Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

 


AGUSTIN TOSCO
EL SUPERHOMBRE NO EXISTE
Revista Siete Días Ilustrados
05.03.1973

En uno de los reportajes más extensos concedidos a la prensa el secretario adjunto de la CGT cordobesa define su posición política y gremial, y revela aspectos desconocidos de su personalidad. Por qué, como sindicalista, no abandonó su condición de obrero; qué rescató de su pasado peronista; quién es su peor enemigo; cuál ha sido su experiencia penitenciaria; qué hace en sus ratos libres; qué ocurrirá el 11 de marzo.

Todos los días, alrededor de las seis de la mañana, abandona su casa, ubicada en el barrio Los Naranjos de la capital cordobesa, para abordar una nueva, agitada jornada. Es que la vida de Agustín José Tosco (42, dos hijos), secretario adjunto de la Confederación General del Trabajo de Córdoba, no se caracterizó nunca por su pacificidad. Aunque su ingreso al plano de la consideración pública nacional se produjo luego de los sucesos ocurridos en la capital mediterránea en mayo de 1969, su militancia sindical se remonta a fines de la década del 40. Una trayectoria que, tal vez, constituya su exclusivo capital, que lo ha sumido en agrias polémicas, enfrentándolo a otros sectores político-sindicales, y que le valió, además, siete confinamientos carcelarios.
La semana pasada, durante una breve estadía de Tosco en Buenos Aires, Siete Días tuvo oportunidad de dialogar con él durante un par de horas. La charla —una de las más extensas que haya concedido el dirigente cordobés a la prensa— permitió bucear en flancos desconocidos de su personalidad, reveló aspectos de su vida privada, episodios claves de su pasado y deslindó la posición de AJT con respecto a la realidad política argentina. Los pasajes fundamentales de la entrevista —completada gráficamente en Córdoba— se reproducen a continuación:
—¿Dónde trabaja?
—En el taller electromecánico de la Empresa Provincial de Energía de Córdoba (EPEC); una sección que tiene a su cargo el sistema de alarmas y señalizaciones (Seguridad de Servicio Interna, se denomina) de las centrales y estaciones eléctricas. Ingresé cuando tenía 18 años, así que ya voy a cumplir 24 de servicio. Además, actualmente estoy desempeñando también mi cargo gremial, en el Sindicato de Luz y Fuerza de mí Provincia. O sea que nuestra práctica antiburocrática, conceptualmente, se manifiesta en eso: quien tiene una representación sindical no debe desligarse jamás de sus propios compañeros. Por eso rotamos cada dos o tres meses los permisos sindicales, para seguir trabajando, sin perjuicio de mantener la representación.
—¿Dónde nació?
—En la localidad de Coronel Moldes, en la provincia de Córdoba, 80 kilómetros al Sur de Rio Cuarto, el 22 de mayo de 1930.
—¿Qué objetivos persigue como dirigente y como hombre?
—Hago lo que hago porque quiero a la justicia. Si bien yo nací en una familia de pequeños propietarios y no he experimentado la injusticia que sufre tanta gente, tantos trabajadores, sé que no sólo lucha contra ella quien la padece, sino también quien la comprende. Claro que a la represión la hemos sufrido nosotros también. Pero lo fundamental es que todos los que tenemos un concepto de justicia y de equidad, debemos luchar para construir una nueva sociedad que permita al hombre salir de la enajenación a que lo conduce este sistema que afecta hasta el derecho de vivir. La mortalidad infantil, el analfabetismo, la deficiente sanidad, la falta de vivienda son parte de este esquema injusto.
—¿Cómo llegó a estas convicciones? ¿Estudiando?
—Si, a través de la lectura. Yo estudié en la escuela primaria y luego hice un curso de cuatro años en una escuela técnica. Más tarde, tres años en la Universidad Tecnológica. donde me recibí de electrotécnico. Por lo demás, leí lo que cayó en mis manos: José Ingenieros, fundamentalmente, y también novelas y ensayos sobre los problemas del movimiento obrero.
