Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

Marlon Brando
Superman vuelve a volar
Ácidas confesiones de Marlon Brando sobre los actores, Carter, el dinero, el arte y casi todo.

Está considerado por muchos como el más grande de los actores vivos, el hombre que cambió el estilo de las películas, el actor más influyente y el más imitado de su generación. Desde el principio Brando desencadenó ese poder crudo que jamás antes había sido visto en la pantalla. Lo que el público conocía como valioso lo ha visto interpretado por Brando una y otra vez en Nido de ratas o Viva Zapata, y lo que creyó que era malo fue reinterpretado por él hasta nuevas dimensiones a medida que se convertía en vago, oficial nazi, secuestrador, bandido, embajador norteamericano o capo de la Mafia.
Nacido en Omaha. Nebraska, el 3 de abril de 1924. Bud. como se lo llamaba, era hijo de un hombre a quien describe como “fuerte y alocado, al que le gustaba pelear y beber”, un fabricante de productos químicos e insecticidas. Su madre fue una actriz semiprofesional que en 1928 apareció junto a Henry Fonda en una obra de O'Neill.
Aunque por lo general se niega a responder cuestionarios, concedió una larga entrevista en Nueva York.
—¿Qué piensa de la actuación como una forma de arte?
—En lo más íntimo de su corazón usted sabe perfectamente que las estrellas cinematográficas no son artistas.
—¿No considera a ninguno en su profesión como artista?
—No.
—¿Sarah Bernhard? ¿Lawrence Olivier?
—Shakespeare dijo: “No hay arte en encontrar la construcción de la mente en la cara”, lo que indica muy claramente que lo que sí es un arte es descubrir las sutiles cualidades de la mente humana por la expresión de la cara. Y debería haber tal arte, que se convertiría en el octavo: la lectura de la fisonomía. Pero puede llamarse arte a cualquier cosa. Usted puede decir que un cocinero es un artista.
—¿De modo que nunca se ha considerado a sí mismo como un artista?
—No, nunca. No.
—Si los actores no son artistas, ¿pueden ser las películas obras de arte?
—No creo que las películas sean obras de arte.
—¿Hay grandes directores con los que le gustaría trabajar, como Ingmar Bergman, François Truffaut o Federico Fellini?
—No.
—¿Qué pasa si usted improvisa y el actor con quien trabaja quiere atenerse al libreto?
—Si un actor no sabe improvisar, no quiero estar en una película con él.
—¿Iría tan lejos como para decir que un esfuerzo de colaboración no puede ser una obra de arte?
—Bueno, la catedral de Chartres, por ejemplo, es una muestra de obra de arte colectiva realizada a través de los años por varias generaciones. Pero había un plan original. Bernini o Miguel Ángel podían concebir una escultura y hacer que sus estudiantes y artesanos los ayudaran.
—¿Quién es el artista en ese caso?
—La persona que concibe y también ejecuta.
—En Un tranvía llamado Deseo y Hamlet, ¿Tennessee Williams y Shakespeare son artistas?
—Sí.
—¿Pueden ser artistas los cantantes?
—(Larga pausa.) No. No se puede decir que los Rolling Stones sean artistas. He oído compararlos —y a los Beatles— con Bach. Se pretendía que tenían algo tan memorable como Bach, Haydn, Mozart y Schubert. Es indignante.
—Si nos limitamos tan sólo al mundo del cine, hay muchos que lo consideran a usted como un gigante: gente como Al Pacino, Barbra Streisand, Pauline Keel, Elia Kazan. . .
—No sé qué tiene que ver. Cuando se me habla de que las películas son un vehículo de cultura me pregunto: “¿Qué cultura?”. No hay cultura en este país. Todos los grandes artistas murieron hace unos cien años. En cualquier campo. No hay artistas. Somos hombres de negocios. Mercaderes. Picasso fue el último al que yo hubiera llamado artista.
—Picasso, como sabe, también ha sido algo muy comercial. Si firmara un cheque por menos de setenta y cinco dólares podría hacer más dinero vendiendo la firma que cobrando el cheque.
—Creo que es un buen chiste. Muy inteligente. Claro, él sabía que era basura, pero es como una etiqueta de Gucci. Una etiqueta de Picasso.
—Bueno, una etiqueta de Brando también es muy valuada. ¿No le asombra el dinero que gana por una película?
—No sé cómo hemos llegado a esto.
