Reportaje a Arturo Umberto Illia
el último de los presidentes constitucionales

"Gobernar es una cosa muy sencilla"
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Durante casi toda una jornada, el ex primer mandatario charló con un redactor de Siete Días. Habló de su gobierno, de los militares y del futuro del país. Reconoció que se le achacaba lentitud y que lo llamaban tortuga: sin embargo no dejó de leer minuciosamente cada texto que firmó y vivió de lunes a viernes en la Casa Rosada. Gobernó sin estado de sitio y pensaba transformar la quinta de Olivos en un paseo público. Consejo a Cámpora: "Cumplir con el juramento presidencial". Consejo a los militares: "Zapatero a tus zapatos"

Desde el 12 de octubre de 1963 hasta el 28 de junio de 1966, el doctor Arturo Umberto Illia (70, 3 hijos) consumó un tronchado mandato presidencial, el último surgido de elecciones generales. Derrocado por el antepenúltimo golpe de estado que registra la historia política nacional, su gestión se caracterizó por las sistemáticas críticas que le propinó la oposición: la edad del presidente, la apariencia de un vacío de poder y una supuesta lentitud del Ejecutivo en el manejo de la cosa pública.
Hasta en las misma filas de su partido —la entonces llamada Unión Cívica Radical del Pueblo— surgieron algunas discrepancias. Finalmente, cuando sobrevinieron los acontecimientos que culminaron con el desalojo del poder, la mayor parte de la ciudadanía tomó el suceso con indiferencia. El adusto general Juan Carlos Onganía asumió entonces sobre la esperanzada expectativa que se había creado al influjo de un promocionado descontento popular, sustentado por la falta de conocimiento de la obra del gobierno que acababa de caer, y como consecuencia de las campañas de algunos grupos económicos y políticos que disentían con el gobierno radical.
Forzosamente alejado de la actividad política durante el período de apoliticismo decidido por la Revolución Argentina, el doctor Illia no perdió, sin embargo, contacto con la realidad del país. En sus frecuentes giras por todo el territorio, reconoce haber encontrado un tardío sentimiento a su obra, a su figura, transigente, tenaz, notablemente firme en sus convicciones, accedió a semana pasada a sostener una larga charla con un redactor de Siete Días. La misma demandó casi toda una jornada de trabajo, en cuyo transcurso no soslayó ningún tema. Evocativo por momentos, sentencioso en otros, el ex mandatario no ofreció mayores brechas a la requisitoria, luciendo a veces una sorprendente causticidad y siempre un bien templado optimismo por la suerte del país. A continuación se reproducen los párrafos sustanciales del reportaje:
-¿Cómo estaba el país al 28 de junio de 1966, el día de su expulsión?
-Muy bien. Se estaba trabajando y había muchas posibilidades. El golpe fue un gravísimo error que se cometió contra la República, no contra el gobierno. Fue un atentado perpetrado por quienes se apoderaron del gobierno, justo cuando la Argentina tenía ya una seguridad y un futuro promisorio y cierto.
—¿Y cómo está el país, ahora, en mayo de 1973?
—¡Ah! Está enfermo. Grave y lamentablemente enfermo.
—¿Es difícil gobernar, doctor?
—No, en absoluto. Dicen que la política es el arte de lo posible, pero el gobierno no es un arte. Es algo muy sencillo y simple. Basta con no transar con lo inmoral y ajustarse al cumplimiento de lo que se ha prometido. No hay arte.
—¿Cuáles son, en líneas generales, las condiciones que debe tener, a su juicio, un presidente de la República?
—Bueno, primero tiene que tener experiencia política. Es decir, mucha calle, mucho andar. Se requiere haber hecho en política lo que en cualquier otra profesión o actividad. Hay que conocer el país que se va a gobernar; no se puede pretender gobernar a un pueblo al que no se conoce.
—¿Y cómo debe manejar un presidente, domésticamente (pero entendido esto desde un punto de vista político), las relaciones con las Fuerzas Armadas?
—Pero ... todo esto es muy simple. Vea, como le digo, en el gobierno no hay ningún problema complejo. Las Fuerzas Armadas son una institución más en el orden nacional. Como lo son el Parlamento, la Justicia, la prensa, el sindicato, la Iglesia. Entonces, tienen que integrarse a las otras instituciones para un funcionamiento normal —y legal—, y nada más.
