Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

 

LOS CHECOS DE MOSCÚ

PRIMERA PLANA
22 de octubre de 1968

"Un pueblo que oprime a otro pueblo no es un pueblo libre."
Lenin

El 8 de setiembre, cuando el periodista italiano Nello Ajello llegó a Moscú, no era infundado el temor de que los tanques soviéticos, después de embestir a Checoslovaquia, siguiesen sobre Rumania y Yugoslavia, y todas las Cancillerías abrumaban a sus misiones en la capital soviética con pedidos de explicaciones sobre lo que había ocurrido la noche del 20 de agosto detrás de las majestuosas almenas del Kremlin.
Nadie podía responder seriamente: tampoco el enviado especial de L'Espresso, que no se reputa un kremlinólogo y no llevaba otra brújula que una sensibilidad alerta. Era domingo: "A primera vista, parece un domingo como los otros", escribió. Los moscovitas se desprendieron, aquel día, de sus ropas estivales: la temperatura había bajado de golpe 15 grados. El inmenso país se internaba en el largo túnel del invierno.
A las 7 de la mañana, dos obreros, las manos cubiertas por enormes guantes de goma, terminaban de reparar unas lajas delante del mausoleo de Lenin. La fila de visitantes era aún rala: los pocos madrugadores —campesinos de rojas mejillas— hablaban en voz baja junto al muro desde el cual, en las grandes ocasiones, los hieráticos jefes del Politburó saludan con blando gesto los desfiles militares y las exhibiciones atléticas.
Pero de pronto la Plaza Roja se anima; comienzan a llegar soldados; en media, hora invaden el centro de la ciudad, desde la acera de los almacenes Gum hasta el primer tramo de la Gorkova Ulitza. El verde-gris predomina, ahora, sobre los otros colores de la multitud festiva; interrumpe con manchas compactas la lenta fila que se disloca junto al mausoleo: dos, tres kilómetros de gentes que aspiran a ser admitidas un instante junto al tótem humano, a la momia sobre la cual reposa el poder soviético.
Es "una concentración espontánea, confusa, sin dirección visible"; pero bastaría una orden, una palabra, para transformar esa invasión pacífica en imponente parada. La orden no llegó y la atalaya del Presidium siguió vacía, como estaba previsto.
Se celebraba el Día del Tanquista. Desde una semana atrás, Pravda e Izvestia prescribían un encuentro pacífico y conmovido entre el pueblo soviético —que, como todo el mundo sabe, es el primero entre "los pueblos amantes de la paz"— y sus benjamines en armas, que habían "liberado" por segunda vez a un país hermano.
La imagen del Ejército Rojo que acude a defender las conquistas del socialismo más allá de sus fronteras, ha sido la única explicación que se ofreció al pueblo soviético. A través de ojos y oídos acondicionados por un semisecular monopolio informativo, esa imagen entró en todas las casas. Y es seguro que fue bien recibida, como cualquier justificación que venga a disipar los primeros síntomas de una inquietud moral.
Los rusos no son los únicos que necesitan de estas compresas.
Por mi parte, yo había visto en Praga a los tanquistas rojos, compañeros de los que participaron en la desordenada fiesta de Moscú; o tal vez los mismos, porque el Alto Mando los rotaba con significativa rapidez. Había visto a los rosados adolescentes de pelo de choclo, con sus uniformes demasiado estrechos sostenidos por cinturones de cuero, y calzados con altas, pesadas botas. Los había visto en lo alto ' de sus torrecillas, aislados por la multitud ferante, espiritualmente inermes.
Ya podía la prensa "burguesa" trazar el paralelo entre dos invasiones a treinta años de distancia. El único paralelo posible era el de la actitud de Occidente en ambos casos: mucho sentimiento (como modo de distraer el sentimiento de culpa), y la mejor disposición para tratar con el vencedor (porque la política no se hace con buenos sentimientos).
Pero mírense las fotos de la entrada de los nazis en 1939: Hitler en coche descubierto; la tropa desfilando a paso de ganso, rebosante de orgullo y desprecio; y los checos que se agolpan en la acera, llorando. Esta vez los ciudadanos, desarmados, increpaban a los invasores, escupían sus tanques, pintaban sobre ellos cruces gamadas —el peor insulto que puede dirigirse a una nación que entregó 17 millones de muertos para abatir al nazismo—. Si alguien lloraba, dentro de sí, eran los imberbes soldaditos, obligados a asumir un papel que no es el suyo: el de los rugientes superhombres que llegaron en alud a las tierras soviéticas a segar la vida de sus padres.
"Vuelve a tu casa, Iván; Natacha te engaña", escribió en las paredes el talento satírico de los checos. Y allí estaba el pobre Iván, perplejo, confuso, íntimamente ofendido por su propia victoria. Se le podía tomar por un estúpido, nunca por un malhechor.
Fue una reacción legítima la que pintó con tiza ese signo de oprobio en el lomo de las bestias mecánicas 0ue vinieron de la noche: era una forma de despertar al aliado que el pueblo ultrajado tiene —y lo sabe— detrás de cada uniforme soviético. Pero, por mucho que las dos agresiones se asemejen, los agresores no las vivieron igual.
La educación que han recibido es diametralmente opuesta, como la filosofía de ambos regímenes.
¿Filosofía, educación? Allí todo es propaganda, se dirá. En todo caso, no ha quedado impune. Formó realmente una mentalidad igualitaria, altruista, no agresiva. No carece de prejuicios, incluso étnicos, pero se avergüenza de ellos. Es conocido el puritanismo soviético en materia de costumbres: se corresponde con una especie de puritanismo político.
Los rusos de hoy son sencillos, humanitarios, sentimentales, aproximadamente como los describe su propaganda: han terminado por parecerse a sus afiches. Y, además, frágiles e indisciplinados, como para preocupar a sus mariscales. Nunca se vio un Ejército tan formidable sometido a prédica pacifista tan deprimente; las consecuencias de este hecho son, sin duda alguna, imprevisibles.
