. Piensan que el país se desmorona; la clase media funciona todavía sobre la base de su complejo de seguridad; entonces dicen a la Policía: "Cuidado con mi vecino".
Periscopio: ¿Es la actitud de todo el pueblo?
Artucio: No. Algunas de las cosas que ellos hacen, también a la gente le gustaría hacerlas. Hay admiración, pero en parte; y no todos saben de qué se trata exactamente.
Gilio: La opinión es irregular; lo que existe es una gran confusión. En el Cerro, por ejemplo, deben contar con el 80 por ciento de simpatía.
Periscopio: ¿Y no la hay, acaso, para Pacheco Areco?
Martínez Moreno: Una cosa es el Cerro y otra el país.
Gilio: En el ambiente universitario, quizás algunos no compartan sus ideas; por lo menos las entienden. El problema, creo, es la clase media, que tiene una cultura chata y que depende de los medios de comunicación. Ahí se dan las confusiones mayores. El otro día, en la feria, una mujer se quejaba: "En este país todos roban: el Intendente, el Jefe de Policía; después hablan de los Tupamaros; por lo menos ellos les roban a los ladrones, no a los pobres".
Periscopio: ¿Esa misma persona también los denunciaría?
Gilio: Es probable. No hay un conocimiento profundo, un concepto racional.
Martinez Moreno: Yo diría que la clase media juzga según los golpes que aplican: el asalto a la Financiera Monty fue altamente popular.
Periscopio: ¿Y el asesinato de Morán Charquero?
Gilio: También.
Martinez Moreno: No me atrevería a tanto. Eso se puede interpretar como una fase del cuadrante que ahora se configura; es decir, la escalada de la violencia, que me parece tiene dos caras: por un lado, está la dureza de la Policía; por el otro, la posibilidad de que los Tupamaros respondan con la misma dureza.
Periscopio: Volvamos a la opinión pública.
Gilio: Hay algo importante. A pesar de los límites que pone el Gobierno, los diarios ya se acostumbraron al estilo; es fácil leer en un órgano de derecha: "Se supone que no son Tupamaros, porque les robaron el dinero a los empleados". O esto otro: "Se supone que fueron los Tupamaros por la amabilidad del trato".
Martinez Moreno: Es cierto. Un cronista policial me contó que el mismo comisario [Alejandro] Otero le dijo que un día lo llamaron para darle instrucciones: "Hay que cambiar la imagen de esta gente", le recomendaron. Decir que les encontraban botellas de whisky vacías, que se dedicaban a la dolce vita. Según Otero, él se negó a cumplir esas órdenes. A pesar de las restricciones actuales, hay cosas que se escapan en reportajes vivos, como este que hacemos ahora. El hombre al que le robaron la camioneta para asesinar a Morán Charquero, le dijo al de Radio Carve: "Fueron muy amables, se portaron muy bien. Me tranquilizaron siempre y me trataban de señor". Ese mismo reportaje aparece en El Día, con una ligera variante: los Tupamaros lo tutean.
Otro ejemplo es el secuestro de Gaetano Pellegrini. Después de 70 días de cautiverio, nunca perdió la lucidez, la conciencia del tiempo y el espacio. Eso lo pudo hacer porque nunca fue maltratado. Una vez lo sometieron a tortura moral; alguien gritó: "¿Le dijeron a ese degenerado que le matamos al padre?" Sin embargo, según Pellegrini, la gente del comando superior se apresuró a desmentir esa información y le dio garantías de que no se iban a repetir esos incidentes. Pienso que el hecho de que ese hombre se haya marchado del país delata su lucha interior; no quiso servir a la propaganda oficial.
Gilio : Hay que agregar una anécdota. Al liberarlo, los Tupamaros le pidieron que no llamara a la Policía, que lo podía matar para inculparlos a ellos; más bien, que esperara 15 minutos la llegada de un amigo suyo. Entonces, Pellegrini explica (con su acento italiano): "Me quedé quietito, quietito, en el cordón de la vereda, hasta que llegó un compañero del diario". ¡Se da cuenta cómo queda la Policía, cuando un hombre dice esto!
Periscopio: ¿Los ha perjudicado la prohibición del nombre Tupamaros?
Gilio: Trae más confusión.
Artucio: ¡Qué Gobierno éste! Quiere suprimir la Revolución por decreto.
Martínez Moreno: Este es un pueblo seguidor de sus costumbres: todavía insiste en llamar Parque Los Aliados a uno que, desde 1929, se llama José Batlle y Ordoñez. La gente no habla de sediciosos o de reos; en verdad, tampoco de Tupamaros. Ha creado un apócope: "Los tupas".
Artucio: El otro día, en un viaje en tren, varios muchachos cantaban el Cielito de los Tupamaros, una canción de Osiris Rodríguez Castillo que nada tiene que ver con el movimiento. Como la palabra está prohibida, los jóvenes se divertían entonando Cielito de los Malvivientes.
