Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

 

 

Las confesiones de Cortázar

Diciembre de 1980

A la una de la tarde los parisienses suelen en el invierno combatir el frío con un vaso de vino rouge. Muchos se acercan hasta los cafés, se instalan ante sus mesas o se acomodan en el estaño y cumplen tranquilos, parsimoniosos, el rito del bon vin. Mientras deambulaba por las calles de París (fue en 1970), decidí compartir la costumbre de los franceses: entré en el café de Cluny en pleno corazón del Boulevard Saint Michele, a dos cuadras del Sena. Pedí un vaso de borgoña, a mi lado conversaba una pareja: él con una voz gangosa y en perfecto castellano le confiaba a su amiga sus aventuras de hombre famoso; ella miraba con admiración la cara larga, la mirada profunda. Era Julio Cortázar contando las anécdotas de su último paso por Buenos Aires. Naturalmente seguí, con atención el diálogo, así pude acceder a varias anécdotas —absolutamente desconocidas— que definen, de alguna manera, la polifacética personalidad del escritor. "Cuando llegué a Buenos Aires tenía toda la intención de visitar a mi madre y ver a algunos pocos amigos que me interesan; pero al bajar del avión me encontré con una gran cantidad de periodistas que me pedían declaraciones, me acosaban. Yo no quería opinar sobre la Argentina, así que me tuve que refugiar en la casa de mi esposa, en la calle Paraguay. Entonces me sucedió algo increíble, ¿te acordás de Casa tomada? Bueno, más o menos lo mismo que les sucedía a los personajes me pasó a mí; los conejos —se refería a los reporteros— querían invadirme con preguntas. Yo realmente no quería contestar, sentí en carne propia ese gran drama de los argentinos, la indiscreción". Sus quejas no terminaron ahí: "Parece que los porteños todavía no saben que para escribir se necesita tiempo; y yo no quiero perder el tiempo conversando sobre cosas que no siempre me interesan".
Después se apoltronó en la silla, levantó la copa, bebió suavemente, encendió un cigarrillo y miró a su alrededor. "¿Sabes lo que me pasó un día que iba a comer a la casa de un amigo? Resulta que para ir salimos casi escondidos, por temor a que me acorralaran nuevamente los periodistas que estaban esperando en los alrededores; por suerte no había nadie a la vista, pero no pudimos conseguir un taxi por nada del mundo; así que finalmente decidimos viajar en subte. Desgraciadamente, mi rostro es inconfundible; tal vez por eso cuando llegamos a la estación me ocurrió algo increíble; se me acercó un canillita y me dijo: No me diga que usted es la persona que estoy pensando. Sí, le contesté, soy yo. Entonces el hombre se emocionó y me preguntó si me podía dar un abrazo: yo naturalmente le contesté que sí y él me confesó: ¿Sabe que yo leo todos sus libros? ¿No tendría por casualidad una foto suya? Ya que está, sea bueno, fírmeme un autógrafo, así mi mujer me cree cuando le cuente que estuve con usted." Después de recordar el episodio; Cortázar meditó un minuto; luego comentó con gesto preocupado: "Yo me sentí en ese momento igual que un jugador dé fútbol o un campeón de box. Me quedé desorientado, sé que es una cosa importante, pero creo que los intelectuales no estamos acostumbrados a eso. Deberíamos adaptarnos a ese tipo de experiencias. Pero la cosa no terminó ahí, porque en el vagón del subte se me acercaron seis personas y me dijeron que eso era un sueño, que estaban viajando con Julio Cortázar, que leían todos mis libros. Era superior a mis fuerzas, yo estaba muy mal y sentía que tenía que volver a mi casa para pensar bien en todo lo que me había pasado".
Pero los escozores de la fama no terminaron con ese viaje: "Una vez fui a cenar a Zía Teresa, en el barrio Norte, y se me acercó otro canillita que me dijo que leía mis libros y que quería que yo le firmara uno, pues él tenía varios en su quiosco. Yo creo que ese hombre no debe entender un pito de Rayuela, y sin embargo intenta leerme. Es una cosa notable cómo me conocen en la Argentina". Entonces Cortázar miró atentamente a su interlocutora y le preguntó si eso no le resultaba emocionante; ella le respondió que lo que sucede es que los argentinos todavía no se acostumbraron a tenerlo y a cuidarlo. El escritor se rió, otro Gitanes, se entretuvo con el humo, jugó con un trozo de papel que tenía en sus manos. "Es que el oficio del escritor es verdaderamente curioso. Una vez en Chile me pasó algo francamente sorprendente. Mientras daba una charla en una escuela, una de las alumnas se puso colorada y me dijo si yo le podía explicar por qué en Rayuela yo había abandonado a la Maga. Me quedé sorprendido, pero enseguida comprendí que esa es la típica transferencia que hace el lector al confundir al escritor con sus personajes. Cuando le expliqué que en realidad yo no había dejado a la Maga sino que sólo soy el autor de esa situación ficticia, me acordé de lo que le pasó una vez a Mario Benedetti, que estaba caminando por Montevideo un tiempo después de la aparición de su novela 'Gracias por el fuego' y se le acercó un señor y le preguntó por qué había matado a su padre. Mario se quedó sorprendido y le contestó que él tenía muy buenas relaciones con el padre, que en su novela uno de los personajes había cometido un parricidio, pero que eso no tenía nada que ver con su vida, que era sólo una ficción".
Cuando Cortázar terminó su largo recuerdo comprendió que él era quien más había hablado y entonces se dirigió a su amiga y le dijo: "Ya debes estar cansada con mis historias. ¿Por qué no me contás algo vos?" La respuesta fue corta, pero sintetizó la forma en que sienten muchos de los admiradores del escritor argentino: "Vine a verte un rato por algo muy concreto —respondió ella— no quiero hacerte perder mucho tiempo, porque sé que para vos es más importante escribir que conversar".
del libro Grandes reportajes, preguntas y respuestas desnudas. José Tcherkaski
Editorial Galerna
diciembre 1980

 

 

Ir Arriba

 

Cortázar
Cortázar


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Búsqueda personalizada