—¿En los últimos años se han ido convirtiendo en un factor de poder más preponderante?
—No, no, no ... Yo no niego que hay factores de poder, claro, pero las Fuerzas Armadas lo son sólo desde el punto de vista de su capacidad física. Pero si nosotros vivimos, o pretendemos vivir, en un sistema que sea representativo, republicano y federal, se comprende que las Fuerzas Armadas tienen una misión que cumplir; no cualquier misión. Tienen una muy específica, que no es precisamente la de gobernar.
—¿Cuáles son tos factores de presión más duros de frenar para un presidente?
—Ninguno, no los hay. Mire, la verdad es ésta: cada grupo humano tiene algo que hacer dentro de la vida de la República. De manera que dándole a cada uno lo que le corresponde, respetándolos y comprendiendo su no conformismo...
—¿Qué papel juega un Parlamento mayoritariamente opositor, como el que tuvo usted?
—No constituye ninguna dificultad mayor. A nosotros se nos unió toda la oposición para criticarnos sistemáticamente. Y eso sirve sólo para sacar partido de confusiones y tomar estas actitudes como negativas, para desprestigiar.
—¿Y un Parlamento oficialista, como el que va a tener el doctor Cámpora?
—Bueno, va a jugar el papel que ha jugado en otros gobiernos con Parlamento adicto. Yo he pertenecido al Poder Legislativo entre el año 48 y el 52, en el régimen de Perón, cuando había mayoría oficialista. Entonces, el Parlamento acataba las directivas del presidente de la República y funcionaba con ... no le diría yo con la normalidad o la amplitud que hubiéramos deseado, ¿no? Indudablemente, imponían casi siempre la gravitación de su número.
—¿Esto quiere decir que no escuchaban a la oposición?
—Sí, sí, escuchaban. Muchas veces podíamos exponer nuestras ideas, y sobre todo podíamos trabajar en comisión. Pero cuando se trataban problemas candentes, y nosotros hacíamos críticas severas a la conducción gubernamental, entonces no había esa amplitud.
—¿Qué tipo de presiones debió soportar usted?
—Ninguna. Yo no admití presiones, compromisos ni condicionamientos. Ni internos ni internacionales.

HECHOS Y NO PALABRAS
—¿Cómo se prepara un discurso presidencial?
—En mi caso, yo daba las ideas generales y decidía los temas trascendentes a desarrollar. Lo mandaba a redactar y luego le daba los últimos retoques. De todos modos, a mí no me gustaba mucho eso de pronunciar discursos ...
—¿No fue un error eso, en tanto lo alejaba del pueblo?
—No, yo creo que no. Los hechos valen más que las palabras.
—¿Cuál era el verdadero margen de decisión que tenía?
—Total, claro, total. Aunque no totalitario o absolutista. Mis ministros eran verdaderos secretarios de Estado. Había gran reciprocidad y yo no tuve que imponer nada.
—¿Cree que el doctor Cámpora va a estar más o menos condicionado de lo que estaba usted, doctor?
—Yo no estaba condicionado por nadie ni por nada más que el programa que había explicado al pueblo antes de asumir el gobierno. Y cuando fui presidente desarrollé ese programa. Ahora bien: si el señor Cámpora ha explicado al pueblo un programa (no lo he escuchado mucho explicar), bueno, su única obligación es ponerse a cumplir con ese compromiso contraído con el pueblo. Para mí el problema fue bastante sencillo.
—¿No cree que simplifica demasiado, doctor?
—Sí, claro, y lo hago porque es así; es sencillo. Fíjese: en este país lo normal y natural es lo raro; acá queremos resolver las cosas por caminos extraordinarios, por las vías complejas. No hay tanto misterio ni rebuscamiento.
—¿Los actos públicos desgastan inútilmente a un presidente?
—Al contrario. Sirven para tomar contacto con el país.
—¿Usted leía cada decreto que firmaba? ¿O confiaba en los informes?
—Yo leía absolutamente todo, por más que viniera el resumen. Además, usted comprende que hay decretos y decretos, ¿no?
—¿Cómo hubiera procedido usted ante hechos de violencia como los del 73?
—No creo que los hubiera habido porque el país podía expresarse con libertad, y no había violencia desde arriba. Nosotros no desatamos violencia. Pero suponiendo que la hubiéramos tenido... Bueno, la justicia normal y ordinaria habría actuado. Y, además, hubiéramos atacado las causas y no las consecuencias.
