Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

 

 

EL MUNDO
LA MUERTE DE BIAFRA

Revista Periscopio
20.01.1970

«Guarden su maldito dinero. Sabremos arreglarnos solos", le hicieron exclamar a Yakubu Gowon, el martes último, las agencias internacionales de prensa. Intentaban mostrar, sin duda, a un salvaje incapaz de concebir piedad, listo para degollar a los siete millones de 'ibos' que quedan en el territorio de la provincia vencida y dispuesto, además, a impedir el ingreso de los alimentos y las medicinas necesarios.
Aunque un examen cauteloso del discurso permitía entender lo contrario: en primer lugar, el Jefe de Estado de Nigeria dijo 'bloody money', esto es, "dinero sangriento"; en segundo término admitió el ingreso de víveres, a condición de que los envíos pasaran por Lagos—la capital de la Nación— y, luego de un examen, continuaran viaje a las selvas de la extinta Biafra.
Que se recuerde, sólo una vez en la época contemporánea el mandatario de una semicolonia tuvo tan mala prensa: ocurrió en 1845, cuando los diarios parisienses —en primera fila Le Constitutionel de Adolphe Thier— condenaron a Juan Manuel de Rosas, "le monstre argentin". Hasta llegaron a propalar la famosa Tabla de Sangre, que enumeraba 480 crímenes imaginarios.
Lo que no se perdona a Gowon —como no se disculpó a Rosas—, es que defendieran la integridad de sus países contra las maniobras internas y externas, aplicadas a desmembrarlos: la ruda defensa nigeriana de su coto oriental vale tanto como el freno puesto a la secesión de Corrientes y Entre Ríos.
Irremediablemente, los conflictos ubicados en la periferia obligan al caudillo nacionalista a apoyarse en un Estado metropolitano, para vencer la influencia del otro. Si Rosas debió pactar con los ingleses para eludir a Francia, Gowon tuvo también que someterse a Gran Bretaña y la URSS, en tren de oponerse a la intervención europea.
Desde que se tiene memoria, las guerras civiles invitan siempre el choque de las grandes potencias; es comprensible: miden sus fuerzas en campo extraño, sin derramar una gota de sangre. Como sea, el domingo 11, la caída de Owerri y la fuga de Ojukwu al extranjero (tras prometer que moriría con las armas en la mano) provocaron una oleada de júbilo en el África Negra. Es que desde 1960 —cuando floreció gran parte de esas naciones—, sus élites políticas se ven enfrentadas a una alternativa: 1) Respetar las actuales fronteras legadas por las administraciones coloniales, y a menudo caprichosas, 2) Permitir el estallido de los enconos tribeños. Pese a los sinsabores que les acarrea, los africanos optan por la primera solución; lo contrario significaría pulverizar al Continente en 6.000 tribus rivales, la balcanización del África, algo que desean las golosas metrópolis para dominar ese reservorio de materias primas.
Físicamente, la muerte de Biafra ocurrió al caer la pista de aviación de Uli, el último reducto por donde Ojukwu recibía bastimentos. El líder rebelde encargó la rendición de las tropas al jefe de su Estado Mayor, el divisional Philip Efiong, capaz de despertar acuerdos en Lagos, puesto que pertenece al clan 'efik', buena porción del cual luchó junto a los federales. El Comité Militar de Nigeria le exigió la rendición incondicional, que Efiong toleró finalmente el jueves 15.
Ese día, la agencia Markpress de Ginebra (Suiza) —contratada para las relaciones públicas de Biafra; la única que poseía corresponsales estables en Owerri, la que autorizaba además el vuelo a Biafra de los cronistas de cualquier otra publicación— difundía la enésima proclama de Ojukwu, desde "un lugar no revelado". El general —que gracias a la CIA escapó con su familia, y hasta con su automóvil Mercedes-Benz blanco, según fuentes norteamericanas— acusó a Nigeria da intentar el exterminio del resto de los 'ibos'.
Sin embargo, ya entonces, el Ejército federal había establecido seis campos de salvación, en las orillas del Niger; Gran Bretaña enviaba 43.000 toneladas de alimentos y la Cruz Roja organizaba el giro de cantidades similares. Eso sí: Gowon no permite el acceso de los franceses, sudafricanos, rodhesios y portugueses, a los que considera enemigos. Parece claro: vencido militarmente, Ojukwu busca crear en torno de su feudo un cordón "humanitario" capaz de interferir la soberanía federal en la zona. El 17, veedores de las Naciones Unidas iniciaban en el campo una misión de control, admitida por el propio Gowon.

