Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

 


Biología
UDPG: La evasiva sustancia que hizo célebre a un sabio argentino
Luis F. Leloir

Revista Primera Plana
04/12/1962

Son apenas veinticuatro. Los vecinos madrugadores del barrio de Belgrano los ven pasar. Silenciosos, retraídos, van entrando en un moderno edificio de Monroe y Cabildo. Casi junto con ellos aparece un hombre alto y enjuto, de aspecto juvenil y atuendo de dandy. Nadie le presta atención. Los argentinos no saben que se trata de uno de los investigadores científicos más famosos del mundo.
—¿Leloir? ¿Dice usted si es conocido el doctor Luis F. Leloir? Mire, si le preguntan a un bioquímico sueco o japonés qué es la Argentina, responderá: Ah, sí, es un país donde trabaja Leloir.
La frase pertenece a uno de los expertos en esa apasionante rama de las ciencias biológicas que se dedica a estudiar los mecanismos misteriosos de la vida, allá donde lindan con lo inanimado (ver PRIMERA PLANA, número 3).
En su cuartel general del Instituto de Investigaciones Bioquímicas —Fundación Campomar— rodeado de un puñado de colaboradores, Luis Federico Leloir (56 años, representando 48, argentino nacido en París, casado, una hija) llegó a revolucionarias comprobaciones que casi le merecieron el premio Nobel en 1958 y le han ganado sendos sillones en las Academias Nacionales de Ciencias y de Medicina, y en la de Ciencias de Estados Unidos. Su especialidad: el metabolismo interno de los hidratos de carbono.

Combustible para la vida
Un caballero distraído, en la ruta a Mar del Plata, descubre que su coche se ha quedado sin nafta. Está a mitad de camino, debe recorrer un kilómetro a pie antes de llegar a la estación de servicio más cercana. Nadie lo quiere recoger; al fin, arriba a la parada, sin resuello. Y antes de cargar una lata de combustible y volver a donde dejó su auto, va a la confitería para tomar algo: una bebida gaseosa, un café con bastante azúcar.
En ese ingrato momento, el señor está lejos de suponer que a él le ha pasado una cosa similar a la del auto: se estaba quedando sin combustible.
La ciencia ha descubierto que los cuerpos vivos funcionan, en el fondo, igual que las creaciones de la mecánica moderna: obtienen energía quemando compuestos de carbono.
La combustión entraña la combinación de este elemento con el oxígeno. Por eso, el enfurecido conductor respira rápidamente, con agitación y angustia. Al beber su café o su vaso de gaseosa, pudo reabastecerse de azúcares, que son los combustibles del cuerpo humano.
Claro que los animales superiores no son máquinas tan sencillas como un auto, sino infinitamente más complicadas. Se asemejan a toda una gigantesca fábrica que toma del exterior sustancias diversas, las transforma en sus plantas de elaboración y produce sus combustibles, su materia prima, sus instrumentos. Finalmente, se desprende de los desechos industriales. Esta operación fabulosamente planeada, con dos polos (asimilación y desasimilación) se denomina metabolismo.
Todos los seres vivos queman exclusivamente hidratos de carbono. La principal reserva energética de las plantas es el almidón. Para los animales superiores, llena esta función el glucógeno, que es un tipo de azúcar muy complejo. En términos generales, el abastecimiento de energía se desarrolla en tres fases:
• En los alimentos van mezclados muchos tipos de sacáridos (azúcares), por lo general, complejos.
• Durante la digestión, las células del estómago y del intestino quiebran las moléculas de estos sacáridos complejos y los truecan en un azúcar simple: la glucosa.
• Las células del hígado componen las moléculas simples entre sí para fabricar las complejas del glucógeno, que se envía como combustible a todo el cuerpo.
La visión del fisiólogo es panorámica: estudia el "programa de operaciones" de la máquina viva sin detenerse mucho en los procesos. El sabe que en el hígado entra glucosa y sale glucógeno. Está claro que la primera se transformó en éste. Cómo y por qué, no le preocupa. Pero hay un grupo de investigadores más curiosos. Quieren saber cuáles son las fórmulas industriales que se ponen en práctica en esos laboratorios biológicos que son las células. Es decir, en vez de vérselas con el metabolismo externo, se dedican a analizar el metabolismo interno o intracelular. A tal categoría de minuciosos y pacientes científicos pertenece el doctor Leloir.