—¿Cómo se concede una audiencia? ¿Decidía usted o sus secretarios oficiaban de filtro?
—Mire, no había filtros. Yo llegaba a la Casa de Gobierno los lunes a las siete de la mañana, y me iba el sábado después del mediodía. Vivía toda la semana allí. Comenzábamos a trabajar a las siete, con audiencias de mañana y de tarde. Creo que ningún presidente ha recibido a tanta cantidad de personas como lo hice yo. Casi nunca negué una audiencia.
—¿A un presidente le queda algún tiempo libre?
—Le queda, sí señor. El sábado a la tarde yo llegaba a la quinta de Olivos, y tenía también los domingos que no salía al interior del país. Mi señora me acompañaba siempre.
—¿Es molesta la custodia?
—No, para mí no lo fue. Por otra parte, no me gustaba que me siguieran. Así que hacía todo lo posible para darles más trabajo a los muchachos. Pero no más trabajo para cuidarme a mí, sino para encontrarme.
—¿Se escondía de ellos?
—No es que me escondiera; sólo que cuando podía, salía por mi cuenta, sin custodia. Siempre he vivido así, de modo que ... Además, yo a ellos los trataba como a amigos. Mire: la jerarquía no se adquiere por el mando o por el grado, sino por la autoridad moral que tiene cada persona.
—Ahora bien, doctor: de acuerdo con todo esto que usted dice, que conforma una manera de gobernar —la que usted practicó—, ¿qué consejo le podría dar al doctor Cámpora?
—Pero ... ¿y qué consejo se le puede dar a un presidente de la República? El señor Cámpora va a ir el 25 de mayo a hacerse cargo del gobierno, va a pronunciar su discurso ante la asamblea legislativa y va a jurar. Va a poner sus manos sobre el libro, los evangelios, o sobre lo que él quiera jurar, y va a decir: "Juro cumplir con mi deber, juro cumplir con la Constitución, y si esto no fuera así Dios y la Patria me lo demanden", etcétera ... Y bueno: tiene que cumplir ese juramento. Es lo más simple: no se puede jurar en vano. Tiene que ser coherente. ¿O usted cree que un presidente es una persona excepcional? Es un simple ciudadano con un cargo y una alta responsabilidad. Mi consejo es ése: que cumpla con lo que ha jurado y que sepa que en el sistema representativo los cargos duran un tiempo y, terminado ese tiempo, que no trate de prolongar su período.
—Perdón, doctor, ¿qué siente cuando pasa por aquí? [En ese momento la entrevista se efectuaba en un automóvil de Siete Días, que circulaba frente a la quinta presidencial de Olivos.]
—Nada. Mire, ni me acordaba ... Si usted no me lo dice no me daba cuenta en lo más mínimo... Yo quería hacer de este lugar otra cosa. Mine cómo está: son veinte o treinta hectáreas todas con rejas alrededor... Yo tenía un proyecto bastante adelantado: sacaba las rejas y lo convertía en un parque público, dejando una hectárea para la casa.
—Acaso le hubieran cuestionado que era inseguro para usted.
—¿Pero qué inseguridad iba a tener? ¿Acaso yo no andaba por la calle, solo, sin custodia, como ando ahora? ¿Para qué quiero custodia? ¿Seguridad de qué? ¿O usted cree que a los que están más custodiados no les ocurren cosas? Cuando alguien quiere eliminar a otro, lo elimina con custodia o sin ella. El asunto es que usted no humille a nadie, que respete a todos ... Entonces no necesita custodia.
—¿A usted le reprocharon, alguna vez, esta manera de ser?
—Bueno, me decían algo, la gente misma de mi custodia: "Mire que usted no toma medidas; a ver si pasa algo..." ¡Pero qué va a pasar! Si aparece por ahí un loco que quiere tirar cuatro tiros, se los puede tirar a cualquiera. ¿Y por qué, entonces, me va a elegir a mí?
—Por su investidura, por ejemplo.
—No, los locos no saben de investiduras.

"NO HABRA MILAGROS"
—Acerquémonos al presente, doctor: ¿cómo ve el actual proceso político?
—Con optimismo. Hemos dado un paso adelante: se ha salido del caos para entrar en un posible ordenamiento. Esto es positivo.
—¿Cómo cree que va a ser la presidencia de Cámpora?
