Los fantasmas de Cayastá Volver al índice
del sitio
Un pasado rico en acontecimientos festonea las ruinas del primer emplazamiento de la capital santafesina.
Allí, junto a los espectrales esqueletos de la hija de Garay y del mitológico Hernandarias, el gobierno provincial proyecta erigir un museo a un costo de 38 millones de pesos viejos.


En Cayastá muchos de los edificios están saturados de fantasmas y cráneos humanos. Algunos de éstos hasta lucen apellidos famosos. Allí, cualquier poblador es capaz de hablar, con precisión de entomólogo, del primer período urbanístico español, como si fuera el más versado de los arquitectos. Todo el sitio, sin embargo, tiene el aspecto de una ruina bien cuidada; cosa que no sorprende demasiado si se cae en la cuenta de que fue ahí, precisamente, donde Juan de Garay erigió la ciudad de Santa Fe, hace poco menos de cuatrocientos años. Lo que no podía prever su fundador (responsable, además, de la segunda Buenos Aires) es que un siglo después de su ocurrencia, los pobladores de la villa iban a resolver mudarse un poco más hacia el sur, llevándose con ellos todo lo que pudieran cargar en sus precarias carretas. La crónica de esta primera mudanza alumbrada en el Río de la Plata apasiona por sus acarreos heroicos e incluso lunfárdicos. Es que Agustín Zapata Gollán (75, casado), descubridor del primer emplazamiento de Santa Fe, suele agregar, a sus dotes de arqueólogo, el hobby de fecundo verseador lunfardo: una manía que por ahora no pretende trasladar al papel impreso, lo que no impide —por cierto— que el vate se apresure a recitar sus rimas en cuanta oportunidad pública se le presente.

LA VERA FUNDACION DE SANTA FE
En verdad, el vizcaíno Juan de Garay (un español algo mofletudo, capaz de vestir con la misma elegancia la gorguera de encajes que la celada de acero toledano) no tuvo la menor intención de fundar Santa Fe ni en Cayastá ni en su actual emplazamiento. Como buen soldado y aventurero, sabía que el mejor sitio para construir una ciudadela era el paraje donde el río Paraná se colusiona con su afluente Carcarañá, donde otro adelantado de armas tomar, Sebastián Caboto, levantara el fuerte de Sancti Spíritus. Famoso no sólo por la publicidad que le concediera la historia de Grosso (o las láminas del Billiken, con sus indios salvajes arrojando flechas o escabechando cristianos), sino por haber sido la primera plaza fuerte orquestada por los españoles en esa zona de América.
La conquista definitiva del Río de la Plata y sus zonas aledañas había de llevarse a cabo, curiosamente, de norte a sur, en lugar de hacerse desde el océano Atlántico, remontando en forma paulatina la corriente de los ríos, explorando sus márgenes y fundando poblaciones estables en las orillas. Convictos de ese extraño fenómeno fueron los indios querandíes, que incendiaron la precaria Buenos Aires imaginada por don Pedro de Mendoza en 1536, y los belicosos timbúes santafesinos, responsables de ahuyentar a los hombres de Caboto del primer villorrio calafateado por los europeos en territorio argentino.
Garay partió de Asunción del Paraguay el 14 de abril de 1573 para escoltar hasta el mar a la nave que conducía a España un preso ilustre: el teniente gobernador Felipe de Cáceres, acusado de entorpecer los mandatos de su majestad Felipe II. Pero el arrojado don Juan atesoraba, además, otros propósitos: intentaba fundar una población en la desembocadura del Carcarañá, con el objeto de abrir, desde allí, un camino que llevara por tierra hasta el Alto Perú. Antes de partir ya había decidido que esa flamante metrópoli habría de llamarse Santa Fe. Lo cual demuestra que Garay, aparte de ser un buen soldado, era un hombre previsor, poco amigo de las improvisaciones.