PERISCOPIO: ¿Por qué no hacen trascender su ideología, sus planes futuros?
Artucio: No tratan de ocultarla; lo que no les gusta exponer son planes de Gobierno, o esas plataformas con que la izquierda fatigó al pueblo uruguayo durante veinte años.
Martínez Moreno: Ellos acompañan todos sus actos con un fuerte contenido moral; se sirven de un embudo, con un borde tan ancho que mucha gente, llevada por las mismas inquietudes y principios morales —cambio de estructuras, antiimperialismo—, coincidirá en la acción. Pellegrini, quien reparó en eso, creía que era por táctica; a él le dijeron que la ideología se adopta desde el poder, como escribiera el Che. Una ideología muy específica les restaría caudal. En las transmisiones de radio que hicieron, sostenían: "Tupamaro es aquel que está contra... ", o "Todo buen Tupamaro debe respetar..."
Periscopio: ¿Pero se puede decir que el movimiento es de izquierda?
Artucio y Martinez moreno: Sí.
Gilio: De izquierda, y con una ética muy especial.
Periscopio: Entonces, ¿cómo es posible que se haya comentado que existen contactos entre ellos y el grupo Tacuara, de la Argentina?
Gilio: No hay pruebas; salió esa versión porque José Luis Nell, que pertenecía a Tacuara, está preso en Montevideo, y se lo supone vinculado.
Ese muchacho fue al que más picanearon: nueve veces en total.
Martínez Moreno: También se dijo que estaban relacionados con Joe Baxter, quien fue líder de la organización argentina.
Periscopio: ¿Cómo eligen a la gente?
Artucio: Escuché en una audiencia que tienen "canteras naturales", gente a la que pueden recurrir cuando la necesitan. Primero mantienen discusiones políticas con ellos, luego los investigan. No crea que todas las personas que coinciden ideológicamente pueden ingresar al movimiento.
Periscopio: ¿Es decir que tienen canteras sin explotar?
Artucio: Todo depende de la situación política y de la conciencia de la gente.
Martinez Moreno: El problema del crecimiento fue algo que los preocupó mucho. En una audiencia de principios de 1968, una vez concluido el interrogatorio, el Juez estaba en una actitud distinta a la que tiene ahora (claro, todo cambia, ¿por qué no los Jueces?). Le preguntó a Marenales: "El incidente de 1966, cuando se balearon con la Policía y perdieron a Flores, ¿les quitó o les trajo gente?" "Nos trajo gente", respondió. Sorprendido, el Juez volvió a insistir: "¿Fue un hecho saludable?" "No —replicó Marenales—, fue un hecho muy peligroso."
Gilio: Ahora sí que tratan de incorporar gente; sobre todo, del sector obrero. Eso comienza a notarse entre los últimos detenidos.
Periscopio: ¿Tienen algún ideólogo uruguayo?
Martinez Moreno: Esa es una típica pregunta argentina. Usted estará pensando en un Scalabrini o un Jauretche, un Amadeo o un Menvielle. Nunca mencionaron a nadie; pienso que tampoco quieren tenerlo. Quizá Carlos Quijano podría ser el catalizador ideológico, pero es tan ambiguo en sus ideas, en los fines y ramificaciones de su pensamiento... En fin, la misma función que cumplió Marcha: juntar y dispersar las piedras. Ha despistado a mucha gente culta y a
camadas enteras de opinión. Si no tienen un ideólogo, no sólo e3 porque no lo quieren; es que no existe.
Gilio: Lo que tratan de hacer es entroncar con la tradición artiguista. En 1816, Artigas hizo la reforma agraria con bases marxistas.
Periscopio: ¿Y entre ellos tampoco existe un conductor intelectual? ¿Alguna vez se lo mencionó a Marenales?
Gilio: Diría que no.
Martinez Moreno: Marenales prefiere, tal vez, que lo califiquen como hombre de acción. Es la vieja distinción anarquista: hombre de pensamiento, hombre de acción. No creo que Marenales sea un ideólogo.
ARTUCIO: Tratan de no permanecer en la misma tarea, y no sólo por razones de seguridad; entienden que un revolucionario no debe cumplir una sola función.
Periscopio : Si se crearan condiciones ideales de pacificación por un indulto o una ley de amnistía, ¿los Tupamaros se avendrían a integrarse en la vida política? ¿Crearían un tercer partido?
Martinez Moreno: María Esther y yo creemos que eso no les interesa; su rechazo de los partidos políticos es irreversible. No lo podría imaginar a Marenales entrando al Congreso.
Gilio : Quiero agregar que ellos aconsejan votar en blanco. Si piensan que el Parlamento no sirve para nada, ¿cómo podrían tratar de integrarlo?
Artucio : El Parlamento les ha dado la razón en los últimos tiempos. Los Tupamaros golpean en el mismo clavo que todos los uruguayos: ¿Para qué sirve el Parlamento?