—Yo deseo que sea el mejor presidente de la historia.
—Ese es su deseo. Le pregunto cómo cree que será.
—Y bueno, nadie puede pretender lo excepcional de nadie. Los milagros no son de este mundo. El señor Cámpora tendrá que resolver muchos problemas y si compagina un buen plan de gobierno... hará lo que pueda, ¿no? ¿Por qué vamos a esperar lo extraordinario? Fíjese: todos están esperando el milagro; al pueblo le han hecho creer que alguien puede hacer milagros. Y no es así.
—Pero el pueblo espera soluciones, no milagros. Hay demasiada fe puesta en el futuro gobierno.
—Es que al pueblo argentino lo han deformado, lo han engañado, no le han hablado con sencillez, con la verdad ... Hay demasiadas promesas y por eso la gente espera milagros. Para gobernar, para conducir una sociedad, hay que hacer resaltar los factores racionales, no los emocionales.
—Esas promesas están en pie, doctor. Y el pueblo las espera.
—Y por eso mismo es que le digo que el señor Cámpora tiene que cumplir con lo que prometió. El pueblo ya tiene la paciencia colmada. ¡Y cómo no la va a tener!
—¿Qué piensa cuando ve pasar un camión militar, doctor? [El automóvil acababa de adelantarse a uno.]
—No lo vi.
—Por favor, suponga que lo vio.
—Hay militares que cometen niñerías. ¿Sabe cómo es este asunto? Zapatero a tus zapatos. Un señor que es presidente tiene que haber hecho la conscripción en la calle, no dentro de las Fuerzas Armadas. Le ha faltado a esta gente esa universidad de la calle. Manejan el país de acuerdo a su espíritu de cuerpo, y por eso es bastante limitada su sensibilidad y su mentalidad para absorber los problemas del conjunto.
—¿Esas actitudes responden a determinados intereses?
—Bueno... los niños siempre son inocentes. Mire, yo no gusto de hacer críticas demasiado duras, pero estos señores se han equivocado en forma garrafal. Desde el año 30.
—¿Usted cree que la entrega del poder se opera por un convencimiento de los mandos militares de que sólo la civilidad salvará al país o, en todo caso, porque se han convencido de que no están preparados para gobernar?
—Bueno, ellos se han encontrado con algunos hechos imprevistos. Les pareció que imponiendo ciertas reglas podrían sosegar al país, disciplinarlo y manejarlo. Y ahora se han dado cuenta de su grave error. La reacción del pueblo debe haberles resultado verdaderamente sorprendente. Nunca habrán pensado que el pueblo se iba a comportar como se comportó en los cordobazos, los tucumanazos y esos movimientos populares. ¡Y yo no tenía ninguna duda de que eso iba a ocurrir! Le aseguro que, estando en el gobierno, sabía que algunos militares trataban de cometer la imprudencia ... Entonces le decía yo a algún militar que estaba en la Casa Rosada: "Dígale a sus amigos que no vayan a querer usurpar el gobierno, porque no saben el clima que está viviendo el mundo, el país ..."
—¿Usted veía venir el golpe de junio del 66?
—¿Si lo veía venir? ¡Desde antes de las elecciones de junio de 1963! Y le digo más: antes de aquellos comicios lo conocí al señor Lanusse, en la casa del doctor Luis Cantilo. Él me había solicitado una entrevista. Y me dijo (esto habrá sido en mayo de 1963): "Habrá elecciones si todos los partidos se ponen de acuerdo sobre un candidato". Quién era el candidato no me lo dijo, pero por supuesto que era Onganía. Entonces le dije que no, que él no conocía a los partidos políticos. "Sea usted más decidido —le dije—, e incluso proceda con mayor amplitud. Dé un golpe de estado y apodérese del gobierno, total el gobierno de Guido está al arbitrio de ustedes. Pero no quieran llegar al gobierno, imponiendo a su candidato, en una elección que no va a ser tal". Y al final le dije: "Con un solo candidato no hay elección". "¿Y cómo, señor, no va a haber elección?", me dijo. "Claro —respondí—, porque para elegir tiene que haber dos, por lo menos". —Illia suelta una carcajada—. Y bueno, éstas son pequeñas cosas... A esto es a lo que yo califico de niñerías. Pequeñeces ...

LOS DONES METAFISICOS
—¿Cómo fue que lo derrocaron?
