Perón: Retorno y pacto
Escribe Rodolfo Pandolfi
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He aquí que, de repente, esas famosas reacciones subjetivas que flotaban en la salmuera maloliente del espíritu se separan de él; no son sino maneras de descubrir el mundo. Son las cosas que se nos revelan de pronto como aborrecibles, simpáticas, horribles o amables. Es una propiedad de la máscara japonesa el ser terrible, una propiedad inagotable e irreductible que constituye su naturaleza misma y no la suma de nuestras reacciones subjetivas ante un trozo de madera esculpido.
Husserl ha reinstalado el horror y el encanto en las cosas. Nos ha restituido el mundo de los artistas y los profetas: espantoso, hostil, peligroso, con puertos de gracia y de amor. Ha preparado el terreno para un nuevo tratado de las pasiones que se inspiraría en esa verdad tan sencilla y tan profundamente desconocida por nuestros refinados: si amamos a una mujer es porque ella es amable.

Jean-Paul Sartre "El Hombre y Las Cosas"

Hace unos años todavía existía cierto tipo de liberales plácidos y conformistas, ya algo anacrónicos por cierto, que planteaban la política como una cuestión de gustos. Todo es cuestión de opiniones, todo depende del ángulo desde el cual se mire, decían para no pelear con nadie. Asimilaban así la política —mediante una suerte de implícita filosofía digestiva— al arte de comer y beber bien. Sobre gustos no hay nada escrito, era la frase preferida de esos personajes. Sobre ideologías, sobre partidos, tampoco —inferían— hay nada escrito.
El kantismo, el neokantismo, el psicologismo contribuían a crear la ilusión de una vida relativista donde las verdades pueden ser contradictorias pero equivalentes. Si hasta los males físicos eran un producto de lo psíquico, siempre podía haber una magia que soslayara el final; sí, por lo demás, el mal era antes el síntoma del observador que la realidad exterior, siempre cabía refugiarse en la autocontemplación y la duda. Todo eso solía ser bastante cómodo y, a veces, indicaba actitudes poco valerosas. Pero el pensamiento actual tiende a ubicar cada vez más las cosas en un terreno distinto, de real trascendencia que es trascendencia hacia afuera. "Toda conciencia es conciencia de algo", dice Husserl; "Ser es ser en el mundo", afirma Heidegger.
Lo tremendo de la política es que existe lo verdadero y existe lo falso. Aún más: cada protagonista, en el fondo, sabe hasta qué punto está en lo verdadero o en lo falso. Hay, por supuesto, diverso grado de lucidez, pero la verdad existe. Muchos pueden ocultarse, por mala fe, los hechos, la realidad, sabiendo cómo son las cosas. En el fondo, la famosa moral de las tropas es el conocimiento de combatir por una causa justa. Y todos saben, en una guerra, cómo ese conocimiento, transformado en acción, ayuda a vencer.
La filosofía digestiva ya quedó muy atrás. El mínimo de claridad permite a cualquier observador comprender que si un fenómeno político existe, con cierta permanencia, fuera de un delirio personal pasajero, hay motivaciones que lo explican y, al menos, parte de verdad en sus formulaciones. Si se ama a una mujer es porque ella es amable; al mismo tiempo, no todos aman a esa mujer. Si se mantiene el fervor hacia una ideología o la adhesión hacia una persona, si grandes multitudes mantienen un vínculo emocional con quien las expresa, eso no significa que allí esté toda la verdad pero, al mismo tiempo, el acontecimiento no puede reducirse a una magia o una casualidad. El Movimiento de Afirmación de la Revolución Libertadora expresó su condena moral hacia el reconocimiento público de que Perón y el peronismo existen cuando, justamente, lo ético es estallar de sí mismo, del propio pasado, hacia afuera y comprender que allí está una realidad construida por los hombres y la historia. Reducir el peronismo a hechicerías de pérfidos educadores, por ejemplo, cuando la educación justamente estuvo siempre, en forma sustancial, en manos del antiperonismo es condenarse a la propia derrota.