La Constitución soviética prohíbe la propaganda bélica, los textos escolares repudian el "nacionalismo de gran potencia". Nada de esto inhibe al Politburó para emprender todo aquello que convenga al país y a sus actuales dirigentes. La URSS es socialista, ergo pacifista, ergo benéfica: toda acción militar rusa se convierte automáticamente en un servicio a la paz y al socialismo, en una "ayuda fraterna", no importa si nada la pide.
Los norteamericanos se valen de su democracia con el mismo fin. Y, desde luego, esta manera de razonar parece deshonesta, vista por fuera. Otra cosa es mirarla desde adentro: entonces, la evidencia de la propia honradez enceguece.
¿No soy un justo?, arguye el filisteo. Entonces, todo lo que yo haga es igualmente justo. Pocos son los hombres tan toscos o tan pícaros que puedan complacerse con esta inversión sofística. Pero los pueblos carecen, naturalmente, de un sentido moral objetivo. Los individuos que los forman no pueden sentirse egoístas, puesto que han comenzado por abdicar como tales para sumergirse espiritualmente en su colectividad. Ese acto de abnegación tiñe a los que les siguen.
Ciertos pueblos sanos e ingenuos, en ciertos momentos de su historia, adquieren la sincera convicción de que su bien es el bien del mundo. Esta capacidad para universalizar un particularismo es común a los pueblos imperiales: sólo hay dos en nuestra época y se entienden cada vez mejor.
La multitud trataba, conscientemente, de desmoralizar a los invasores. Era su única defensa: ya que no podía oponerles sus tanques, los enfrentaba a sus conciencias. Las tropas del Pacto de Varsovia no se han desintegrado, pero sus ánimos se agrietaron cruelmente, y quién sabe si hubieran conservado su cohesión en el caso de necesitarse una represión sangrienta. Se ha informado que un soldado ruso, muy joven, se pegó un tiro en la plaza Wenceslas: me asombraría que no fuese cierto.
¿Hasta cuándo —discurríamos con algún colega por las callejuelas de la Mala Strana, con sus covachas de alquimistas y de escoliastas heréticos— podrá el Kremlin, sin riesgo de catástrofe, exponer la clara inteligencia de su pueblo a tan obvias distorsiones del socialismo, a tan asiduas contrapruebas históricas?
El mecanismo ideológico de que se sirve la troika actual no es invento suyo, de Kruschev ni de Stalin. Es viejo como el poder soviético: se lo ve asomar en los primeros artículos de Lenin sobre política exterior.
El 21 de enero de 1918, en Pravda, preguntaba: "¿Qué es superior, el derecho de las naciones a la autodeterminación o el socialismo? El socialismo es superior", decidía. Esta paladina declaración no figura, ciertamente, en la carta-ultimátum del 15 de julio a Dubcek, firmada por los cinco PC intervencionistas, ni en la kilométrica Declaración de Bratislava, el 3 de agosto, dos semanas antes de la invasión. Pero no es improbable que los negociadores rusos —o Ulbricht, su inspirador— la hayan rescatado de los anaqueles para ponerla ante los ojos del acosado estadista.
Pero ese socialismo que transfiere a los gobernantes su pronta supremacía sobre la ley internacional, ¿es siquiera el régimen definido como tai por Marx, por el mismo Lenin? No, la URSS no era todavía un Estado socialista; simplemente, los bolcheviques habían asaltado el Palacio de Invierno. Así, aquella supremacía, antes de volver a los hombres, se había comunicado, primero, de los hombres al régimen.
No hay ejemplo más contundente de nominalismo político que el de la campaña derrotista bajo el Gobierno (socialdemócrata) de Kerenski, inmediatamente trocada por la apelación al patriotismo (en vísperas de Brest Litovsk). El 28 de febrero, Pravda, con la firma de Lenin, prevenía: "Rusia camina hacia una guerra por el mantenimiento y la consolidación del Poder soviético". La "guerra interimperialista" se había transformado mágicamente en "guerra de liberación".
En los entredichos de la URSS con otros países socialistas —como de los países socialistas entre sí—, cuando la otra parte invoca la autodeterminación de las naciones se le responde con la superioridad del socialismo. Esto es "internacionalismo proletario", lo otro es repugnante "nacionalismo burgués". Pero los que tienen derecho a las prerrogativas que confiere el socialismo son los que no necesitan demostrarlo: un derecho natural, en suma. Lavaron su cuerpo en el río, están libres de la menor impureza nacionalista, todo lo que tocan se vuelve socialista, por osmosis.
Ese malestar, esa incomodidad del pueblo soviético, habituado a verse ejemplarmente "bueno" y ahora obligado" a hacer el "villano", se mostró de manera patética tres días después de la invasión, cuando Breznev, Podgorny y Kossyguin acogieron a sus cautivos, los dirigentes checos, en el aeropuerto de Vnukovo. Trágico, el encuentro tuvo aspectos casi cómicos: besos, abrazos, el tremolar de las dos banderas, los crepitantes aplausos de la multitud, procuraban cubrir el fragor de los carros armados en las calles de Praga, el vulgar matonismo de los editoriales de Frauda e Izvestia, los sucios menesteres de la KGB (policía secreta rusa), que se implantaba en Checoslovaquia con la misma rapidez que las divisiones blindadas.
Entre los que marcharon detrás de Svoboda faltaban los principales exponentes del Nuevo Curso —Dubcek, Cernik, Smrkovski, Kriegel—, y se necesitó probarle al Politburó que el pueblo estaba de pie, erguido contra el zarpazo, y que no había defecciones en el Presidium, para que los ausentes pudiesen cruzar ellos también los muros del Kremlin, redimidos de la categoría de traidores y admitidos en la de amigos equivocados, con una especie de perdón condicional. Cuando se publicó el comunicado, con sus rituales alusiones a la "franqueza" y la "camaradería", los ciudadanos de Moscú —informó Albert Mayer, del Times— "volvieron a levantar los ojos, antes nublados de vergüenza". Seguramente fue así.