—Y mire, supóngase que usted va por la calle y de pronto se le aparece un asaltante, con un revólver en la mano, y le dice: "Entrégueme su dinero". Y bueno, así llegaron a la Casa de Gobierno, montaron las ametralladoras en la Plaza de Mayo y vinieron a decirme "Señor, esto es mío. Váyase". Y se terminó. El primero que llegó fue el general Julio Alsogaray, junto a tres o cuatro coroneles. Yo contesto lo que debía con palabras, pues no tenía otro recurso. Que se fuera. —Se interrumpe; se dirige al fotógrafo—. ¡Eh, oiga! No saque tan cerca, amigo, que salen todos los ... Saque como saca a Perón, de lejos y para presentarlo como a un chico de veinte años, ¿eh? Con un traje bien puesto, ¿eh? No como a nosotros, que nos sacan como viejos enclenques ... Bueno, como le decía, lo eché a Alsogaray: "No tiene nada que hacer aquí, retírese, el presidente soy yo".
—¿Qué intereses perseguían, a su criterio, las Fuerzas Armadas, en 1966?
—Y, a mí me dio la impresión de que Onganía deseaba establecer un régimen muy parecido al franquista. Por mucho tiempo. Y esto fue producto de lo que denominó, en aquel entonces, el cursillismo. Políticamente, sustentaban principios corporativistas. Onganía habrá creído que en unos pocos cursos había aprendido bastante para reemplazarnos y establecer acá, sin un antecedente tremendo, como fue la Guerra Civil española, de la noche a la mañana, el mismo sistema. Y aquí se ve la desmesura de su manera de pensar.
—La oposición a Onganía le atribuyó un pretendido carácter mesiánico. ¿Usted qué piensa de ello?
—Bueno, todos los que llegan así, por la ventana, tratan de establecer razones ultraterrenas, metafísicas. Ellos son bastante partidarios de eso.
—¿Cómo fue la primera noche de no ser más presidente?
—Yo lamenté sinceramente que se interrumpiera la labor que estábamos realizando. Y me dolió ver que lo que nos reemplazaba era una cosa hueca, híbrida, confusa.
—¿Qué papel jugó durante su gestión el doctor Balbín?
—Un papel normal. Era presidente del partido.
—Hablemos un poco del último proceso electoral. ¿Pensó en presentar su candidatura para el 11 de marzo?
—No. Cualquiera sabe cómo procede democráticamente nuestro partido. Nuestros afiliados habían tomado ya una decisión entre candidatos. Me pareció lógico; yo no tenía que interferir.
—¿Qué pensó el lunes 12 de marzo, al saber que el doctor Cámpora sería el nuevo presidente constitucional?
—Me pareció muy útil para el país. Un paso adelante.
—¿Y en la pugna partidaria Alfonsín-Storani o Balbin-Gamond, tomó partido?
—No, tomé distancia. Yo tengo por todos los correligionarios, a quienes conozco a través de tanto tiempo, una gran consideración y un gran respeto ... Somos un partido histórico, con ochenta y tantos años de vida. Y lo que dura es lo que vale.
—Un presidente derrocado, como fue usted, ¿de qué se queda con ganas de hacer? ¿Qué le dolió no haber hecho?
—Yo creo que lo doloroso fue ver toda una obra interrumpida.
—¿Y la satisfacción más grande para un presidente?
—En mi caso, no haber humillado a ningún argentino. Haber derogado la legislación represiva, haber gobernado sin estado de sitio, haber respetado a todas las instituciones, al federalismo ... Y haberme plantado firmemente ante los intereses internacionales que no consideré útiles para nuestra emancipación.
—Pero si usted hizo todo eso, ajustándose a las normas de la Constitución, ¿por qué fue interrumpido? ¿Porque hubo una falla personal, o porque el que falla es el sistema?
—No, no, el sistema no falla. Le digo lo mismo de hoy: usted sale a la calle y le aparece uno que le pone un revólver en el pecho. Bueno, esto es un hecho imprevisto. Para mí, el problema verdadero se centra en esto: ¿es revolucionario o no el Derecho? ¿Se pueden realizar todas las revoluciones o reformas que los pueblos desean dentro de un estado de derecho? Yo creo que sí. Pareciera que el estado de hecho, de fuerza, vertical, despótico, tiene menos limitaciones para desarrollar esta acción. Pero es sólo aparente. Y tan es así lo que le digo, que tenemos ejemplos aquí en América, en Chile. Dentro del estado de derecho están desarrollando un cambio activo. Se dirá que con graves problemas, pero también los tienen los estados-gendarmes, los estados-policiales. La diferencia está en que en éstos se ahogan los problemas por medio de la represión. Y por eso le decía recién que es muy útil para el país la elección de Cámpora. Porque nos reencauzamos y es mucho mejor la fuerza que procede de la voluntad popular que la que procede del verticalismo.