PORTEÑOS Y PROVINCIANOS
Llanos en el Norte, junglas en el Sur, los 923.000 kilómetros cuadrados de Nigeria se distribuyen sobre una perfecta horqueta: la que forman, al unirse, los ríos Níger y Benue. Tras las exploraciones de Mungo Park, a principios del siglo XIX, los británicos plantaron junto al mar unas pocas factorías. Pero la carrera colonialista se lanzó en la segunda mitad de la centuria; fue tan violenta que las grandes potencias decidieron repartirse el África, amigablemente, en el Congreso de Berlín (1885): ni aun así enjugaron sus disputas. En 1899, Inglaterra y Francia se topaban en Fachoda (Sudán), al filo de la guerra.
Por entonces, un aventurero inglés, Frederick John Dealtry —luego primer Barón de Lugard—, y su amante Flora Shaw abandonaban las tranquilas chozas del Oil River (en los ribazos del Níger se extrae el aceite de palma), y trepaban al Norte para bloquear el poderío francés, a la sazón, ya dueño del Malí. En su avance, Dealtry halló tan sólo una civilización organizada: el Reino Fulbé, compuesto por los 'hausas', musulmanes, restos de un imperio que en 1815 fundara el ermitaño senegalés Osmán dan Fodio. Hasta 1904, una larga guerrilla demoró el triunfo de Lugard, el cual recién en 1914 pudo realizar su anhelo: unificar a norteños y sureños, a veces totalmente dispares; Lugard, empero, gobernó al país por medio de los emires y los jefes de tribu, sin que le interesara demasiado la unidad espiritual de sus súbditos.
Lugard dividió a Nigeria en tres sectores, Norte, Oeste y Este: en el último, la fratría de los ibos —sin ninguna tradición— sufría ya entonces la mortalidad infantil: el kwashiorkor, el niño rojo, secuela de una lactancia interrumpida por imperativos rituales a los seis meses. Alimentados con raíces indigestas, los chicos morían —ayer como ahora— cuando la piel, resquebrajada, se convertía en un pergamino bermejo.
Quizá por ese flagelo, los ibos aceptaron bien pronto la cultura occidental. Dejando la selva, se afincaron en edificios y toleraron la prédica cristiana. Así, luego de 50 años eran la fracción dominante de Nigeria: mercaderes, instalados en el Norte —en la ciudad sagrada de Kano, donde se les consideraba extranjeros, y se los recluía en el Saba N'Gari, barrio de infieles—, compraban a precio vil el ganado de los hausas, lo faenaban en mataderos modernos y lo vendían en sus puertos del Sur a valores de exportación. De retorno introducían en territorio hausa las mercancías foráneas, a precio de oro. Banqueros, dueños de toda la flota de camiones de Nigeria, hacia 1960 los ocho millones de ibos tenían 1.800 profesionales graduados en Europa, tres liceos con 3.000 alumnos, 1.250.000 estudiantes primarios y los dos tercios del personal de los ferrocarriles del país.
Algo más: con ibos se formaron los cuadros de las sociedades petroleras instaladas en el Golfo de Guinea, en territorio que, de todas maneras, corresponde a la tribu efik. Hijo de un director de la Shell, hace 36 años nacía, en esa región, Chukuemeka Odomegwu Ojukwu. Pronto su padre se cansó de servir a los británicos: fundó entonces una empresa de transportes, se hizo millonario, envió a su primogénito a estudiar en la Academia militar de Sandhurst, en Inglaterra.
En 1960, cuando Londres otorgó a Nigeria su autonomía, gobernaba el país uno de los ibos que, lentamente, habían copado la administración: N'Nam-di Azikiwe; se convirtió en Presidente de la República, hacia 1963, cuando la Nación accedió a su soberanía total. Su base política: una alianza con el caudillo norteño, el alhaji (jefe) Sir Abú Bekr Tafawa Balewa, de inmenso prestigio, quien pasó a ser el Primer Ministro. El perezoso ritmo colonial siguió hasta 1964, cuando el Gobierno ordenó un censo para establecer los coeficientes sobre los cuales se integraría el Parlamento: arrojó 30 millones de ciudadanos en el Norte contra 27 millones de residentes en el Sur. Los ibos —y los yorubas, pobladores del Oeste— acusaron de fraude al Gobierno. Si se airaban, es porque veían que así los resultados concederían el predominio a los hausas. En 1965, tras el comicio —al que solo asistió la norteña Nigerian National Alliance, porque ibos y yorubas del United Progress Grand Alliance se abstuvieron—, el Presidente Azikiwe generó la primera crisis política: impugnó las elecciones.