II

A esa misma hora, en el gran salón de banquetes del hotel Sovietskaia, reinaba una frenética animación: artistas nacionales y extranjeros se empalagaban de caviar, pan de centeno, borsch y vodka. Hay una galería de palcos, de compartimientos reservados: en ellos, a principios de siglo, Chejov, Gorki, Kuprin solían mirar desde lo alto a la nobleza y a la burguesía, que bailaban con gozosa inconsciencia. Hoy esa galería está desierta, en desuso.
En una mesa, la periodista austriaca Marika Aba, de la Frankfurter Allgemeine Zeitung, departía con el poeta del régimen, Evtuchenko, su mujer Galia, y el cineísta italiano Franco Zeffirelli. La noche anterior, Zeffirelli había presentado en función de gala su Romeo y Julieta: fue, entonces cuando conoció a Evtuchenko.
De pronto, Zeffirelli, que levantaba el temible vaso de vodka, exclamó:
—Vamos, Evgueni, bebamos por el valor absoluto de la verdad.
En sus ojos celestes, cuenta Marika, tembló un relámpago de malicia florentina; los del ruso se helaron.
—¿Qué quieres decir con eso? Es tu obsesión. Esta mañana mi mujer me despertó temprano, preguntándome: "¿Qué quiso decir Zeffirelli cuando afirmó que el mayor pecado es dar la mano a un embustero? ¿Por qué ese hombre te dijo eso?"
El poeta lucía camisa roja y un pantalón estrecho. Hablaba en italiano. Continuó:
—Sabes, mi mujer te odia.
"La conversación era un juego, una especie de minué, mechada con anécdotas, brindis, una elocuencia elegante y algo anticuada. La atractiva y misteriosa muchacha en minifalda no protestó. El reto estaba en el aire."
—¿Por qué mentir te parece tan grave? Hay ocasiones en que es necesario hacerlo; puede ser un acto de caridad. ¿Qué harías si tu pobre madre tiene un solo vestido, horrendo, y pide tu opinión?
—Le diría que es horrendo y no debe salir de casa.
—Tonterías. La verdad no es un concepto absoluto: hasta tu compatriota Pirandello lo afirmó.
—Error de Pirandello. Hay una sola verdad. Los criminales de Nüremberg se defendieron diciendo que es relativa. La verdad no es una abstracción. Tú hablas como un abogado
Nuevos golpes de vodka.
—Tu película es buena, aunque un poco tediosa.
—Moscú me gusta, aunque su arquitectura es un desastre; Ustedes no tienen arquitectura, no tienen carácter, imitan Nueva York o Chicago de los años veinte. ¿Por qué —preguntó el italiano, que es arquitecto— la gente que construye aquí es tan poco representativa de Rusia?
Siguió una tirada de propaganda:
—Más importante que los monumentos en piedra a nuestra grandeza, es el hecho de que cada día se pongan a disposición de la gente 400 departamentos nuevos. Son las cosas que cuentan. Estas cosas las hacemos lentamente, pero las hacemos para todos. Lo mismo ocurre con la cultura. ¿En qué país se puede ver a la gente, la gente simple, gozar de los clásicos como aquí? Escuchan Beethoven, Mozart, y leen Shakespeare. El otro día estaba yo en Georgia, en una guarnición militar. ¿Qué creen ustedes que querían discutir conmigo? El último libro de John Updike. ¿En qué país sucedería otro tanto?
Zeffirelli explotó:
—¡No debería ocurrir en ningún país! ¡Es monstruoso! La verdadera cultura no está destinada al consumo de masas. Una cosa es tener cultura, otra estar informados. Ustedes y los norteamericanos lo envilecen todo. Lo que me asombra es que Stalin no sólo no temió introducir esa cultura de masas, sino que la hizo obligatoria. Esto me hace pensar que el conocimiento requiere una libertad total.
Y pronunció la palabra que todos esperaban desde el principio:
—Miren lo que ha sucedido en Checoslovaquia.
Evtuchenko bebió otra vez, llenó los vasos, se puso serio.
—Nosotros somos otra clase de gente. No somos checoslovacos. Después se excitó:
—Ustedes no llegan a aferrar lo esencial. Estamos muy lejos del stalinismo. No fue la Revolución, ni la guerra, lo que nos estaba carcomiendo, sino Stalin. Fue más criminal que Hitler. Mató a cualquiera que no le cayera simpático. Asesinó a nuestros intelectuales, a nuestros profesionales. Asesinó a veinte millones de personas. Mi mujer pasó su infancia encerrada en un ropero, mientras Stalin exterminaba a toda su familia. Teníamos que empezar de nuevo y lo hicimos con toda limpieza. No deben juzgarnos según nuestra arquitectura. Juzguen por el solo hecho de que estamos aquí, que ustedes están aquí y yo pueda decirles estas cosas.
Evtuchenko desenmascarado. La mala conciencia ("¿qué quieres decir con eso?"), el valor instrumental de la verdad, de los bellos sentimientos ("tu pobre madre") y de una grosera estadística (¿por qué diablos, 400 departamentos por día han de justificar un régimen cualquiera?); la elemental cultura de masas, el uso de Stalin como chivo emisario, la especial condolencia de señora gorda por las desventuras del propio grupo social (el terrorismo diezmó a los intelectuales, pero sobre todo a los miembros del Partido, intelectuales o no). ¿Cómo no comprende este opositor privilegiado, este play-boy comunista, que los heredados rasgos de su carácter —heredados de los profesionales del doble juego— lo convierten en trasunto humano de un stalinismo sin Stalin?
Mientras un intelectual soviético responda con esa táctica diversiva a la mención de un ultraje cometido por su país, estará claro que la camarilla dominante sólo cambia para no cambiar.