—¿Cuándo llegó a la ciudad de Córdoba y cuándo comenzó su carrera gremial?
—Llegué a comienzos de 1944. Y al gremialismo lo practiqué. en cierto modo, en el 46 cuando me eligieron presidente del Centro de Alumnos, en la Universidad.
—¿Cómo se ubicaba políticamente, por entonces?
—Fui siempre simpatizante del peronismo.
—¿Y por qué se lo ha identificado con el radicalismo?
—Supongo que porque tengo amigos radicales. El doctor Arturo Illia, por ejemplo, es una excelente persona que ha manifestado siempre gran solidaridad. En Córdoba, fíjese, nuestra práctica es la de conversar y cambiar opiniones con todos: compañeros peronistas, radicales, comunistas, independientes Nosotros consideramos que lo fundamental es la unidad de todos los sectores combativos, avanzados, con mentalidad de cambios revolucionarios. De ahí nuestras coincidencias parciales. Por otra parte, mis abogados han sido compañeros radicales, como Hipólito Solari Yrigoyen, y por ahí la gente cree que soy radical. Pero yo no tengo afiliación partidaria. Simplemente, creo que la liberación nacional y social se va a dar por una conjunción de fuerzas. En nuestra concepción socialista, sostenemos que el socialismo argentino tiene una raíz heterogénea. Pero ya los compañeros peronistas, la juventud y otros sectores avanzados, levantan (incluso los radicales) concepciones y reivindicaciones socialistas.
—¿Que quedó de ese pasado peronista?
—Mire, la simpatía y el apoyo que nosotros dábamos al peronismo estaban motivados por las reivindicaciones que dentro del propio sistema, levantaba el peronismo. Por ejemplo, el Estatuto del Peón, el derecho a discutir convenciones de trabajo, una serie de beneficios que obtuvimos los trabajadores v hasta la redistribución de la renta nacional (fundamentalmente en la primera presidencia) fueron reivindicaciones importantes Luego, en 1954 v 1955, adoptamos una actitud critica hacia el peronismo. Lo decimos abiertamente es conocido actuamos con honestidad. En la discusión sobre
el petróleo, por ejemplo, estuvimos en la oposición. También cuando se planteó la separación entre la Iglesia y el Estado (con lo que estoy de acuerdo), porque se hizo de una manera que lesionaba los conceptos religiosos de mucha gente. Nos opusimos a la metodología.
—¿Cuál es su posición con respecto al peronismo de 1973
—La práctica demuestra nuestra unidad con el peronismo combativo de Córdoba. Reivindicamos su autenticidad y su expresividad en defensa de reclamos populares; trabajamos en la CGT local junto al compañero Atilio López y ahora nos hemos pronunciado para apoyar !a fórmula peronista en el orden provincial.
—¿Y en el plano nacional?
—Bueno, ahí existe el FREJULI (que nosotros diferenciamos de la fórmula local) y en este frente intervienen personas representativas del más crudo conservatismo. No es lo mismo.
—Una pregunta indiscreta: ¿qué fórmula presidencial va a votar?
—No lo hemos decidido aún. No es tan absurdo, pues gran parte del pueblo argentino aún no está seguro de que se realicen las elecciones. Y si se hacen, se desarrollarán en un marco de represión, condicionamientos, limitaciones, proscripciones. Estamos evaluando la situación para que nuestra posición sea lo más compatible con nuestra práctica sindical.
—¿Cuál fue la máxima emoción que vivió?
—Viví muchas, fundamentalmente en la lucha del movimiento obrero. ¡Y tengo tantas! Bueno, en dos oportunidades, después de largos meses de cárcel, al llegar a Buenos Aires y a Córdoba me encontré con la alegría de la gente. ¡tantos compañeros! Le juro que apreciar esa solidaridad que uno siente en prisión, verla hecha realidad, es lo más importante que puede ocurrir: yo trato siempre de hacer valer los sentimientos en las relaciones sociales.
— Su peso político a nivel nacional, se hace sentir a partir del mayo cordobés de 1969. Los acontecimientos de entonces, ¿qué influencia ejercieron sobre usted?
