Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

 


La Tumba del Che
Revista Siete Días Ilustrados
07.10.1968

Tumba del Che Guevara

Hacia mediados de agosto, dos redactores de SIETE DIAS fueron conjurados a guardar el más estricto secreto, a observar el máximo de discreción, para llevar adelante uno de los rastreos periodísticos más arduos de nuestro tiempo. Suponía casi un desafío y desde el primer momento no se desechó la posibilidad del fracaso. Sin embargo, cuando regresaron de Bolivia, hace tres semanas, habían cosechado 64 testimonios referidos a la muerte y desaparición del cuerpo de Ernesto Guevara, además de haber establecido contacto secreto con funcionarios del gobierno, militares bolivianos y testigos del operativo librado en La Higuera y Vallegrande. Un secretario de redacción viajó entonces a La Paz para chequear esos datos y certificar la veracidad de la información. El cúmulo de evidencias permitió radiografiar un secreto que ha podido mantenerse hasta estos momentos inexpugnable.

El prisionero estaba tendido en el piso enladrillado de un aula escolar; respiraba con dificultad, tosía. Desde el día anterior, domingo 8 de octubre de 1967, en que había sido herido por la metralla y capturado por los rangers bolivianos en la quebrada del Yuro, sabía que estaba condenado. La Higuera, un mísero pueblecito campesino, era el lugar de su cita con la muerte. ¿Qué importaba? En el momento mismo en que había elegido el camino de la revolución, doce años atrás, avizoraba que iba a morir joven. Era demasiado realista como para consolarse pensando que con poco más de cuarenta hombres había infligido dos derrotas al ejército boliviano y resistido una persecución de seis meses.
Fumar en pipa le traía horribles accesos de asfixia, que agravaban los dolores de su pierna izquierda, acribillada por los disparos; entonces se conformó con fumar cigarrillos Astoria, uno tras otro. Su aspecto era cadavérico: tenía el rostro sucio y marcado por las penurias de la selva, los ojos rojos y desencajados, el cabello y la barba enmarañados. En la pierna herida despuntaba una gangrena; la fiebre y el sufrimiento lo sumían en el delirio, entre ayes y alguna carcajada.
En una habitación vecina, los jefes y suboficiales de los rangers festejaban con pisco la captura del temido Che Guevara. Hacia el alba del lunes 9 se sumaron a la alegre reunión el coronel Andrés Selich, comandante en jefe regional del Ejército, en Vallegrande, y el coronel Joaquín Zenteno Anaya, comandante en jefe de la VIII División. Pero, además de brindis, hubo discusiones. Zenteno Anaya era partidario de ejecutar cuanto antes a Guevara. Un segundo juicio después del de Régis Débray podía acarrear un impacto publicitario mucho más perjudicial que el de la misma insurrección guerrillera. Además la ley boliviana no preveía la pena de muerte: ¿quién se atrevería a mantener cautivo al Che durante largos años y desbaratar las previsibles conspiraciones para liberarlo?
A Zenteno Anaya se oponía el coronel Selich. Si bien ambos tenían el mismo grado militar, Selich estaba subordinado a la jefatura de la VIII División, al mando de Zenteno; pero, como comandaba la región en que había sido capturado el Che, se consideraba directamente responsable por la vida del prisionero. Mientras tanto, al más alto nivel, también se discutía la suerte del líder capturado.
Una urgente reunión de gabinete realizada entre el domingo 8 y el lunes 9, en el Palacio Quemado de La Paz, congregaba al presidente René Barrientos, al comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, Alfredo Ovando Candía, a los generales Jorge Belmonte Ardiles, David La Fuente y Marcos Velázquez Sempertegui, y al entonces ministro de Gobierno, Antonio Arguedas. Este último ofrecía un proyecto maquiavélico: entregar a Fidel Castro al prisionero Guevara, a cambio de una suma descomunal, "digamos cien millones de dólares". Castro iba a verse obligado a recurrir a la reticente ayuda de la Unión Soviética, para la que el Che era persona poco grata, o bien sufrir el descrédito internacional de abandonar a su amigo en desgracia. Barrientos apoyaba efusivamente el plan, que no disgustaba demasiado al comandante Ovando y a los otros generales, seducidos por la habilidad dialéctica del ministro de Gobierno.