UN BAÑO DE SANGRE
Poco después, el 15 de enero de 1966, un general ibo —Johnson Aguiyi-Ironsi; ex guardia de Isabel II— propinaba a Nigeria su primer golpe de Estado. Lo sospechoso; Azikiwe dejó Lagos pocos días antes; con el pretexto de una enfermedad, viajó a Londres.
Como todos los cuartelazos, el de Aguiyi-Ironsi prometía terminar con la "corrupción de los políticos". Numerosos militares —entre ellos un miembro del reducido grupo 'tiv', Yakubu Gowon, quien venía del Congo, donde actuó como observador de la UN— prestaron fervoroso apoyo al dictador. Pero, inmediatamente, 50 hausas del Estado Mayor fueron pasados por las armas; el Premier Tafawa Balewa también cayó acosado por las torturas, como Ahama-dou Bello, el sardauna (jefe religioso) de Sókoto, en el Norte. Luego trascendió que el poder tras el trono lo ejercía un triunvirato de oficiales ibos decididos a barrer con todos los vestigios del grupo hausa: los coroneles Usmán, Katsina y Ojukwu. Hacia mayo, Aguiyi-Ironsi liquidó el federalismo e impuso al país una Constitución unitaria, con el fin de perpetuar el dominio ibo de la República.
El 29 de ese mes los hausas comenzaron su venganza; una cantidad no determinada de comerciantes ibos (Le Monde, de París, citaba 1.000; otras fuentes hablan de 20.000) fueron masacrados en Saba N'Gari, a las puertas de Kano, por turbas enfurecidas. Pero en el Oriente, los ibos, a su vez, fusilaron a los hausas que se encontraban en Enugu. Un tren con 400 obreros norteños fue detenido en plena selva, y sus ocupantes cayeron bajo los puñales ibos.
No era la guerra tribal, sin embargo, lo que buscaba la mayoría del Ejército, inspirada en el panafricanismo: el 30 de julio de 1966, el breve imperio de Aguiyi-Ironsi se extinguía luego de un segundo motín, que encabezó el jefe del segundo batallón de Ikeja, Yakubu Jack Gowon, un ex cadete del Regimiento de Ghester, evangélico, de 32 años. Tampoco Gowon logró impedir la revancha hausa: según sus adversarios, hasta la inspiró. Unos 200 militares ibos —Ironsi entre ellos— fueron pasados a cuchillo, mientras nuevas masacres se sucedían en Kano, hacia octubre de 1966. Gowon dio a Ojukwu el Gobierno de la provincia Oriental, y éste amenazó de inmediato con separarla de la República. Pero el Gobierno de Lagos concretó en esos meses una alianza capital: al liberar a Obafemi Awolowo y Antony Enahoro —detenidos por conspiración en tiempos de Azikiwe— se ganó el apoyo de los yorubas, la zona Oeste. Motivos: Gowon ofreció a esta raza ocupar los puestos que los ibos en retirada dejaban vacíos. "Honestamente —confesaba Ojukwu al New York Times, el 12 de octubre—, no sé cuánto tiempo podré detener a mi pueblo."
Un esfuerzo desesperado de Gowon para neutralizar a Ojukwu se cumplió en la asamblea de Aburi, fuera del país, en Ghana: allí, el 4 y 5 de enero de 1968, los cuatro Gobernadores militares se reunieron para discutir el futuro de Nigeria. Charlaron, grabaron unas 34.000 palabras en cinta magnética y al fin dijeron haberse puesto de acuerdo. Ojukwu proponía una solución quimérica: federalizar el Ejército e instituir un nuevo Gobierno surgido de una junta militar elegida por las casernas de cada región, apta para controlar al Jefe de Estado. El caudillo ibo emplazó a Lagos: si el día 30 de
marzo no se concretaban sus exigencias, pondría fin a la unidad nacional.
Por eso, el 16 de marzo, Lagos dispuso el flamante organigrama: el Gobierno militar retuvo las facultades ejecutiva y legislativa, aunque toda medida debería ser refrendada por el Comité Militar, lista para integrarse con los caudillos de las cuatro regiones.
Gowon entendía cumplir así, "con ligeras enmiendas", las conclusiones de Aburi. Ojukwu, el 1 de abril, replicó anunciando que, en el futuro, contabilizaría en su favor los royalties de las sociedades petroleras que trabajan en el Golfo de Guinea: una zona que él denominó entonces "caleta de Biafra".
El 29 de mayo, Gowon decidió acceder al pedido de Ojukwu: integraría una Confederación, pero eso sí, ajena al croquis tradicional, ideado por Lugard; dividió al país en doce provincias, tantas como tribus mayores habitan Nigeria. A Ojukwu le tocaba la conducción del distrito de Enugu, pero la costa donde se halla el petróleo caía bajo el cetro de los efiks, sus pobladores. Por fin, Ojukwu, en la mañana lluviosa del 30 de mayo, hizo enarbolar en Enugu un pabellón rojo, negro y verde sobre el cual flotaba un sol naciente: el de la flamante República de Biafra.