—Simplemente, fue la más elevada expresión cualitativa de una toma de conciencia del pueblo para combatir una política contraria a sus intereses. En Córdoba, particularmente, existía un gobierno que pretendía hacer la experiencia neocorporativa. La dictadura de Onganía, al avasallar la democracia, llevó a sectores populares, trabajadores y hasta empresarios y profesionales, a coincidir en esa tremenda lucha de tres días que expresaba esa toma de conciencia.
—Pasemos un poco al terreno personal. ¿Dónde y cómo vive?
—En una casa que construí con un crédito del Banco Hipotecario Nacional; un plan de cuotas a cincuenta años, que todavía estoy pagando, claro. Y es la única propiedad que tengo, hipotecada. Vivo prácticamente todo el día en el sindicato; trabajo todo lo que puedo.
—¿Cómo es un día de su vida?
—Bueno, me levanto a las cinco y media. Antes de las seis y media estoy fichando en la empresa. Trabajo hasta la una y media, almuerzo en casa (a veces lo hago en el sindicato), duermo una pequeña siesta de dos horas, y desde las cinco de la tarde estoy en el sindicato, trabajando con los compañeros, con la gente que viene... Atiendo también en la CGT. En fin, terminamos casi siempre a la una o dos de la mañana. Dormimos muy poco.
—¿Por qué casi todas las respuestas las da en plural?
—Porque todo lo que le digo no es exclusivo, ni personal: se trata de algo compartido por todos los compañeros. Por otra parte, yo no represento a una persona, sino a la posición colectiva de todos mis compañeros.
—¿Qué hace en sus ratos libres?
—No los tengo. Pero me gusta leer, escuchar música, estar con mis hijos. Realmente, no tengo el tiempo suficiente que desearía para todo ello.
—¿Viaja todos los fines de semana?
—Ahora sí, casi todos. Organizamos actos, reuniones, giras.
—Y su familia, ¿cómo reacciona?
—Buenos, ellos están de acuerdo con todo lo que hago. Y no se impacientan, porque no hay que impacientarse. Ese es un vicio de la pequeña burguesía. Nosotros sabemos que el camino es largo y lo recorremos con perseverancia, pues somos conscientes de que es inexorable e irreversible. Los padecimientos, sufrimientos, cárceles y la sangre de tantos compañeros son parte del camino. Nosotros corremos los mismos riesgos, pero vamos a llegar.
—Usted dijo, hace poco, en un canal de televisión, que sus hijos comprendían lo que usted hace. ¿Cómo se manifiesta esa comprensión?
—Yo tengo una hija de 11 años y un hijo de 7. A esa edad ya se tiene la comprensión básica para diferenciar lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto. En la escuela hay niños muy pobres y cooperadoras prácticamente obligatorias, que les permiten distinguir quiénes no pueden tener juguetes y a quiénes les sobran; quiénes trabajan y aportan a sus hogares y quiénes no consiguen trabajo aunque busquen. Entonces, los chicos pueden entender que el sindicalismo está por el bien, por la resolución de esas diferencias. O sea, distinguir entre el bien y el mal, y decidir que nuestra posición está en la lucha por el bien de nuestra clase y nuestro pueblo.
—¿Qué es el bien y qué es el mal?
—Hay que ir a terrenos morales, filosóficos. El bien es todo aquello que satisface las necesidades vitales del hombre, en tanto llena sus requerimientos de alimentación, indumentaria, educación, esparcimiento. Es lo que hace que una personalidad sea íntegra. Y el mal es lo que se le opone. El bien está en salir de la enajenación de esta sociedad, en construir un mundo donde el hombre sea hermano del hombre.
—Una digresión: ¿cómo perdió el índice de su mano izquierda?
—Cuando tenía cinco años: un día metí el dedo en una máquina de picar carne que había en casa.
—¿Cómo elige la ropa que usa?
—¡Ja! Bueno, a mi ropa la elijo. . . No sé. a mí me gusta andar vestido sobriamente. Con un pantalón y una camisa es suficiente.