Periscopio: Se sostiene que no tienen medios de comunicación; ¿el Partido Comunista no les presta los suyos?
Martinez Moreno: El PC no los ayuda para nada, no les acerca ni un estribo.
Gilio: Creo que no estimula, pero tampoco interfiere.
ARTUCIO: No hubo ataques directos entre ellos.
Periscopio: ¿Y los otros sectores de izquierda?
Martínez Moreno: Los anarquistas los han criticado. Dicen que son "excitantes de la reacción oligárquica", "provocadores de la represión".
Periscopio: ¿Piensan tomar el poder alguna vez?
Artucio: Son un motorcito dentro de la maquinaria que genera la Revolución. Lo que persiguen es crear conciencia a través de la lucha armada.
Periscopio: ¿Entonces, aceptan inmolarse como bonzos?
Artucio : No tienen carácter mesiánico; no son redentores.
Gilio: Ojo, los que cayeron en Pando no fueron a morir. No son masoquistas.
Martinez Moreno: Diría que fueron a afirmar la vida.
Periscopio: En la realidad geográfica del país, ¿qué viabilidad tendrá su Revolución?
Gilio: Piensan que la Revolución debe darse en toda la región.
Artucio: Han previsto la posibilidad de una invasión. Entienden que, en lo militar, sufrirán una derrota momentánea, que luego se transformaría en algo positivo, porque todo el pueblo se levantaría contra los invasores.
Dicen que Montevideo no se convertirá en otro Santo Domingo (Dominicana) ; en todo caso, aspiran a que sea otra Varsovia, un aguerrido baluarte.
Periscopio: Se comenta que tienen vínculos con otros movimientos iberoamericanos.
Martínez Moreno: La Policía no deja de decirlo; en un tiempo se sostuvo que los socorrían desde Cuba, pero ya es evidente que se autofinancian. No se ha probado que ninguno de ellos haya pasado un período de adiestramiento en Cuba.
Periscopio: Quizás hayan tratado de probarlo por la fuerza. ¿Hay una lista de las personas torturadas?
Artucio: Son alrededor de 40. Pero es un viejo problema en el Uruguay; últimamente se acentuó, eso es todo.
Periscopio: ¿Qué pasó después de Pando, cuando la Policía golpeó a los detenidos en forma casi pública?
Martinez Moreno: Al sentir el peligro, la Policía perdió el control. Hubo casos increíbles: un Tupamaro dice que un falso médico le cosió una herida en la cabeza sin hilo. Allí no hubo torturas; simplemente, fue la histeria. No hubo sadismo metódico, fríamente concebido y con 'mise en scène'.
Artucio : Hubo asesinatos, sin embargo; por lo menos, tres.
Gilio: Por lo menos, no. Fueron tres los que murieron.
Artucio: No, hay un cuarto. En el operativo Pando, tres personas, según los expedientes policiales, estaban indefensas; no se resistían, ni tenían posibilidad de hacerlo: igual, fueron baleadas a mansalva. Las fotografías muestran heridas de bala en el anverso de los brazos, que sólo aparecen cuando uno está con las manos en alto, o tirado en tierra. El caso de [Ricardo] Zabalza es muy claro: tiene más de 30 perforaciones de bala y una fractura en el cráneo. Un individuo con 30 balazos no es tan peligroso como para golpearlo en el piso. Y también digo que hay un cuarto —todo esto no está probado, pero a cualquiera que vea los expedientes lo asalta la duda—, porque el caso de un ciudadano que nada tenía que ver, [Carlos] Burgueño, usado de bandera por la Policía como "víctima" de los Tupamaros, tampoco fue investigado. Nunca se pudo determinar por quién fue herido; pero existen sospechas de que, llevado a la comisaría, confundido con un Tupamaro, no le prestaron atención médica hasta que se aclaró quién era. Ya no había nada que hacer.
Hay otro testimonio, el de un cronista del Nuevo del Plata —de Pando—, que vio desangrarse a Salerno; mientras le sacaba algunas fotos, suplicó a un policía que le dieran ayuda. Bueno, al cronista le velaron el rollo y lo apartaron del lugar; Salerno quedó tendido dos horas, hasta morir.
Martinez Moreno: Recuerdo la leyenda de una fotografía de Salerno publicada en La Mañana. Decía: "Se está muriendo Salerno". En la escena, un agente policial apoyaba un pie en la cabeza del muchacho.
Si la Policía no investigó este caso, los Tupamaros parecen más empeñosos: se cree que en los próximos días, de un modo u otro, darán a publicidad sus observaciones sobre el operativo Pando. No será lo único. También se espera que publiquen la documentación robada en la residencia de la familia Mailhos, tal vez más preciosa que el dinero incautado: 320 mil dólares.
ROBERTO GARCIA

 

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