Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado
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SILENCIO, INVASION Cercado de misterios terminó el rodaje de Invasión, el más inesperado y extraño film argentino de los últimos años. Jorge Luis Borges, Bioy Casares y Juan Carlos Paz apuntalan la aventura No es muy frecuente que el argumento de una película y su filmación se guarden bajo un estricto secreto. Pero a veces el silencio puede llegar a ser la manera más hábil de publicitaria. Algo de eso ocurrió cuando Federico Fellini se decidió a hacer público que el argumento de 8 y 1/2 no se conocería hasta el final de la filmación; ni siquiera los actores lo poseerían en su totalidad. A un recurso parecido apelaron los responsables de Invasión, un film argentino del que se ignoran casi todos los detalles: lugar del rodaje, trama, personajes. Los complotados soportan a pie firme el asedio, y los más sutiles métodos de espionaje fracasaron en toda la línea frente a esa insobornable conspiración. Sin embargo, algunos pormenores alcanzaron a descorrer el misterio y no por eso son menos insólitos: Hugo Santiago, un joven director, confabula a Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges para elaborar el libro de la película; Edgardo Cantón (un cordobés rescatado de París) toma a su cargo la música; un músico —Juan Carlos Paz— se convierte en actor y protagonista; Goar Mestre, zar de Canal 13, y la World Wide Corporation asumen los riesgos de producción e inyectan los fondos necesarios. LA LECCION DEL MAESTRO Hugo Santiago —que cercenó su apellido paterno, Muchnik— inicia voluntariamente los primeras tramos de su biografía a los 15 años con el estreno de un libro de poemas, que seguramente prefiere no recordar. Sus primeros entreveros literarios lo llevaron a enviar, por esas épocas, esperanzados originales a Borges y Ramón Gómez de la Serna, aunque sus devociones se bifurcaron en los cursos de Hedy Krilla o en una breve aparición en El secuestrador. Con una beca del Fondo Nacional de las Artes y una carta de Gómez de la Serna como salvoconducto, se largó a probar suerte en Europa y atravesó las reticencias de Jean Cocteau: “Fue extremadamente amable conmigo —explica—. La carta de don Ramón me elogiaba con tanto ingenio y calor que lo convenció y me presentó a Robert Bresson”. El realizador francés dirigía en esos días El carterista y tuvo la condescendencia de permitirle asistir a la filmación. El empeñoso Santiago consiguió, finalmente, que el maestro lo designara su asistente en Juana de Arco, todavía no estrenada en Buenos Aires. Poco más tarde la experiencia se reiteraba en una recorrida por Italia. Bresson —contratado por Dino de Laurentiis para rodar uno de los episodios de La Biblia—, según su inveterada costumbre, hacía el reconocimiento del terreno detectando escenarios, rostros, personajes. En esas lides, director y asistente gastaron ocho meses y descomunales cantidades de celuloide. Tanto desvelo desembocó en una estrepitosa pelea entre De Laurentiis y Bresson con una secuela inevitable: inmediata ruptura de contrato. Obviamente, y a pesar de los contratiempos, Santiago resultó favorecido: había aprendido —dice— a filmar. Por otro lado, sus incursiones romanas lo .habían relacionado con otro monstruo del cine. Por “amigos de amigos" logró encontrarse un día frente a Fellini y dialogar, costumbre que ejercitó cada vez que la proximidad y el tiempo libre de! rechoncho cineasta lo permitieron. Claro que todo ese curriculum no le sirvió para nada cuando en 1965, de regreso en Buenos Aires, buscó un productor que financiara sus arremetidas: El hombre del bandoneón, un libro cinematográfico escrito en colaboración con Olga Orozco, fue detenido para siempre al borde de la filmación. Sólo dos medio metrajes —con libro propio— accedieron a ver la luz (en realidad, la oscuridad de una sala de proyección): Los contrabandistas y Los taitas. PARA FILMARTE MEJOR Con una idea y un título Santiago se plantó frente a Borges y le explicó el proyecto. Borges, por supuesto, se entusiasmó. Ya alguna vez había cedido sus cuentos, con entero desprejuicio, para que algún director argentino se dedicara con prolijidad a asesinarlos: esquiva suerte