—¿Usted tiene automóvil?
—No. Aunque sé que algunos sindicatos tienen muchos; uno para cada dirigente. A mí no me preocupa tener auto.
—Usted dijo que tiene poco tiempo para la lectura. ¿Pero qué lee?
—Bueno, selecciono bastante. Me interesan los problemas del movimiento obrero, con un enfoque político, sociológico. Ahora estoy leyendo ensayos de psicología social. Leo obras que abordan el marxismo, fundamentalmente. Actualmente también estoy leyendo Teoría de los valores en el marxismo.
—¿Es difícil lograr coherencia entre lo que uno piensa y lo que uno hace?
—Es difícil, sí. Más aún en este tipo de sociedad: cuando nosotros pretendemos tener una moral que no sea la típica de esta sociedad, nos encontramos permanentemente con esta tabla de valores que pretende colocar a toda la población bajo su imperativo. Ahora es difícil, pero no imposible. Llevar a la práctica las ideas de uno requiere un esfuerzo, pero mucha gente lo hace.
—¿Cuál es su comida predilecta?
—Un bife de chorizo con ensalada mixta. No me gusta la comida sofisticada y en Córdoba tenemos la ventaja de que no existe veda. Claro que los precios, allá también, vuelven bastante inalcanzable la carne.
—Cuando usted habla en público, ¿improvisa todo lo que dice, o se hace un esquema mental previo?
—No, hago un esquema. Siempre trato de ser respetuoso con la gente que va a escuchar, en el sentido de que lo que uno puede exponer debe elaborarlo previamente. No se trata de una elaboración escrita, en original. Simplemente, ocurre que nosotros tenemos un concepto general de lo que pasa, y para exponerlo, debemos ordenarlo. Si es posible, incluso, hay que nutrirse de documentación.
—¿Por qué estuvo usted tanto tiempo alejado de los medios de comunicación porteños, y de pronto aparece en televisión, en radio, concede esta entrevista? ¿Porque no lo llamaban o porque no quería?
—Bueno, los medios de comunicación son importantes en tanto nos permiten ponernos en contacto con la población. Pero nosotros no buscamos la difusión de nuestras expresiones. Simplemente, cada vez que tenemos que dar un comunicado, lo distribuimos. A veces sale; otras, lo mutilan o, directamente, no sale. Sabemos que hay un acondicionamiento a los medios; además, no está en nuestro ánimo el aparecer en televisión, el mostrarnos, el vedetismo... No nos encandilamos y somos sobrios como para saber que hay momentos en que se es más noticia, como se dice, y en otros momentos no se es.
—¿Cuál es su máxima aspiración personal?
—Poder estar en la construcción concreta de la nueva sociedad a que aspiramos. Ver que tomamos el camino de las grandes soluciones para nuestro pueblo sería, para mí, la máxima aspiración.
—¿A usted le gustaría asumir una actitud de liderazgo nacional?
—Nosotros al liderazgo lo tomamos como un aspecto superestructura! y transitorio. Lo fundamental está en el pueblo. No nos hacemos problemas de liderazgo, pero si tuviéramos que asumir cualquier responsabilidad, en cualquier plano, al servicio de nuestros ideales, lo haríamos, sin duda.
—¿Alguna vez se sintió derrotado?
—Nunca. Y eso porque he padecido dificultades muy serias: durante el Cordobazo, al ser tomado por las fuerzas militares y al ser condenado, al ser intimidado con amenazas de fusilamiento, al estar en prisión, al haber sido testigo, el 15 de agosto, de la evasión de Trelew... He pasado por situaciones difíciles, de gran tensión. Pero nunca me sentí derrotado ni me voy a sentir, aún en las peores circunstancias.
—¿Cuál fue el momento de su vida en que tuvo más miedo?
—Una vez que venía en un hidroavión desde Posadas (había estado en una huelga de los compañeros de Luz y Fuerza de Misiones), y nos tomó la llamada tormenta de Santa Rosa. Fue en agosto de 1957 y el hidroavión se vino abajo. Dimos una serie de volteretas y... bueno, ahí creí que terminaba todo. Y tuve miedo, una especie de desesperación por la impotencia.
