Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

 


Y después de la revolución ¿Qué?
Revista Siete Días Ilustrados
14.11.1967

Uno de los fenómenos desatados por la Revolución fue la apertura de un debate subterráneo. Aunque en los círculos políticos se trata de superar el pasado, ninguno vislumbra cómo será la salida

¿No estaremos dejando de ser una nación?", se preguntaba hace pocos días, en Una reunión política, el dirigente conservador Pablo González Bergez. Pocas veces una pregunta se pareció tanto a la expresión de un estado de ánimo generalizado. Fue, seguramente, una manera de poner en duda a la Argentina. O, en el mejor de los casos, encerrarla entre paréntesis.
El país está en discusión. Pero la eterna disputa sobre el pasado, que siempre dividió a los argentinos, parece haber cedido paso a una inquietud mayor: "Si seguimos discutiendo el pasado, no tendremos porvenir", se concluyó en la misma reunión. "La verdad o la mentira del proceso nacional —se opinó también— se resuelven hoy y aquí. No por mediación de los próceres, sino por obra de la actual generación." De ahí que un semanario pudiera editorializar las preguntas de la hora: "¿Cómo serán gobernados los argentinos? ¿Quién o quiénes seleccionarán a sus gobernantes? ¿Cómo serán escuchadas las opiniones ciudadanas? ¿Cómo podrán realizar sus vocaciones políticas las nuevas generaciones?".
"En definitiva, el apoliticismo buscado por el gobierno fue sustituido —en los hechos— por la búsqueda de una nueva política", confió un destacado analista del momento político.
SIETE DIAS abordó una extensa investigación, consultando a todos los sectores. Desde los estrictamente políticos hasta los empresarios y sindicales. Hubo algunas revelaciones: el retorno sin restricciones al régimen representativo fue postulado por Zavala Ortiz (UCRP), Sandler (UDELPA), Cueto Rúa (Conservador), Morera (Empleados de Comercio) y Gelbard (Confederación General Económica). Si se identifica "democracia funcional o de participación", con el vapuleado término de "corporativismo", se pronunciaron por esa tesitura Basilio Serrano (Ateneo de la República) y Taccone (Luz y Fuerza). Para este último no existen los eufemismos: "Si eso es corporativismo, ponga que yo soy corporativista". El resto de los entrevistados prefirió inclinarse, sin mayores precisiones, por la adopción de nuevas formas (democráticas o no). Pero hubo además indicadores de mayor significación: tanto la unión de las fuerzas tradicionales en el llamado "acuerdo grande" (ver SIETE DIAS Nº 23), como el aglutinamiento de las tendencias nacionalistas en un posible "frente nacional", registró —con la sola excepción de los radicales— el deseo más o menos unánime de rescatar la instancia abierta con la revolución, a través de uno u otro sector del gobierno.
Nadie, sin embargo, advirtió contradicciones visibles entre los equipos político y económico del gobierno. Finalmente, una última coincidencia (esta vez la excepción recayó sobre Leopoldo Pérez Gaudio y Rogelio Frigerio): "No existe en el país ningún diálogo político".
EL PAIS REAL "Hoy, como las ideas que conmueven al cuerpo social no pueden provenir de los partidos, son injertadas en la política desde dos fuentes fundamentales en una reversión del proceso: Ejército y sindicato", escribe Roberto Roth, secretario técnico de la Presidencia, en su ensayo "El país que quedó atrás", de reciente publicación. Discutible o no, es evidente que la tesis polariza todo intento de aproximación a la realidad nacional. Bipolaridad de partidos o democracia de participación, parecen ser las dos vertientes antagónicas.
