Antonio Seguí
El cordobés errante
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Fue a Francia para acompañar a su mujer, la bailarina Graciela Martínez, becada por el Fondo Nacional de las Artes. Cuando llegó, el pintor Antonio Seguí se enteró de que sus obras eran bien conocidas en París. Ahora se prepara para exponerlas en Alemania, Bélgica, Holanda e Italia. Pero no por eso deja de añorar a su patria

Los doscientos invitados se apiñaban junto a las mesas adornadas con distintos fiambres o en las cercanías de las barriles de vino tinto. Christiane Rochefort, autora de El reposo del guerrero, vestida de negro, discutía arrinconada, con un señor de anteojos no identificado. André Pieyre de Mandiargues, último premio Goncourt, atacaba sistemáticamente los sandwiches de queso camembert, mientras el argentino Julio Le Parc bailaba con su mujer ritmos tropicales de la década del 40, interpretados por una orquesta cubana contratada en un cabaret de Pigalle. Todo terminó a las seis de la mañana. Los vecinos del suburbio parisiense de Arcueil se despertaron con los últimos compases de La marcha de San Lorenzo.
Para el dueño de casa, el pintor cordobés Antonio Seguí (34 años), la jornada había sido agotadora. Por la mañana tuvo que ubicar sus últimas obras en las galerías, y a las cinco de la tarde se inauguraba la exposición repartida entre dos de las más importantes salas de París: Claude Bernard y Jeanne Boucher. La hazaña de celebrar un vernissage doble tiene un solo antecedente cercano: el que concretó el propio Seguí hace cuatro años.
Pero las hazañas ya no lo parecen tanto tratándose de este pintor que el año pasado acaparó cuatro premios internacionales. En enero, el primer premio de pintura en Tokio; en setiembre, otro primer premio de pintura en el salón de Daarmstadt (Alemania Occidental); en octubre, el premio de dibujo y grabado de Caracas; y en noviembre, una de las tres recompensas de la Primera Exhibición Internacional de Pintura de la Universidad de Michigan (EE. UU.). Sin embargo, ni ese éxito ni cinco años de permanencia en Francia le curaron la timidez y los deseos de regresar a la Argentina. Mientras decide la fecha para volver, convoca cada semana a sus amigos latinoamericanos a pantagruélicos asados que prepara junto con el pintor uruguayo Gamarra, en pleno atelier, entre potes de pintura y pilas de cuadros, telas y espátulas.

Mis memorias
Como todo cordobés que se respete, Seguí egresó de la escuela secundaria dispuesto a inscribirse en la Facultad de Derecho. Y tan decidido estaba a ser abogado que poco después se embarcó rumbo a Europa para estudiar Derecho Romano. El entusiasmo le alcanzó hasta aprobar cuarto año, al mismo tiempo que comenzaba a pintar. "Pero todavía no lo hacía seriamente —se justifica ahora—; mi verdadero ingreso en la pintura fue en 1957, cuando hice mi primera exposición en la galería Paideia, de Córdoba". Diez días después de su debut se marchó a México por tres años, de donde volvió con unos tremendos bigotes que le ocupan la mitad de la cara ("que no pienso afeitarme por nada del mundo"), y con una colección de arte popular latinoamericano, estaturas y máscaras de barro que abarrotan su departamento y ya comienzan a invadir parte de la cocina.
De México, y después de recalar seis meses en Guatemala y recorrer toda la América Central, volvió a Buenos Aires. "Estuve dos años; prácticamente los únicos que viví en la ciudad. Antes sólo había ido de paseo". Bastó para que en 1961 y nuevamente en 1963 obtuviera el premio Di Tella; también para realizar una docena de exposiciones. Fue entonces cuando la bailarina Graciela Martínez, su mujer desde hace una década, fue becada por el Fondo Nacional de las Artes para ir a París: "Mi propósito era acompañarla y quedarme dos o tres meses; el proyecto real era instalarme en Nueva York".
Vestido con un saco de corderoy, un chaleco de terciopelo rojo y el pelo rubio tapándole las orejas y en franco avance sobre las mejillas, mira por las ventanas del café los soleados vitrales de Notre Dame que dan al Norte. Parece un caballero del siglo XIX, imagen que se desvanece apenas deja oír su fuerte acento cordobés: "Al día siguiente de mi llegada fui a la embajada para ver si había carta de mi familia. Había dos, pero de Claude Bernard y Jeanne Boucher; deseaban conocerme, ver mis trabajos y ofrecerme sus galerías. No lo podía creer, estaba loco de contento". Lo recuerda ahora y la alegría le baila en sus ojos claros.
Fue así como abandonó el proyecto de ir a Nueva York, alquiló el atelier en Arcueil —que hasta hace poco compartía con Rómulo Macció y Lea Lublin—, y se instaló en Francia. Doce horas de trabajo diarias le permiten hacer exposiciones anuales y presentar cada vez trabajos distintos. Ahora, apenas inauguradas las muestras de París se preocupa por terminar la retrospectiva que le prepara un museo de Alemania, las pinturas que mandó a los salones de Bélgica, Holanda e Italia.
La pintura de Antonio Seguí es figurativa y no excluye ciertos toques satíricos. El mundo que propone a su público se nutre de esquinas apropiadas para el robo o la violación, salones sospechosos, prostíbulos, tribunales u oficinas siniestras. A veces, también, se divierte ironizando sobre la vida cotidiana, jugueteando con los personajes de todos los días. En ambos casos, junto a la crítica flota la ternura y un soplo de poesía. Esta vez, los entendidos franceses se sorprendieron visitando una sala donde los cuadros habían sido reemplazados por figuras de madera encerradas en cubos de plexiglás o aplicadas directamente sobre las telas. Son los mismos temas de siempre pero tratados con una técnica nueva: "Esto no significa que no volveré a pintar como antes; es sólo una experiencia que culmina luego de tres años de trabajo", confiesa a SIETE DIAS.
Seguramente, el proyecto de esta técnica nació en un tren o en un barco. "Cuando tengo que viajar jamás tomo un avión; les tengo terror". No es ése el único motivo: "Además, los barcos y los trenes son los mejores lugares para pensar". Que esta etapa sería un nuevo triunfo se confirmó muy pronto: diez días después de inaugurada la muestra doble, la mitad de los trabajos habían sido vendidos.
Revistas Siete Días Ilustrados
07.05.1968

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Antonio Seguí
Detrás del vacío
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Fiambre y barriles de tinto para festejar el doble vernissage
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