—¿Cuál es el hombre que más odia? Le pido que no me responda la frase conocida: "Yo no odio a nadie".
—Mire, yo creo que todos los hombres, más allá de lo que hacen, están sometidos a una serie de condicionamientos. Hay muchos enemigos: los que torturan, los que asesinan, los que explotan. Pero si tengo que darle un antihombre, que jamás me gustó (y he leído casi todas sus obras) es quien levantaba al superhombre: Federico Nietzsche. Es la expresión más inhumana, más individualista. Y sabemos que fue uno de los sustentos filosóficos del régimen nazi.
—En la vereda opuesta, ¿cuál es el hombre que más admira?
—El Che Guevara, claro.
—¿Cómo es su mejor amigo, Tosco? Aunque no dé el nombre, ¿qué tipo de relación tiene con él?
—Bueno, es un compañero que ahora está enfermo, en serias dificultades. Fue amigo mío desde chico, y se trata de un hombre muy valiente, sobrio, humano, cálido. Militante sindical, que a pesar de estar tan enfermo, sigue yendo a las asambleas, expone posiciones de lucha, y aunque casi no puede caminar, quiere venir a las manifestaciones. Para mí, este compañero (doy el nombre: se llama Luis Ortega) es todo un ejemplo de lo que debe ser un hombre en su lucha, en su capacidad de recuperarse de sus padecimientos.
—Quiero insistir en algo: ¿quién fue, en los hechos concretos y a lo largo de su vida, su peor enemigo?
—No podría citar a nadie porque yo tomo a la gente por lo que representa. Le explico: si uno considera un aspecto personal de un individuo, no está en una lucha social, política. Para mi, cada uno es representante de una actitud o posición de su clase. Si yo hubiera sido un hombre individualista hubiera tenido un enemigo personal. Pero yo no tengo enemigos personales; simplemente, hay gente que persigue intereses contrapuestos a los nuestros, que claudica, que traiciona... Y entonces pasan a ser nuestros enemigos.
—¿Cómo quisiera morir y cómo no quisiera morir?
—El marxismo dice que la muerte es necesaria. Yo no me planteo cómo tendré que morir. Creo que mi fin será consecuente con mi lucha, no sé en qué circunstancia. Lo importante es morir con los ideales de uno. Ahora, no me gustaría morir habiendo traicionado a mi clase.
—¿Qué es la muerte para un marxista?
—La supresión de un determinado equilibrio biológico. Y la constitución de nuevos equilibrios. O sea: a través de lo que es el hombre se convierte en otros aspectos de la materia. El hombre es dialéctico; se trasforma todos los días, cualitativa y cuantitativamente. Hay un equilibrio, que es el de la vida, que al suprimirse por distintas razones, se convierte en otra cosa y en un montón de cosas diferentes.
—¿Cuándo estuvo preso por primera vez?
—En Misiones, durante una semana de 1957 por una huelga que hicimos en defensa de los compañeros de Luz y Fuerza. Luego, todo empezó en el 69. Me detuvieron por 48 horas, días antes del Cordobazo, en el barrio Clínicas. Después del levantamiento estuve preso siete meses en La Pampa y en Rawson. Más tarde fui detenido otro par de veces: una vez que atacaron el sindicato a balazos, y luego del Viborazo, en abril del 71, lo que motivó mis once meses en Devoto y el resto en Rawson.
—¿Cómo era la vida en el penal?
—La de un penal ordinario. Estábamos en celdas Individuales, cerradas de 21.30 hasta las 7.30 de la mañana. Durante el día se abrían y estábamos en el pabellón, enrejados, cuarenta compañeros. Teníamos dos recreos (uno por la mañana y el otro a la tarde), se hacían tres recuentos por día y así transcurríamos. Yo era delegado y ecónomo de mi pabellón, pues habíamos hecho una economía socialista: todo lo que ingresaba a la cárcel se distribuía igualitariamente por pabellón y entre todos los compañeros. Si a uno le mandaban poco, tenia lo de los demás; si a uno le mandaban mucho, lo compartía con todos. El economato consistía en distribuir en igualdad.