PASION Y MUERTE
Mientras se discutía en el Palacio Quemado, un edecán de la presidencia, íntimamente relacionado con la CIA, desplegó un golpe de audacia (sabiendo que la Central de Inteligencia de los Estados Unidos exigía la muerte de Guevara): telefoneó a Vallegrande, para que se hiciera llegar a La Higuera la orden de fusilar de inmediato al prisionero. Obraba por su cuenta y riesgo, sin conocimiento del presidente ni de los altos jefes militares, como confesó en julio de este año a periodistas peruanos, cuando Barrientos estuvo en Lima de regreso de su encuentro con el presidente Lyndon Johnson, en los Estados Unidos.
La orden, que coincidía con el criterio del coronel Zenteno Anaya, al provenir de La Paz, no encontró oposición en La Higuera. De inmediato, el coronel Selich ofreció una botella de aguardiente al sargento Mario Terán, con unas pocas palabras: "Tómesela y venga a verme".
En el helicóptero que condujo hasta La Higuera a los jefes bolivianos había viajado, además, un agente de la CIA, asesor del comando antiguerrillero, que se hacía llamar Eduardo González. Tenía la misión de interrogar minuciosamente a Guevara, y por eso se quedó a solas con él durante varias horas, soportando el despectivo tuteo y los insultos del prisionero, no bien emergía de las crisis que le provocaba su pierna ametrallada. De pronto, a eso de las 11 de la mañana, se oyó una ráfaga de ametralladora: acababan de ajusticiar a un guerrillero peruano apresado junto con el Che.
El prisionero, comprendiendo que había llegado su hora, gritó: "¡A mí me van a matar, pero no detendrán la revolución!" Su voz fue ahogada por una segunda descarga, que segó la vida de otro guerrillero, un boliviano también capturado en la quebrada del Yuro. El agente de la CIA, alarmado, salió corriendo y dejó solo al Che. No quería que Guevara fuese muerto antes de poder comunicarse con sus jefes y recibir nuevas instrucciones. Durante dos horas discutió en vano con el coronel Zenteno Anaya: a la una de la tarde, el líder guerrillero era ejecutado. En el prólogo al "Diario del Che", Fidel Castro asegura que los verdugos fueron dos. Se equivoca. El matador de Guevara fue uno solo, el sargento Mario Terán, fortificado por el aguardiente y por las precisas instrucciones del coronel Selich.

VIGILIA EN VALLEGRANDE
El lunes 9 de octubre, a las cinco de la tarde, un helicóptero trasportó el cadáver de Ernesto Che Guevara hasta Vallegrande: seis mil habitantes, casas uniformemente bajas con techos de tejas, paredes de adobe revocado y pintadas —especialmente en tomo a la plaza céntrica donde todas las noches toca marchas militares la banda del II Batallón de Ingenieros— con alegres y vivos colores. Rasgos españoles e indígenas se mezclan en esa aldea a donde ha llegado el cuerpo del Che para ser expuesto a periodistas y fotógrafos de todo el mundo, antes de desaparecer misteriosamente, creando un enigma que enmarañó la verdad.
Los jefes militares bolivianos se asombran primero y luego se alarman cuando ven que todos los caminos de acceso a Vallegrande, y especialmente el aeródromo —donde se apostan "piquetes" de hasta cincuenta personas—, son custodiados día y noche por los lugareños. Ocurre que el extrovertido presidente Barrientos, en un rapto de entusiasmo, ha prometido asfaltar todas las calles, poner alcantarillas, desagües y agua corriente en abundancia, como premio a la colaboración prestada por los vecinos de Vallegrande. Los pobladores llevan a cuestas siglos de frustración, y por lo tanto de desconfianza: deciden que el cadáver del líder guerrillero no saldrá de Vallegrande hasta que el presidente cumpla su promesa, y multiplican su vigilancia para evitar que les quiten el "rehén".
Al mismo tiempo, una sensación supersticiosa toca sus fibras indígenas. En Vallegrande van y vienen ministros y generales; cae sobre el poblado una nube de reporteros y fotógrafos. Los lugareños se ven convertidos en centro de la atención mundial: corresponsales extranjeros, personajes extraños y abundantes dólares destinados a comprar información, los asombran y marean. Las gentes de Vallegrande, que en vida del Che optaron por ignorarlo, descubren los fulgores del mito en ese muerto tan parecido a las estampitas de Cristo crucificado. Así, el "rehén" se vuelve más precioso. Son seis mil pares de ojos y de oídos al acecho, cuya vigilancia es imposible burlar. Para sacar el cadáver de Vallegrande habría que recurrir a la fuerza, pero eso implicaría granjearse el odio de una población que el Ejército y el gobierno necesitan seducir y conquistar.