—Muchos artistas, como Picasso, que recibieron grandes sumas de dinero, también consideraban que lo valían.
—¿Asocia usted valor con dinero? ¿O es que quiere hacer que Brando hable de estas cosas? Siempre se puede sentir cuándo una conversación tiene el olor de los dólares.
—¿Es verdad que recibió diez mil dólares de la Paramount por hablar de El Padrino después de la filmación?
—No recuerdo.
—A propósito de mala memoria, dicen que tiene usted dificultades para memorizar sus libretos. ¿Tiene mala memoria o cree en la espontaneidad de sus actuaciones?
—Pienso que no aprender el libreto ahorra montones de tiempo. ¡Es maravilloso!
—¿Maravilloso no aprender el libreto?
—Sí. Ahorra mucho tiempo y nadie nota la diferencia. Excepto si se trata de Shakespeare, por supuesto. Puedo recitarle a Shakespeare durante dos horas. O Tennessee Williams, cuando el lenguaje tiene valor. Uno no puede improvisar con Tennessee Williams.
—¿Y cómo afecta esto a los actores que trabajan con usted?
—No los afecta,y de todos modos es más espontáneo.
—Entonces es verdad que ya no memoriza sus líneas cuando actúa. Pero lo hizo en la primera etapa de su carrera, cuando representaba a Williams y a Shakespeare.
—Eso es distinto. Uno no puede. . . (se ríe).
—Está bien, hablemos de Superman.
—No quiero hablar de eso.
—Para un hombre al que le gusta hablar, eso es muy raro. . .
—Me fascina todo. Podría hablar siete horas de astillas. Cuál es la mejor técnica para sacarlas, por qué pueden infectarse. Me interesa todo.
—¿Hablaría siete horas de su carrera? —Claro que no. Ni dos segundos.
—¿Por qué insiste en minimizar al actor?
—Yo no lo minimizo, pero no me gusta la gente que lo glorifica.
—¿Alguna película lo ha hecho reír?
—Mel Brooks me hace reír. Hubo un festival de Laurel y Hardy por televisión y ellos me hicieron reír.
—Supongo que no fue un gesto de humor ingenioso el que le hizo enviar una india a rechazar su Oscar de la Academia por El Padrino.
—No. Creo que era importante que una india norteamericana se dirigiera a sesenta millones de personas que no hacen nada mientras los indios se extinguen sobre la tierra.
—¿Cree usted que los premios son inútiles?
—Por supuesto: lo son.
—Cuando se le dio el premio humanitario en 1976 lo rechazó.
—Sí. No creo en premios de esa clase.
—Sin embargo aceptó el premio de la Academia en 1955.
—Hice muchas cosas tontas.
—Una parte de su vida, no muy conocida, es su larga cooperación con UNICEF. ¿Cuánto hace de esto?
—Veinte años.
—¿Qué clase de trabajos hace para ellos?
—Hemos hecho shows en París, Londres, Japón, los Estados Unidos. En la década del ’80 habrá unos setecientos millones de chicos sin lo suficiente para comer, sin trabajo y sin educación.
—¿Qué piensa de la actitud del presidente Carter sobre derechos humanos?
—Carter ha hecho algo que ningún otro presidente hizo. Puso de relieve el más agudo contraste de la hipocresía de los Estados Unidos respecto de los derechos humanos. No sé si es ceguera o estupidez política, y no sé cómo creyó que podría salirse con la suya, que de algún modo el mundo no se enteraría de que nosotros no tenemos derechos humanos para los indios.
—¿Trató de ver a Carter con una delegación de líderes indios?
—No creo que sirviera de nada. Pienso que Carter los convidaría con caramelos de menta y bailaría con ellos.
—Parece que no votará usted por Carter.
—De ninguna manera.
—¿Teme usted a la muerte?
—“De todas las maravillas que he oído, me parece extraño que los hombres teman, viendo que la muerte, un fin necesario, llegará cuando llegue.”
—¿Recuerda más a Shakespeare que a cualquier otro autor?
—Vale la pena recordarlo.
—Una pregunta fuera de lo común: ¿Qué es lo que más le repugna?
—Lo más repugnante que puedo imaginar es el interior de la boca de un camello. ¡Es espantoso! También me ofende el toreo. Quisiera ser el toro con mi cerebro. Primero agarraría al picador. Luego perseguiría al matador hasta que se muriera de miedo. Esta gente no se preocupa más por matar a un animal que los nativos de Tahiti por comer peces.
Lawrence Grobel.
Copyright (C) 1980. Playboy y SOMOS.
marlon brando

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