1961-BERLIN-1971

A punto de cumplirse el décimo aniversario de su construcción, el muro de Berlín sigue en pie en tanto se eclipsa la estrella de su defensor más empecinado: Walter Ulbricht, el recientemente desplazado jefe del gobierno de Alemania Oriental. Su caída y ciertos rumores parecen alentar las expectativas de quienes siguen soñando con volver a vivir en un país unificado

 



pie de fotos
-concentración del 1º de Mayo, aunque no lo parezca, en el Este sobra espacio para estas reuniones
-semidestruida iglesia Conmemorativa del Kaiser Guillermo (Oeste)
-largas caravanas de automóviles cruzan diariamente la frontera

 

 

Es la obra de albañilería más elemental: consiste en colocar pacientemente un ladrillo sobre otro hasta erigir, por fin, una pared. Sea cual fuere su naturaleza, primitiva o moderna, atractiva o antiestética, siempre enorgullece a su constructor: una vez terminada, protegerá del frío, de los vientos, de los enemigos... Pero hace diez años, en la ciudad alemana de Berlín, una flamante y kilométrica pared provocó la más tensa y amenazante situación que haya vivido una ciudad europea desde fines de la Segunda Guerra Mundial. Quienes fundaron Berlín en 1244, sobre la margen derecha del río Spree, jamás imaginaron que sus radicalizados descendientes conmoverían al mundo al dividir la ciudad con un muro de 46 kilómetros de largo. Es probable que ni siquiera el parentesco que vincula esa pared con las murallas que acostumbraban levantar para frenar los embates de las hordas invasoras les permitiera vaticinar lo que ocurriría siete siglos después.
La conmoción que desató la erección del muro, en 1961, se reeditó en parte, hace dos semanas, cuando el interés de los jefes políticos de ambas Alemanias (Occidental y Oriental) dejó entrever la posible apertura de la valla de cemento con el propósito de facilitar las relaciones entre los habitantes de la dividida ciudad.
A un cuarto de sigla de finalizada la Segunda Guerra, gran parte de la preocupación de los berlineses occidentales se concentra en sus vecinos; al menos, eso es lo que trasuntan los moradores de este territorio perteneciente a la República Federal Alemana: un enclave aislado de 480 kilómetros cuadrados y 2.400.000 habitantes, que coincide con los sectores de la ciudad que fueron ocupados por los Estados Unidos, Inglaterra y Francia al epilogar la contienda. También en 1949 el área de ocupación soviética en Berlín se convertía en capital de la República Democrática Alemana.
Hasta 1961 el cruce de la frontera en uno y otro sentido era consumado por unos 500 mil berlineses. Tránsito bruscamente interrumpido a partir de la construcción del muro. Desde entonces sólo los jubilados orientales pueden acceder a la zona Oeste de la ciudad una vez al año; los ciudadanos del área Occidental gozan de ese privilegio únicamente cuando los requieren familiares radicados en la parte Oriental con problemas de carácter urgente. Prohibición que no rige, en cambio, para los extranjeros: en tren, automóvil o, simplemente, a pie pueden movilizarse hacia la zona oriental de Berlín. Un trámite aduanero no muy estricto autoriza la permanencia en la ciudad por espacio de un día, con la única obligación de gastar no menos de diez marcos orientales, unos 1.150 pesos de los viejos. Por medio del ferrocarril, precisamente, fue como Roberto Giacchino, redactor de SIETE DÍAS, recaló hace pocas semanas en la capital de la Deutschen Demokratischen Republik.