Parece que, luego de la invasión (él lo niega), Evtuchenko envió un telegrama a Kossyguin y Breznev para pedirles indulgencia en favor de los escritores checoslovacos que suponía arrestados en masa. (Hoy sabemos que han sido reducidos al silencio, no a la cárcel.) En todo caso, con estas actitudes simpáticas, y no demasiado peligrosas, mantiene el liderazgo del sector oportunista de la intelligentzia, rival de los incondicionales como Mijail Cholojov, quien, en una carta a Estrella Roja, diario del Ejército, ornamentó la imagen gloriosa del soldado soviético volando generosamente en socorro de los "hermanos de clase" acosados en Praga. Servil ante el Partido, el titular del Premio Nobel es más valiente que Evtuchenko, en cuanto afronta el desprestigio total y el repudio de los universitarios.
No toda la intelligentzia se comporta como Cholojov o como Evtuchenko. En ella se disciernen otras dos actitudes: el heroísmo y la vergüenza. Esta tiende a revelar más autenticidad y, quizá, más eficiencia.
Como es sabido, el 25 de agosto hubo una manifestación de protesta en la Plaza Roja. Un minúsculo grupo enarboló pancartas que pedían: "Fuera las manos de Checoslovaquia". Eran Pavel Litvinov, un físico de 29
años, nieto del ex Ministro de Relaciones Exteriores; Larisa Borograz Daniel, la esposa del escritor encarcelado en 1966; el lingüista Konstantin Bobitski, el poeta Vadim Delone, el crítico de arte Víctor Fainberg, la poetisa Natalia Borbanevskaya y el obrero Vladimir Dremluga. Acabaron en la prisión:moscovita de Lefortovskaia: el público permaneció impasible.
Se los acusaba de haber violado el parágrafo 190/3 del Código Penal, que prevé la detención hasta tres años por reuniones que perturban el orden público; la pena mínima es una multa de 100 rublos. Durante tres días corrió el juicio, a puertas cerradas. El 9 de octubre, el general retirado Piotr Grigorenko, que ya había visitado ostensiblemente la Embajada checoslovaca para expresarle su solidaridad, instaló una mesa ante las puertas del juzgado para recoger firmas contra las irregularidades del proceso. Acosado por la Policía logró suscitar una refriega; sus partidarios vociferaban contra los agentes: "¡Fascistas, cerdos!"
El 12, se dictaron las sentencias: Litvinov, la mujer de Daniel y Bobitski fueron condenados a cinco, cuatro y tres años de exilio, respectivamente; el resto, a trabajos forzados.
Estas personas se exponen deliberadamente: piensan que su sacrificio ayudará a su pueblo a formar conciencia del conflicto entre el Estado soviético y las libertades individuales. Para algunos, es un conflicto irremediable, a menos que el socialismo leninista acepte confundirse con la socialdemocracia: la decisión del Kremlin sobre Checoslovaquia demuestra que no cabe, por ahora, esperar esa "regresión". Hay una evidente correspondencia entre la acción de este grupo y las ideas de algunas revistas mimeografiadas que circulan clandestinamente en la URSS. Es probable que el régimen tenga razón cuando las califica como antisocialistas; los acusados negarán, pero es obvio que no pueden revelar el fondo de su pensamiento; el fondo de su pensamiento —según se lee en esas hojas— es que ningún progreso económico o social justifica el eclipse de la libertad.
Esa actitud "extremista", aunque respetable por su valor de ejemplo, los aísla de la opinión pública. No parece que el pueblo soviético, ni siquiera en sus capas más ajenas a los ideales del socialismo, esté dispuesto a soportar otras vicisitudes históricas, que serían tremendas.
Mucho mayor es la influencia de un hombre como Alexander Soljenitzin, el novelista que irrumpió en tiempo de Kruschev con 'Un día en la vida de Iván Denisovich'. Era entonces notorio su cuidado de evitar que la crítica permitida, y hasta estimulada —es decir, la crítica al stalinismo—, se identificara con la crítica al sistema soviético. En los últimos tiempos, su actitud es más definida. Conviene recordar que una severa carta suya a la Unión de Escritores, no publicada en la URSS, se leyó en la sesión inaugural del IV Congreso de Escritores checoslovacos, punto de partida del Nuevo Curso (1967). Su última obra, El primer círculo, se editó en Occidente. Estos "delitos" no han provocado otras sanciones que la negativa de las editoriales del Estado a publicar sus trabajos. Sin duda, Soljenitzin se escuda en su condición de veterano oficial varias veces condecorado, y sus 18 años en los campos de concentración stalinistas le valen una aureola que el aparato represivo no se atreve, por ahora, a desafiar. Nada pudo decir con respecto a la crisis checoslovaca, pero no necesita hacerlo: se conoce su opinión.
Otro desafío reciente, que también quedó sin castigo, es el del folleto de Andrei Dmitrievich Zacharov: Progreso, coexistencia y libertad intelectual (Estas Kompass, Milán). También se difundía a través de la llamada "prensa del subsuelo", mimeográfica, y también fue enviado para su reproducción a los países occidentales. Zacharov, 47 años, miembro de la Academia de Ciencias de la URSS, uno de los físicos nucleares de mayor prestigio en el mundo, sostiene una tesis que no deja en pie vestigio alguno de la ortodoxia comunista.
Presume que, hacia el año 2000, los dos sistemas y las dos potencias que hoy prevalecen, lejos de haberse destruido recíprocamente —o que una de las partes haya triunfado sobre la otra—, llevarán a cabo una "convergencia", evolucionarán hacia "un Gobierno mundial democrático y socialista", fundarán conjuntamente una era sin precedentes de paz y progreso. Pero, al describir esta simbiosis, propone al socialismo cambios esenciales, mientras que el capitalismo seguiría una trayectoria que ya emprendió. La URSS tendría que abdicar ante la economía de mercado y el pluralismo político; a USA le bastará con aceptar ciertas exigencias de justicia social: es algo que ya existe con el nombre de neocapitalismo.