ENTIERRO NOCTURNO
Ese cuerpo, que fascina a los nativos pone en tremendo aprieto a las autoridades: Roberto Guevara, hermano del Che, está por llegar a Bolivia; se sabe lo que va a decir: que el muerto no es su hermano. Semejante afirmación crearía una psicosis a nivel nacional. Hay que hacer desaparecer, y pronto, ese cadáver tan comprometedor.
La solución sería incinerarlo: las cenizas nada delatan y son fáciles de ocultar. Pero desgraciadamente no hay hornos apropiados en Vallegrande; recurrir al único horno de pan resultaría tan absurdo como ineficaz; carbonizarlo con los potentes lanzallamas del ejército no evitaría que el olor particularmente nauseabundo de la carne humana quemada alertase muy pronto a los pobladores, que no se dan tregua en su vigilancia. Por otra parte, es imposible recurrir al expediente que se usó con los nueve guerrilleros caídos el 31 de agosto en el vado del Yeso, entre los que se encuentra el cadáver de Tania. A ellos se los sepultó en una gran fosa natural, frente al cementerio de Vallegrande y a un costado de la sede del II Batallón de Ingenieros General Pando: las topadoras del ejército recubrieron con tierra los nueve cuerpos a la espera de que las lluvias borraran toda huella delatora.
Con un muerto tan importante como el Che no se puede apelar a esa solución, que los militares juzgan precaria y riesgosa. Tienen razón. En adelante deberían colocar guardias armados para que no aparezcan más ramos de flores, como los colocados por manos anónimas sobre la tumba que guarda los restos de la única mujer de la guerrilla y sus ocho compañeros. En el jardín de la entrada al hospital Señor de Malta, en Vallegrande, hay una cruz trazada con flores violetas y una gigantesca palmera; hacia la izquierda se llega a un segundo patio alargado, cubierto con piedras gruesas e irregulares, y a una puerta que da a un gran baldío en forma de L, donde está la lavandería y la morgue, separadas por unos 20 metros de distancia. El cadáver del Che, que había sido expuesto y fotografiado en la lavandería, ha sido trasladado a la morgue. Único recurso a la vista: hacer que el muerto "desaparezca" sin sacarlo del hospital, que por haber sido militarizado al servicio de la lucha antiguerrillera inhibe el control de los pobladores.
Durante la noche, el cadáver de Guevara, ya metido en un ataúd, será sepultado en el patio de tierra, en el espacio que va de la morgue a la lavandería; son sólo unos pocos pasos. Al hermano del Che se le dirá que el líder guerrillero fue incinerado y que sus cenizas están en un lugar secreto, tal como lo exige la seguridad nacional. Lo misino se dirá al comité de la Cruz Roja Boliviana, que el 14 de octubre llega a Vallegrande para hacerse cargo del entierro de Guevara.
Es absurdo, pero a la vez lógico, que el ejército sepulte a su enemigo en un ataúd de lujo, que contrasta con las sucias y destrozadas ropas de batalla. La sonrisa irónica del cadáver parece acentuarse en esa bruñida caja de pino, nada acorde con quien había renunciado a todos los halagos materiales de la vida. En Vallegrande, la extrema miseria de la mayoría contrasta con la riqueza de unos pocos; de allí que junto a multitud de baratijas se encuentren mercaderías muy finas, como el ataúd destinado al Che.
La enfermera de sanidad militar Faby Justiniano, quien ayudó a limpiar y formolizar el cuerpo de Guevara, no bien traído a Vallegrande, se encarga ahora de amortajarlo; es persona de absoluta confianza e incapaz de la menor infidencia. En cuanto a los soldados que abren la fosa y luego borran prolijamente toda huella de tierra removida, son licenciados y alejados en seguida de esa guarnición; saben que las amenazas de absoluto silencio no son vanas, y están dispuestos a callar. Los altos jefes bolivianos respiran aliviados. Si conviene, más adelante podrá trasladarse secretamente el ataúd al comando de la VIII División en Vallegrande. Los lugareños, por su parte, no protestan por el escamoteo del muerto; confían en su vigilancia y tienen la certeza de que el cuerpo del líder revolucionario no ha sido sacado del pueblo.