EL SALARIO DEL MIEDO
El Ejército Federal arremetió contra Biafra el 6 de junio de 1967. En esos días, una embajada de Enugu negociaba en Nueva York con los petroleros: solicitaba que el 57,5 por ciento de las regalías fueran depositadas en el Tesoro de la comarca rebelde, y que se retuviese la otra parte, hasta el fin de las hostilidades. Pero Lagos no le dio tiempo a firmar el pacto: el 27 de julio ocupaba el puerto de Bonny, la terminal del oleoducto, la Meca del petróleo. Pocos días más tarde, Ojukwu se veía obligado a destrozar las tuberías, para no brindar carburante a sus enemigos. También entonces los biafranos cruzaban el Níger y se apoderaban de Benin, una región donde alternan ibos y yorubas : instalaron un Gobierno títere.
¿Quiénes armaban a los contrincantes? Al principio, Gowon tenía 9.000 soldados, y Ojukwu 7.000; al cabo de la guerra, los dos rivales mandaban unos cien mil infantes cada uno. Ojukwu encaró un reclutamiento acelerado y designó instructor a Rolf Steiner, un ex oficial de la Legión Extranjera francesa. A juicio de Lagos, buena parte de las armas llegaban a Biafra desde París, previo tránsito por Gabón, donde el francófilo Presidente Albert Bongó reconocía una legación secesionista. El Quai d'Orsay niega que haya financiado a Ojukwu, pero el mismo Charles de Gaulle proclamó, el 9 de setiembre de 1968, que "Francia ayuda y ayudará a Biafra". Los voceros del Ministerio de Relaciones Exteriores insisten, con todo, en que se trataba de una ayuda moral.
El 10 de agosto de 1969, Gordon Brook Sepherd, de la redacción del Sunday Telegraph, de Londres, advertía que una vez por semana los aviones Hércules de la Fuerza Aérea Sudafricana conducían al desierto de Kalahari equipos militares: allí se los transfería a máquinas DC-4, alquiladas por Biafra, las cuales, luego de reabastecerse en Luanda (Angola Portuguesa) y la isla de Sao Tomé, descendían en el aeropuerto de Uli. Con todo, según Karl Botha, Ministro de Defensa de Pretoria, esa información es "pura fantasía".
Portugal simplemente dio apoyo logístico a Biafra: todos los días, un aparato fletado por el norteamericano Hank Warthon decolaba en Lisboa, hacía escala en Bissáu (Guinea Portuguesa), más tarde en Sao Tomé, y al fin en Uli. Warthon, sin duda, no es un filántropo: cobraba a Ojukwu 25.000 dólares por viaje, de los cuales 2.000 correspondían al piloto. Se explica que el aviador ganara tanto; la excursión tenía sus riesgos: era menester abandonar Sao Tomé por la noche, tras algún aparato de las organizaciones caritativas internacionales, colarse por el pasillo aéreo que Nigeria se vio precisada a tolerar, y luego descender en Uli a la luz de hogueras.
El abuso concluyó en junio del año pasado, cuando Nigeria exigió a la beneficencia internacional que terminase con los vuelos nocturnos, y que todo cargamento pasara por la inspección de Lagos antes de llegar a Biafra. La Cruz Roja, por ejemplo, que utiliza el aeropuerto neutral de Cotonú (Dahomey), se allanó a hacerlo; pero Ojukwu prohibió entonces la entrada de víveres, que llegasen de Lagos.
En agosto de 1967, Gowon pactó con el Kremlin la compra de armas: hasta entonces tenía unos 30 aviones Dornier, alemanes, y 10 Nord Atlas, todos a hélice. Rusia lo proveyó de 6 Delfines checoslovacos y 15 Mig, veteranos de la guerra de Corea; dos destroyers navales y cañones de 120 milímetros —desembarcados en diciembre último—, que sirvieron para doblegar la resistencia de Owerri y Uli. También dos años atrás, Londres comenzó a enviar pertrechos: es que el Foreign Office está comprometido a asegurar la unidad nigeriana y además no deseó que su hegemonía en Lagos se transfiera a la URSS. Ni el petróleo: en 1965, Nigeria produjo 22 millones de toneladas.
Los federales pusieron en juego tres tácticas para vencer a Ojukwu. La primera fue el ataque frontal, hacia el Este. El 22 de setiembre de 1967, Benin cayó en manos del Gobierno; el 4 de octubre, las tropas cruzaron el Niger y coparon Enugu, la capital de Biafra. El 22 de marzo de 1968 la guarnición de Onitsha se replegaba, ante la ofensiva de Gowon.