Esta concepción es tan evidentemente utópica, que parece impropia de una mente científica. La "convergencia" sería una precaución retórica para evitar el cargo de capitulación ideológica. El ensayo, valioso por algunos análisis parciales, fue dogmáticamente rebatido por el economista Víctor A. Cheprakov en las páginas de Izvestia. La mediocre respuesta no hizo sino dar estado público a la osada concepción de Zacharov, la cual se ha convertido en una especie de manifiesto, el manifiesto de la nueva sociedad tecnocrática que tiene su centro en la siberiana Novosibirsk, donde —coinciden muchos testigos— murió el "espíritu de Partido" y sólo subsiste un vago ideal socialista.
Los poseedores del poder político han sido notificados de las exigencias de esa nueva sociedad. "Después de cincuenta años de dominio opresivo sobre la mente de una nación entera —escribe el sabio—, nuestros jefes parecen temer hasta los más leves indicios de la exigencia de una discusión." Lo que inspira ese conservatismo es la permanencia, en las más altas jerarquías, de una "clase distinta", que en vez de interpretar los intereses fundamentales de la colectividad los identifica con los suyos, el mayor de los cuales estriba en el monopolio político. Esa clase, ya caracterizada por el teórico yugoslavo Milovan Djilas hace 15 años, es "una superestructura que se ha formado sobre la base económica de un seudosocialismo antileninista", define Zacharov.
El folleto, que data de los primeros meses de 1968, aplaudía con calor el experimento de Praga, y no parece verosímil que su autor —otro amigo personal del Primer Ministro Kossyguin—, haya cambiado de criterio. Está probada, pues, su responsabilidad en el "extravío" checo; sin embargo, los tribunales han preferido ignorarla.
Si Soljenitzin y Zacharov actúan como fuerza de choque, el resto de la intelligentzia soviética —voluntariamente recluida en sus dachas las semanas siguientes a la invasión— guardó un embarazoso silencio que pretende ampararse detrás de aquella compleja reacción popular: certidumbre de la propia inocencia, asombro ante la "ingratitud" y la "incomprensión" ajenas, todo lo cual no inhibe una sensación de vergüenza y pesar.
"No somos imperialistas, pero lo parecemos", querrían decir. Efectivamente, no se sienten imperialistas. Y así se justifican con la razón de Estado; no piensan realmente en el Estado ruso, sino que lo confunden con "la causa del socialismo", un alegato más confortable y purificador.
Es posible que a la larga sean ellos los que aún no se resuelven a distinguir entre el interés nacional y la ideología que lo encubre, entre el interés nacional y el del personal político, quienes conquisten aliados en el Comité Central con mayor eficacia que otros, más audaces, a quienes el Comité Central considera enemigos declarados. Pues no se trata de una Revolución —quizá tan imposible en la URSS como en los países capitalistas desarrollados—, sino de un examen de conciencia colectivo, a través del cual la sociedad soviética intentará librarse de la torturadora mala fe.
En ese ejercicio, los intelectuales tropiezan a cada rato con sorpresas desgarradoras. Las encuentran, por ejemplo, en ciertos escritos olvidados de Marx, o no corrompidos por las necesidades de la acción política.
Así, por ejemplo, en 1843, a propósito de una fugaz tentativa de Guillermo IV de Prusia por encubrir su despotismo con aires liberales, el joven Marx escribe a Ruge (Anales franco-alemanes): "Es una verdad que, por lo menos, nos enseña la nulidad de nuestro patriotismo, el carácter falso de nuestro Estado, y nos
hace ocultar el rostro. Usted se reirá y me preguntará: «¿Qué se ha ganado con ello? Con la vergüenza no se hace ninguna revolución». Respondo: la vergüenza ya es una Revolución. Es una especie de cólera que se vuelve contra sí misma. Y cuando toda una nación se avergüenza de verdad, es como si el león se agazapara para saltar".
Dos meses después, insiste: "También el amo de todos los rusos, inquieto por esa efervescencia en la cabeza de sus vecinos, pedía el restablecimiento de la situación de antes. Y hubo entonces una nueva edición de la antigua proscripción de los deseos y pensamientos que tuvieran como objeto los deberes y los derechos de los hombres; es decir, se volvió al antiguo Estado esclerósico, en el que el esclavo sirve en silencio, y también el propietario del país y de las gentes gobierna sin decir palabra, mediante domésticos bien educados y obedientes. Ambas partes no pueden decir lo que quieren: los unos, que quisieran ser hombres; el otro, que no necesita hombres en su territorio. Callarse es el único recurso que queda", concluye Marx.
¿Cómo no asociar el pasaje siguiente a la lección que cabe sacar de la crisis checoslovaca? ¿No parece referirse a las engañosas esperanzas que infundió a los pueblos socialistas la experiencia "liberal" de Kruschev? "Tal vez la infeliz tentativa de abolir el Estado filisteo sin modificar sus fundamentos: ha servido para mostrar a todo el mundo la necesidad en que se encuentra el despotismo de recurrir a la brutalidad y la imposibilidad en que se halla de mostrarse humano. Una relación brutal sólo puede sostenerse en la brutalidad."
Escribe en setiembre: "Ha surgido una anarquía general entre los reformadores, y ninguno puede negar que no tiene una visión exacta de lo que debe ser. Pero he aquí, precisamente, la ventaja de la nueva dirección: que no anticipa dogmáticamente un mundo, sino que primero quiere encontrar lo nuevo en la crítica de lo nuevo". Los animadores checos del Nuevo Curso no podrían expresarlo mejor. "Es muy claro lo que nos compete realizar ahora. Es la crítica despiadada del estado de cosas existente que no debe retroceder ante sus resultados ni ante los conflictos con los poderes establecidos."