La insostenible teoría de la cremación del cadáver es mantenida oficialmente, a pesar de la incredulidad general, de la que se hace eco Fidel Castro cuando propone a Barrientos canjearle cien presos políticos por los restos de su amigo: es que a La Habana no llegó solamente el Diario del Che, sino también la noticia de que el cadáver no fue incinerado. Aunque Barrientos rehúsa el canje, indudablemente capta el valor que puede tener el cuerpo intacto de Guevara para futuras maniobras. No hay sosiego en La Paz: el rumor de que el Inti Peredo volverá a iniciar la guerrilla en ocasión del aniversario de la muerte del Che, retumba con eco siniestro en el Palacio Quemado y en la Comandancia de las Fuerzas Armadas bolivianas.
UN AÑO DESPUES
Ejecutado en Bolivia el 9 de octubre de 1967, el comandante Guevara resucitó simbólicamente en Perú el pasado 26 de agosto, cuando un estibador del puerto de Chiclayo, llamado Segundo Domingo Guevara, logró, tras ardua discusión con las autoridades del Registro Civil, que su hijo recién nacido llevara los nombres de Ernesto Che. El estibador afirmó que "no era comunista, sino sólo admirador del médico-guerrillero que ofrendó su vida en defensa de un ideal"; rendía así tributo a un nuevo mito que se agiganta cada día.
El 25 de septiembre, radio Bagdad, de Irak, anunció que había preparado una serie de novelas cortas sobre la vida de Ernesto Che Guevara; al mismo tiempo, el Instituto Nacional del Libro Español hacía conocer una encuesta realizada en 122 librerías de 36 provincias, según la cual el best seller hispánico de agosto era el Diario del líder revolucionario argentino-cubano. Pocos días antes, jóvenes izquierdistas de Hamburgo, Alemania Federal, en una imponente manifestación contra la invasión soviética de Checoslovaquia, enarbolaban inmensos carteles con el retrato del Che; es esa misma efigie, ya clásica, que desde hace dos meses preside en México los sangrientos encuentros de los estudiantes con las fuerzas de represión, agentes y soldados. Para que en esta proliferación de noticias sobre el mito no faltara el detalle sofisticado, la hipersensible policía brasileña clausuró una boutique carioca que vendía costosas remeras con el retrato de Guevara; en cambio, la policía española había dejado circular sin problemas tarjetas de Navidad que fotocopiaban la última carta del Che a sus padres.
Doce meses después de la muerte de Ernesto Guevara, ya era evidente que América latina había logrado su primer mito de vigencia internacional. Obviamente, al abordar el "fenómeno Guevara", lo primero que se advierte es su colosal impacto vendedor. Apenas muerto, sus objetos personales —un reloj, una lapicera fuente Parker, un bolígrafo de colores, una daga marca Solingen, una boquilla, dos pipas, un cinturón y dos boinas, una de las cuales estaba perforada por un balazo— fueron repartidos entre los rangers bolivianos que lo capturaron. El magro botín de guerra resultó inesperadamente rendidor; poco después, los objetos fueron vendidos a alto precio a corresponsales extranjeros y a un comerciante boliviano admirador del Che.
En la mochila de Guevara se encontró su "Diario de combate", que dio origen a largas negociaciones y a sustanciosas esperanzas de parte del gobierno boliviano, hasta que la infidencia del ministro Antonio Arguedas (quien hizo llegar fotocopias del documento a Fidel Castro) restringió el margen de maniobra comercial de las autoridades, además de poner en peligro la estabilidad del presidente René Barrientos.
De todos modos, el interés por el "Diario del Che" no decayó; en cierto modo, se duplicó. La revista estadounidense Ramparts rompió el fuego al vender trescientos mil ejemplares del documento, con prólogo de Fidel Castro y con un "hueco" de los trece días que faltaban en las fotocopias remitidas a La Habana. Por su parte, la editorial Stein and Day, de Londres, replicó publicando el documento completo que había comprado en Bolivia, con una traducción que, se jactaba, era "fiel al espíritu original": por ejemplo, donde Guevara escribió "disciplina", la versión inglesa anotó "terrorismo". En casi todo el mundo se publicó el diario, sea en la versión castrista o en la boliviana, y a menudo las dos. Hasta empezaron a circular ediciones especiales con añadidos de otros documentos relacionados con las últimas vicisitudes de Guevara.