LA LARGA NOCHE
Antes de ingresar en Berlín Este los visitantes deben arribar al sector occidental. La prosperidad y el bienestar no llegan a disimular que se trata de una ciudad mimada y sostenida por el resto de la República Federal, de la que está separada por 170 kilómetros de territorio casi enemigo. Autopistas, vías fluviales, trenes sometidos a estricto control y frecuentemente entorpecidos por circunstancias políticas, monopolizan el 60 por ciento del pasaje que penetra o abandona la ciudad. El corredor aéreo, libre de toda vigilancia, absorbe al resto de los viajeros; en este sentido, tres líneas —una norteamericana, una francesa y una inglesa—, recientemente fusionadas para sus vuelos a Berlín, usufructúan esa preferencia. El lugar de ingreso obligado de las aeronaves es Tempelhof, una gigantesca construcción en la que sólo el ensordecedor estruendo de los jets recuerda que se trata de un aeropuerto. Su estructura es semejante a una estación de ferrocarril en la que, luengo de aterrizar, los aparatos se acercan a un extenso andén curvo, techado en voladizo. Después de atravesarlo, los pasajeros acceden al hall central, tropezando con una verdadera multitud que asalta prácticamente los aviones luego de una fugaz exhibición del pasaporte. Es que no todos son visitantes. Muchos residentes en Düsseldorf —la ciudad sobre el Rhin más suntuosa de Alemania Occidental— tienen sus oficinas y fábricas en Berlín. Setenta minutos de vuelo bastan para recorrer diariamente los 500 kilómetros que separan una ciudad de la otra.
Destruida casi por completo en 1945, Berlín se reconstruyó con distintos énfasis. El Oeste creció con el ímpetu incontenible del llamado "milagro alemán", pero a partir del 13 de agosto de 1961 —fecha en que se erigió el muro— debieron acudir 120 mil obreros occidentales a suplantar a los trabajadores que venían desde el Este y que ya no pudieron trasponer la frontera. Una ostentosa opulencia, todas las diversiones posibles, una intensa vida cultural y precios menores a los del resto del país —cualquier restaurante ofrece una pata de cerdo con chucrut, regada con la tradicional cerveza Berliner Weisse, por menos de mil pesos viejos— compensan cierta sensación de incómodo aislamiento. Largas caravanas de automóviles, que no pueden atravesar los alambrados y campos minados que cercan la ciudad, se resignan a sortear los frecuentes atosigamientos viales que se producen en sus calles y avenidas. Sólo la llegada de la oscuridad ayuda a olvidar la presión. "La noche berlinesa, del lado Oeste, es una de las más agitadas y largas de Europa —supuso Gunther Skupch, un argentino que estudia arquitectura en la Universidad de Berlín—. Tal vez la razón haya que buscarla en la necesidad de evadirse de la tensión política. No sé. Sólo el que ha vivido aquí varios años llega a percibir ese clima especial que se oculta tras la animación y el tradicional sentido del humor de los berlineses." Una recorrida por el underground de la ciudad prusiana —un mundo de discotecas, boites y pequeños teatros colmados de estudiantes— revela, por lo menos, una arraigada vocación vanguardista. Sólo en Estados Unidos las modernas formas del jazz gozan de mayor aceptación; espectáculos de luz y sonido en los que se ha aprovechado la última palabra de la técnica, cine erótico, teatro del desnudo y un deslumbrante collage de impactos visuales componen una noche de informalismo y animación poco frecuentes. De la que no está ausente, por supuesto, el tema político. "Nadie, en el fondo, sabe cómo debe ser interpretado el comunismo en el concepto de los valores alemanes —se sorprendía Corrado Alvaro, un escritor italiano que vive en la ciudad desde la primera posguerra—.Todos, desde el empresario hasta el obrero, aplauden enloquecidos en el teatro cuando, en una obra que trata conflictos sociales, el obrero destruye al odiado burgués". Es que todos parecen acusar por igual la artificiosidad de la vida cotidiana y, sobre todo, el peligroso equilibrio de la economía berlinesa occidental. Algo que Günter Körber, uno de los más conocidos constructores de antiguos instrumentos de viento, sintetizó con precisión: "La inflación es ya muy notoria y no puede ser de otra manera. Los ingresos elevados y cierta angustia latente provocan un descontrol en los gastos. Ya se empiezan a sentir las consecuencias del superávit de la abundancia".

LAS CONTRADICCIONES DEL MURO
Contrariamente a lo que puede suponerse, el combatido muro acabó beneficiando a sus constructores. Los berlineses orientales habían mirado siempre a sus vecinos del Oeste como a parientes ricos. Más de 100 mil personas cruzaban la frontera dos veces por día: vivían en el Este, pero usufructuaban los mayores salarios de Occidente. A partir de 1961 debieron resignarse a cobrar en marcos orientales y a renunciar a sus periódicas y publicitadas deserciones. Claro que no todos concentraban su mirada en esa dirección. Políticos y arquitectos dependían de las directivas sugeridas por sus colegas soviéticos. Curiosamente, recién con la construcción del muro, las edificaciones empezaron a remedar el gusto occidental. Grandes fachadas de cristales, pantallas-parasoles de metal y hormigón premoldeado ofrecen ahora una imagen de modernidad inesperada. En pocos años, nuevos edificios, centros cívicos y restauraciones empalidecieron la presuntuosa y desabrida arquitectura imperante hasta ese momento en Berlín oriental. La imponente torre de televisión —segunda en el mundo, con 360 metros de altura— domina ampliamente los dos sectores de la ciudad. Desde ella, la zona Oeste ofrece la imagen frecuente de las grandes ciudades occidentales; el área Este, por su parte, muestra el uso dispendioso del espacio; plazas donde la vista se pierde —Alexanderplatz ("para las grandes concentraciones partidarias".
según comentarios federales)— y anchas veredas preparadas para recibir multitudes inexistentes.
Con su millón cien mil habitantes, Berlín oriental sorprende al viajero desprevenido con tiendas, negocios, restaurantes, bodegas, bares y cafeterías colmados por una clientela de impecable aspecto burgués. Observando, similares manifestaciones en otras grandes ciudades de la R.D.A. —Leipzig, Karl-Marx-Stadt, Dresde—, se desvanece la sospecha de que se está frente a un escaparte publicitario comunista. Ingresos medios para la clase obrera que trepan sin dificultad hasta los 800 marcos, alquileres que no llegan a 27 marcos en casas antiguas y a 50 en departamentos nuevos, y un costo de vida relativamente bajo, conforman un panorama insólito en Europa comunista. No sólo los aspectos económicos llaman la atención del visitante: los monumentos antiguos han favorecido con preferencia al Este. No son pocos los que se maravillan al transitar la catedral, el Rathaus (ayuntamiento), la legendaria Unter den Linden (Bajo los Tilos: una lujosa avenida flanqueada por palacios, teatros y embajadas que termina en la simbólica puerta de Brandenburgo) y, sobre todo, la isla que forma el Spree, ocupada íntegramente por museos que atesoran reliquias como el altar griego de Pérgamo o la calle procesional de Babilonia. Al Oeste quedaron el Tierganten (jardín zoológico rodeado de parques y lagos), la Kurfürstendamm (vía comercial por excelencia) y las ruinas de la Iglesia Conmemorativa al Kaiser Guillermo. Una división de bienes que no parece satisfacer a los berlineses de ninguno de los dos sectores. Por el contrario, todos siguen soñando con una sola ciudad, Berlín, y con que vuelva a ser la capital de un país unificado. Alemania.
revista Siete Días Ilustrados
24 de mayo de 1971