Esa critica debe abarcar el propio movimiento revolucionario. "El comunismo, en particular, es una abstracción dogmática, y entiendo por comunismo no uno imaginario, sino el que realmente existe [en los escritos de varios teóricos anteriores a Marx]. Este comunismo no es sino una manifestación parcial del principio humanista infectado por su contrario: la propiedad privada. La supresión de la propiedad privada y el comunismo no son, por tanto, idénticos, y el comunismo ha visto, necesaria y no fortuitamente, elevarse contra él las doctrinas socialistas de Fourier y Proudhon, porque él mismo no es sino una realización parcial, unilateral, del principio socialista."
Y pone el dedo en la llaga: "Al mostrar [el crítico] la ventaja del sistema representativo con respecto al de los estamentos, interesa en la práctica a un gran partido. Al elevar el sistema representativo de su forma particular a su forma general, y al hacer resaltar su importancia verdadera, obliga al mismo tiempo, a ese partido, a superarse, porque su victoria significa su pérdida".
Era la crítica anticipada del leninismo. Después de veinte años de prédica contra los métodos de August Blanqui, que postulaba el golpe de mano sorpresivo por parte de un grupo de revolucionarios profesionales, Lenin, en la situación excepcional de 1917, con un Ejército desbandado por la derrota y un Gobierno burgués hostigado demencialmente por otros Gobiernos burgueses, se volcó, aunque sin confesarlo, hacia el blanquismo, en cuyas enseñanzas se inspiraban sus rivales, los social-revolucionarios rusos.
"En Blanqui —había escrito Engels en 1874 (Werke, XVIII)— no se trata de la dictadura de toda la clase revolucionaria, del proletariado, sino de la dictadura de la minoría que ha dado el golpe y que, por adelantado, se organizó bajo la dictadura o dominación de uno solo o de unos pocos."

III

Una libreta de apuntes con membrete de un hotel de Viena resume los puntos de vista que formé después de ver la invasión y entrevistar a algunos de los personajes del drama. A los dos meses, y luego de la última confrontación entre Breznev y Dubcek, puede que estos garabatos ayuden a comprender lo que pasa debajo de la superficie.
La hipótesis central es que el Nuevo Curso checoslovaco importa la búsqueda de una posible transformación del socialismo leninista en un régimen socialdemócrata, con pluralismo político y economía de mercado. Esto no niega la crítica de Lenin al reformismo: una cosa es la socialdemocracia después de la Revolución y otra antes. Entonces se trataba de postergar la Revolución indefinidamente; ahora, de corregirla.
El Nuevo Curso se originó en el esfuerzo de una joven generación de comunistas (Dubcek) para desplazar a una dirección (Novotny) que, si bien acogió las reformas, porfiaba en hacerlas dentro de un sistema político invariable, esterilizándolas. En ese esfuerzo, Dubcek aceptó la alianza con fuerzas "no socialistas" (mejor dicho, no leninistas), como el nacionalismo eslovaco y la agitación de intelectuales y estudiantes. Eliminado Novotny, fue incapaz de restablecer sobre ellas el control del Partido, lo que hubiera evitado el desastre.
El principal conflicto interno en los países socialistas es el que opone a la "nueva clase" de los aparatehiki, quE a través de una larga carrera han logrado crearse una "base social", y una "novísima clase" de intelectuales que, con "base social" tanto o más sólida, intentan la conquista del poder político. Los obreros desconfían particularmente de este sofisticado estamento, cuyas exigencias de "rentabilidad" amenazan sus intereses.
La invasión no fue, en realidad, sino el incidente más dramático de una apretada discusión (desde diciembre de 1967) entre el recién llegado grupo Dubcek y la "nueva clase" dominante en los Estados socialistas. Los checoslovacos, admitidos por los rumanos y yugoslavos, fueron rechazados por los demás, que temían el contagio socialdemócrata. Dubcek desafió al Kremlin, proponiéndole, de hecho, la invasión: no creía que se decidiera a destruir en una noche su afanosa política de distensión internacional.
Desde el 20 de agosto, el conflicto ha sido trasladado a las capas superiores de la sociedad soviética. La unidad patriótica de los checos y eslovacos, después de la agresión, absorbió las disidencias que se advertían en el Presidium. El desafío continúa. La resistencia del grupo Dubcek no es sólo defensiva: las contradicciones, aceleradas por el fracaso de la intervención, avanzan también en el Politburó. Hay que esperar a ver cuál de los dos equipos resiste más.
El Nuevo Curso tiene aliados exteriores: son los "checos" de Moscú, escritores, científicos, técnicos, economistas, líderes estudiantiles, que en vísperas del ataque a Praga firmaron la "carta de los 88", difundida de mano en mano. También para ellos la experiencia se ha consumado; la reforma económica, postulada hace años por el académico Evsei Libermann y aplicada en miles de empresas, se malogra dentro de la vieja estructura del Estado-Partido, improvisada en 1917. Algunos, como Zacharov, proclaman el pluralismo político, y todos están interesados en la restitución de la libertad intelectual, definida con todo rigor por Soljenitzin.
Esa postulación, inseparable de sus intereses profesionales, es la más apta para aglutinar a los distintos jirones de la "novísima clase", y trasmite, por lo tanto, la dirección del movimiento a los escritores soviéticos, como ocurrió con los checos y, doce años atrás, con los húngaros.
Ineficiente en el régimen "burgués", que pone los escritores a su servicio sin que lo adviertan, la libertad intelectual es explosiva bajo el socialismo; basta una malla floja en la censura para que golpeen de lleno en la entumecida opinión pública. De nivel sobresaliente, el semanario de la Unión de Escritores Checoslovacos vendía 250.000 ejemplares; sus redactores se convirtieron de pronto en héroes nacionales, sólo porque dijeron lo que todos sabían, lo que el resto de la población pensante no podía decir. Esa facilidad los condujo al extremismo; no repararon en que, abatida la frontera, se internaban en terreno minado; que no todo el pueblo, ni los factores de poder nacionales y extranjeros, podían esperar del liberalismo beneficios tan evidentes como los de ellos.