corrida por Emma Zunz (trasformada en un engendro que se llamó en versión cinematográfica Días de odio) y Hombre de la esquina rosada. Seguramente, la posibilidad de escribir el libro de Invasión lo regocijó mucho más (“En ese film podrán oír, además, una muy grata milonga de Aníbal Troilo, con letra mía", proclamó, ufano, a SIETE DIAS). Su enorme paciencia —ocho meses trabajó en el guion— hizo decir a Santiago: “Es increíble la capacidad de trabajo, la concentración y el esmero que puede desarrollar Borges. Cada escena, cada diálogo, cada palabra fueron analizados, pulidos y resueltos con una elaboración exhaustiva. Creo que es un trabajo único en ese aspecto”. Terminada esa etapa, Santiago volvió a París. Allí distribuyó copias entre los personajes más importantes del mercado cinematográfico y organizó funciones privadas para proyectar sus dos medio metrajes. El resultado fue que Pierre Rissient, un fuerte comprador de películas del área francesa y otras zonas de Europa, dijera, lacónicamente: “Compro la película”, un riesgo que nunca antes osó correr nadie con un film argentino. Ya de vuelta a la Argentina persiguió obstinadamente los rostros de sus personajes. El elenco iba quedando casi confeccionado: Lautaro Murúa, Olga Zubarry, Roberto Villanueva (director de la sección teatro del Instituto Di Tella), Leal Rey (escenógrafo), Daniel Fernández (arquitecto), la modelo Claudia Sánchez y Hedy Krilla. Una sola nube alteraba la paz de Santiago: ningún actor profesional podía interpretar al personaje clave, no encontraba quien diera exactamente el physique du role. Un día, en forma absolutamente casual, encontró su hombre. El compositor Juan Carlos Paz casi no ofreció resistencias y justificó esta recalada en el cine escudándose en “Hugo Santiago, que fue el promotor de todo. Nos vimos repetidamente en*París en abril pasado. De esos contactos surgió una idea que se hizo fijación en él y a raíz de nuestros posteriores encuentros en Buenos Aires me la comunicó. Estaba convencido de que yo poseía el tipo necesario para actuar en Invasión. A la larga, y venciendo mis escrúpulos, me convenció”. Para Paz, su trabajo en el film representa, también, una reivindicación, “el deseo de borrar un complejo de adolescencia referente a una fiesta de fin de curso. Yo encarnaba a un personaje importante, a un jefe más o menos absurdo que impartía órdenes. Todo andaba bien, cuando en la escena final, a causa de un resbalón, caí sin el menor respeto por la tradición, prácticamente me desmoroné, provocando la carcajada de la concurrencia. Recién ahora puedo lavar esa mancha”. El músico convertido en actor confiesa que el personaje se ajusta a sus lineamientos generales: edad, frecuentación de la soledad, desprecio por lo fácil y lo convencional, aunque en la primera proyección “me asusté, creí que era otra persona". Lo cierto es que Paz, como todo el resto del equipo se siente asombrosamente cómodo en el ambiente de la filmación" Invasión, que tiene por tema central —único dato que consigue trasponer el hermetismo— una ciudad cercada, acumula las características de una tragedia clásica: en ella pesarán más los acontecimientos que los personajes. Hugo Santiago la dirigió con parsimonia. "Es muy personal”, comentó uno de los actores, coincidiendo quizá con el mote de acré têtu (bendito testarudo) que se ganó en Francia. Quienes conocen a los dos directores afirman que su estilo tiene enormes semejanzas con el de Bresson, pero Santiago desmiente: “Mi lenguaje cinematográfico no tiene la menor semejanza con el de Bresson. Las formas de llegar a la imagen quizá se parezcan, pero por sobre todo, lo que me identifica con él es la actitud frente al cine como medio artístico. Comparto su austeridad, la economía de lenguaje, la preeminencia de la imagen”. La primera copia de Invasión acaba de abandonar los laboratorios, pero recién cuando los últimos metros dé película terminen de ser exhibidos podrá saberse sí tantas conjeturas, tantas cautelas y expectativas valían la pena, si las aristas del secreto son lo bastante filosas como para horadar la actual pobreza del cine argentino. ■ Revista Siete Días Ilustrados 13.01.1969 |
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