La primera de las variantes fue enfatizada por el ex diputado Héctor Sandler: "Creo que la salida está en la formación de dos grandes partidos que aseguren la estabilidad política. No se puede volver a repetir el error de la Revolución Libertadora, que no logró estabilizar la Argentina por no haber presentado un candidato oficial que continuara el proceso". Con lo que coincidió Julio César Cueto Rúa: "El país debe utilizar formas republicanas y democráticas, a cuyo efecto resulta indispensable la presencia de grandes partidos políticos que la expresen y la hagan viable", dijo a SIETE DIAS. Fue el único que explícito los lineamientos posibles:
•Una corriente social-católica de derecha.
•Una izquierdista, de fundamentación marxista.
•Otra, de concepción neoliberal y corte pragmático y modernista.
•Por último, la que contemple modalidades anacrónicas, con matices de romanticismo socializante.
Según el dirigente conservador, ésa deberá ser la recomposición del mapa político del país capaz de absorber la atomización actual de los agrupamientos. A condición de que "se elimine la incertidumbre acerca de los fines de la Revolución".
Para Marcelo Sánchez Sorondo, en cambio, "lo que perimió es el democratismo liberal. Yo no creo en los rótulos y definiciones abstractas —prosiguió—. Lo que hace falta es un nuevo estadio revolucionario (esta revolución es irrevocable y no se puede volver atrás), que convoque a las fuerzas de signo nacional para apoyar la operación desde el poder. La única manera de llegar a eso es a través de un movimiento cívico-militar. Porque con los militares sucede lo mismo que con los peronistas: con ellos no hay solución, pero sin ellos tampoco".
Es lo que, con parecida aproximación, concluyó el veterano líder de la Democracia Cristiana, Horacio Sueldo: "Si por democracia tradicional se entiende la democracia liberal mitrista, creo que murió en 1930. Ahora es necesario movilizar a las mayorías en un nuevo movimiento nacional, que no puede ser el peronismo porque obstaculizaría el aporte de ciertos sectores militares. Y éstos no quieren embanderarse bajo el signo de Perón. Sí en cambio en un movimiento popular que integre corrientes peronistas".
El abogado Basilio Serrano, secretario general del Ateneo de la República, fue el que más se acercó a las tesis que tácita o explícitamente se vertieron desde el gobierno: "La democracia tradicional no ha perimido, pero las instituciones que la expresaban deben adecuarse a las nuevas condiciones históricas". El requisito para que ello sea posible es que los argentinos sean convocados "cuando haya visión de futuro para organizar políticamente la vida municipal, provincial y nacional, mediante una síntesis de las formas representativas que conocemos, y las exigencias de participación que plantea la república moderna": La resultante: "Una democracia sin apellido".
Quien con mayor energía fustigó las variantes "participacionistas", reivindicando para la democracia su viejo apellido liberal, fue Bonifacio del Carril desde las páginas de La Nación: "Yo no quiero pensar lo que ocurriría en la República Argentina el día (en que el presidente de la Bolsa de Comercio, el de la Sociedad Rural, la Unión Industrial, los colegios de abogados y de médicos, los ferroviarios y metalúrgicos, los zapateros y carpinteros, sean todos diputados y senadores de la Nación".