EL MITO EN LA ARGENTINA
La revista América Latina, en tres ediciones, vendió al público argentino 30.000 ejemplares del Diario del Che en Bolivia; la editorial Arco colocó otros 10.000. La editorial mexicana Siglo XXI imprimió en Buenos Aires una edición especial de 5.000 ejemplares, muy cuidada y completa, y con un agregado de 40 páginas con los comunicados del ejército boliviano. Estas cifras dan pauta del interés que despertó el tema, sobre todo si se piensa que ya el "Diario" había sido publicado por entregas en las revistas Primera Plana y Así.
Las Obras Completas de Guevara, recopiladas por la Editorial del Plata en tres densos tomos, a los que se agregará un cuarto, todavía en prensa, hallaron 10.000 compradores en todo el país. Las memorias de Ricardo Rojo (Mi amigo el Che), con sello del editor Jorge Álvarez, se reprodujeron en dos emisiones por un total de 35.000 ejemplares; la biografía escrita por Hugo Gambini (El Che Guevara), de Paidós, totalizó 15.000 ejemplares en dos ediciones, y será reeditada por tercera vez. El periodista francés Philippe Labreveux lanzó 3.000 ejemplares de su ensayo Bolivia bajo el Che, donde analiza el marco de la guerrilla. Ante este torrente de tinta y de papel impreso, es imposible ser exhaustivo; baste agregar los casi setenta artículos aparecidos en periódicos argentinos desde la muerte de Guevara.
No podían faltar discos que restauran la voz y la arenga del líder revolucionario, cuyos records de venta se registran en los negocios de la avenida Corrientes. El más difundido es Habla el Che Guevara, que contiene fragmentos de sus discursos y su famosa carta de despedida, leída por Fidel Castro; otra placa reúne un poema de Nicolás Guillén y una canción de Carlos Puebla; una tercera pone música a las Coplas del Che, del poeta Leónidas Lamborghini, cuyos textos se publicaron a fines del año pasado. El público argentino aún no conoce los vibrantes poemas de Leopoldo Marechal y de Juan Gelman dedicados al Che; en cambio tuvo acceso a los versos —no muy trascendentes— que le dedicara Julio Cortázar.
El interés argentino por todo lo relacionado con Ernesto Guevara (innegable, aunque mucho menor que el auge europeo de libros, artículos, retratos y carteles) fue el sólido pretexto que enarboló un oficial de inteligencia del ejército boliviano para abordar en La Paz a un enviado especial de SIETE DIAS; le propuso la venta del diario de uno de los rangers que capturó al Che, y le ofreció además dos informes secretos de la CIA, uno sobre el presidente Barrientos, el otro sobre el general Ovando Candía (que en esos momentos afrontaban el escándalo internacional del "caso Arguedas"). Al no hallar eco en su presunto cliente, rebajó —vanamente— su exigencia de mil dólares por los tres documentos.
Esta frenética comercialización de la guerrilla y de su líder se da en todo el mundo, y tal vez en los Estados Unidos más que en ninguna otra parte. Pañuelos, remeras y blusas con el retrato de Guevara, fotos de diverso tamaño y cartelones, se fabrican de a millares para un público en donde abundan los snobs, admiradores del "rebelde con causa" Ernesto Guevara casi por las mismas razones por las que admiraron al "rebelde sin causa" James Dean. Atenta a este auge publicitario, la Twentieth Century Fox hará un film en tecnicolor titulado simplemente Che, con Ornar Shariff en el papel protagónico. Cineastas europeos proyectan llevar a la pantalla la vida combativa de Ernesto Guevara: el director italiano Francesco Rossi acaba de recorrer Cuba y Bolivia en busca de una imagen fiel del ambiente y de las motivaciones del personaje, que encarnará Francisco Rabal. Sobre el mismo tema, pero con tono severamente documental, será la película que se propone filmar un joven director alemán, Jürgen Corléis. El cine sanciona así la internacionalización del mito latinoamericano.