—¿Por qué hubo elecciones, a su juicio?
—Porque estuvieron obligados. No tenían otro camino.
—¿Y piensa usted que gobernar en 1973 será muy diferente —para el doctor Cámpora— de como lo era hace diez años?
—Y sí, el mundo cambia. Estamos en la era atómica.
—¿Qué pensó al votar?
—No, nada, yo fui muy tranquilo. Voté siempre por el radicalismo, desde los 18 años, de manera que eso no fue para mí ninguna excitación. No tuve miedo ...
—Si el peronismo ofreciera alguna cartera al radicalismo —como se comenta—, y el radicalismo se la ofreciera a usted, ¿aceptaría?
—No. Y ningún radical debe aceptar un ministerio.
—¿Por qué?
—Porque debe haber partidos políticos con autonomía. Vamos a ver: estos señores han formado el Frente Justicialista de Liberación (no sé cómo se llama esto, muy bien, de Liberación) y, bueno, su responsabilidad es concreta: el pueblo los ha elegido para ser gobierno; ahora tienen que asumir esa responsabilidad. Y nosotros asumimos la responsabilidad de ser control del gobierno. Dialogaremos con ellos en el Parlamento, daremos nuestros puntos de vista sobre lo que se nos consulte, pero la responsabilidad total y concreta de gobernar será de ellos ... Porque todo esto que se dice ahora, que van a compartir el gobierno, que queremos el gran acuerdo nacional, que queremos unirnos todos los argentinos, que todos seremos buenitos, es muy artificioso. Son palabras, frases. Para mí, el único acuerdo nacional es el respeto a todos los ciudadanos; la vigencia de la ley. No se trata de aceptar un ministerio ...

EL HOMBRE DEL FRAC
—Cambiando de tema: ¿cómo es su amistad con Agustín Tosco?
—Hace veinte años que lo conozco. Desde que fui candidato a gobernador de Córdoba en 1952. Fui a visitar todos los sindicatos, y él ya estaba en Luz y Fuerza. Nos conocemos mucho y lo respeto porque es un dirigente probo, austero, defensor de los intereses de su gremio. Aunque alguna vez haya estado en desacuerdo con medidas que tomamos en el gobierno, lo importante es que era un dirigente sindical auténtico, y no un señor que vivía del gremio.
—¿Cómo fue la detención de aquel vuelo de Iberia, en 1964, en Brasil, cuando Perón regresaba a la Argentina?
—Ya lo dije varias veces. Fue una decisión inconsulta, en la que no tuve nada que ver. Ni el doctor Zavala Ortiz, no le echemos esa culpa. Es muy probable que hayan sido los señores que estaban más preocupados por la llegada del señor Perón: los militares. Yo, personalmente, quería que llegara.
—¿Y qué hubiera hecho, de concretarse aquel arribo?
—Nada. Porque el señor Perón tenía muchísimos procesos abiertos en la Justicia, en esa época, y ella hubiera procedido directamente, sin intervención del Poder Ejecutivo. Y después, el señor Perón se hubiera ubicado donde quisiera, y bien ... El volvía por su propia voluntad, como se fue por su propia voluntad. Porque no lo echó nadie; él salió de la República, a pesar del ofrecimiento de Lonardi a través de Amadeo de que si se quedaba le garantizaban su vida, sus bienes, su honor, etcétera. Y si volvía por su propia voluntad, me parecía bien.
—¿Es cierto que usted se puso frac por primera vez cuando asumió la presidencia?
—Es cierto, sí. Y me sentía un poco incómodo por el cuello.
—De usted se propagó una imagen de hombre caprichoso e intransigente. ¿Qué piensa de ello?
—No, la imagen que se difundió fue más bien la de un hombre quieto, tranquilo, que dejaba... La tortuga, exactamente. Y también había los que pensaban que era un poco duro, intransigente.
—¿A usted le duele, o le molesta, recordar todo esto?