—¿Cómo lo veían a usted los guardiacárceles.
—Bueno, hay de todo, como en el género humano. Hemos hablado con algunos. Los había rígidos, que ni saludaban; y otros que exhibían otro concepto y hasta escuchaban las motivaciones de nuestra lucha. Estamos seguros que esos hombres comprendían, porque los guardiacárceles no tienen un nivel de vida como para estar muy contentos con este sistema.
—¿Cuál fue la mayor satisfacción y cuál la mayor pena que sintió usted estando en prisión?
—Las mayores satisfacciones que sentíamos era cuando se liberaba a algún compañero. La libertad recuperada por uno era la gran alegría de todos. La mayor pena fue enterarnos de la muerte de dieciséis compañeros en la Base Aeronaval de Trelew.
—¿De qué hablaba usted con Ongaro cuando estuvieron recluidos juntos en la cárcel de Villa Devoto?
—De todo. Desde nuestros nacimientos hasta la despedida. Nos contamos lo que fue la vida de cada uno. Hicimos todo tipo de enfoques y comentarios sobre las noticias que recibíamos, la unidad del movimiento obrero, las perspectivas... Yo tengo un gran recuerdo: Raimundo es un compañero muy humano. No coincidimos en todo, pero nos llevamos muy bien.
—¿Con quién se cartea usted?
—Ahora con todo tipo de organizaciones y compañeros que están en la lucha. De tipo personal, prácticamente no tengo. La tenía, sí, en el penal, y he recibido cartas de solidaridad muy hermosas de todo el país. A todos les respondí, claro, y fíjese que escribí más de mil cien cartas en los 11 meses que estuve en Devoto. Fue un gran aliento.
—¿Alguna vez pensó que iba a llegar a estar preso?
—No. Recién después del 55 creí en la posibilidad. Traté de eludirla siempre que pude, y las veces que caí fue porque me apresaron. No me gusta la cárcel, por supuesto, pero la he soportado con entereza. Y aún hoy, que estoy en libertad provisional, no descarto la posibilidad de estar nuevamente en prisión. Si ocurre, volveré a afrontar esa situación con la entereza que me da la solidaridad de los compañeros, la seguridad de nuestros ideales.
—Tres últimas preguntas, Tosco: una es ¿qué va a pasar el 11 de marzo?
—Si hay elecciones, será la primera etapa para el chequeo de si se hace o no la segunda vuelta. Es un proceso fraudulento. Lo que sé es que después del 11 de marzo y después del 8 de abril va a continuar la lucha. La estructura argentina está en crisis, y mientras no se ataquen las causas de la problemática nacional la crisis va a seguir.
—¿Cree posible que, si surgiera un gobierno de tipo popular, estos cambios estructurales a los que se acaba de referir puedan realizarse?
—Los cambios, en esa hipótesis, van a ser formalizados desde arriba. El requerimiento de los cambios viene desde hace tiempo. Ahora tomaron impulso, el que se va a acrecentar en las semanas y meses que se avecinan, haya o no elecciones. Los cambios los va a determinar la lucha del pueblo.
—Ahora si, la última pregunta: ¿Cómo se define usted mismo? ¿Cómo cree Tosco que es Tosco?
—Bueno, en el plano personal yo soy un trabajador que trata de ser consecuente con sus ideales y su causa. No sé darle otro tipo de definición que no sea la de un hombre que trabaja y lucha al servicio de su clase y de su pueblo. Eso es lo que pretendo ser, con todas las imperfecciones que evidentemente tengo.
Oscar Giardinelli

 

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Agustín Tosco
Agustín Tosco en el taller electromecánico de EPEC
Agustín Tosco
Almorzando en el Sindicato de Luz y Fuerza
Agustín Tosco
Foto de Nilo Silverstone

 

 

Fotos de Eduardo Comesaña