EL LEGADO DEL "CHE"
Uno de los pilares filosóficos de la Nueva Izquierda, el marxista-freudiano Herbert Marcuse, enjuicia severamente la comercialización de la figura de Guevara: "Es una prueba típica y contundente de la manera como la sociedad de consumo intenta neutralizar hasta a sus peores enemigos transformándolos en mercancía". El periodista francés Jean-Michel Palmier cala más hondo, y estudia el culto por Guevara, que va desde la primitiva adoración tributada a "San Ernesto de La Higuera" por los pobladores indígenas de la zona donde murió el Che (aunque la escuela que presenció su ejecución haya sido arrasada por las topadoras del ejército boliviano, temeroso de que se convirtiera en santuario, hasta los ditirambos de la prensa falangista española y la elegía de Jean Lartéguy publicada en la revista francesa París-Match, en donde Guevara aparece como un héroe nihilista, un Don Quijote de la revolución, un enamorado de la vida con riesgo y de la muerte gloriosa. Jean-Michel Palmier interpreta que esta corriente idealizadora del Che enturbia el sentido político de su lucha: "Frente al apóstol ejecutado, desaparece el teórico de la guerrilla".
Ernesto Guevara fue hasta el fin el más fervoroso partidario de la salida guerrillera para América latina. Legado que parece peligrar: la guerrilla, que ya perdía fuerzas cuando el Che llegó a Bolivia y sintió después el efecto hondamente depresivo de la desaparición de su líder, no es ahora un movimiento metódico y organizado, como quería Guevara; se da en brotes aislados, autónomos, con apariencia de estallidos salvajes. Esta situación es favorecida por las virulentas rivalidades que atomizan a los grupos revolucionarios y que responde a la definición de "izquierda latinoamericana antropófaga" que da el periodista francés Philippe Labreveux.
Pero hay otra razón básica para explicar el actual desbande de la guerrilla. Gregorio Selser, quien en su reciente libro Punta del Este contra Sierra Maestra analiza la creación de la Alianza para el Progreso como respuesta económico-social al desafío castrista, señala que, al mismo tiempo, el presidente Kennedy se preocupó por crear defensas militares continentales como las Special Forces (Boinas Verdes) y el Proyecto Agile, que comprende todos los estudios de detección de las luchas guerrilleras. Mientras la suma asignada a la Alianza para el Progreso ha llegado este año al nivel más bajo desde su creación, la ayuda militar se hace cada vez más onerosa y eficaz. Robert Mac Namara anunció, en ejercicio de la Secretaría de Defensa de EE. UU., que 18.000 oficiales latinoamericanos habían seguido cursos antiguerrilleros de 1950 a 1962, otros 18.000 de 1962 a 1966, otros tantos sólo en 1967; ritmo acelerado que se mantiene actualmente.
El ejemplo de Bolivia es ilustrativo; tras la caída de Víctor Paz Estenssoro el presupuesto militar fue incrementado en un 70 por ciento, sin contar una partida especial contra la guerrilla. La captura del Che Guevara insumió tres millones de dólares, gasto que el mayor Shelton, jefe de los instructores estadounidenses de los rangers bolivianos, considera módico; por otra parte, se compensa con los doce millones de dólares que este año Washington prestó a La Paz. Sin embargo, en la reciente reunión de jefes militares americanos en Río de Janeiro, la delegación de Bolivia dedicó un largo análisis a los sucesos que culminaron con la muerte del Che; según observadores europeos, la amenaza guerrillera sería el mejor argumento de que disponen los militares de América latina para obtener de los EE. UU. el equipamiento bélico abundante y moderno que ansían.
En la OEA se examina el diario de Guevara para calibrar la complicidad de Fidel Castro en la lucha guerrillera; al mismo tiempo se encomienda al Comité Jurídico Interamericano, a iniciativa de Bolivia, que estudie la nueva figura delictiva de la acción de las guerrillas; es que Bolivia no perdona a Chile haber despachado a Cuba a cinco compañeros de Guevara, sanos y salvos. Así, la lucha que el Che preveía muy larga y muy dura, parece volverse casi imposible. Un único lunar en este panorama es el que señala Marcel Niedergang, experto en asuntos latinoamericanos del diario francés Le Monde: el creciente deterioro de los países en vías de desarrollo, cuya debilidad económica relativa se acentúa por su creciente endeudamiento. Ante esa perspectiva angustiosa, el nada izquierdista Niedergang se pregunta: "¿El Che no será más temible muerto que vivo, y no habrá ya legiones de jóvenes revolucionarios resueltos a inspirarse en su imagen y en su ejemplo?"

