Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

 


MUSICA
Del tango y la milonga a los conciertos de cámara
Revista Confirmado
04.06.1965

Una vez más, el sábado 22 de mayo, Alejandro Barletta llegaba a Buenos Aires. Pasará tres meses en su ciudad natal: luego regresará a París, donde reside desde 1958 con su esposa argentina y tres hijos. Pero en este nuevo retorno, ya no es el barrio, de Floresta su reducto: allí, a los once años, debutó tocando el bandoneón con sus hermanos Miguel Ángel, de nueve, que se perdía tras un enorme violoncelo, y Osvaldo Julio, de seis, siempre aferrado a su lustroso violín. Veintiocho años después, Barletta, en su cuarta visita a la Argentina, se aloja en un pintoresco conventillo invadido por artistas y pintores, en la avenida del Libertador, cercano al Teatro de la Recova. Junto a las viejas paredes seguramente evocará la extensa aventura que desde Floresta lo llevó por el mundo, empecinado en obtener reconocimiento para el bandoneón como uno más de los instrumentos aptos para la música clásica.
Como en cualquiera buena novela del siglo XVIII, esta historia comienza antes del nacimiento de su protagonista y en tierras lejanas: en Alemania, cerca de 1840, cuando Heinrich Band creó el instrumento que haría después recordable su nombre. Y prosigue, como toda crónica argentina, con el flujo inmigratorio que entre 1870 y 1920 alteró sustancialmente la composición nacional del país: entre esos años, probablemente hacia 1890, un teutón eufórico y rollizo introdujo el primer bandoneón junto a sus instrumentos de labranza y sus sueños tiernos de inmigrante pobre.
Cuando en 1943 Barletta ofreció su primer recital solista, el bandoneón ya había sido ganado por el tango: Minoto, Pedro Maffia, el joven Aníbal Troilo eran sus virtuosos.
Sin embargo, los compositores chilenos Domingo Santa Cruz y Juan Orrego Salas se entusiasmaron con el adolescente argentino y su repertorio de 200 transcripciones para bandoneón. Ellos y el director Víctor Tevah le sugirieron entrevistarse con Juan José Castro y Alberto Ginastera, y en seguida se comunicaron con ellos para anunciarles la visita de Barletta. Castro accedió a escucharlo con cierta escéptica displicencia; Ginastera, sin reservas. Después, ambos padecieron idéntica sorpresa, se arrebataron con similar entusiasmo, lo apoyaron calurosamente. Habían experimentado la misma extraña sensación que años después motivó el comentario de Paul Hindemith: "Ese bandoneón es un órgano de cámara".
El apoyo de Juan José Castro no fue meramente verbal. Barletta lo necesitó poco después para persuadir al director de Teatros Municipales de Montevideo: el antiguo Teatro Solís parecía al funcionario un marco excesivo para un recital de bandoneón. Castro comprometió entonces su nombre, garantizando la seriedad del ejecutante. Por otra parte, en 1948, compuso la primera obra de música culta escrita directamente para bandoneón: su 'Sonatina campestre', en tres movimientos. Es una composición moderna donde se aprovechan las virtudes específicas del instrumento, coincidentes, asimismo, con algunas características de la música actual: el fraseo de varias voces a dos o tres octavas de distancia, los acordes largos que rompen con la resolución tradicional de tonos y dominantes.
El piano, por ejemplo, no admite acordes que superen excesivamente una octava. Un ejecutante excepcional, o simplemente de manos gigantescas, podrá abarcar diez, once notas. Pero nunca, más. El bandoneón, en cambio, con sus dos teclados supera la limitación de sus apenas seis octavas y permite jugar con grandes distancias entre voz y voz.
Hace algunos años, el anciano afinador Romeo Creatti ofreció a Barletta un curioso bandoneón de ocho octavas. El motivo del rechazo introduce en otro aspecto de la obstinada personalidad de Barletta: pensó que era necesario establecer un modelo único de bandoneón para concierto, así como no hay diversos modelos de violín o de piano. Pero el argumento se parecía a un tanque de guerra detenido ante la luz roja de un semáforo: Barletta era entonces (y sigue siendo) el único ejecutante clásico
de bandoneón en el mundo. Acaso su intención trascienda los límites del reconocimiento a su calidad de intérprete. Pretende también que el instrumento en sí sea aceptado, que proliferen sus cultores. Un puñado de alumnos suyos en la Argentina y Uruguay es hasta ahora el único grupo de adeptos conocido. Uno de ellos ha comenzado ya a ofrecer pequeños recitales.
De todos modos, Barletta ha creado un repertorio para bandoneón difícil de imaginar para los tres niños que en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial ofrecían su música en escuelas, clubes italianos y sociedades de fomento. Comenzó con transcripciones de partituras escritas para órgano, desde Antonio Cabezón (el organista de Felipe II de España, en el siglo XVI) hasta los contemporáneos Bartok y Prokoffiev. Continuó con transcripciones de obras para clave, de Bach, Corelli, Frescobaldi, Cimarosa; se incrementó con 150 composiciones del propio Barletta y con obras especialmente escritas para él por Joaquín Rodrigo, Mauricio Kagel, Floro Ugarte, el belga Jean Absil, el italiano Giorgio Ferrari, los españoles Salvador Bacarisse y Francisco Calés Otero.
Las composiciones del propio Barletta no se limitan al bandoneón, aunque por supuesto éste es el instrumento que más ha ocupado su pluma: también ha escrito para piano, violín y violoncelo. En León, España, estrenó hace un año su 'Suite infantil número tres', cuya historia remite a un íntimo cuadro familiar. Sus dos suites infantiles anteriores están dedicadas a sus hijos argentinos, pero un enérgico reclamo le obligó a agregarle una tercera: Pierre, su hijito francés de cinco años, lo increpó seriamente. "Anita y Pablo tienen música y yo no tengo. Haceme una." Fragmentos atonales, dodecafónicos y tonales conviven armónicamente en esta suite dividida en siete pequeñas partes: Nacimiento de Pierre, Pierre en el mar, Regreso de Pierre, Carácter cósmico, Pierre pequeño, Pierre el grande y Pierre y sus dibujos de muñequitos. Títulos infundidos alternativamente por el mismo humor y la misma ternura que la música de Barletta.
Ahora, Barletta espera trabajar en Buenos Aires en una partitura para bandoneón y vientos que estrenará en noviembre en León, a pedido de Luis Coello, un discípulo del célebre e inquieto director Sergiu Celibidache. Todavía no ha comenzado, pero no sería raro que la terminara antes de partir: Buenos Aires es una ciudad propicia para Barletta. Acaso porque este hombrón robusto y risueño, que se propuso hacer del bandoneón un instrumento de concierto, siente la nostalgia de su ciudad como cualquier viejo porteño sentimental y tanguero.

 

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