Cuando la prensa de Moscú, confiada a burócratas sin notoriedad, reclama a Dubcek una "purga" más severa, sobre todo en el área intelectual, los escritores soviéticos no se engañan: esas intimaciones están destinadas también a ellos. Todo el proceso democrático se ha detenido en la URSS, aunque después de un tiempo tal vez se reanude con mayor impulso, cuando los responsables de la aventura checoslovaca hagan autocrítica, forzados por los que primero confiesen el fracaso. Por ahora, los escritores no pueden sino desertar transitoriamente de sus deberes, para esquivar el poderoso bólido que se lanza contra ellos: el patriotismo del pueblo soviético. En todo caso, los políticos y los militares han debido resignarse a no encontrar un solo poeta dispuesto a cantar un acto del Gobierno. Nunca había ocurrido.
El riesgo de que cometan errores análogos a los de sus colegas checos está implícito en la irresponsabilidad de los intelectuales, entendida como una escasa disposición a apercibirse de la índole necesariamente diabólica del poder, tal como Hobbes la describiera: es la violencia institucionalizada que regula la violencia latente en toda organización social, es un monstruo que tiende a perdurar y a crecer por cualquier medio.
Los intelectuales son, por lo común, malos políticos, incapaces de sacrificar aquella parte de sus ideales —o aquellos modos de realizarlos— que ponga en peligro los intereses nacionales y sociales encarnados en la clase política, la cual, por lo demás, los asimila inevitablemente a sus propios intereses. Ese juicio adverso se vuelve inexcusable cuando se leen, por ejemplo, los debates de un grupo de filósofos (Herbert Marcuse, Ernest Bloch, Serge Mallet, Lucien Goldmann) quienes, para el 150º aniversario del nacimiento de Marx, se reunieron en Curzola, Italia, con un centenar de jóvenes militantes de 12 países. Pretenden fundar un "comunismo nuevo", desligado de las "hipotecas" soviética y china: en realidad, de esas dos y de las otras. Más claramente, rechazaron todas las reformas reales del comunismo para quedarse con el de los libros.
En las sesiones que sellaron la suerte de Checoslovaquia se consultó a las Fuerzas Armadas y al Ministerio de Relaciones Exteriores; el mariscal Andrei Gretchko y Andrei Gromyko participaron con voz, pero sin voto. Ambos se habían pronunciado contra la intervención.
Los kremlinólogos han clasificado a los dirigentes soviéticos en tres corrientes relativamente estables.
Los "halcones" serían Podgorny, Jefe del Estado; Chelepin, Schelest, Grischin, Demichev, Rachidov y Kulakov. Su fuerza se estima en un 20 por ciento del Comité Central —sobre todo ucranios y georgianos—, que cuentan con poderosos lobbies no sólo en el sector industrial, sino también en la burocracia. Si su hombre más representativo es Podgorny, su jefe es Chelepin y su "cerebro" Demichev, a quien se adjudica la redacción material de la Declaración de Bratislava y de varios comunicados ulteriores. Tienen de su lado al jefe de la KGB, Andropov.
Los "centristas" serían Breznev, Secretario General del Partido; Voronov, Kirilenko, Polianski, Kunaev, Macherov, Mgiavanadzé, Kapitinov, Suzov. Contarían con él 45 por ciento del Comité Central, preferentemente los dirigentes periféricos, que disponen de sólidas posiciones de poder local. El brazo derecho de Breznev es Kulakov, responsable de los "cuadros" (es decir, de las promociones en el Partido).
Pasan por ser "palomas", además de Kossyguin, Jefe del Gobierno: Mazurov, Pelche, Suslov, Ustinov, Ponomariov, Rudakov, quienes se apoyarían en un 30 por ciento del Comité Central: economistas, científicos, tecnócratas. Es en este sector —el de la intelligentzia— donde se criticaron los proyectos intervencionistas y donde, lógicamente, debería "capitalizarse" el descontento, si Dubcek y sus amigos mantuvieran su cohesión el tiempo suficiente.
El ideólogo del Partido, Suslov, asistido por Ponomariev, que tiene a su cargo las relaciones con los PC extranjeros, y por Pelche, presidente de la Comisión de Control, asumió una posición moderada —contra lo que suponían algunos observadores. Es natural: llevaba más de un año preparando la conferencia mundial comunista que debía reunirse en noviembre. Sus temores se confirmaron: en el cónclave de Budapest, hace tres semanas, Ponomariev se encontró aislado, y sólo se convino en seguir las conversaciones para no confesar que aquella conferencia no se celebrará.

IV

La oposición intelectual estará presente, pues, en la lucha por el poder, en la medida que asocie sus aspiraciones a las del mayor número de ciudadanos y sature con su cálido testimonio la conciencia moral de la nación. Pero es preciso, ante todo, que sepa mantenerse dentro de su órbita, aceptar que su influjo no puede ser sino indirecto, esfumarse detrás de la clase política o, sencillamente, del Comité Central: cualquier indicio de que intenta no ya suplantarla, sino limitar sus prerrogativas, excitará su instinto de conservación, con fatales consecuencias.
Dentro de las características del régimen, la acción política se circunscribe al Comité Central del PCUS, compuesto de 360 miembros. Es una gerontocracia: 12 tienen más de 70 años y 90 se acercan a esa edad, 125 rayan en los 60, 55 han superado los 50, 70 dejaron atrás los 40, y sólo 8 tienen menos de 40 años.
Otra referencia útil: 24 miembros han conocido a Lenin y actuado bajo su dirección hasta 1923; 109 secundaron a Stalin contra Trotski en la década siguiente y, con casi todos los demás, formaban el aparato staliniano antes de la guerra: sólo 16 llegaron al Comité Central después de la muerte del Dictador (1953).
Las vacantes —por fallecimiento o por desgracia política— se cubren por el método de la cooptación: nadie puede entrar si no tiene protectores bien ubicados. En la práctica, se van sumando figuras subalternas, sin personalidad, sin méritos probados en una competencia abierta.
