Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

 

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AÑO IX • Nº 429 • BUENOS AIRES, ABRIL 20, 1971
CARTA AL LECTOR
Una reiterada queja de las mujeres —expresada individualmente o a través de instituciones ad hoc— ha consistido en subrayar que al mundo lo manejan los hombres, mientras ellas permanecen relegadas a un injusto y fastidioso papel secundario. Es, en términos generales, lo que se llama "feminismo". Los hechos, aun en el nivel político internacional —Israel y la India surgen como ejemplos inmediatos—, parecen desmentir esos temores y acrecentar, en cambio, los del sector masculino, dominado cada vez más por las sutiles garras del matriarcado. Recorrer la tapa de algunas revistas argentinas es verificar, todas las semanas, que pese a los supuestos y gravísimos problemas que afligen a la humanidad —y de los cuales esas mismas publicaciones se hacen eco— no hay mejor argumento de venta que la imagen de chicas, actrices, modelos y otras criaturas luciendo la artillería de su seducción, con la excusa de la moda, sin la excusa de la moda o, simplemente, porque sí. Primera Plana recurre ahora a esa excusa, al estrago de los hot pants (pág. 20), y piensa que su tapa debe reflejar semejante fenómeno, una audacia que relega el término "pollera" a un delicioso anacronismo para el que sólo resta la fidelidad de los escoceses. Como si eso fuera poco, un jesuíta de 42 años de edad, Carl J. Armbruster, profesor de la Escuela de Teología Ballarmine de la Universidad de Loyola, en Chicago, ha preparado un estudio para la conferencia episcopal de los Estados Unidos en el que sostiene que el celibato de los religiosos y la exclusión de las mujeres del servicio sacerdotal carecen de fundamentos doctrinarios válidos.
En Venecia, en la isla de San Michele, eligió Stravinsky el lugar que lo devuelve definitivamente a la nada. La semana pasada, lo condujo hasta allí una góndola, recorriendo los canales de un pantanoso delta, sobre el que se levanta una ciudad capaz de acumular cualquier adjetivo. Hace pocos meses, por esos mismos lugares, Luchino Visconti y su equipo se movieron febrilmente, atareados en la reconstrucción de una época y de una extraña pasión que Thomas Mann evocó en páginas memorables. "La muerte en Venecia" se ha convertido ahora en un film que el público argentino conocerá dentro de poco (pág. 32). En nuestro país, Mor Roig sigue charlando con los políticos.
Hasta la semana próxima.

 

 

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