"Lo cierto —confesó Zapata Gollán a SIETE DIAS— es que el capitán vizcaíno dividió a sus hombres en dos columnas: una avanzó por la margen izquierda del Paraná, arreando ganado y trasportando los utensilios necesarios para la futura fundación; la otra fue navegando por el río. Las dos columnas habrían de encontrarse en un sitio denominado Punta del Yeso, en el territorio que hoy ocupa la ciudad entrerriana de Hernandarias. Desde allí cruzarían a la otra banda, donde establecerían un campamento provisorio, donde están ahora estas ruinas de la antigua Santa Fe", asegura el erudito Z.G.
Garay, después de despedirse de los viajeros que iban rumbo a Madrid, volvió a navegar el Paraná con el objeto de cumplir su sueño de la fundación propia. Al llegar a la altura de la actualmente frutillosa Coronda, se topó a boca de jarro con otro español, Jerónimo Luis de Cabrera, fundador de la ciudad de Córdoba, quien merodeaba por esos parajes con la misma intención que su colega: reverdecer, con un nuevo puerto, las glorias un tanto chamuscadas del fuerte de Sancti Spiritus, quemado por los timbúes.
La sorpresa debe haber sido grande para los dos, ya que esa zona, por entonces, no era demasiado transitada. De cualquier manera, don Jerónimo le había ganado de mano a don Juan, bautizando con el nombre de San Luis de Córdoba un resplandeciente pueblito en la antigua torre de Caboto, como llamaban algunos españoles al disputado predio.
Cabrera, superior a Garay en títulos y armas, le prohibió al atribulado vizcaíno que fundara pueblos por esas latitudes. Sin embargo, don Juan no era hombre que se quedara sin sacar ventajas: para no frustrar demasiado sus ilusiones, le mintió a Cabrera diciéndole que ya había fundado la ciudad de Santa Fe en el sitio de Cayastá. Era el 19 de setiembre de 1573. Dos meses más tarde, el 15 de noviembre, Garay firmaba el acta de nacimiento de Santa Fe, en un sitio que, en verdad, era poco adecuado para levantar una verdadera city. Un siglo después —cansados de inundaciones y ataques indígenas— los santafesinos decidieron trasladar la incipiente urbe al sitio que ahora ocupa. Corría, en esa época, el año de gracia de 1660, "con lo cual resulta —desenrolló ante SIETE DIAS el maestro santafesino Ángel Gelosh (25, casado)— que esta ciudad tiene tres fundaciones: una en Cayastá, otra aquí, y una verbal, mentida por Garay a la altura de Coronda".
A partir de añejas suposiciones —encerradas en una ambigua tradición oral— Zapata Gollán desenterró de unas lomitas engañadoras las ruinas de la primitiva ciudad de Santa Fe. "El mucho tiempo trascurrido, así como las periódicas crecientes del Paraná, apuntalados por los eternos vientos de esta zona, que llevan un enorme sedimento de tierra erosionada —contabiliza Z. G.— terminaron por hacer desaparecer las casas, las iglesias, los patios y hasta las calles y las plazas".
Detectar el emplazamiento exacto que el hidalgo vizcaíno le diera a su ciudad (sobre la cual se erguiría, con el correr de los años, la adormilada localidad de Cayastá) no fue una tarea fácil. El descubridor, que nunca se diplomó de arqueólogo o de historiador, sino de abogado, debió recoger una serie de testimonios verbales (trasmitidos de generación en generación) para corroborar sus propias indagaciones efectuadas en anquilosados archivos, capaces de inquietar al mismo Kafka.
"Un día me fui a Cayastá armado con una pala y comencé a cavar como un loco, empujado por el afán de aventura; a unos setenta centímetros de profundidad vi las primeras tejas de lo que había sido la iglesia de San Francisco. ¡Se da cuenta! —exulta Z.G.—. Yo estaba solo frente al rio, no había ni un alma para oír mi carcajada de júbilo. Parecía increíble, pero allí estaban las ruinas que yo buscaba". Un entusiasmo que, en verdad, se justifica plenamente. Durante años había enhebrado pacientemente dato tras dato en un trabajo digno de relojero.