El Comité Central ratifica las decisiones de su Oficina Política (Politburó), cuyos miembros elige después de cada Congreso según las recomendaciones que extraoficialmente le hace llegar la cúpula. Sus 11 titulares son actualmente Leonid Breznev, Alexei Kossyguin, Nikolai Podgorny, Mijail Suslov, Alexander Chelepin, Piotr Shelest, Kíril Mazurov, Arvid Pelche, DmitrI Polianski, Guenadi Vbronov y Andrei Kirilenko; los suplentes, Grischin, Demichev, Kunaev, Maeherov, Mgiazanadzé, Raehidov y Ustinov. En las grandes ocasiones se convoca también a los secretarios del Comité Central (Andropov, Kapitinov, Kulakov, Ponomariov, Rudakov) y al presidente de la Comisión Central de Revisión (Sizov).
Según el corresponsal del Daily Telegraph en Moscú, la ocupación de Checoslovaquia ya suscitó —la noche del 11 al 12 de setiembre— una especie de golpe de Estado en la URSS. Algunos despachos diplomáticos confirmaron esa información que, sin embargo, conviene acoger con reservas. Suslov, Podgorny y Polianski, con el tácito apoyo de Kossyguin, habrían tratado de convocar a una reunión de emergencia al Comité Central, a espaldas de Breznev y su mayoría. Advertido a última hora por el servicio de informaciones del Ejército, y respaldado por los mariscales Gretchko, Jacubovski y Chtemenko (Jefe de Estado Mayor), el Secretario General habría anulado la convocatoria, declarándola ilegal y arbitraria. Al día siguiente, como para desmentir estos rumores, Breznev y Kossyguin asistieron juntos a una muestra industrial italiana: sus actitudes recíprocas eran desusadamente expansivas.
Ugo Stille, del Corriere della Sera, escribe desde Washington que la reconsideración de la política exterior soviética ha provocado una áspera disputa entre las encontradas tendencias de la expirante Administración Johnson. La de los "europeístas" tiene su base en el Departamento de Estado; la segunda, que algunos definen como "globalista", tendría por mentor a Walter Rostow, asistente especial de la Casa Blanca para asuntos internacionales.
Los europeístas aconsejaban un gesto espectacular; por ejemplo, una "segunda fundación" de la alianza atlántica, cuyo tratado inicial vence en abril del año próximo. Querían reunir los Jefes de Gobierno y, en segunda línea, los Ministros de Relaciones y de Defensa, con el objeto de tomar medidas para robustecer el dispositivo militar; insistían en que la inquietud esparcida en Europa —y sobre todo en Alemania—, por los sucesos de Praga, facilitaba un proceso orientado a cimentar políticamente la solidaridad occidental, debilitada por la terquedad de Charles de Gaulle y otros síntomas de "neutralismo".
Los globalistas, sin discutir la necesidad de una actitud firme, que tranquilizara a los aliados europeos, piensan, al parecer, que por esa vía no podría obtenerse progreso alguno, y que, en cambio, se anulaban las ya debilitadas perspectivas de un diálogo "constructivo" entre el Este y el Oeste.
Pero su mejor argumento era que, si Johnson reaccionaba en forma demasiado patética, empujaría a los dirigentes soviéticos, divididos e inciertos, hacia rígidas posiciones de guerra fría, invirtiendo así la tendencia de los últimos años. Si Europa es, ciertamente, el sector prevalente para la seguridad de los Estados Unidos, la política exterior de Washington debería conducirse con una visión global, para la cual el problema de fondo es un acuerdo sobre control de armamentos y desarme balístico.
Como se comprenderá, estas deliberaciones —a las que fueron invitados los principales especialistas en asuntos soviéticos, Charles Bohlen, George Kennan, y el actual Embajador, Llewellyn Thompson— comportaban un "debate kremlinológico".
¿Había que considerar la intervención armada del Pacto de Varsovia sólo como una decisión "limitada" y "específica", no obstante su gravedad, su carácter drástico, o bien convenía ver en ella el preanuncio de cambios profundos en la política exterior soviética y en la relación de fuerzas dentro del Kremlin? Aparentemente, la crisis checoslovaca se insertó en una lucha de tendencias ya planteada, y que guarda relación, igualmente, con asuntos de política interna.
Más que en una lucha entre "liberales" y "neostalinIstas", o entre "pragmáticos" y "dogmáticos", la pendular dirección soviética oscilaría también entre posiciones "europeístas" y "globalistas". Para la primera de estas tesis, el problema vital de la urss es, como siempre, el de Alemania, y cualquier otra consideración (USA, China) debería subordinarse a un esquema europeo que mantenga ese país dividido. Los globalistas ven la política rusa en un cuadro más amplio, donde el problema central es China, y su solución residiría en impulsar los acuerdos de desarme con los Estados Unidos. Curiosamente, los globalistas de ambas potencias están más cerca los unos de los otros que de sus respectivos europeístas.
Estas son, al parecer, las consideraciones básicas que, en el primer semestre de 1968, período de actos contradictorios cerrados con una decisión brutal, se discutieron tras las murallas del Kremlin, que mantienen apartada del movimiento del siglo a una clase política cuyas facultades creadoras parecen agotadas.
Es ella, sin embargo, por razones de hecho, y no sin que refleje finalmente la evolución de la inteligentzia, ansiosa y preocupada, la que decidirá en los próximos meses sobre el futuro de la Unión Soviética.
Hay, en potencia, un "partido checo" en Moscú, que vislumbra ese futuro en forma no esencialmente distinta a la que sueñan sus camaradas de Praga, y que con la ocupación del pequeño país centroeuropeo ha "internalizado" la crisis mundial del socialismo. Los pueblos checo y eslovaco no han capitulado ante la fuerza: han conseguido, por el contrario, desatar un proceso análogo en las fértiles vertientes de los pueblos soviéticos. [Osiris Troiani]

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