Las maquiavélicas enzimas
En ciertas células entra una sustancia y sale otra distinta. Si un bioquímico quiere hacer lo mismo, debe ir lentamente, pensar mucho y seguir una receta, paso a paso. Dentro de cada célula, ¿existe entonces un bioquímico chiquitito, lleno de tubos, retortas y libros, que va haciendo las combinaciones?
Luis Pasteur (1822-1895) se lo preguntó y no halló la respuesta. La generación posterior llegó a una solución: existen unas sustancias catalizadoras que aceleran y controlan los procesos.
El catalizador es el intrigante de la naturaleza: empuja a los demás a cambiar, a unirse o a separarse. Pero a él nunca le pasa nada.
En las células, los catalizadores que controlan el metabolismo son las enzimas. Las mismas combinaciones químicas actuales tal vez se harían igual sin ellas, pero lo que ahora dura una décima de segundo, tardaría años enteros. En teoría —conceden los hombres de ciencia— tal vez en un lejano planeta existen insólitas formas de vida sin enzimas. Pero la bioquímica contemporánea es (todavía) demasiado terráquea para imaginarse bien qué podría ser eso.
Las intrigantes enzimas están estrictamente especializadas. Si dentro de una célula se desarrolla una cadena de procesos químicos, hay una enzima distinta para cada uno de ellos.
Luis Federico Leloir se hizo enzimólogo insensiblemente, desde que empezó a trabajar con Bernardo Houssay a poco de recibirse (1934). Le interesó el tema hasta el punto de viajar a Estados Unidos para perfeccionarse. Allí pasó todo el año 1936 junto al famoso profesor Hopkins, de Cambridge, y, vuelto a la Argentina, hizo en 1943 una nueva gira norteamericana por la Washington University de Saint Louis y la Universidad de Columbia. Se fue casi un estudiante; regresó cuando era un sabio.

De goteras a nucleótidos
Hombre retraído, asombrosamente modesto y con una paciencia a toda prueba, se topó en el curso de sus investigaciones con cierta sustancia que hasta entonces los expertos no sabían bien para qué servía: la UDPG (cuyo nombre completo es uridina difosfato glucosa).
Leloir sospechó que se trataba de uno de los misteriosos eslabones de la cadena que va de la glucosa al glucógeno.
En 1947, una pareja de mecenas científicos, el señor Jaime Campomar y su esposa, crearon la "Fundación Campomar" y le confiaron al doctor Leloir la dirección de un instituto de investigaciones bioquímicas. Funcionaba en un edificio viejísimo de Julián Álvarez al 1700. El techo estaba cubierto de goteras, el instrumental era primitivo, pero la biblioteca era excelente. Con un grupo de animosos colaboradores —entre ellos los doctores Carlos E. Cardini, Enrique Cabib, Pontis Videla y otros— desarrollaba jornadas agotadoras.
Cuando necesitaban un instrumento y no podían comprarlo, lo inventaban. Así fabricaron un ingenioso colector de fracciones con aspecto nada estético, pero tan eficaz que todavía se usa. Un carro lleno de tubos se desplaza a intervalos regulares por un riel de madera, llevando arriba una especie de válvula según el principio del reloj de agua. Quienes conocen los modernos colectores eléctricos apenas se imaginan el sentido de un aparato tan estrafalario. Sin embargo, resulta utilísimo. Por razones de época (1950) el jocoso equipo de la Fundación Campomar lo bautizó: "Ferrocarril Nacional General Cabib".
Este romántico período del instituto corrió peligro de acabar súbitamente en 1951, cuando las arcas quedaron exhaustas. Un oportuno cheque del servicio de Salud Pública de Estados Unidos y luego, de la Fundación Rockefeller, les permitió subsistir. Para entonces, Leloir había enunciado una famosa teoría sobre el mecanismo del glucógeno, a partir de la UDPG. Causó justo revuelo porque, además, venía a explicar una cantidad de otros fenómenos bioquímicos hasta entonces misteriosos. El investigador aisló algunos coenzimas, nuevas sustancias (nucleótidos) que abrieron notables horizontes a la ciencia.
Hoy, el Instituto, sostenido en parte por la Facultad de Ciencias Exactas de Buenos Aires (en 1956 crearon para Leloir la categoría de profesor extraordinario, porque no había nadie en su especialidad que pudiera integrar un concurso para juzgarlo), funciona en el primer piso de un edificio de tres, en Obligado 2480. En el subsuelo y en la planta baja se halla el Instituto de Medicina Experimental que dirige la otra primera figura de la ciencia argentina: Bernardo Houssay. El Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas que Houssay preside, asimismo, presta gran apoyo económico al equipo de Leloir.

Periodismo: voilá l'ennemi
¿Cómo es un sabio? El doctor Leloir (que durante las horas de trabajo abandona sus bien cortados trajes para enfundarse en un guardapolvo de dudosa albura e inclusive, en
rotosos pantalones vaqueros) es un caballero suave y dulce, extraordinariamente cortés. Trata con simpática afabilidad a sus subordinados, sin irritarse cuando éstos, a la hora de las comidas, ensayan alguna científica broma a costa suya. Por desdicha, tiene una debilidad: la más violenta animadversión contra el periodismo. El año pasado, un ex colaborador del Instituto, que trabajaba para la (ultra-seria) "Revista de la Universidad de Buenos Aires", le hizo un reportaje bastante abstruso. Finalmente, le preguntó: "¿Qué dificultades tiene en su trabajo?" El disgustadísimo investigador replicó: "Una de las mayores es la dispersión en tareas externas al laboratorio, como ser comisiones, consultas o entrevistas con periodistas". El reportaje acabó allí.