"Varias veces, oyendo hablar a los viejos pobladores de la zona — sorprende Z. Gollán— había observado que muchos de ellos se referían a la zona de Cayastá llamándola Santa Fe viejo: desde luego que en ese lugar no se veía nada a simple vista, salvo alguna que otra lomita sospechosa. Después, con el tiempo, escrutando en viejos archivos de la provincia, llegué a la conclusión de que en esos alrededores debió emplazarse la antigua ciudad de Garay. Y así era no más. Mi idea primitiva, antes de empezar a desenterrar las ruinas —revela—, fue hacer un estudio de sociología virreinal. Algo que abarcara tanto las supersticiones como el gobierno, las políticas económicas y los hábitos cotidianos".
Ambicioso proyecto que lo llevó a esculcar, durante un año, los madrileños Archivos de indias. Pero tantos desvelos, por fin permitieron coronar las pesquisas del abogado con un trabajo inédito hasta ese momento: la confección de un plano donde las calles, manzanas y plazas seguían un trazado regular, que la nueva Santa Fe respetó fielmente. Al desbrozar el terreno, los especialistas tropezaron, de esa manera, con los vestigios coloniales del primer período urbanístico español en este lado del mundo.
"Garay —supone Z.G.— debió ser un consumado urbanista, pues Santa Fe sigue un modelo que después fue imitado por todas las ciudades que se levantaron en territorio argentino, incluida —claro está— la misma Buenos Aires, también trazada por Garay". En verdad, el aburrido eje de coordenadas sobre el cual el entusiasta fundador dibujaba las simétricas y cuadrilongas manzanas, no era muy original. Imitaba, casi servilmente, la estructura que los legionarios romanos daban a sus campamentos: un camino principal de Sur a Norte y otra arteria de Este a Oeste que la cruzaba, en ángulo recto, justo por el medio. Desde la intersección, con sólo empinarse un poco sobre la punta de los pies, cualquier centurión —o adelantado— podía vigilar, de una breve mirada, los cuatro puntos de entrada al vivac.
De cualquier manera, el hallazgo de Zapata Gollán permite a los especialistas zambullirse en las galanuras coloniales de las iglesias de Santo Domingo, La Merced y San Francisco. También puede ser un buen pretexto para que turistas curiosos se trasladen hasta las ruinas de Cayastá, donde los mayores tesoros son los esqueletos de Hernandarias —primer gobernador del Río de la Plata nacido en el país— y de su esposa Jerónima de Contreras, hija de don Juan de Garay.
"El testamento de la hija del fundador, que se conserva en el museo etnográfico de Santa Fe —atesora Gollán—, nos permitió identificar con toda seguridad los restos de estos dos importantes personajes. Decía Jerónima que quería ser enterrada en la iglesia de San Francisco, frente al altar mayor, del lado del Evangelio, donde se hallaban los restos de su esposo. Allí, efectivamente, encontramos los esqueletos de un hombre y de una mujer que eran, sin lugar a dudas, Hernandarias y la hija de Garay".
A ese inusual hallazgo hay que agregar una ringlera de trozos de cerámica europea e indígena, medallas, útiles de labranza, monedas, un par de tenedores y cucharas — piezas rarísimas en esa época—, armas y toda la variada quincallería que aderezaba la vida cotidiana de los santafesinos de Cayastá. Tanto derroche del pasado ha convertido a las ruinas de la primitiva Santa Fe en una de las más importantes de toda América. Reconociéndolo así, la semana pasada, el gobierno de la provincia decidió llamar a licitación para construir un museo junto al asiento de las carcomidas paredes (construidas de barro, con un curioso sistema parecido al del encofrado), con el objeto, dice el decreto correspondiente, de que los turistas puedan observar los elementos históricos, geográficos y étnicos de la época de la colonia. Un propósito loable por cierto, que costará a la provincia la suma de 38 millones de pesos viejos. "La idea me parece buena —comentó a SIETE DIAS, después de algunas vueltas, el docente Geloso—; lo que me temo es que al final ocurra lo que pasó hace cuatro siglos: que cansados de la soledad y el aislamiento hasta los mismos ordenanzas del museo acaben emigrando a la verdadera, definitiva Santa Fe".
Revista Siete Días Ilustrados
28.06.1971

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