—No, en absoluto. Porque todos los actos de mi vida son muy claros. A mí jamás me han podido hacer un cargo concreto. Decir, por ejemplo, el presidente de la República no ha defendido la cultura del país. O se despreocupó de la economía de la Nación, o de la investigación, o de los problemas sociales, o desjerarquizó intencionalmente a la República, o no trató de confederar a los pueblos latinoamericanos, o... Mire: me gustaría que alguien hiciera un cargo de esta naturaleza, concreto. Yo no quise sobrevivir en el gobierno; quise gobernar.
—Le doy tres nombres: Lanusse, Manrique, Mao Tsé-tung. ¿Qué opinión le merecen?
—Yo no quiero abrir juicios sobre las personas. No me gusta. Simplemente le voy a contar lo que me decía Josué de Castro, que fue durante veinte años director del gabinete de alimentación de la FAO (Naciones Unidas), que me visitó cuando yo era presidente. Conversamos muy largamente y me explicó muchas cosas sobre Reforma Agraria. Como había estado muchas veces en China, y Mao le había solicitado las mismas opiniones que yo, un día se me ocurrió pedirle que lo definiera a Mao, y me dijo: "Vea, Mao es un gran guerrero, un gran estadista y un gran poeta. Cualidades que sólo se dan en un hombre que procede de una cultura milenaria como la de la China".
—¿Qué tendrá que hacer el doctor Cámpora, inmediatamente?
—Yo espero que el señor Cámpora tenga suerte. Y también los hombres que lo rodean. Hay que terminar con las grandes manifestaciones y el palabrerío de que seamos todos buenitos. Tendrán que lograr hechos concretos, categóricos, claros, para encarrilar al país. ¿Para qué seguir hablando de soberanía política, económica, social? ¿Qué, es un patrimonio nuestro? ¿Quién en el mundo no habla de lo mismo? Ahora tienen que venir los hechos, y el señor Cámpora tendrá que realizarlos.
—¿Qué obstáculos va a tener, según usted?
—Ninguno. Si tiene una gran mayoría, el Parlamento a su favor, todos los gobiernos provinciales ... ¿Qué obstáculos puede tener, sino los normales de cualquier gobernante? Quizá no podrá financiar, supongamos, un plan de saneamiento del país en poco tiempo. Le va a costar mucho trabajo. Tomemos la mortalidad infantil: hay que llevarla desde el actual 64 por mil hasta el 13 por mil que tiene Suecia, por lo menos. Y no decir que los privilegiados son los niños. Deberá decir "vamos a disminuir la mortalidad infantil". ¡Y que lo haga! Por lo menos, el señor Cámpora tiene que dar los primeros pasos para resolver los problemas. Si el país necesita producir cinco millones de toneladas de acero y sólo se produce un millón, pues ¡manos a la obra!
—¿Pero de qué depende la concreción de todo este paquete de medidas? Así planteado parece fácil; pero, ¿sólo con la buena voluntad de un presidente se puede lograr? ¿No es pecar de exceso de optimismo?
—Depende de un programa racional. De un Plan de Desarrollo. Yo no me explico cómo los desarrollistas de este país no han sido capaces todavía de presentar uno. Nosotros hablábamos menos, pero teníamos un plan elaborado. El señor Cámpora tendrá que hacer el suyo y cumplirlo. Si no, que mire a estos jóvenes militares que se pusieron a improvisar y vea usted cómo les ha ido.
—Para terminar, ¿Perón y usted, se conocen personalmente?
—No, pero déjelo tranquilo al señor Perón.
—¿No quiere hablar de él?
—¿Para qué? ¿Para qué? Déjelo tranquilo; él habla bastante... Vive bien, déjelo tranquilo. No me molesta ni me inquieta. Y yo nunca he deducido mis ideas de lo que pueda pensar Perón.
—¿Y si algún día él lo llamara para cambiar opiniones?
—¿Si me llamara a mí? Y bueno, podemos caminar diez pasos él y diez pasos yo y... En cualquier vuelta de esquina nos encontramos "

Revista Siete Días Ilustrados
21.05.1973
Oscar Giardinelli
Fotos: Eduardo Comesaña

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Arturo Umberto Illia
Illia y Giardinelli
El ex presidente, charlando con Siete Días, en la casa de su hermano Ricardo, en Martínez, donde establece su residencia cuando viene a Buenos Aires.
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