El país comprendió que no es posible mantener las ficciones políticas. El gobierno interpretó esto como una necesidad de hacer cesar las intermediaciones e iniciar un diálogo del productor al consumidor. Es una hipótesis fuerte, sin duda. Implica que, frente a la crisis, el gobierno reconoce a Perón como adversario pero no como enemigo ya que, en su filosofía, el enemigo pasó a ser aquello que el mismo Lanusse calificó una vez como el neoanarquismo contemporáneo. Cada uno, en política, lucha para aplastar a sus enemigos pero dialoga y a veces se alía con sus adversarios. En realidad, no hay alianzas sino con los adversarios: los amigos están en las mismas filas y con ellos no hay necesidad de acuerdos. Si el Presidente postula la necesidad de un gran acuerdo es lógico que lo intente con quienes son sus adversarios; sería una redundancia que lo hiciera, por ejemplo, con quienes hace 20 años, en 1951, sintieron y pensaron como él.
No habrá ningún pacto y sería ingenuo, insensato, que el gobierno o el peronismo lo pretendieran. Ambas partes saben que sería imposible elaborar un pacto entre Lanusse y Perón que reprodujera la alianza de 1958, ya que la situación y los objetivos son ciertamente distintos. Lo que pretende la actual administración es crear nuevas reglas de juego: Perón no formará parte de las filas oficialistas pero puede —razona— ser transformado de enemigo en adversario. Como adversario, manifestará su oposición en cuanto éste no es su gobierno; Lanusse tampoco renunciará a su actitud contraria a Juan Perón, a su divergencia irrecuperable con él. Pero si Perón es adversario, no puede seguir despojado de hecho de su nacionalidad, maldecido cotidianamente, ignorado; no podrá seguir siendo declarado inexistente; la venganza no podrá seguir expatriando a los restos de su mujer.
Para Lanusse, pactar con Perón es imposible y antinatural pero intentará, en cambio, pactar con el tramo ahora viviente de la historia argentina como Charles de Gaulle, en su momento, pactó con la época en que vivía. Lanusse ha reivindicado a los políticos tradicionales, convocándolos a la Casa de Gobierno e, inclusive, nombrando a Arturo Mor Roig como ministro del Interior. Su estrategia es inteligente: al levantar la proscripción que pesaba sobre los partidos mostró que su intención no es fascista, antidemocrática ni corporativista. Dio satisfacciones —a través de Mor Roig— a los dirigentes, pero él recibió a la Confederación General del Trabajo y comenzó a desgranar leyes —como la referida a las obras sindicales— de franca distensión social. Lanusse sabe que no es razonable enfrentar al país político ni intentar reemplazar a partidos que son parte indudable de la realidad pero sabe también que en Latinoamérica y en el mundo hay una dinámica que brota de los sectores populares y de las reivindicaciones nacionales. Si tiene éxito, sin buscarlo ni proponérselo como proyecto consciente, terminará siendo apoyado por un importante sector del país, por una corriente de opinión que lo verá como una posibilidad de síntesis operativa eficaz: el ejemplo, en ese caso —la comparación— habría que buscarlo en el degaullismo francés antes que en el peruanismo o el brasilerismo. Porque la. perspectiva implícita de la actual situación en la filosofía del gobierno no consiste en prescindir de los partidos para hacer una revolución nacional, como en Perú, ni en crear una fantasía de constitucionalidad como en Brasil. Alguien recordó que en 1944 los partidos estaban disueltos en Francia; de Gaulle los admitió, conferenció con sus dirigentes y terminó aliado al sentimiento militar, creando una fuerza que interpretara el papel histórico de Francia, sin romper el sistema pero tratando de ponerlo a la altura de la época. Lanusse, por ahora, se limita a aceptar la realidad: Perón, los políticos liberales. Unos y otros han visto reconocida su existencia. Lanusse también existe, sin duda, y es desde hoy un ingrediente activo de la política argentina.
CONFIRMADO - 21 de abril de 1971

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Rodolfo Pandolfi