EL HOMBRE NUEVO
Es cierto que ya hay legiones de jóvenes —especialmente universitarios— que agitan el nombre del Che como el símbolo de una esperanza: la de plasmar un hombre nuevo. Guevara (según cuenta el abogado cordobés Gustavo Roca, su amigo de toda la vida) afirmó en 1963, después de su primer viaje a Argelia, que "el socialismo, sólo como método de reparto de bienes, por magnifico que sea, no me interesa, si no es capaz de crear una moral revolucionaria". En 1965, el periódico uruguayo Marcha, transcribía un discurso pronunciado por el Che durante su estadía en África: "El hombre nuevo es el que produce sin la compulsión de la necesidad física de venderse como mercancía, sino movido por estímulos morales; es más pleno, con más riqueza interior y más responsabilidad; es el revolucionario verdadero, guiado por grandes sentimientos de amor".
El experto francés Philippe Gavi resume las características que el hombre nuevo reclamado por el Che debe reunir: coraje, generosidad, humanismo, internacionalismo y socialismo. ¿Es esto sólo una utopía? La escritora María Rosa Oliver, (autora de la novela Mundo, mi casa, y que conoció a Guevara en 1964, protesta: "Tanto no es una utopía, que todo lo que va mal en los regímenes socialistas se debe a que aún no se creó ese hombre nuevo. Guevara, que tenía poder, fama, amistad, felicidad familiar y hasta belleza, al renunciar a todo para continuar la lucha, se convierte en símbolo de ese hombre nuevo, movido por ideales sociales, generoso pero sin renunciar a ser él mismo; precisamente, es él mismo en la medida en que se entrega a los demás". María Rosa Oliver y Gustavo Roca coinciden en que es preciso rescatar la imagen total de Guevara, el Guevara íntimo, tierno, bromista, terriblemente natural y olvidado de sí mismo, así como el pensador de rasgos originales, además del hombre de acción y luchador; con este propósito han preparado artículos para una edición especial de la revista Cristianismo y Revolución.
El novelista y poeta católico Leopoldo Marechal abre otra perspectiva: "La designación de un hombre nuevo en oposición al hombre viejo no se limita a la concepción marxista; es típicamente evangélica. Claro que este planteo está formulado por Jesucristo con miras a una transformación y sublimación espiritual. Pero como todo lo metafísico, la fórmula es aplicable al orden contingente de lo humano y lo terrestre: por eso debe surgir un hombre nuevo que resuelva la problemática del convulsionado mundo contemporáneo. Había rasgos de ese hombre nuevo en Guevara, por l sencilla razón de que, si bien él no se movía en el plano religioso y por las verdades metafísicas, se movía en el plano de la caridad, o sea del amor a sus semejantes, que en última instancia es lo que más importa, aun en el sentido de Cristo".
Nada hay tan fecundo como una leyenda. Tal vez el más extraordinario de los avatares del Che Guevara es la recepción que encuentra en sectores del laicado y del clero católico. Testimonio de este hecho es el editorial sobre el "Diario del Che" que publica en su número de agosto la revista Mensaje, de los jesuitas chilenos. Después de destacar el altruismo del líder guerrillero, su confianza en la humanidad, basada en un gran amor, su anhelo de servicio y su total falta de rencores, concluye afirmando que "la vida y la muerte del Che es ejemplo y lección para los cristianos".
¿Habrá comenzado a existir ya ese hombre nuevo, o habrá muerto con Guevara? El aviador Rafael del Pino Díaz, presidente de la delegación cubana a la Conferencia de la OACI (Organización de la Aviación Civil Internacional), celebrada en Buenos Aires el mes pasado, afirma que sí: "En Cuba la herencia dejada por el Che perdurará para siempre. Un pequeño ejemplo puede resumirle todo. Cuando yo era niño le pedía a mi padre que, de regreso de sus viajes, me trajera juguetes. Mi hijo de nueve años, al saber que viajaba a la Argentina, me pidió que le llevara un frasco con la tierra natal del Che. Y en un plano mucho mayor, está la Brigada Invasora Ernesto Guevara, una gigantesca operación para desbrozar millones de hectáreas, que avanza por el oriente de Cuba, siguiendo la misma ruta que cubrió el Che. Esa brigada cumple los ideales de Guevara en cuanto al papel de los estímulos morales. Todos sus miembros, desde los ingenieros jefes hasta los últimos peones, trabajan sin horario y cobran sin excepción el mismo sueldo."

 

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Tumba del Che Guevara
Doctor Celso Rossell, presidente de la Cruz Roja boliviana, y la enfermera militar Faby Justiniano que formolizó al Che
Tumba del Che Guevara
Ataúd con detalles de lujo donde fue colocado el cadáver de Ernesto Guevara

 


 
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