Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado
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Hay emoción y ritmo cinematográfico en Mateo Es evidente que Daniel Tinayre, director de “Mateo”, tiene amplio conocimiento del ritmo cinematográfico. Y es más evidente todavía que Armando Discépolo, autor de la pieza y la adaptación es, por sobre todo, un hombre de teatro. “Mateo” no ha podido desprenderse, en la pantalla, de su substancia escénica, porque todo su valor dramático radica en el juego psicológico de sus dos personajes centrales. Ha ocurrido con esta obra, sin entrar en comparaciones de fondo, lo que con “Crimen y castigo” a través de las cámaras norteamericanas: se pierde la consistencia substancial, aunque se gane en colorido impresionista. Aquélla y ésta son obras que no admiten movimiento de su creación original. “Mateo” es teatro puro, y “Crimen y castigo” es casi la definición, de la novela pura. El espectador advierte fácilmente este desdoblamiento a poco de internarse en la acción de esta atormentada pieza de Discépolo. Con una nota alegórica llena de sugestión se inicia el film mediante el juego de un niño que, con su pequeño automóvil de cuerda, derriba a otro juguete que representa el viejo coche, que diera origen a tantas notas de fácil sentimentalismo. Decíamos que los elementos teatrales y cinematográficos están perfectamente delimitados. Todo el contenido de “Mateo” radica en el diálogo de Luis Arata y Enrique Santos Discépolo. A su alrededor se mueve, si no todo el interés, al menos toda la emoción del film. Media un desnivel pronunciado con el plano que agrupa al resto de los intérpretes, y que señala el desarrollo de la acción. Confesemos que, hasta hoy, Luis Arata no nos había impresionado hondamente con ninguna labor cinematográfica. Lo logra en cambio en “Mateo”, en una medida intensa y consagratoria. El gran creador de Don Miguel en su versión teatral, que tan medularmente comprende el drama de su personaje, drama que absorbe y alienta con dramática pulcritud, volvió a humanizar al cochero que en nuestra ciudad debe tener diseminados numerosos y escondidos homónimos. Las madrugadas de la ciudad nos muestran todavía algunos coches viejos, de caballo y conductor cansados, vencidos, a quienes el automóvil que el niño muestra en la primera escena, atropella a diario. Don Miguel es más un cochero de temperamento que de oficio. Ama su profesión, ama a su caballo, al cual trata con ternuras conmovidas, y odia con toda la fuerza de su simplicidad la “máquina” rodante. Es un honrado padre de familia, fuera de la realidad actual de la vida. Sus hijos no comparten su pasatismo, adicto a un oficio que solamente merece los cascotazos y... otras cosas de los chicos del barrio. Su hija ha entrado ya en la edad del romance, irreemplazable sal de la vida, y busca corporizar la vaguedad imprecisa de sus sueños. El hijo mayor, haragán pero bondadoso, va a ser presa fácil en la tentación del delito, y el menor, en cambio, nota simpática del film, es un muchachito desenvuelto que quiere ser boxeador, porque asegura que lleva una fortuna en el pecho. Esta es la familia de Don Miguel que, también tiene, para su tristeza, una mujer sufriente que lo ama... En el ángulo opuesto del drama está Severino, el cochero que comprendió la vida a su manera y, antes de que el automóvil tumbara su coche, resolvió utilizarlo por las callejuelas oscuras del delito, donde los automóviles llegan por excepción, y donde el dinero llena los bolsillos con facilidad. Su filosofía tiene reminiscencias “hamletianas”. Él sabe muy bien que todos terminaremos en alguna “chacarita”, conducidos en una carroza con dos o tres caballos, en cuyo número irá precisamente toda la gloria barata de la miseria. Sus disquisiciones frente a los parroquianos del cafetín donde dirige sus turbios manejos están impregnadas de dramaticidad, ajena a su propia conciencia, pero latente en sus estos, en sus ademanes y en su total negación de la alegría y la belleza. “Hay que entrar...”, contiene los cuatro puntos cardinales de su filosofía... Y, tras de recorrer inútilmente las calles en busca de pasajeros, cuando ha ido tras uno y otro en busca del par de pesos que harán posible la alimentación de los suyos, la prédica meliflua de Miguel, en la que solamente ve la posibilidad de llevar sonrisas al hogar donde el hambre y la tristeza se aposentan, entra... Entra en un robo, en el que también ha entrado su hijo mayor, “convencido” por Severino... La policía interviene... El padre ayuda al hijo en la escapatoria, en un choque es destruido su coche, y a pasos lentos va doblándose sobre las rodillas en dirección a su casa... Mientras camina, su vida entera va haciéndose presente en él en imágenes patéticas... El rostro de su mujer que llora, la hosquedad del hijo mayor, la quimera del más chico, la constante ironía de las “máquinas” que circulan a su alrededor y, como si esto fuera poco, algunos metros antes de llegar, su hija desciende de un lujoso automóvil y besa al hombre que la acompañaba... Es el fin, el fin de todo, y da lo mismo esperarlo en la cárcel... Por eso, como la policía se acerca, se entrega casi para descargar su espíritu atormentado... Hasta allí llegaba el drama teatral... Pero el director no ha querido cargar con la responsabilidad de dejar esa tristeza en el ánimo del espectador, y hará que el año de cárcel transcurra rápidamente. Que en su ínterin la vida muestre una expresión sonriente... Que la hija se case con quien pareció un vulgar seductor.. . Que el hijo menor esté en vísperas de convertirse en campeón de box, y que el mayor... se haga nada menos que “chauffeur”. Pero Don Miguel ya no va a entristecerse... En la casa lo reciben con fiesta... Y al compás de la música, de la alegría de los demás, él también tiene una sonrisa reconfortante, que promueve en el espectador una sensación de alivio... Cinematográficamente la película tiene dos elementos valiosos: la interpretación de Arata y Discépolo y el avezado movimiento de la cámara, que logra un ritmo francamente elogiable. .. Hay aciertos reiterados, así como hay algunos abusos en ciertas tomas que nada agregan y que tal vez, por el contrario, subrayen determinados errores.... El director se ha enamorado de la caracterización de Discépolo, y hará con él un juego de arte fotográfico... La labor de Discépolo, a nuestro juicio, es superior a su propia caracterización... Sus gestos nerviosos y su expresión son ricas en relieve y prueban una vez más sus aptitudes para el grotesco, género en el que no puede ser reemplazado. Bien José Gola, en un papel secundario; muy en situación Ada Cornaro, discreta Paquita Vehil, y digno de todo estímulo el joven boxeador Oscar Casanovas. No comprendemos la inclusión de Tony D’Algy, fuera de ambiente, y muy bien movidos los numerosos extras. Dos palabras más sobre la excelente calidad de las composiciones musicales, apagadas por la pobre sonoridad, y un nuevo aplauso para Vázquez Vigo, orquestador que está afirmando una v personalidad ' poco común. Y como resumen: una película digna de verse, y con un saldo cinematográfico reconfortante. Radiolandia 31.07.1937 |
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