LOS CAMINOS DEL DESPEGUE, sí algo unifica el aluvión de reuniones, febrilmente intensificadas en los últimos meses, es el intento de llenar el "vacío político" motivado por la disolución de los partidos. No por ello aparece como inmediata la posibilidad de concretar acuerdos. Son pocos los que urgen una convocatoria electoral. Lo que sí resulta una exigencia de muchos es la necesidad de "definir exactamente la filosofía que inspirará la resolución final del proceso".
"En este momento el país está frente a un grave problema: ó este proceso que estamos viviendo se trasforma en una Revolución Nacional con participación, o se consolida una dictadura liberal, sin participación, que exigirá un plan político: democracia condicionada, opciones, anarquía representativa. En síntesis, frustración nacional", dictaminó el gremialista Juan José Taccone. Acusado por sus adversarios de encabezar la tendencia "colaboracionista" del sindicalismo, el dirigente de Luz y Fuerza reitera: "Ahora no debe haber política partidista, sino el inicio del despegue. Pero aunque el gobierno diga que no, los plazos se los está dando solo. Porque detrás de la actual política económica hay un plan político liberal".
Amado Olmos, a quien se sindica como representante del gremialismo peronista en las gestiones de acercamiento con el sector de la UCRP que encabeza Arturo Illia, afirmó: "En el país jamás hubo democracia, salvo con Yrigoyen y Perón. Cuando se trata de proponer fórmulas positivas, las revelaciones de Olmos parecen sorprendentes, por tratarse de un "antiliberal": La democracia representativa, cuando funcionó, jalonó los momentos más felices de nuestro pueblo". Las conclusiones se vuelven entonces apocalípticas: "La democracia del fraude y el contubernio ha perimido. El liberalismo capitalista también. Precisamente porque ya no pueden contener el advenimiento de la democracia auténtica, cuya próxima explosión será irreversible".
El gremialista José Alonso juzgó a su vez que "hasta ahora éste es un gobierno defacto, fruto de un golpe militar, ya que no está la revolución a la vista". El dirigente del vestido confía en el diálogo fecundo y el "llamado a todos los argentinos para lograr el reencuentro nacional y una pacificación de cien años".
El periodista Leopoldo Pérez Gaudio, del Encuentro Socialcristiano — un movimiento tutelado por el padre Milán Viscovich—, al que José Alonso se halla fuertemente vinculado, fue más drástico: "En el país hay que realizar la gran revolución que para ser cristiana y auténticamente nacional deberá socializar el poder, la economía y la cultura. Para llegar a eso la salida es la revolución popular, que será necesariamente violenta.
para abolir el capitalismo en el que está sumergido nuestro país".
Concomitante con la posición sustentada por Taccone, Rogelio Frigerio consideró que "el gobierno, en cuanto a la conducción económica, no cumple el mandato de la revolución que le dio origen. Pero la revolución sigue su camino, porque obedece a la necesidad histórica del cambio. La conducción económica —por su parte— ya no pertenece a la revolución. En la medida en que se aleja de ella, el gobierno cae en el torbellino de las discusiones bizantinas sobre democracia, corporativismo, funcionalidad y otras sutilezas".
Más tremendista que ninguno, Bernardo Alberte vaticinó: "Este gobierno es una aberración histórica que pronto será subsanada. El país tiene objetivos. Precisamente para destruirlos es que se ha instaurado esta dictadura. Aquí no se trata de 'salidas'. Se trata de entrar definitivamente en el camino de la verdadera revolución nacional que sólo el peronismo es capaz de concretar".
"¡Por favor!", exclamó el ex canciller Zavala Ortiz cuando se le mencionó el corporativismo. Reconocido como uno de los arquitectos del acuerdo con Perón (que por ahora sigue estancado), el dirigente radical repitió que una nueva "asamblea de la civilidad", "podría ser una oportunidad para que el pueblo se encuentre, se integre y se unifique dentro de un programa común de inmediatos objetivos". Fiel a los juegos de palabras a los que son tan afectos los radicales, el viejo dirigente ensayó éste: "Si como lo ha señalado la doctrina, la democracia no es un fin sino un medio para servir a la libertad, debemos empezar por excluir como democrático todo sistema donde está excluida la libertad' .
A todo esto, Perón prepara sus maletas para emprender otro viaje. Esta vez a Londres, donde, con un puñado de dirigentes políticos argentinos, se intentará salvar del estancamiento actual las gestiones "pactistas".
Mientras tanto, los desacuerdos y las aspiraciones hegemónicas de siempre parecen amontonarse en la misma proporción que la puja por imponer una 'salida' o un determinado esquema institucional. Un conocido aforismo inventado por Winston Churchill en 1947 se sigue mofando del atolladero en que se sumergió el debate político: "Se ha dicho que la democracia es la peor forma de gobierno con excepción de todas las otras formas que se han probado de vez en cuando".

 

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