El segundo movimiento consistió en alejar a Ojukwu de la costa, para privarlo de la franja petrolera, una maniobra cumplida merced al apoyo de la tribu efik, que por lo visto sólo aportó a Biafra el apoyo de ciertos intelectuales. El 20 de octubre de 1967, Calabar pasaba a la zona federal sin que fuese menester un solo tiro. El 20 de mayo de 1968, le tocó el turno a Port Harcourt, la sede de las refinerías de hidrocarburos. Desde allí, los soldados de Benjamín El Escorpión Negro Adekunle, un coronel de 34 años, tomaron rumbo al Norte. En setiembre cayó Aba y luego Owerri. Técnicamente la guerra concluía.
En esas fechas, la prensa internacional denunció el exterminio sistemático
de los ibos por las tropas federales. Algo es cierto: al escapar del frente, los nativos se recluían en la selva, para morir atacados por el inflexible kwashiorkor. Así, Gowon toleró que las Naciones Unidas enviaran una comisión observadora, capaz de esclarecer los hechos. Entre el 24 de setiembre y el 23 de noviembre, dieciocho oficiales de Canadá, Polonia, Suecia, Gran Bretaña, Argelia, Etiopía y del Secretariado de la un recorrieron el frente de combate. El despacho que firmaron los jefes de la misión —mayor general Alfred Milroy (Canadá), mayor general Albert Raab (Suecia), coronel Alfons Olkiewicz (Polonia) y Sir Bernard Ferguson (Gran Bretaña)— parece conclusivo: "Los observadores —dice— no vieron ni recogieron evidencias de que el Ejército federal siga una determinada política respecto al pueblo ibo. También es notorio que el Gobierno Militar y el Ejército nigeriano tienen un programa para asistir a todas las personas afectadas por la guerra, incluso a los ibos. Basados en lo cual, los observadores sostienen que, en su opinión, el uso del término «genocidio» es inapropiado".
Que la guerra fue sangrienta no cabe duda alguna. Pero, ¿existe una contienda más humana que otra? El informe de las Naciones Unidas no calmó, por eso, la buena conciencia internacional: Gowon debió privar del mando al valioso Adekunle.
Los federales sostienen que la batalla se extendió debido a que Ojukwu quiso prolongar la agonía de Biafra, exhibir a la humanidad el hambre de los ibos y provocar una intervención foránea. Biafra, a su vez, dice que Lagos esperó la inanición total de los ibos, para diezmarlos antes de ocupar su territorio. Ambas posiciones son vanas: la cruel ley de la guerra impone la economía de esfuerzos propios, y no de los enemigos.
En abril de 1969, sacando fuerzas de flaqueza, Ojukwu retomó Owerri; una escuadrilla de 18 Minicons suecos, que comandaba el aristócrata Karl von Rosen, le permitió destruir Port Harcourt. De nada servía, porque entonces Gowon comenzó la tercera faz de su táctica: desde el Norte, tomó Umuhaia y recluyó a Ojukwu en un estrecho bolsón. Otro aporte: en agosto pasado, Azikiwe, patriarca de los ibos, ofrecía en Lagos su apoyo al Gobierno, mientras dos millones de compatriotas suyos, según dijo Gowon, ya habían optado por acogerse a la tutela federal. En los 30 meses que duró la tragedia, seis mediaciones internacionales fracasaron.
Tras el fin de la estación lluviosa, un mes atrás, Gowon inició el combate postrero; su epílogo: la toma de Owerri y Uli. Para Nigeria, con todo, sólo es un principio. En los últimos dos años, las exportaciones de petróleo y hulla se redujeron a la mínima expresión: como nunca el país dependerá ahora de Londres y Moscú. Pero más allá de la crisis económica el gran problema de Nigeria reside en la integración tribal. Gowan, el vencedor, ¿es el hombre apto para unir a su patria? Parece difícil: una tesis sin duda lógica indicaba, una semana atrás, que el caudillo quizá se vea desalojado por sus compañeros del Ejército, más adelante, cuando , el tronar de las bombas haya cesado.
Roberto Aizcorbe

 

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