Mucho trabajo, poco dinero
Con tales antecedentes, no resultó extraño el hecho de que también ahora se negase a hacer declaraciones. En cambio, desconcertó a sus ayudantes (que han sido formados en su antiperiodística escuela) permitiendo a PRIMERA PLANA fotografiar el Instituto y conversar con sus miembros. Pudo ser establecido, así, el esquema existencial de un investigador argentino.
• Su jornada de trabajo comienza a las 9. Salvo que esté desarrollando un experimento impostergable, abandona el Instituto a las 18.
• Por sus tareas, los miembros del organismo se dividen en tres grados: los grandes investigadores (Leloir, Cardini, Cabib, Pontis), que controlan dos o tres grupos de trabajo cada uno; los discípulos, que integran pequeños equipos (dos a cinco personas) con una misión específica; los investigadores medianos, que no dirigen, pero tampoco son dirigidos: se han ganado una cierta independencia.
• Entre aparatos complicadísimos conocidos por ominosas denominaciones (espectrofotómetros, escalímetros, scanners, cubas de electroforesis, colectores de fracciones) y envueltos en el olor acre de solventes como el piridine, los investigadores (a los que se suman a veces, alumnos de Ciencias Exactas realizando trabajos prácticos para "Química Biológica II") aíslan sustancias, las combinan o rescatan.
• No es raro que reciban la visita de colegas norteamericanos, japoneses, búlgaros o de otras naciones. El lenguaje de la ciencia es internacional.
• La única hora de expansión es la del almuerzo, cuando en común devoran sus propias vituallas, conversan y hacen chistes. Sin embargo, día por medio escuchan una conferencia a cargo de cualquiera de ellos, que resume un tema científico del momento.
• A las 18, no se aíslan de la ciencia, aunque abandonen el local. Por el contrario, se llevan a sus casas una o dos revistas científicas (llegan a razón de unas siete por día; el Instituto está suscripto a más de sesenta de todo el planeta) a fin de enterarse qué se está haciendo en otras partes Como la calidad de los congresos aquí deja que desear, los científicos argentinos sólo disponen de las publicaciones especializadas para comunicarse.
• Además, un hombre de ciencia siempre está en funciones. El carácter retraído propio de la mayoría de ellos se debe al intenso esfuerzo mental que les exige su carrera. Aun cuando están (en apariencia) descansando, su inconsciente se halla sometido a una fuerte tensión. No es casualidad que Newton "descubriera" su famosa ley mientras dormía bajo un manzano.
• Los honorarios de un investigador son variables, e incluso existen quienes no cobran sueldo. Normalmente, van de 10.000 a 80.000 pesos mensuales, pero los científicos excepcionales contratados pueden cobrar cualquier suma. En la Argentina, la retribución del investigador es notoriamente más baja que en la mayoría de las naciones civilizadas.

La importancia de ser pueril
¿Corresponde el doctor Leloir al estereotipo del "sabio distraído"?
Todos los expertos consultados han coincidido en que no, si bien sabe servirse de cierta candidez infantil para sus fines. No hace mucho, Leloir integraba un concurso para elegir titular de cierta cátedra universitaria. Sus colegas del jurado tenían ya sus preferencias, y no lograban ponerse de acuerdo. El suave investigador comenzaba a impacientarse, sobre todo porque la calidad de los concursantes era muy mediocre. "¿Y si les preguntáramos qué harían en caso de ser elegidos profesores?", insinuó, al fin, uno de los presentes.
Leloir recogió la iniciativa con entusiasmo. Con las inflexiones más pueriles de su inimitable voz afónica, exclamó: "¡Eso es! Vamos a ver, que hagan una composición, tema: Qué haría yo si fuese profesor".
Todos los presentes sonrieron. La idea era absurda, sonaba a escuela primaria, pero como la defendía nada menos que Leloir, no tuvieron otro remedio que admitirla. Resultado: los escritos fueron tan evidentemente malos que Leloir —ante la irrefutable palabra escrita— pudo convencer a sus colegas de que ningún candidato merecía la cátedra. El concurso se declaró desierto.
La modestia del sabio también cae tras los límites de lo legendario. Con motivo de trazarse los planos del futuro edificio que la Facultad de Ciencias Médicas tendrá en Núñez, las autoridades universitarias le preguntaron a Leloir qué espacio deseaba para su Instituto. Como la cifra suministrada era muy baja, los ingenieros la compararon con la que tiene el actual atiborrado, local de la calle Obligado. ¡Leloir pedía aún menos metros cuadrados!
"Doctor, todos sabemos que ustedes no caben donde están, que hay aparatos adosados en las paredes porque no tienen sitio en el piso... ¿Se dio cuenta de que ahora usted solicita muy poco?" El afable sabio respondió: "Por supuesto, lo hice a propósito. Odio las instituciones grandes y me da escalofríos pensar que alguna vez tenga tantos colaboradores que no los llegue a conocer..." (Sin decir nada, en la Facultad multiplicaron por cuatro la cifra de Leloir, y ése es el espacio que se reserva para su Instituto.)

 

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Luis Federico Leloir
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